Capítulo 7 · Hora seis
En comisaría me ofrecieron un abogado antes de ofrecerme agua.
—No estoy detenida —dije.
La mujer que había pronunciado la palabra abogado llevaba una carpeta verde contra el pecho y una placa colgada del cinturón. No se presentó. Se limitó a abrir una puerta y señalar una habitación con una mesa, cuatro sillas y una cámara instalada en una esquina.
—No —respondió—. Pero tiene derecho a asistencia letrada durante la declaración.
—¿Por qué iba a necesitarla?
La mujer miró a Leire.
Leire me había acompañado desde el coche sin tocarme. Caminaba a medio paso de distancia, lo bastante cerca para impedir que me desviara y lo bastante lejos para seguir fingiendo que estaba allí voluntariamente.
—Eso debe decidirlo usted —dijo.
La sala olía a café recalentado y a limpiador de suelos. Había una ventana estrecha junto al techo, pero todavía era de noche y solo se veía el reflejo de los fluorescentes. Sobre la mesa esperaban una botella de agua, un vaso de plástico y una caja de pañuelos.
Todo estaba dispuesto para alguien que iba a llorar.
—Quiero hablar con mi hermana.
—Puede hacerlo después —respondió Leire.
—Quiero saber cómo está Lía.
—El agente que permanece en la casa nos avisará si ocurre algo.
—No quiero que me avisen si ocurre algo. Quiero hablar con ella.
—Ahora no es conveniente.
—¿Para quién?
Leire abrió la puerta de la sala.
—Entre, Mara.
—No ha respondido.
—Su hija necesita descansar y usted necesita declarar.
—Mi hija necesita a su madre.
—Y nosotros necesitamos saber qué ocurrió con su padre.
La miré.
Había aprendido a lanzar aquella frase cada vez que yo intentaba regresar a Lía. No gritaba. No amenazaba. Solo colocaba el cadáver de Damián entre las dos y esperaba que yo cediera.
Entré.
La mujer de la carpeta se sentó al otro lado de la mesa. Leire ocupó la silla de su izquierda. Yo permanecí de pie.
—¿Cómo se llama? —pregunté.
La mujer dejó la carpeta.
—Subinspectora Vega.
—¿También va a interrogarme?
—Vamos a tomarle declaración.
—No es lo mismo.
—No —dijo Leire—. Todavía no.
Me senté.
La palabra todavía quedó flotando sobre la mesa.
Vega encendió la cámara y comprobó la hora.
—Son las cinco y cuarenta y siete minutos. Se inicia declaración de doña Mara Sanz en relación con el fallecimiento de Damián Llorca. La compareciente se encuentra en calidad de testigo y ha sido informada de su derecho a solicitar asistencia letrada. ¿Desea abogado?
Miré a Leire.
—No.
—Necesito que responda para la grabación —dijo Vega.
—No deseo abogado.
—¿Declara voluntariamente?
—Sí.
La respuesta me salió más baja.
Vega acercó un documento.
—Lea y firme.
—¿Qué es?
—La información de derechos.
—Ya me los ha leído.
—Tiene que constar por escrito.
Tomé el bolígrafo.
Las manos me dolían. La piel de los nudillos estaba tirante después de que retiraran la sangre y el corte de la palma ardía al apoyar los dedos. Firmé sin leer.
Damián siempre decía que nunca debía firmarse nada sin leerlo. Lo repetía a los clientes, a los empleados y a mí, especialmente a mí, aunque después dejaba contratos sobre la encimera con pequeñas marcas amarillas donde debía poner mi nombre.
—Empiece por el momento en que su marido llegó a casa —dijo Vega.
—Ya se lo he contado a la inspectora.
—Necesitamos una declaración completa.
—¿Desde el principio?
—Desde el principio.
Abrí la botella. El plástico crujió entre mis dedos.
—Damián llegó cerca de las once.
—¿De dónde venía?
—De una cena con unos clientes.
—¿Qué clientes?
—No lo sé.
—¿No se lo dijo?
—Damián tenía muchas cenas.
—¿A qué se dedicaba?
—Era arquitecto. Tenía una constructora.
—¿Nombre de la empresa?
—Llorca Proyectos.
—¿Trabajaba usted allí?
—A veces.
Leire levantó la vista.
