Capítulo 6 · Hora cinco #3
—Puede ser otra sustancia.
—Es sangre.
—¿Por qué está tan segura?
—Porque sé cómo es la sangre de mi marido.
En cuanto lo dije quise retirar la frase.
Leire levantó la mirada.
—¿Es distinta de la de los demás?
—Llevo horas cubierta de ella.
—Ya.
—No intente convertir cada palabra en algo.
—No necesito intentarlo.
El agente joven, Álvaro, entró desde la calle.
—El coche está preparado.
Leire se puso la chaqueta.
—Vamos.
—¿Puedo despedirme otra vez de Lía?
—Ya se ha despedido.
—No sabía que había un límite.
—Cuanto antes salgamos, antes podrá regresar.
Miré la escalera.
No quería subir de nuevo.
No quería que mi hija me viera marcharme.
Tampoco quería dejarla en una casa llena de policías, manchas y bolsas transparentes.
—¿Van a quedarse aquí toda la noche?
—El tiempo que sea necesario.
—No quiero que entren en la habitación de Lía.
—No lo harán sin avisar.
—Quiero que Nuria se la lleve.
—Todavía necesitamos una entrevista formal con la niña.
—No.
—Con personal especializado.
—Ya ha contado lo que escuchó.
—Su versión ha cambiado.
—Tiene siete años.
—Precisamente por eso debe hablar con alguien preparado.
—No hoy.
—Eso no lo decide usted sola.
—Soy su madre.
—Y su padre ha muerto en circunstancias que estamos investigando.
—¿Me está diciendo que no puedo proteger a mi hija?
—Le estoy diciendo que también debemos protegerla nosotros.
No respondí.
La frase era correcta. Sonaba correcta. Todo lo que decía Leire tenía el aspecto de una frase razonable hasta que se aplicaba a mi vida.
Caminé hacia la puerta.
Al pasar junto a la consola vi la fotografía de la playa.
Damián sonreía con un brazo sobre mis hombros. Lía estaba delante, sujetando un cubo rojo. El viento me había cubierto media cara con el pelo y yo me reía mientras intentaba apartarlo.
No recordaba qué año era.
Tampoco recordaba cuándo habíamos dejado de parecer aquellas personas.
Fuera había tres coches policiales, una ambulancia vacía y varios vecinos junto a sus ventanas. La calle estaba iluminada como si fueran las diez de la noche, aunque faltaba poco para las cinco de la mañana.
Carmen, la vecina de enfrente, estaba detrás de su verja con una bata sobre el pijama. Cuando me vio, levantó una mano.
No supe si saludarla.
Un hombre apareció al final de la acera con el teléfono en alto. Álvaro se interpuso.
—No puede grabar aquí.
—Estoy en la vía pública.
—Apague la cámara.
—¿Es la esposa?
La pregunta llegó hasta mí.
Leire abrió la puerta trasera del coche.
—Suba.
—No estoy detenida.
—Ya lo sé.
—Entonces quiero ir delante.
—Suba detrás.
—¿Por qué?
—Porque es el lugar destinado a los traslados.
—A los detenidos.
—También a los testigos.
—No soy una testigo. No vi nada.
La inspectora sostuvo la puerta.
—Precisamente ese es uno de los problemas.
El hombre del teléfono volvió a preguntar:
—¿La han arrestado?
Carmen seguía detrás de la verja.
En una ventana del piso superior vi a Lía.
Tenía las manos apoyadas contra el cristal.
Levanté la mía.
Ella no respondió.
Subí al coche.
La puerta se cerró con un sonido metálico. No había manilla en el interior.
Leire ocupó el asiento delantero. Álvaro se sentó al volante.
Mientras arrancábamos, miré la casa por la ventanilla.
Las luces estaban encendidas en todas las habitaciones. Los técnicos se movían detrás de los cristales. Desde fuera parecía una maqueta abierta, uno de aquellos proyectos que Damián llevaba a las reuniones para que los clientes pudieran ver cada estancia sin necesidad de imaginar nada.
La escalera ocupaba el centro.
Seis peldaños.
Un descansillo.
Ocho peldaños más.
Catorce en total.
Había vivido doce años en aquella casa y nunca los había contado hasta esa noche.
—Inspectora —dijo Álvaro.
Leire se volvió.
El agente sostenía el teléfono profesional.
—Acaba de llamar el forense.
—¿Qué ocurre?
Álvaro miró por el retrovisor.
Después bajó la voz, pero no lo suficiente.
—Dice que la herida principal de la cabeza no parece causada por un peldaño.
Leire no contestó.
—¿Por qué? —pregunté.
Ninguno de los dos respondió.
—¿Qué ha dicho?
La inspectora miró hacia atrás.
—Que debemos esperar al examen completo.
—Ha dicho que no fue un peldaño.
—Ha dicho que no lo parece.
—Entonces ¿qué fue?
Leire sostuvo mi mirada.
El coche avanzaba despacio entre las luces azules.
—Algo con un borde estrecho y pesado.
Pensé en la casa de bronce dentro de la bolsa.
En el tejado afilado.
En la sangre seca.
—El premio cayó con él —dije.
—Puede ser.
—Eso ocurrió.
—¿Lo vio?
—No.
Leire se volvió hacia delante.
—Entonces tendremos que averiguarlo.
Apoyé las manos sobre las rodillas.
Todavía quedaba sangre bajo las uñas. Pequeñas líneas oscuras que el agua no había conseguido eliminar.
Las cerré.
A través de la ventanilla trasera vi cómo mi casa desaparecía al final de la calle.
Por primera vez desde que había encontrado a Damián al pie de la escalera, pensé que quizá no volvería antes de que Lía despertara.
Y por primera vez comprendí que la policía ya no intentaba averiguar si mi marido se había caído.
Intentaba decidir qué objeto lo había golpeado antes.