Capítulo 5 · Hora cuatro
El médico forense tenía las manos más cuidadas que Damián.
Fue lo primero que pensé cuando se presentó en el comedor y abrió su maletín sobre la mesa.
Dedos largos, uñas cortas y una alianza tan fina que apenas se distinguía bajo los guantes.
Se llamaba doctor Salcedo, aunque no tendría más de treinta y cinco años.
Hablaba en voz baja, como si hubiera alguien durmiendo en la habitación contigua.
En cierto modo, lo había.
—No voy a hacerle daño —dijo.
Miré a Leire.
—Eso mismo dice todo el mundo antes de tocarte.
La inspectora no reaccionó.
Habían pedido a Nuria que se quedara arriba con Lía. Yo quise que bajara conmigo, pero Leire dijo que el examen debía realizarse sin familiares presentes. No explicó por qué. Aquella noche nadie explicaba nada hasta que yo preguntaba tres veces.
El doctor colocó una sábana de papel sobre una de las sillas.
—Necesito que se quite la manta.
La dejé caer.
Debajo seguía llevando el camisón. Era gris, de algodón, con una pequeña mancha de lejía junto al dobladillo y la parte delantera cubierta por la sangre de Damián.
Había sangre en el pecho, en el vientre y en los muslos.
También en los antebrazos, aunque allí se había secado formando una capa marrón que me tiraba de la piel.
El médico observó la distribución sin tocarme.
—¿Toda esta sangre apareció durante la reanimación?
—Sí.
—¿Se tumbó sobre él?
—Me arrodillé a su lado.
—¿Apoyó el cuerpo contra el suyo?
—Tuve que girarlo.
Leire levantó la cabeza.
—Antes dijo que no movió el cuerpo.
—La operadora me pidió que lo colocara boca arriba.
—En la primera declaración dijo que ya estaba boca arriba.
—Estaba casi boca arriba.
—¿Qué significa casi?
—Tenía un hombro girado.
El doctor intervino antes de que Leire continuara.
—Es normal no recordar con precisión una maniobra realizada bajo estrés.
La inspectora lo miró.
—También es normal precisar qué partes se han movido si se pregunta varias veces.
—Podéis discutirlo después —dije—. ¿Podemos terminar?
Salcedo acercó una lámpara portátil.
—Levante las manos.
Lo hice.
Durante unos segundos solo las miró.
Tenía sangre entre los dedos y debajo de las uñas. Los nudillos de la mano derecha estaban enrojecidos. La palma derecha presentaba una pequeña abrasión junto al pulgar y había una línea fina, casi un corte, cerca de la muñeca.
—¿Le duele algo?
—Los brazos.
—¿Por las compresiones?
—Supongo.
—¿Las manos?
Las abrí y cerré.
—Un poco.
—¿Golpeó algo esta noche?
Leire permanecía de pie detrás del médico. No necesitaba verla para saber que estaba escuchando.
—No.
—¿Cayó al suelo?
—No.
—¿Se apoyó en la barandilla al bajar?
—No lo recuerdo.
Salcedo tomó mi mano derecha y la giró hacia la luz.
—Tiene los nudillos inflamados.
—Le hice una reanimación durante nueve minutos.
—Eso puede explicarlo.
—Entonces ya está.
No lo estaba.
El médico examinó cada dedo, limpió parte de la sangre con una gasa húmeda y fotografió las uñas antes de pasar un bastoncillo por debajo de ellas.
—¿Qué busca?
—Restos.
—¿Restos de qué?
—Piel, fibras, sangre, cualquier material que pueda ayudarnos a entender lo ocurrido.
—La sangre es de Damián.
—Probablemente.
—No había nadie más.
Leire se movió detrás de él.
—Eso no lo sabemos todavía.
—La puerta estaba cerrada.
—¿Con llave?
—Sí.
—Cuando llegaron los sanitarios estaba abierta.
—Porque la abrí para que entraran.
—¿Y antes?
—Cerrada.
—¿Echó la llave?
—Creo que sí.
—¿Lo cree o lo hizo?
