La segunda caída Capítulo 6 · Hora cinco
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Capítulo 6 · Hora cinco

Para salir de mi casa tuve que bajar por la escalera donde había muerto mi marido.

La agente me había entregado unos pantalones negros, un jersey de Nuria y unas zapatillas que no eran mías.

Mi hermana las había sacado del armario sin fijarse en la talla.

Me apretaban los dedos y se me levantaban por detrás a cada paso, pero nadie parecía dispuesto a dejarme subir otra vez para buscar otras.

La ropa de Damián seguía en el dormitorio.

La mía estaba dentro de una bolsa.

Mi hija lloraba detrás de una puerta cerrada.

Y yo tenía que bajar catorce escalones sin tocar las manchas numeradas, las tiras adhesivas ni a los desconocidos que se habían apropiado de la casa.

—Pise donde le indique —dijo la mujer de los guantes.

Estaba agachada junto al primer peldaño, iluminando el borde con una linterna.

—Sé bajar mi propia escalera.

—Esta noche no.

Leire esperaba abajo, cerca de la puerta principal. Ya no llevaba la chaqueta. La había dejado sobre una silla del comedor y se había remangado la camisa hasta los codos. Parecía menos una inspectora y más alguien que hubiera venido a ayudarnos con una avería.

No me engañaba.

—Empiece por el lado derecho —dijo la técnica—. Junto a la pared.

Apoyé el pie.

—Ahí no.

Lo retiré.

—¿Entonces dónde?

Señaló una franja de apenas diez centímetros.

—Ahí.

—No me cabe el pie.

—De lado.

Bajé el primer peldaño con el cuerpo pegado a la pared.

El segundo estaba marcado con una pequeña flecha amarilla. En el tercero había una gota de sangre junto al borde. En el cuarto, fibras azules. El quinto parecía limpio. El sexto tenía una raya oscura que podía ser sangre o suciedad.

A partir de allí comenzaba el descansillo.

Me detuve.

—Continúe —dijo Leire.

—No puedo.

La inspectora levantó la cabeza.

—¿Se encuentra mal?

—No.

—Entonces siga.

No podía explicarlo. Había pasado por allí miles de veces.

Con bolsas de la compra, con Lía dormida en brazos, con una bandeja de café, con Damián detrás de mí hablando por teléfono.

Conocía cada crujido, cada cambio de luz, la pequeña corriente de aire que entraba por la junta de la pared de cristal cuando soplaba fuerte.

Sin embargo, aquella noche el descansillo parecía otro lugar.

Habían colocado marcadores junto a la varilla torcida, la rozadura de la pared y la gota de sangre de la barandilla. Una tira métrica atravesaba la madera de un extremo al otro. El fotógrafo había dejado su trípode abierto junto al cristal.

—Mara —dijo Leire.

Bajé.

La zapatilla derecha se me salió del talón. Recuperé el equilibrio agarrándome a la pared.

La técnica dio un paso hacia mí.

—No toque la barandilla.

—No la he tocado.

—Casi.

—No me dejan espacio.

—Tenga cuidado.

La miré.

—Gracias por el consejo.

Leire subió dos escalones.

—¿Necesita sentarse?

—¿Dónde?

No había sillas en el descansillo. Solo sangre, números y gente observándome.

—Puede volver arriba.

—Quiero salir de aquí.

—Entonces siga.

Me obligué a mirar hacia abajo.

El segundo tramo era más largo que el primero. Ocho peldaños. Damián había querido que parecieran suspendidos, sin una estructura visible debajo. Cuando vinieron a fotografiar la casa para la revista, el periodista escribió que la escalera «flotaba sobre el recibidor».

Aquella noche no flotaba nada.

Todo pesaba.

El cuerpo.

La sangre.

Las preguntas.

—¿Los ha contado? —preguntó Leire.

—¿Qué?

—Los escalones.

—Son catorce.

—¿Está segura?

—Vivo aquí.

—Seis hasta el descansillo y ocho después.

—Sí.

—Antes dijo a la operadora que oyó varios golpes.

—Sí.

—¿Cuántos?

