La segunda caída Capítulo 8 · Hora ocho
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Capítulo 8 · Hora ocho

Nuria contestó al segundo tono, pero no me dejó hablar.

—¿Dónde estás?

—En comisaría.

—Eso ya lo sé. ¿Por qué no te dejan volver?

—Están esperando la autopsia.

Al otro lado escuché una puerta cerrarse y después su respiración, más baja.

—Lía está despierta.

Miré el reloj del pasillo. Las siete y dieciséis. Fuera debía de estar amaneciendo, aunque allí no había una sola ventana que lo demostrara.

—¿Ha dormido algo?

—Veinte minutos. Quizá media hora.

—Quiero hablar con ella.

—No sé si es buena idea.

—Soy su madre.

—No he dicho que no puedas. Solo que está muy alterada.

—Precisamente por eso.

Nuria guardó silencio.

—¿Sigue la policía en casa? —pregunté.

—Sí.

—¿Han entrado en nuestra habitación?

—Están por todas partes.

—Te dije que no dejaras que tocaran las cosas de Lía.

—Mara, no puedo impedir nada. Hay una mujer que anota hasta cuándo vamos al baño.

—¿Han vuelto a preguntarle?

—No delante de mí.

—Eso no responde.

—No lo sé.

Cerré los ojos.

En la sala de espera había otras tres personas. Un hombre dormido con la barbilla hundida en el pecho, una mujer que apretaba un bolso contra el vientre y un adolescente con una bolsa de hielo sobre la ceja. Ninguno me miraba, pero todos podían escucharme.

—Ponme con ella.

—Mara.

—Nuria.

Mi hermana soltó el aire.

—Espera.

Escuché pasos, un murmullo y después una voz infantil que no parecía la de mi hija.

—Mamá.

Me incliné hacia delante.

—Hola, cariño.

—¿Dónde estás?

—Hablando con la policía.

—Ya has hablado mucho.

—Sí.

—La inspectora ha vuelto.

Leire no estaba en la sala. Había desaparecido después de dejarme con la agente y una máquina de café que no aceptaba monedas.

—¿Está en casa?

—Está mirando la escalera.

—¿Ha hablado contigo?

—Me preguntó por el ruido.

Apreté el teléfono.

—¿Qué le dijiste?

—Lo mismo.

—¿Qué es lo mismo?

—Que papá se cayó dos veces.

La mujer del bolso levantó los ojos.

Me giré hacia la pared.

—Lía, escucha. No tienes que hablar con nadie si no quieres.

—La tía dice que sí.

—La tía no decide eso.

—Ha dicho que la policía necesita saber la verdad.

Sentí una punzada de rabia que no tenía derecho a dirigir contra ninguna de las dos.

—La verdad es que papá tuvo un accidente.

—La señora dice que todavía no lo saben.

—La señora hace preguntas porque es su trabajo.

—Ha encontrado sangre arriba.

—Papá se hizo daño al caer.

—Pero arriba.

—Sí.

—Y luego abajo.

—Eso ocurre cuando alguien cae por una escalera.

—Pero hizo silencio.

—Cariño.

—Y dijo tu nombre.

La mujer del bolso volvió a bajar la vista.

—Lía, estabas viendo una película. Había música, voces y muchos ruidos. Es normal que ahora algunas cosas se mezclen.

—No se mezclan.

—No he dicho que estés mintiendo.

—La inspectora tampoco.

—Claro que no.

—Solo me escucha.

La frase me dolió más de lo que debería.

—Yo también te escucho.

—Pero tú me dices que no pasó así.

No supe qué responder.

Detrás de mí se abrió una puerta. Una agente cruzó el pasillo con una carpeta y desapareció en otra sala.

—Mamá —dijo Lía.

—Estoy aquí.

—¿Papá te iba a quitar de casa?

Me levanté.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Nadie.

—Lía.

—Os oí.

—¿Cuándo?

—Anoche.

—¿Qué oíste exactamente?

—Que él se iba.

—Eso no significa que quisiera quitarme de casa.

—Dijo que tú no podías quedarte con todo.

La sala de espera dejó de existir durante un instante.