—Antes dijo que no trabajaba.
—Dije que no tenía un puesto.
—¿Qué hacía?
—Facturas. Nóminas. Llamadas. Lo que hiciera falta.
—¿Tenía acceso a las cuentas?
—A algunas.
—¿A cuáles?
—No lo sé de memoria.
Vega intervino:
—Volvamos a la llegada.
Asentí.
—Escuché el coche. Damián entró. Yo estaba en la cocina.
—¿Su hija?
—En el salón, viendo una película.
—Antes dijo que terminaba de cenar.
—Estaba haciendo las dos cosas.
—¿Qué había cenado? —preguntó Leire.
La miré.
—¿Importa?
—Quiero saber si recuerda la escena.
—Macarrones.
—¿Con qué salsa?
—Tomate.
—¿Quién cocinó?
—Yo.
—¿Damián cenó?
—Había cenado fuera.
—¿Probó la comida?
—No.
Leire apoyó el bolígrafo sobre la mesa.
—¿Se quejó?
—¿De qué?
—De la cena.
—No la probó.
—¿Se quejaba a menudo de cómo cocinaba?
La pregunta no tenía nada que ver con la caída. No todavía.
—A veces.
—¿Qué decía?
—Lo mismo que cualquiera. Que estaba frío, que tenía demasiada sal, que faltaba algo.
—¿Cómo reaccionaba cuando algo no estaba como quería?
—¿Qué está insinuando?
—No he insinuado nada.
—Sí lo ha hecho.
—Su hermana habló de episodios anteriores.
—Mi hermana no vivía con nosotros.
—Por eso se lo pregunto a usted.
Bebí agua.
—Damián era exigente.
—¿Con la comida?
—Con todo.
—¿Y esa noche?
—No habló de la cena.
—¿De qué hablaron?
—De nada importante.
Leire no desvió la mirada.
—Su hija escuchó una discusión.
—Una conversación desagradable.
—¿Cuál era el tema?
—No lo recuerdo.
—Hace pocas horas.
—Han ocurrido muchas cosas desde entonces.
—¿Hablaban de trabajo?
—Puede ser.
—¿De dinero?
—Puede ser.
—¿De otra mujer?
Sentí un golpe pequeño en el pecho. No llegó a dolor.
—No.
—¿Está segura?
—Sí.
—¿Su marido tenía una relación fuera del matrimonio?
Vega miró a Leire. Era evidente que aquella pregunta no formaba parte del orden que habían acordado.
—No que yo supiera.
—¿Alguna vez sospechó?
—Todo el mundo sospecha alguna vez.
—¿Usted sospechaba?
—No.
Era mentira.
No una mentira reciente. Era una mentira de hacía siete meses, cuando encontré una reserva de hotel en el correo de Damián y decidí que quizá era para un cliente.
Otra de hacía cinco, cuando llegó con el cuello de la camisa manchado de maquillaje.
Otra de hacía tres, cuando empezó a llevar el teléfono incluso al baño.
Las mentiras antiguas son más sencillas. Han tenido tiempo de acomodarse.
—¿Entonces de qué discutieron? —preguntó Leire.
—No discutimos.
—La vecina escuchó gritos.
—Damián hablaba fuerte.
—Su hija la oyó llamarlo cabrón.
—Eso ya se lo expliqué.
—No. Dijo que fue una conversación desagradable.
—Pues eso.
—¿Qué hizo él para que lo llamara así?
—No lo recuerdo.
Leire se inclinó hacia delante.
—Mara, una persona puede olvidar el orden exacto de una caída, el nombre de un medicamento o dónde dejó el teléfono. No olvida por qué llamó cabrón a su marido media hora antes de que muriera.
—Pues yo sí.
—No la creo.
Vega levantó una mano.
—Inspectora.
Leire se recostó, pero no retiró la mirada.
—Me dijo que se iba —contesté.
Las palabras salieron juntas.
Ninguna de las dos habló.
—¿Adónde? —preguntó Vega.
—No lo sé.
—¿Esa noche?
—No. Del matrimonio.
La sala pareció hacerse más pequeña.
—¿Damián quería separarse? —dijo Leire.
—Lo dijo enfadado.
—¿Lo había dicho antes?
—Muchas veces.
—¿Y usted?
—También.