—No sé.

—¿Más de catorce?

—No los conté.

—¿Menos?

—Leire.

—Solo intento entender el sonido.

—Tire usted a alguien y compruébelo.

La frase salió antes de que pudiera frenarla.

La técnica dejó de trabajar.

El fotógrafo levantó la cabeza.

Leire no cambió de expresión.

—No creo que sea necesario.

—Pues deje de preguntarme cómo sonó.

—Su hija distingue dos secuencias.

—Mi hija está traumatizada.

—Eso no significa que esté equivocada.

—Tampoco que tenga razón.

—No.

La inspectora bajó un escalón y quedó a mi altura.

—¿Quiere que le diga lo que vemos?

—No.

—Creo que sí.

—He dicho que no.

—En el tramo superior hay una rozadura reciente en la pared, una varilla doblada y una mancha que podría ser sangre.

Después viene el descansillo. En el tramo inferior aparecen fibras de la camisa de su marido, más sangre y varias marcas de impacto.

Lo que todavía no sabemos es cómo empezó la caída.

—Desde arriba.

—¿Por qué?

—Porque cayó por la escalera.

—También podría haber caído desde el descansillo.

—Lía oyó golpes antes.

—Oyó un ruido.

—Dos caídas, según usted.

—Según ella.

—Y la primera empezó arriba.

—Eso no lo sabemos.

—Ha encontrado sangre.

—Una gota.

—¿De quién?

—Todavía no lo sabemos.

—Será de Damián.

—Probablemente.

—Entonces pasó por aquí.

—Sí.

—Y cayó.

—O estaba herido antes de caer.

La miré.

Abajo, alguien abrió la puerta principal. Entró aire frío y el reflejo azul de los coches policiales recorrió la pared.

—¿Herido por qué?

—Eso intentamos averiguar.

—Se golpeó con la barandilla.

—Puede ser.

—Todo puede ser para usted.

—Por ahora, sí.

La técnica se agachó junto a la madera.

—Inspectora.

Leire se volvió.

La mujer señalaba una marca fina en el borde del descansillo, cerca de donde yo había apoyado la rodilla al abrazar a Lía.

—Aquí falta una astilla.

Miré la bolsa que contenía mi camisón.

Estaba sobre una silla, cerrada y etiquetada. Desde allí no se veía el fragmento que había caído de la tela, pero yo sabía que estaba dentro.

—Ya encontraron madera en mi ropa —dije.

—Sí —respondió Leire.

—Entonces me apoyé aquí.

—¿Cuándo?

—Al bajar.

—Antes dijo que no tocó la barandilla.

—No es la barandilla. Es el suelo.

—¿Se arrodilló en el descansillo?

—No lo recuerdo.

—Ha dicho que bajó corriendo.

—Pude tropezar.

—También dijo que no resbaló ni se cayó.

—No me caí.

—¿Entonces por qué se habría apoyado aquí?

—Porque mi marido estaba abajo. Porque tenía prisa. Porque quizá puse una mano para girar.

Leire miró la marca.

—¿Con la palma derecha?

—No sé.

—La rozadura de su mano derecha tiene forma lineal.

—Entonces sí.

—¿Y por qué había sangre de Damián en el descansillo antes de que usted lo encontrara abajo?

—Se golpeó al caer.

—Acaba de decir que se apoyó aquí al bajar. Si ya había sangre, podría haberla tocado.

—Eso he dicho.

—No. Ha dicho que la astilla se desprendió cuando usted puso la mano. La sangre pudo estar aquí antes, pero la marca de la madera parece reciente.

—No entiendo qué diferencia hay.

—Todavía ninguna.

La inspectora se apartó.

—Siga bajando.

Lo hice despacio.

Séptimo peldaño.

Octavo.

Noveno.

En el décimo había una mancha amplia junto a la pared. El fotógrafo había colocado una regla blanca en paralelo y tomado varias imágenes. En el undécimo aparecía una raya que bajaba hacia el borde, como si algo pesado hubiera raspado la superficie.

El duodécimo estaba limpio.

El decimotercero tenía sangre.