Volví a ver la cocina.

Damián de pie junto a la encimera, aflojándose el nudo de la corbata. La chaqueta sobre una silla. Los platos de Lía todavía en la mesa. Su voz tranquila, mucho más cruel que si hubiera gritado.

No vas a quedarte con la casa, Mara.

Eso había dicho.

O algo parecido.

—Los adultos dicen cosas cuando están enfadados —respondí.

—Tú dijiste que no se llevaría a nadie.

—Hablábamos de trabajo.

—No.

—Sí.

—Hablabais de mí.

—Lía, pásame con la tía.

—¿Por qué?

—Porque tengo que decirle una cosa.

—Siempre haces eso cuando no quieres contestar.

Me llevé una mano a la frente.

—No voy a perderte.

—Yo no he dicho eso.

—No voy a permitir que nadie nos separe.

El silencio al otro lado fue tan completo que pensé que la llamada se había cortado.

—Mamá.

—¿Sí?

—Hablas como anoche.

Cerré los ojos.

—Estoy cansada.

—¿Vas a volver?

—Sí.

—¿Cuándo?

—En cuanto me dejen.

—¿Y si no te dejan?

—Me dejarán.

—¿Cómo lo sabes?

Porque no había hecho nada, debería haber dicho.

Era la respuesta evidente.

La respuesta de una mujer inocente.

—Porque soy tu madre —dije.

Nuria tomó el teléfono.

—Basta.

—¿Qué?

—No puedes decirle esas cosas.

—¿Qué cosas?

—Que nadie va a separaros. La estás asustando.

—Ya está asustada.

—Pues no la asustes más.

—¿Por qué le has contado lo de la discusión?

—No le he contado nada.

—Sabe que Damián quería marcharse.

—Lo oyó.

—Tiene siete años.

—Y oídos, Mara.

La rabia subió tan rápido que tuve que apretar los dientes.

—No permitas que Leire vuelva a hablar con ella sin un psicólogo infantil.

—Ha venido una mujer.

—¿Qué mujer?

—No lo sé. Dice que está especializada en menores.

—No quiero que hablen con Lía.

—No puedes impedirlo.

—Soy su madre.

—Pues vuelve y dilo tú.

La frase me dejó quieta.

Nuria la lamentó enseguida.

—Perdona.

—No.

—Mara, no quería decir eso.

—Sí querías.

—Estoy agotada. Lía lleva horas preguntando cuándo vuelves y hay policías abriendo cajones por toda la casa.

—No dejes que entren en el despacho.

—Ya han entrado.

—¿Qué han cogido?

—Papeles. Un ordenador. No sé.

Me alejé un poco más de las otras personas.

—¿El portátil de Damián?

—Los dos.

—El mío no tiene nada que ver.

—Tienen una orden.

—¿Qué orden?

—Me han enseñado un papel. No lo he leído entero.

—¿Firmado por quién?

—No lo sé.

—Nuria, tienes que fijarte.

—No soy abogada.

—Pues llama a uno.

—Tú rechazaste uno.

—Eso fue antes.

La frase se me escapó.

Mi hermana guardó silencio.

—¿Antes de qué? —preguntó.

Miré hacia la puerta por la que había desaparecido Leire.

—Antes de que decidieran que todo era sospechoso.

—Mara, ¿qué está pasando?

—Nada.

—No parece nada.

—Damián se cayó. La policía tiene que comprobarlo.

—¿Te han acusado?

—No.

—¿Estás detenida?

—No.

—Entonces vuelve.

—No me dejan.

—Eso suena bastante a estar detenida.

—Nuria.

—¿Qué?

—Llama a Jorge Melero.

—¿Quién es?

—El abogado de la empresa.

—¿De Damián?

—Sí.

—¿Y crees que va a ayudarte?

—Tiene que hacerlo.

—¿Por qué?

—Porque conozco cosas de la empresa que él no querrá que salgan.

Me detuve.

Al otro lado ya no se escuchaba a Lía. Solo la respiración de mi hermana.

—¿Qué cosas? —preguntó.

—Nada importante.

—Acabas de decir que puedes presionar al abogado de tu marido muerto.

