La segunda caída Capítulo 7 · Hora seis #2
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Capítulo 7 · Hora seis #2

—La película estaba puesta.

—A volumen normal.

—Sí.

—Y aun así escuchó la caída.

—Fue más fuerte que unos pasos.

—También su hija oyó su nombre.

—Sí.

—¿Usted no?

—No al principio.

Leire dejó de escribir.

—¿Qué significa no al principio?

Me había equivocado.

Lo supe antes de que terminara la pregunta.

—Nada.

—Ha dicho que no lo oyó al principio.

—Quería decir que Lía me lo contó después.

—No es lo que ha dicho.

—Estoy cansada.

—¿Escuchó a Damián decir su nombre?

—No.

—En la casa afirmó que sí.

—Porque Lía dijo que lo había oído.

—No. Le pregunté si su marido pronunció su nombre y respondió que sí.

—Entonces me confundí.

—¿Lo escuchó o no?

—No lo sé.

—Lleva toda la noche afirmando que no está confundida.

—Ahora sí.

—¿Por qué?

—Porque llevo seis horas sin dormir y mi marido está muerto.

La voz se me quebró.

Vega empujó la caja de pañuelos hacia mí.

No cogí ninguno.

—Hagamos una pausa —dijo.

—No —respondió Leire.

—Lleva casi una hora declarando.

—Quiero terminar.

Las dos me miraron.

—Quiero volver con mi hija —añadí.

Vega consultó la hora.

—Continuemos.

Leire sacó una fotografía de la carpeta y la colocó delante de mí.

Era el dormitorio principal.

La cama estaba deshecha. La lámpara de Damián encendida. Su zapato aparecía tumbado junto a la alfombra, con los cordones aún atados.

—¿Por qué se quitó un zapato?

—No lo sé.

—¿Pudo quitárselo usted?

—No.

—¿Entró en el dormitorio después de la discusión?

—No.

—¿Antes?

—Durante la tarde.

—¿A qué hora?

—No sé.

—¿Tocó ese zapato?

—No.

—¿Ayudaba a Damián a descalzarse?

La pregunta me resultó tan absurda que me reí.

—No era un niño.

—¿Se encontraba tan borracho que necesitara ayuda?

—No estaba borracho.

—¿Cómo lo sabe si apenas estuvo con él?

—Hablamos.

—Discutieron.

—Sí.

Era la primera vez que lo reconocía sin corregirlo.

Leire recogió la fotografía.

—Entonces vamos a dejarlo claro. Damián llegó.

Discutieron porque quería separarse y habló de quedarse con Lía.

Usted lo insultó. Subió con la niña. Salió de la habitación para hablar con él.

Damián subió al dormitorio, se quitó un zapato y después se acercó a la escalera.

Su hija oyó una primera caída, escuchó a su padre pronunciar su nombre y después oyó un segundo impacto.

—No fueron dos caídas.

—Eso lo dice usted.

—El cuerpo rebotó.

—¿Lo vio?

—No.

—¿Entonces cómo lo sabe?

—Porque es lo lógico.

—¿Más lógico que se detuviera en el descansillo?

—No se detuvo.

—Su hija oyó silencio.

—Un segundo.

—No sabemos cuánto.

—No pudo levantarse.

—¿Por las lesiones?

—Sí.

—Todavía no conoce las lesiones exactas.

—Vi el cuerpo.

—¿Vio la herida de la cabeza?

—Había sangre.

—¿Vio dónde se golpeó?

—No.

—¿Vio la escultura?

—Después.

—¿La tocó esa noche?

—No.

—¿Cuándo la tocó por última vez?

—No lo recuerdo.

—¿Esa semana?

—Puede ser.

—¿Para limpiarla?

—Sonia limpia.

—¿Para moverla?

—No.

—¿Durante la discusión?

—No.

—¿La agarró para amenazarlo?

—No.

—¿Lo golpeó con ella?

—No.

Leire dejó la pregunta en el aire un instante más que las otras.

—¿Empujó a su marido?

—No.

—¿Estuvo en el descansillo con él?

—No.

—¿Damián la sujetó allí?

El hematoma empezó a dolerme.

—No.

—Entonces ¿cuándo la agarró?

—Cuando estaba abajo.

—¿Antes o después de llamar?

—Antes.

—¿Estaba consciente?