—La cierro siempre.
—Su marido acababa de llegar.
—Después de que entrara.
—¿Lo vio cerrar?
—No.
—Entonces alguien pudo entrar más tarde.
—No entró nadie.
—¿Cómo puede saberlo si estaba arriba?
Apreté los dedos.
El médico levantó la vista.
—Relaje la mano.
—Estoy relajada.
—No lo está.
Inspiré y volví a abrirla.
Salcedo tomó una fotografía de la abrasión cercana al pulgar.
—¿Esto se lo hizo durante la reanimación?
—No sé.
—Parece una rozadura reciente.
—Entonces sí.
—¿Con qué?
—Con el suelo. Con su camisa. Con cualquier cosa.
El doctor no discutió. Anotó algo en una hoja y pasó a la otra mano.
Leire se acercó a la mesa.
—¿Dónde estaba el teléfono cuando comenzó la llamada?
—En el suelo.
—¿A qué lado de Damián?
—No lo recuerdo.
—En la grabación se escucha que lo deja caer.
—Lo dejé para poder usar las dos manos.
—¿A su derecha o a su izquierda?
—No sé.
—Los sanitarios lo encontraron junto a la pared.
—Entonces estaría junto a la pared.
—A más de dos metros del cuerpo.
La miré.
—Pudo deslizarse.
—La pantalla estaba hacia arriba y no tenía sangre.
—¿Eso qué significa?
—No lo sé todavía.
—No significa nada.
—Quizá.
El doctor levantó mi brazo izquierdo.
El hematoma se había oscurecido. Ya no parecía una mancha difusa. Los dedos se dibujaban claramente alrededor de la piel: cuatro marcas en la parte exterior y una presión más ancha cerca del codo.
Salcedo las examinó sin tocar.
—Esto no se produce al golpearse contra una puerta.
No miré a Nuria porque no estaba allí. Aun así, escuché su voz diciendo que no era la primera vez.
—No he dicho que fuera de una puerta.
—Esta noche ha dado varias explicaciones —dijo Leire—. Primero que se golpeó. Luego que ocurrió al ayudar a su marido.
—No sabía que tenía que elegir una.
—¿Él la agarró?
La pregunta la hizo el médico.
No la inspectora.
Salcedo seguía mirando la marca, no mi cara. Su voz no tenía acusación. Solo una suavidad profesional que me resultó más difícil de soportar que todas las preguntas de Leire.
—Mara —dijo—, necesito saberlo para fechar y describir correctamente la lesión. Nada más.
—No puede fecharla con exactitud.
—Puedo estimar si es reciente.
—¿Cuánto?
—Horas. No minutos.
Leire se apoyó en el borde de la mesa.
—¿Damián le agarró el brazo esta noche?
—No.
El doctor levantó la vista.
—¿Está segura?
—Sí.
—La presión parece producida por una mano.
—Me sujetó cuando intenté levantarlo.
—¿Estaba consciente? —preguntó Leire.
La habitación se quedó en silencio.
Yo había dicho que lo encontré con los ojos abiertos. Que movía la boca. Que quizá intentaba hablar. También había dicho que no sabía si estaba consciente.
—Fue un reflejo.
—¿Le agarró el brazo?
—Creo que sí.
—¿Con qué mano?
—No sé.
—¿Con fuerza?
—Estaba muriéndose, Leire.
—Eso no responde.
—Sí. Con fuerza.
—¿Cuándo?
—Cuando me arrodillé junto a él.
—Antes de llamar.
—Sí.
La inspectora miró al médico.
—¿Una persona con las lesiones que han descrito podría cerrar la mano con esa fuerza?
Salcedo no respondió enseguida.
—Tendría que examinar el cuerpo y conocer el alcance neurológico exacto.
—Pero ¿es posible?
—Sí.
—¿Probable?
—No he dicho eso.
—¿Imposible?
—Tampoco.
Leire asintió.
Era una palabra más para su colección.
Compatible.
Posible.
No imposible.
La noche estaba llenándose de expresiones que no demostraban nada y, sin embargo, parecían señalarme.