—¿Habían iniciado trámites?
—No.
—¿Habían hablado con abogados?
—Yo no.
—¿Él?
—No lo sé.
—¿Por qué discutieron esa noche?
—Porque llegó tarde.
—Eso era habitual.
—Sí.
—Entonces ¿qué cambió?
Miré el vaso vacío.
—Dijo que ya estaba decidido.
—¿Qué estaba decidido?
—Que se marchaba.
—¿Solo él?
—Eso entendí.
—¿Y Lía?
No respondí.
Leire dejó pasar unos segundos.
—¿Qué dijo sobre su hija?
—Nada.
—Mara.
—No quiero hablar de eso.
—Tiene que hacerlo.
—No, no tengo.
—Su marido murió minutos después de anunciarle que se marchaba. Necesitamos saber qué dijo exactamente.
—Dijo que hablaríamos al día siguiente.
—¿Sobre Lía?
—Sí.
—¿Quería llevársela?
—No.
—¿Quería pedir la custodia?
—No lo dijo.
—¿Lo insinuó?
—Dijo que conmigo no estaba segura.
Vega dejó de escribir.
Leire no parpadeó.
—¿Por qué dijo eso?
—Porque sabía hacer daño.
—¿A qué se refería?
—A nada concreto.
—¿Había algún problema con su hija?
—No.
—¿Con usted?
—No.
—¿Consumía drogas?
—No.
—¿Bebía?
—No más que cualquiera.
—¿Tenía episodios de ansiedad?
—A veces.
—¿Tomaba medicación?
—Lorazepam cuando lo necesitaba.
—¿Alguna hospitalización?
—No.
—¿Antecedentes psiquiátricos?
—No.
—¿Había dejado sola a Lía?
—Claro que no.
—¿La había puesto en peligro?
—No.
—Entonces ¿por qué Damián dijo que no estaba segura con usted?
—Porque quería asustarme.
—¿Lo consiguió?
Pensé en la cocina.
En su chaqueta sobre el respaldo de la silla.
En el olor a vino.
En la forma en que había sonreído al decirlo, no porque estuviera contento, sino porque ya sabía dónde colocar la siguiente herida.
—Sí.
—¿Qué le respondió?
—Que era un cabrón.
—¿Solo eso?
—Sí.
—¿No le dijo que no permitiría que se llevara a Lía?
—Puede ser.
—¿Puede ser?
—No recuerdo cada palabra.
—¿Lo amenazó?
—No.
—¿Le dijo que antes lo mataría?
La miré.
—No.
—¿Está segura?
—Sí.
—¿Le dijo que se arrepentiría?
—No.
—¿Le dijo que no saldría de esa casa con su hija?
—No.
Vega volvió a mirar a Leire.
—¿De dónde salen esas frases?
—De la declaración de la vecina.
Sentí que me enfriaba por dentro.
—Carmen no pudo oírnos.
—Al parecer sí.
—Vive enfrente.
—Tenía la ventana abierta.
—Era de noche.
—Estaba fumando en la terraza.
—Carmen no fuma.
Leire abrió una carpeta.
—Su marido sí.
—¿Qué?
—Ella salió porque olió el humo. Lo vio junto a la puerta de la cocina y los oyó discutir.
—La cocina da al jardín trasero.
—La puerta principal estaba abierta.
—No.
—Según ella, sí.
—Miente.
—¿Por qué iba a mentir?
—Le encanta meterse en la vida de todo el mundo.
—¿También inventó que usted dijo que no permitiría que Damián le quitara a su hija?
El silencio me empujó contra el respaldo.
—No recuerdo haberlo dicho.
—Antes dijo que no lo dijo.
—Entonces no lo dije.
—¿Cuál de las dos respuestas dejamos?
—La segunda.
Leire anotó algo.
—¿Qué ocurrió después?
—Subí con Lía.
—¿Inmediatamente?
—Sí.
—¿Damián se quedó abajo?
—Sí.
—¿Dónde?
—En la cocina.
—¿Con los dos zapatos puestos?
La miré.
—Supongo.
—Uno apareció en el dormitorio.
—Ya lo sé.
—Entonces subió después.
—Sí.
—¿Lo oyó?
—No.
—¿Cómo pudo no oírlo si la casa transmite todos los sonidos?