—No lo sé.

—Pero cerró la mano con fuerza suficiente para dejarle marcas.

—Fue un reflejo.

—¿La miró?

—Sí.

—¿Intentó hablar?

—Movió la boca.

—¿Dijo su nombre?

—No lo sé.

—¿Pidió ayuda?

—No lo sé.

—¿Le dijo algo?

—No.

—¿Está segura?

—Sí.

—Ha respondido no lo sé tres veces y ahora está segura.

—No entendí palabras.

Leire se inclinó.

—¿Cuánto tiempo estuvo junto a él antes de llamar?

—Segundos.

—¿Cuántos?

—No sé.

—¿Treinta?

—Menos.

—¿Un minuto?

—No.

—¿Dos?

—He dicho que no.

—La llamada se inició a las veintitrés cincuenta y ocho y cuarenta y un segundos.

—Bien.

—La caída tuvo que producirse antes.

—Claro.

—¿Cuánto antes?

—No lo sé.

—Su vecina llamó al 112 a las veintitrés cincuenta y seis.

La miré.

—¿Qué?

—No llegó a completar la llamada. Colgó cuando escuchó que usted gritaba dentro de la casa. Pero quedó registrada.

—Carmen no entró.

—No.

—Entonces no sabía qué había pasado.

—Oyó un golpe muy fuerte y salió a la calle.

—¿A qué hora?

—Veintitrés cincuenta y seis.

—Su reloj puede estar mal.

—La llamada está registrada por la central.

No dije nada.

Leire colocó otra hoja frente a mí.

No pude leerla. Las letras se mezclaban.

—Entre el primer aviso de su vecina y su llamada transcurrieron al menos dos minutos y treinta segundos.

—No.

—Sí.

—Eso es imposible.

—¿Por qué?

—Llamé inmediatamente.

—La grabación demuestra cuándo llamó.

—Entonces Carmen escuchó otra cosa.

—¿Qué?

—Una puerta. Algo que cayó. No sé.

—Ella describe una secuencia de golpes.

—Se equivoca.

—¿También escuchó a su marido pronunciar su nombre?

Sentí una corriente fría por la espalda.

—No.

—No estaba dentro de la casa —añadió Leire—. Pero oyó una voz masculina antes del segundo estruendo.

—Eso no significa que fuera Damián.

—¿Quién más podía ser?

—La televisión.

—La película de Lía.

—Sí.

—Una película infantil doblada con voces y música.

—Sí.

—Carmen dice que la voz venía del recibidor.

—Carmen dice muchas cosas.

—Y su hija dice lo mismo.

—Tiene siete años.

—¿Cuál de las dos está confundida?

No contesté.

Vega apagó el bolígrafo y lo dejó sobre la carpeta.

—Inspectora, tenemos que parar.

Leire siguió mirándome.

—Una última pregunta.

—No —dijo Vega.

—Una.

La subinspectora no la autorizó, pero tampoco volvió a intervenir.

Leire acercó la hoja con el registro horario.

—Si la primera caída ocurrió antes de las veintitrés cincuenta y seis y usted llamó a las veintitrés cincuenta y ocho, ¿qué hizo durante esos dos minutos?

—No hubo dos minutos.

—Los hubo.

—Bajé. Lo encontré. Intenté despertarlo.

—¿Lo movió?

—No.

—¿Lo sujetó?

—Sí.

—¿Él la agarró?

—Sí.

—¿Hablaron?

—No.

—¿Llamó inmediatamente?

—Sí.

—Entonces faltan dos minutos.

—No faltan.

—Están aquí.

Golpeó el papel con un dedo.

La sala se quedó en silencio.

Por encima del zumbido de los fluorescentes escuché la voz de Damián como si todavía estuviera en la cocina.

No puedes impedirlo.

No era exactamente lo que había dicho.

O quizá sí.

A esas alturas ya no sabía qué palabras pertenecían a aquella noche y cuáles llevaba años esperando escuchar.

—Entré en pánico —dije.

—¿Durante dos minutos?

—No miré el reloj.

—¿Qué hizo?

—Me quedé a su lado.

—¿Sin llamar?

—No entendía lo que había pasado.

—Pero en cuanto habló con la operadora dijo que se había caído.

—Porque estaba al pie de la escalera.

—¿Y la escultura?

—No la vi.

