La segunda caída Capítulo 6 · Hora cinco #2
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Capítulo 6 · Hora cinco #2

—No dormirás sola.

—¿Vas a estar?

—Sí.

No sabía si era verdad.

—¿Cuándo vuelves?

—Pronto.

—¿Cuánto?

—No sé.

—Una hora.

—Quizá.

—Dos.

—No lo sé, Lía.

—Siempre tienes que saberlo.

Le acaricié el pelo.

—Hoy no.

La puerta principal volvió a abrirse.

Entraron dos hombres con monos blancos y cajas de material. Detrás de ellos apareció otro agente que llevaba una bolsa transparente de mayor tamaño.

Dentro había una escultura.

La reconocí antes de que la luz cayera sobre ella.

Era una casa de bronce, pequeña y pesada, apoyada sobre una base de mármol negro. Damián la había recibido cinco años antes por el proyecto de la urbanización Los Olivos. El tejado estaba formado por dos planos afilados y una de las paredes tenía ventanas rectangulares sin cristal.

Llevaba años en la consola del recibidor.

Lía levantó la cabeza de mi hombro.

—El premio de papá.

El agente dejó la bolsa sobre la mesa.

Había sangre en uno de los bordes del tejado.

No mucha.

Una línea seca y oscura.

También varios cabellos pegados a la base.

—¿Dónde estaba? —preguntó Leire.

—Debajo de la consola —respondió el agente—. Casi pegada a la pared.

La inspectora se acercó.

—¿Pudo caer durante la reanimación?

—No estaba cerca del cuerpo. Había una silla delante. Hemos tenido que moverla para verlo.

—¿La bolsa estaba rota?

—No. Esto es como lo encontramos.

Leire observó la escultura sin tocarla.

—Mara.

Lía seguía en mis brazos.

—¿Qué?

—¿Ese objeto estaba normalmente sobre la consola?

—Sí.

—¿Cuándo lo vio por última vez?

—No sé.

—¿Esta noche?

—No me fijé.

—¿Esta mañana?

—Puede ser.

—¿Quién limpia esa zona?

—Sonia.

—¿Pudo moverlo?

—No suele mover nada.

—¿Cuánto pesa?

—No sé.

El agente sostuvo la bolsa por la parte inferior.

—Unos cuatro kilos.

—Tres y medio —dije.

Todos me miraron.

—Damián lo pesó cuando lo recibió —añadí—. Bromeó con que el premio valía más por el metal que por el reconocimiento.

Leire señaló el borde manchado.

—¿Se había caído alguna vez?

—No.

—¿Podría haberse desplazado con el impacto del cuerpo?

—Supongo.

—La consola está a más de dos metros de la escalera.

—Damián pudo golpearla.

—El cuerpo quedó en dirección contraria.

—Entonces alguien la movió durante la reanimación.

—Los sanitarios dicen que no.

—Había cinco personas aquí.

—Cuatro.

—No las conté.

—Yo sí.

La inspectora miró el mueble.

La consola era estrecha, de madera oscura, con dos cajones y patas metálicas. Sobre ella quedaba una lámpara, un cuenco para las llaves y una fotografía de los tres en la playa. Donde había estado el premio se veía un rectángulo más claro, limpio de polvo.

—¿Cuándo se limpió el mueble? —preguntó Leire.

—Esta mañana.

—Entonces la escultura estaba allí cuando Sonia limpió.

—Si limpió alrededor.

—¿Solía hacerlo?

—No sé.

—¿Puede caerse sola?

—Las cosas no se caen solas.

—Los hombres tampoco —dijo Leire.

La miré.

—¿Qué ha dicho?

—Nada.

—Sí ha dicho algo.

—He dicho que necesitamos entender cómo se desplazó el objeto.

—Se caería durante el golpe.

—¿Qué golpe?

—Cuando Damián cayó.

—No alcanzó la consola.

—Pudo tocarla antes.

—¿Antes de caer?

—Sí.

—¿Por qué?

—No sé. Podía estar buscando las llaves, apoyándose, cualquier cosa.

—¿Con un zapato puesto y otro en el dormitorio?

—Deje de repetir lo del zapato.

—Es extraño.

—Todo le parece extraño.

—Un hombre aparece muerto al pie de su escalera con un zapato puesto, otro junto a la cama, una herida en la cabeza, sangre en dos tramos distintos y una escultura manchada escondida debajo de un mueble. Sí, hay cosas extrañas.

Lía se aferró más a mí.

—No digas eso de papá.

Leire bajó la voz.

—Lo siento.

—No lo sientes.

—Lía —dije—, ve con la tía.

—No.

—Tengo que hablar con la inspectora.

—No quiero.

Nuria intentó cogerla, pero Lía se apartó.

—Quiero quedarme con mamá.

