Capítulo 4 · Hora tres #2
—Yo tampoco.
—No sé cuánto tiempo estuvo usted realmente con Lía.
—Cinco minutos.
—No sé cuándo apareció la marca de su brazo.
—Al ayudar a Damián.
—Y no sé por qué su hermana cree que él la agredía.
—Porque Nuria exagera.
—¿Por qué?
—Porque nunca le gustó.
—¿Por qué no le gustaba?
—Porque eran iguales.
La respuesta salió antes de que pudiera detenerla.
Leire esperó.
—¿En qué se parecían?
—Los dos necesitaban tener razón.
—¿Su marido necesitaba tener razón?
—Sí.
—¿Qué pasaba cuando no la tenía?
—Nada.
—¿Se enfadaba?
—Todo el mundo se enfada.
—¿Gritaba?
—A veces.
—¿Rompía cosas?
—No.
—¿La insultaba?
—No.
—¿La sujetaba?
Miré mi brazo.
—Una vez.
—Su hermana ha mencionado marzo.
—Eso fue lo de la puerta.
—¿Qué puerta?
—La del garaje.
—¿Cómo se golpeó?
—La cerré mal.
—¿Su marido estaba allí?
—Sí.
—¿Discutían?
—No recuerdo.
—Mara.
—No quiero hablar de marzo.
—¿Porque no tiene relación con esta noche?
—Exacto.
—O porque sí la tiene.
Me aparté.
Las piernas me temblaban. Ya no sabía si de cansancio, de frío o de rabia. Habían pasado poco más de tres horas desde la caída y tenía la sensación de llevar días respondiendo las mismas preguntas.
Desde arriba llegó un golpe.
Levanté la cabeza.
—Lía.
Salí del comedor sin esperar permiso.
Leire me siguió.
En el recibidor había más bolsas que antes. La sangre estaba marcada con pequeños carteles numerados. Junto al primer peldaño, la mujer de los guantes fotografiaba algo en el suelo.
Subí.
—No puede pasar por ahí —dijo.
—Mi hija está arriba.
—Use el lateral.
No había lateral. Solo una franja estrecha junto a la pared, separada de las manchas por unas tiras adhesivas. Subí apoyando los pies donde me indicaron.
En el descansillo vi por primera vez una gota de sangre sobre la madera de la barandilla.
Pequeña.
Oscura.
Justo donde Damián habría apoyado la mano.
Seguí subiendo.
La puerta de Lía estaba abierta. Nuria se encontraba de rodillas junto a la cama, recogiendo los restos de un vaso roto.
—Se le cayó —dijo.
Lía estaba sentada contra el cabecero.
—¿Te has cortado?
Negó.
Le revisé las manos.
—Estoy bien.
—¿Qué pasó?
—Quería agua.
—Podías llamarme.
—Estabas abajo.
—Te dije que no tardaría.
—Has tardado.
Miré el reloj de la pared. Solo habían pasado veinticinco minutos.
Me senté junto a ella.
Nuria terminó de recoger los cristales y los envolvió en una camiseta vieja.
—Voy a bajar esto.
—Déjalo —dije—. Que lo recoja la policía. Seguro que también es importante.
Mi hermana me miró.
—Mara.
—¿Qué?
—No delante de ella.
Lía tenía los ojos hinchados, pero seguía sin llorar.
—La inspectora quiere volver a hablar contigo —dije.
—No quiero.
—No tienes que hacerlo ahora.
—Ha dicho que sí.
Miré a Nuria.
—¿Ha subido?
—Hace unos minutos.
—¿Y no me avisaste?
—Estabas hablando con ella.
—No quiero que interrogue a Lía sin mí.
—Solo le preguntó por la película.
—¿Qué le preguntó?
Lía respondió:
—Si tú estabas aquí cuando papá dijo tu nombre.
Noté que me ardía la cara.
—¿Y qué has dicho?
—Que sí.
—¿Estás segura?
Mi hermana dejó de moverse.
Lía me miró desconcertada.
—Sí.
—Quiero decir si recuerdas que yo estaba aquí o si lo dices porque sabes que estaba aquí.
—Estabas aquí.
—Bien.
—Sentada en la cama.
—Sí.
—Pero después saliste.
Nuria levantó la cabeza.
—¿Cuándo salí?
Lía acarició una pata del conejo.
—Antes del ruido.