—¿La sangre del descansillo?

—No la vi.

—¿El zapato en el dormitorio?

—No lo vi.

—¿A su marido consciente entre una caída y la siguiente?

—Eso no ocurrió.

Leire guardó el registro.

—De acuerdo.

No había nada de acuerdo.

Vega detuvo la grabación y anunció la hora. Las seis y treinta y ocho.

Me levanté.

—Quiero irme.

—Espere fuera —dijo.

—Quiero volver a casa.

—La inspectora hablará con usted.

—No tengo nada más que decir.

—Entonces espere.

Una agente me condujo a un pasillo con bancos atornillados a la pared. No había ventanas. Me senté debajo de un reloj redondo que avanzaba con un ruido seco, segundo a segundo.

Dos minutos.

Ciento veinte golpes del mecanismo.

Intenté imaginarme junto al cuerpo de Damián durante todo ese tiempo.

Su boca moviéndose.

Los ojos abiertos.

La mano cerrada alrededor de mi brazo.

La sangre extendiéndose bajo su cabeza.

No parecía tanto cuando se vivía dentro.

Solo parecía mucho al contarlo.

La puerta se abrió diez minutos después.

Leire salió con la carpeta bajo el brazo.

No se sentó.

—La autopsia ha comenzado.

—¿Puedo irme?

—Todavía no.

—Ha dicho que no estoy detenida.

—Y no lo está.

—Entonces abra la puerta.

—Necesitamos aclarar una contradicción.

Me levanté.

—Otra.

—Usted afirma que Damián la agarró cuando estaba tendido al pie de la escalera.

—Sí.

—El médico acaba de revisar sus manos.

—¿Y?

—La mano derecha tiene varias fracturas.

—Se las hizo al caer.

—Probablemente.

—Entonces pudo agarrarme con la izquierda.

—También está lesionada.

—Ha dicho que eran fracturas, no que no pudiera moverla.

—No se trata de eso.

Leire abrió la carpeta.

Dentro había una fotografía de la mano izquierda de Damián. Los dedos aparecían parcialmente cerrados, manchados de sangre.

—Encontraron algo bajo sus uñas.

No quise mirar.

—Mi piel —dije.

La inspectora alzó la vista.

—Todavía no lo sabemos.

Había respondido demasiado deprisa.

—Vivíamos juntos —añadí—. Puede haber restos míos en cualquier parte.

—No son restos antiguos. Hay sangre reciente y fibras grises.

El camisón.

Sentí la tela seca pegándose otra vez a mi cuerpo.

—Lo abracé cuando estaba abajo.

—¿Con qué parte del cuerpo?

—No sé.

—Las fibras estaban atrapadas bajo tres uñas, como si hubiera intentado aferrarse a usted.

—Eso hizo.

—Entonces estaba consciente.

—Ya he dicho que pudo ser un reflejo.

—Los reflejos no suelen arrancar tejido.

—Estaba muriéndose.

—Sí.

Leire cerró la carpeta.

—La pregunta es dónde.

—Al pie de la escalera.

—Su hija cree que en el descansillo.

—Mi hija no vio nada.

—No.

—Entonces deje de utilizarla.

—No la utilizo. La escucho.

—Pues escúcheme a mí.

—Eso llevo haciendo seis horas.

—Yo no maté a mi marido.

Lo dije con toda la voz que me quedaba.

Sin llorar.

Sin apartar la mirada.

—No lo golpeé. No lo empujé. No estaba con él cuando cayó. Bajé, intenté ayudarlo y llamé a emergencias. Eso es lo que ocurrió.

Leire me observó durante tanto tiempo que el reloj del pasillo dio nueve golpes.

—¿Está segura?

—Completamente.

La inspectora asintió.

—Entonces alguien está mintiendo.

—Carmen.

—O Lía.

—Mi hija está confundida.

—O usted.

No respondí.

Leire hizo una señal a la agente del fondo.

La mujer se acercó.

—Acompáñela a la sala de espera.

—¿Puedo llamar a mi hermana?

—Sí.

—¿Puedo volver a casa después?

La inspectora miró el reloj.

—Eso dependerá de lo que encuentre el forense.

—¿Qué espera encontrar?

Leire abrió la puerta.

—Una explicación para la herida que recibió Damián antes de empezar a bajar los catorce escalones.