—Mire hacia la pared —dijo el médico.
—¿Por qué?
—Necesito revisar el cuello y la espalda.
Leire señaló la puerta.
—Puedo esperar fuera.
—No hace falta.
No quería quedarme sola con Salcedo. No porque me diera miedo, sino porque la presencia de Leire me obligaba a mantenerme entera. Sin ella quizá habría empezado a llorar, y ya había llorado demasiado delante de desconocidos.
El médico apartó el pelo de mi nuca.
—Tiene un arañazo aquí.
—No lo había notado.
—Muy superficial.
Fotografió la marca.
—¿Alguna otra lesión?
—No.
—Necesito que se cambie.
Miré hacia abajo.
—No tengo ropa aquí.
—Su hermana puede traerla.
—Está arriba con mi hija.
—Le pediremos que deje algo en la puerta.
—¿Por qué tengo que quitarme el camisón?
—Debemos recogerlo.
—Está lleno de sangre porque intenté salvarlo.
—Precisamente.
—No es una prueba.
Leire respondió:
—Eso no lo decide usted.
—Tampoco usted.
—No. Lo decidirá el laboratorio.
El doctor cerró algunas de las muestras y escribió sobre las etiquetas.
—Puede cambiarse en el baño. Una agente permanecerá fuera.
—¿También van a verme desnuda?
—No, salvo que encontremos lesiones que requieran documentación adicional.
—No voy a desnudarme delante de nadie.
—No se lo estamos pidiendo.
—Me están quitando la ropa en mi propia casa.
Leire cruzó los brazos.
—Podemos hacerlo aquí o en dependencias policiales.
—No estoy detenida.
—No.
—Entonces puedo negarme.
—Puede. Y nosotros podemos solicitar una autorización judicial para recoger una prenda potencialmente relevante en una muerte sospechosa.
—Ha sido un accidente.
—Todavía no lo sabemos.
La odié por repetirlo.
No por la frase, sino por la calma con que la pronunciaba. Como si pudiera pasar la noche entera diciendo lo mismo mientras mi vida se abría delante de ella.
—Que Nuria me traiga ropa —dije.
Salcedo volvió a mi brazo.
—Antes necesito medir el hematoma.
Colocó una regla junto a las marcas.
El flash me hizo parpadear.
—¿Su marido la sujetó alguna otra vez esta noche?
—No.
—¿La empujó?
—No.
—¿La golpeó?
—No.
—¿La agarró del cuello?
—No.
—¿La zarandeó?
—No.
Cada negativa hacía que el médico hablara más bajo.
—¿Le daba miedo?
—No.
—¿Alguna vez le había hecho una marca parecida?
Leire no intervino.
Sabía que no debía hacerlo.
Aquella pregunta no pertenecía a una investigación criminal, al menos no en apariencia. Era una pregunta médica. Una pregunta que se formulaba a mujeres que llegaban a urgencias con explicaciones torpes y mangas largas en verano.
—Una vez —dije.
El doctor dejó la regla.
—¿Cuándo?
—En marzo.
Leire se enderezó.
—¿La misma fecha que mencionó su hermana?
—Sí.
—¿Qué ocurrió?
—Nada.
Salcedo me miró.
—Una marca así no es nada.
—Discutimos.
—¿Por qué?
—No importa.
—¿La agarró del brazo?
—Sí.
—¿La golpeó después?
—No.
—¿La amenazó?
—No.
—¿Había ocurrido antes?
—No.
—¿Volvió a ocurrir?
—No.
—¿Está segura?
—Sí.
El médico aguardó.
La gente cree que el silencio obliga a decir la verdad. No es cierto. El silencio obliga a llenar un espacio, que no es lo mismo.
—Damián no era violento —añadí.
Leire bajó la mirada hacia el hematoma.
—Pero la agarró en marzo.
—Una vez.
—Y su hermana dijo que hubo más marcas.
—Nuria exagera.
—¿Por qué iba a hacerlo?
—Porque me quiere.
—Eso tampoco responde.