—He dicho que conoce la situación.

—No has dicho eso.

—Estoy cansada.

—Todos estamos cansados.

—Llama a Melero.

—Dame el número.

Se lo dicté de memoria.

Nuria no comentó que lo supiera. Tampoco que hubiera necesitado menos de un segundo para recordarlo.

—Te llamo cuando conteste.

—No. Que venga directamente.

—Mara.

—Por favor.

Mi hermana colgó.

Me quedé con el teléfono pegado a la oreja unos segundos más.

Después busqué la conversación con Damián.

Su último mensaje había llegado a las diez y veintisiete.

Llegaré tarde. No me esperes despierta.

No le había contestado.

Debajo aparecía el mensaje de la mañana anterior.

Firma las hojas de la cocina.

Y mi respuesta.

¿Qué son?

Damián no había respondido por escrito. Me llamó cinco minutos después.

Intenté recordar las hojas.

Había firmado tres. Tal vez cuatro.

No las había leído.

El teléfono se apagó por falta de batería.

—Señora Sanz.

La agente que me vigilaba estaba de pie junto a la puerta.

—Mara.

—La inspectora la espera.

—He pedido un abogado.

—¿Ahora?

—Sí.

—Puede esperar a que llegue.

—Eso voy a hacer.

—La inspectora solo quiere informarla de los resultados preliminares.

—Entonces puede hacerlo delante de él.

La agente miró hacia el interior.

—No es un interrogatorio.

—Todo es un interrogatorio desde que entró en mi casa.

Leire apareció detrás de ella.

Había vuelto a ponerse la chaqueta. En una mano llevaba la carpeta y en la otra un vaso de café que parecía intacto.

—Ha cambiado de opinión sobre el abogado.

—Sí.

—Está en su derecho.

—Gracias.

—Pero debe saber que sigue declarando como testigo.

—Hasta que deje de hacerlo.

Leire me sostuvo la mirada.

—Precisamente por eso quiero hablar con usted.

—Esperaré.

—El médico forense también está aquí.

—¿Salcedo?

—No. La doctora responsable de la autopsia.

Miré el reloj.

—¿Ya ha terminado?

—No.

—Entonces no hay resultados.

—Hay hallazgos preliminares.

La palabra hallazgos hizo que la mujer del bolso nos mirara otra vez.

—Quiero privacidad —dije.

Leire abrió la puerta.

—Por eso la estamos invitando a entrar.

La seguí.

No regresamos a la sala de la cámara. Me condujo a un despacho más pequeño, con archivadores metálicos y una mesa cubierta de expedientes.

Junto a la ventana había una mujer de unos cincuenta años, cabello corto y gafas rectangulares.

No llevaba bata. Solo un pantalón oscuro y una camisa azul arremangada.

Se presentó como doctora Berta Orduña.

No me ofreció la mano.

—Lamento lo ocurrido —dijo.

—¿Ha terminado con mi marido?

La pregunta sonó peor de lo que pretendía.

—La autopsia continúa.

—Entonces ¿por qué está aquí?

Orduña miró a Leire.

—Porque hay algunos datos que la inspectora considera necesario aclarar cuanto antes.

—He pedido abogado.

—No voy a interrogarla —dijo Leire—. Solo queremos que escuche.

Permanecí de pie.

—Escucho.

La doctora abrió una carpeta.

—Su marido presenta múltiples lesiones traumáticas. Algunas son compatibles con una caída por escalera: fracturas costales, lesiones en hombro y brazo derecho, contusiones en espalda, cadera y extremidades.

—Entonces se cayó.

Orduña levantó la vista.

—Eso no está en discusión.

—¿Qué está en discusión?

—Cómo empezó la caída y si todas las lesiones se produjeron durante ella.

Leire dejó el café sobre un archivador.

—La doctora ha identificado al menos tres lesiones importantes en la cabeza.

—Cayó catorce escalones.

—Lo sé —dijo Orduña—. Una de las heridas se encuentra en la región occipital, otra cerca de la sien izquierda y una tercera en la parte superior del cráneo.

—Se golpeó varias veces.

—Es posible.