Capítulo 5 · Hora cuatro #2
—Porque necesitaba que Damián fuera peor de lo que era para justificar que no le gustara.
Leire no dijo nada.
—No ponga esa cara.
—¿Qué cara?
—La de que acabo de darle una respuesta útil.
—Todas las respuestas son útiles.
—Claro.
Salcedo retiró los guantes y se puso unos nuevos.
—Voy a tomar una muestra del interior de la boca.
Abrí.
El bastoncillo me rozó las encías.
—¿Para qué?
—Muestra de referencia.
—¿Para comparar mi ADN?
—Sí.
—¿Con qué?
—Con lo que encontremos.
—Mi ADN está por toda la casa. Vivo aquí.
—Lo sabemos.
—También estará sobre Damián.
—Era su marido.
—Entonces tampoco demostrará nada.
Leire me observó.
—Parece tenerlo muy claro.
—No hace falta ser policía.
El doctor guardó la muestra.
—Ahora necesito fotografiar la ropa antes de que se cambie. De frente y de espaldas.
Me coloqué junto a la pared.
El flash iluminó la sangre seca.
—Gire.
Lo hice.
—Levante los brazos.
Al levantarlos, el camisón se pegó al vientre. La tela estaba húmeda en algunos lugares. Sentí el olor metálico de la sangre y el vino agrio que todavía llevaba en el pelo desde que acerqué la cara a la boca de Damián.
—Ya está —dijo Salcedo.
Bajé los brazos.
—¿Puedo lavarme?
—Las manos todavía no.
—Ya ha tomado las muestras.
—Necesitamos fotografiarlas limpias.
—¿Cuándo?
—Después de retirar la sangre de forma controlada.
—Llevo cuatro horas así.
—Lo siento.
—No lo parece.
Salcedo sostuvo mi mirada.
—Lo siento de verdad.
Eso me desarmó más que cualquier pregunta.
Me senté.
—No puedo sentir los dedos.
El médico se agachó.
—¿Hormigueo?
—Frío.
Me tomó el pulso en la muñeca derecha.
—Está taquicárdica.
—Mi marido acaba de morir.
—Voy a pedir que le traigan agua.
—Quiero un lorazepam.
—Ahora no.
—¿Por qué?
—Porque van a tomarle declaración.
Leire intervino:
—No quiero que esté sedada.
—No estaría sedada. Lo tomo a veces.
—¿Cuándo fue la última vez?
—No sé. La semana pasada.
—¿Qué dosis?
—Un miligramo.
—¿Tiene receta?
—Sí.
—Luego lo comprobaremos.
—Por supuesto.
Salcedo salió para buscar a la agente. Leire y yo quedamos solas en el comedor.
Arriba, Lía empezó a llorar.
Por fin.
El sonido atravesó el techo y llenó la casa. No eran gritos. Era un llanto regular, cansado, que se interrumpía cada vez que intentaba respirar.
Me levanté.
—Tengo que ir con ella.
Leire se colocó ante la puerta.
—En cuanto termine de cambiarse.
—Apártese.
—Mara.
—Mi hija está llorando.
—Su hermana está con ella.
—No es su madre.
—No.
—Entonces apártese.
No lo hizo.
—Necesito preguntarle una cosa antes de que suba.
—Ya me ha preguntado cien.
—Esta es sencilla.
—Nada de lo que pregunta es sencillo.
Leire miró hacia el techo. Lía continuaba llorando.
—¿Por qué negó lo de marzo?
—Porque no tenía importancia.
—Su marido la agarró con suficiente fuerza para dejarle marcas.
—Fue una discusión.
—¿Por qué no quiso contarlo?
—Porque está muerto.
—Eso no cambia lo que hizo.
—Sí lo cambia todo.
—¿Por qué?
—Porque no puede defenderse.
La inspectora me observó durante unos segundos.
—Lleva toda la noche defendiéndolo usted.
—Era mi marido.
—¿Y eso qué significa?
—Que lo conocía.
—¿Mejor que su hermana?
—Sí.
—¿Mejor que su hija?
—Claro.
—¿Mejor que la mujer que ha descrito la llamada?
Fruncí el ceño.
—¿Qué mujer?
—Usted.
—No entiendo.
—En la grabación dice tres veces que su marido se ha caído. Antes incluso de comprobar si estaba consciente. Antes de preguntarse si se había desmayado, si había sufrido un infarto o si alguien le había hecho daño.
—Estaba al pie de la escalera.
—Sí.
—¿Qué quería que pensara?
—Nada. Solo me pregunto por qué estuvo tan segura desde el primer segundo.
—Porque era evidente.
—¿También era evidente que solo se había caído una vez?
No contesté.
Leire bajó la voz.
—Su hija escuchó una pausa. Escuchó a su padre decir su nombre. Después escuchó otro golpe.
—Tiene siete años.
—Y usted la corrigió antes de que terminara de explicarlo.
—Porque estaba confundida.
—¿O porque sabía que no estaba confundida?
La aparté con el hombro.
No con fuerza. Lo justo para llegar a la puerta.
Leire me sujetó por la muñeca.
Fue un movimiento rápido.
Instintivo.
Me quedé quieta.
Ella también.
Sus dedos estaban justo sobre la abrasión que había fotografiado Salcedo. Aflojó enseguida y me soltó.
—No vuelva a tocarme —dije.
—No intente apartarme.
—Estoy en mi casa.
—Y yo estoy investigando una muerte.
—No hay nada que investigar.
—Su marido tenía una herida en la cabeza, múltiples fracturas, sangre en el descansillo y una hija que asegura que permaneció consciente entre dos caídas. Sí hay algo que investigar.
—No fui yo.