El dormitorio pareció alejarse.
—No, cariño.
—Sí.
—Fui al baño.
No sabía por qué lo dije.
La frase apareció sola.
—¿Al baño? —preguntó Nuria.
—Sí.
—No me lo habías contado.
—Porque fueron unos segundos.
Lía negó.
—No fuiste al baño.
Me giré hacia ella.
—Claro que sí.
—Fuiste a hablar con papá.
Nuria se quedó completamente quieta.
En el pasillo, una tabla crujió.
Leire estaba en la puerta.
No supe cuánto tiempo llevaba allí.
—¿Cuándo ocurrió eso, Lía? —preguntó.
Mi hija se encogió contra el cabecero.
—No quiero hablar.
—Está bien.
Leire no entró.
—Solo dime una cosa. ¿Tu madre volvió antes de que escucharas caer a papá?
Lía miró a la inspectora.
Después a mí.
—No sé.
—No le pregunte más —dije.
—No iba a hacerlo.
—Ha terminado.
—Por ahora.
Me levanté y cerré la puerta en su cara.
No de golpe. No la lancé. Solo la empujé hasta que el pestillo encajó.
Nuria me observaba.
—¿Saliste de la habitación?
—Fui al baño.
—Lía dice que fuiste a hablar con Damián.
—Lía acaba de perder a su padre.
—Eso no responde.
—No empieces tú también.
—Solo te estoy preguntando.
—Sí, salí.
Las palabras me pesaron menos de lo esperado.
—¿Cuánto tiempo?
—No sé. Un minuto.
—¿Y hablaste con él?
—Estaba abajo.
—¿Tú bajaste?
—No.
—Entonces ¿cómo hablaste con él?
—Desde arriba.
Nuria miró hacia la puerta.
—¿Qué os dijisteis?
—Nada importante.
—Mara.
—Le pedí que bajara la voz.
—¿Por qué?
—Porque estaba enfadado.
—¿Con quién?
—Conmigo.
—¿Por qué?
Me senté de nuevo.
Lía nos observaba en silencio.
—No aquí.
Nuria comprendió.
Se acercó y me tocó la rodilla.
—Tienes que contarles lo que pasaba.
—No pasaba nada.
—No puedes seguir haciendo esto.
—¿Haciendo qué?
—Protegiéndolo.
—Está muerto.
—Precisamente.
Lía apretó el conejo.
—¿Papá era malo?
Nuria cerró los ojos.
Yo tomé la mano de mi hija.
—No.
—La tía dice que te hacía daño.
—La tía está triste y dice cosas sin pensar.
—Te agarraba.
—A veces los adultos discutimos.
—¿Te pegaba?
—No.
—¿Seguro?
—Seguro.
Lía estudió mi cara.
—Entonces ¿por qué tienes miedo?
La pregunta me dejó sin respuesta.
No porque tuviera razón.
Sino porque no sabía cuándo había empezado a mirarme de aquella manera.
Llamaron a la puerta.
Tres golpes suaves.
—Mara —dijo Leire desde el pasillo—. Necesito que baje.
No contesté.
—¿Por qué?
—Ha llegado el médico forense.
Miré a Nuria.
—¿Ya?
—Sí.
—¿Qué quiere?
Hubo una pausa al otro lado.
—Examinar su brazo.
Me cubrí el hematoma.
—No es necesario.
—También quiere tomarle muestras de las manos y la ropa.
Lía se aferró a mí.
—¿Por qué?
Leire no respondió a la niña.
—Baje cuando esté preparada.
Los pasos se alejaron.
Nuria esperó a que desaparecieran.
—Mara, mírame.
Lo hice.
—¿Ese hematoma te lo hizo Damián esta noche?
Sentí los dedos de Lía apretando los míos.
—No.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Entonces ¿cómo te lo hiciste?
Miré la marca. Los cuatro dedos ya se distinguían con claridad, cerrándose alrededor del brazo.
Abajo, alguien volvió a reproducir la llamada.
Mi voz subió por la escalera.
Serena.
Precisa.
—Mi marido se ha caído por la escalera.
Lía escuchó la grabación y se pegó a mi costado.
—No pareces tú —susurró.
Yo tampoco me reconocí.
Pero aquella mujer de la llamada había sido yo.
Y, por alguna razón, parecía saber exactamente lo que debía decir.