El último terminaba casi junto a la alfombra del recibidor, donde Damián había quedado tendido.

Cuando llegué abajo sentí que acababa de bajar una escalera que nunca había visto.

Leire miró las zapatillas.

—¿Son suyas?

—No.

—¿De quién?

—De Nuria.

—¿Qué llevaba puesto esta noche?

—Estaba descalza.

—¿Cuando bajó?

—Sí.

—¿Encontramos sus huellas en los peldaños?

—Supongo.

—La técnica solo ha localizado una impresión parcial en el descansillo.

—Entonces pisé con cuidado.

—Bajó corriendo, según usted.

—No iba mirando dónde pisaba.

—Precisamente.

—¿Qué quiere que le diga?

—La verdad.

—No sabe hacer otra pregunta.

—Y usted no parece saber dar otra respuesta.

Nuria apareció en la parte superior.

Lía estaba detrás de ella.

—Mamá, no te vayas.

Miré a Leire.

—No puedo dejarla.

—Su hermana se quedará.

—Quiero ir contigo —dijo Lía.

—No puedes.

—¿Por qué?

No sabía qué decirle. Porque la policía iba a sentarme bajo una luz y preguntarme otra vez si había matado a su padre. Porque podían detenerme. Porque quizá no me dejarían regresar antes de que despertara.

—Voy a hablar con la inspectora —dije—. Después vuelvo.

—Habla aquí.

—No podemos.

—¿Por qué?

—Porque tienen que trabajar.

Lía miró a las personas que medían los escalones.

—Esta es nuestra casa.

—Sí.

—Pues que se vayan ellos.

Nuria le puso las manos sobre los hombros.

—Mamá volverá enseguida.

—Siempre dice eso.

Mi hija empezó a bajar.

—No —dije—. Quédate arriba.

—Quiero darte un abrazo.

—No puedes pasar.

—¿Por qué?

La técnica levantó una mano.

—Hay zonas que no debe tocar.

Lía la miró como si acabara de insultarla.

—Yo vivo aquí.

—Lo sé, cariño.

—No me llames cariño.

El fotógrafo escondió una sonrisa.

Lía bajó por el mismo borde que yo, con Nuria detrás. Nadie se atrevió a detenerla. Al llegar al descansillo se quedó quieta.

—Ahí estaba papá —dijo.

Leire se volvió.

—¿Dónde?

Lía señaló el suelo.

No la varilla.

No la pared.

El centro del descansillo.

—¿Lo viste?

—No.

—Entonces ¿cómo sabes que estaba ahí?

—Porque dijo «Mara».

—Pero no lo viste —repetí.

—No.

—Lo imaginaste.

—No.

—Lía.

—Se escuchaba ahí.

La inspectora miró alrededor.

—¿Cómo sabes desde dónde venía su voz?

—Porque nuestra casa se escucha todo.

Nuria me miró.

Yo había pensado lo mismo arriba. La casa devolvía cada sonido. Damián estaba orgulloso.

Leire subió hasta el descansillo.

—¿Estabas en tu cama?

—Sí.

—¿La puerta abierta o cerrada?

—Abierta.

—¿La película seguía puesta?

—Sí.

—¿A qué volumen?

Lía se encogió de hombros.

—Normal.

—¿Y escuchaste a tu padre desde aquí?

—Sí.

—¿Dijo algo además del nombre de tu madre?

—No sé.

—Intenta recordarlo.

—No la presione —dije.

—No lo hago.

—Lleva toda la noche haciéndolo.

—Mamá —dijo Lía.

—¿Qué?

Mi hija miraba la pared.

—¿Por qué hay sangre ahí?

La gota estaba cerca de su mano.

Nuria la apartó.

—No la toques.

—¿Es de papá?

—No lo sabemos —respondió Leire.

—Sí lo saben —dije—. Es de él.

Lía bajó el resto de los peldaños y corrió hacia mí.

La abracé.

Leire esperó.

Sentí el cuerpo pequeño de mi hija pegado al mío, los dedos cerrándose en el jersey y la respiración caliente contra mi cuello.

—No quiero dormir sola —murmuró.