—Todavía no he dicho que lo fuera.
—Pero quiere que lo sea.
—Quiero saber dónde estaba.
—Con Lía.
—Ella dice que salió de la habitación.
—Fui al baño.
—Primero dijo que no salió.
—No recordaba esos segundos.
—Después dijo que habló con Damián desde arriba.
—Sí.
—¿Qué le dijo?
—Que bajara la voz.
—¿Y él?
—Nada.
—Lía lo oyó decir su nombre.
—Después.
—¿Después de qué?
Abrí la boca.
No salió nada.
Leire se acercó apenas.
—Mara, cuénteme qué ocurrió cuando salió de la habitación.
—Ya se lo he contado.
—No.
—Fui al baño.
—No fue al baño.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque el lavabo estaba seco.
La miré.
—¿Qué?
—El lavabo, la taza, el suelo. Nadie había utilizado ese baño recientemente.
—No dije que me lavara las manos.
—¿Entró solo para estar de pie?
—Necesitaba respirar.
—¿Por qué?
—Porque Damián estaba gritando.
—Antes dijo que no gritaba.
—Dije que hablaba fuerte.
—¿Desde dónde?
—Desde abajo.
—¿Y usted salió al pasillo?
—Sí.
—¿Lo vio?
—No.
—¿Le habló?
—Sí.
—¿Qué le dijo exactamente?
Arriba, el llanto de Lía se detuvo.
El silencio me dejó sin tiempo.
—Le dije que no despertara a la niña.
—La niña estaba despierta.
—Él no lo sabía.
—¿Y Damián dijo su nombre?
—Sí.
Era la primera vez que lo admitía.
Leire no se movió.
—¿Qué más dijo?
—Nada.
—¿Está segura?
—Sí.
—¿Y después?
—Volví con Lía.
—¿Antes de la caída?
—Sí.
—¿Cuánto antes?
—No sé.
—¿Segundos?
—Quizá.
—¿Un minuto?
—No sé.
—¿Lo vio subir?
—No.
—¿Escuchó sus pasos?
—No.
—¿Entonces cómo llegó al tramo superior de la escalera?
—Ya se lo he explicado. Debió de subir antes.
—Con un solo zapato.
—Sí.
—Y después bajó de nuevo.
—Supongo.
—¿Por qué?
—No sé.
—¿Para buscarla?
—No sé.
—¿Para continuar la discusión?
—No sé.
—¿Para entrar en la habitación de Lía?
—No.
—¿Cómo puede estar segura?
—Porque no llegó.
La respuesta salió demasiado deprisa.
Leire parpadeó.
—¿No llegó adónde?
Sentí el pulso en el hematoma.
—A la habitación.
—No le he preguntado eso.
—Estaba hablando de la escalera.
—Ha dicho que no llegó.
—Porque se cayó.
—¿Desde dónde?
—Desde arriba.
—¿Lo vio?
—No.
—Entonces ¿cómo sabe que no llegó al pasillo?
No respondí.
Salcedo regresó acompañado de una agente. Llevaba una botella de agua, una bolsa de papel grande y una bata desechable doblada sobre el brazo.
—Su hermana está buscando ropa —dijo.
Leire se apartó.
—Terminen.
El médico me entregó el agua.
No conseguí abrirla. Las manos me temblaban demasiado.
Salcedo lo hizo por mí.
Bebí casi la mitad sin respirar.
—Mara —dijo Leire desde la puerta—, cuando termine iremos a comisaría.
—¿Estoy detenida?
—Todavía no.
—Entonces no voy.
—Necesitamos una declaración formal.
—Puede tomarla aquí.
—La casa sigue siendo examinada.
—Tengo que quedarme con mi hija.
—Su hermana puede acompañarla.
—Lía acaba de perder a su padre.
—Y nosotros necesitamos averiguar cómo.
—Se cayó.
Leire miró mis manos.
La sangre empezaba a agrietarse sobre los nudillos.
—Eso es lo que lleva cuatro horas diciéndonos.
—Porque es lo que ocurrió.
—Entonces no tendrá ningún problema en repetirlo.
Salió del comedor.
La agente cerró la puerta y me entregó la bata.
—Puede quitarse el camisón.
Me volví hacia la pared.
La tela se resistió al pasar por los hombros porque la sangre se había secado. Tuve que despegarla del pecho poco a poco. La agente no dijo nada. Tampoco miró hacia otro lado.
Cuando quedé en ropa interior, vi nuevas manchas en mi cuerpo.
Una en la rodilla.
Otra junto a la cadera.
Y una pequeña línea roja en la palma derecha que no recordaba haberme hecho.
La agente acercó una bolsa.
Dejé caer dentro el camisón.
Antes de cerrarla, algo pequeño se desprendió de la tela y quedó en el fondo. Una partícula oscura, del tamaño de una uña.
—¿Qué es eso? —pregunté.
La agente inclinó la bolsa hacia la luz.
No llegó a tocarlo.
—Parece madera.
El descansillo estaba revestido de madera.
Miré mi palma.
La línea roja la cruzaba desde el pulgar hasta la muñeca, como si algo áspero hubiera resbalado con fuerza entre mis dedos.
—Debió de ocurrir al bajar —dije.
La agente no me había preguntado.
Cerró la bolsa, escribió mi nombre y la hora en la etiqueta.
Después me observó durante unos segundos.
—Puede vestirse.
Arriba, Lía volvió a llorar.
Yo miré mis manos limpias a medias, la sangre atrapada bajo las uñas y el pequeño fragmento de madera dentro de la bolsa.
Por primera vez aquella noche, comprendí que no bastaba con recordar una versión.
Tenía que conseguir que todo mi cuerpo la recordara también.