—No puedes venir a comisaría —dijo mi hermana.

—¿Comisaría?

Mi hija me miró.

—¿Por qué vas a la policía?

—Solo tengo que contestar unas preguntas.

—¿Has hecho algo malo?

—No.

—Entonces contesta aquí.

No había forma de explicárselo. No a ella. Quizá tampoco a mí.

Leire se agachó hasta quedar a su altura.

—Tu madre no está detenida.

—¿Qué significa?

—Que va a venir conmigo para ayudarnos y después regresará.

—¿Cuándo?

La inspectora me miró antes de responder.

—En cuanto terminemos.

—Eso dice mamá.

Leire se levantó.

Nuria consiguió apartar a Lía de mí. Mi hija empezó a llorar otra vez, pero esta vez no había cansancio en el llanto. Había miedo.

—No me dejes.

—No te dejo.

—Te vas.

—Voy a volver.

—Papá también dijo que volvía.

La frase me dejó sin aire.

Damián se lo decía cada mañana. Voy a volver pronto. Después llegaba tarde, con olor a obra, a restaurante o a un perfume que no era el mío.

Besé a Lía en la frente.

—Yo sí voy a volver.

No sabía por qué lo dije de aquella forma.

Nuria me miró.

Leire también.

Mi hija dejó que mi hermana la llevara arriba. Permanecí junto a la puerta hasta que desaparecieron en el piso superior.

El agente colocó la escultura sobre una mesa auxiliar y abrió la bolsa desde la parte superior sin sacar el objeto. La técnica acercó la linterna.

—Hay tejido en el borde —dijo.

—¿Tejido humano? —preguntó Leire.

—No lo sé. Puede ser piel. También hay cabello.

—¿De Damián?

—Necesitamos analizarlo.

—¿Podría haberle golpeado durante la caída?

—Si el objeto cayó con él.

—No estaba junto al cuerpo.

—Alguien pudo apartarlo.

—Los sanitarios lo niegan.

—Entonces pudo rebotar.

El técnico de barba canosa, que seguía examinando la barandilla, miró hacia la consola.

—Desde la parte alta no.

—¿Por qué? —preguntó Leire.

El hombre señaló la posición del mueble.

—La trayectoria no encaja. Si estaba sobre la consola, para terminar debajo tendría que caer casi vertical. El cuerpo estaba en el otro lado. No hay contacto entre ambos recorridos.

—¿Y si Damián la tenía en la mano?

—Entonces es posible.

La inspectora se volvió hacia mí.

—¿Por qué llevaría su marido el premio en la mano?

—No lo sé.

—¿Lo utilizaba como pisapapeles?

—No.

—¿Lo había movido esta noche?

—No lo vi.

—¿Discutieron cerca de la consola?

—En la cocina.

—¿La discusión continuó aquí?

—No.

—¿Está segura?

—Sí.

—Su hija oyó voces desde arriba.

—La cocina está abierta al recibidor. Se oye todo.

—Entonces pudo escuchar la discusión desde cualquier punto de la planta baja.

—Exacto.

—También habría escuchado si usted se acercaba a la escalera.

—Yo subí con ella.

—Después salió de la habitación.

—Me quedé en el pasillo.

—¿Vio a Damián con la escultura?

—No.

—¿Lo vio en el descansillo?

—No.

—¿Lo vio caer?

—No.

—Pero sabe que empezó arriba.

—Porque cayó por la escalera.

Leire miró los catorce peldaños.

—Eso todavía no nos dice desde cuál.

Uno de los hombres de blanco se acercó.

—Inspectora, hemos encontrado otra marca en la pared del tramo inferior.

—¿De qué tipo?

—Impacto pequeño. No parece del cuerpo.

El agente le mostró una fotografía en una cámara.

Leire la amplió con los dedos.

—¿Puede corresponder a una esquina de esto?

Señaló la escultura.

El hombre observó la pantalla, luego el tejado de bronce.

—La forma podría coincidir.

—¿Puede caer desde el descansillo y golpear allí?

—Tendríamos que hacer pruebas.

—Háganlas.

—Sin sacar el objeto no podemos medirlo.

—Fotografíen y recojan primero.

Yo miraba la casa de bronce dentro de la bolsa.

Damián la odiaba.

No cuando se la entregaron. Entonces la colocó en el centro de la consola, llamó a su madre y abrió una botella de champán.

Durante meses se la mostró a todo el que venía a casa.

Después recibió premios mejores, más grandes, con nombres más importantes, y aquella pequeña casa quedó convertida en algo que Sonia levantaba los miércoles para quitar el polvo.

—No significa nada —dije.

Leire no apartó la vista de la escultura.

—¿Qué?

—Que tenga sangre.

—Nadie ha dicho que la tenga.

—Se ve.