La segunda caída Capítulo 4 · Hora tres
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Capítulo 4 · Hora tres

La primera vez que escuché mi propia voz después de la muerte de Damián pensé que habían puesto una grabación equivocada.

No sonaba como yo.

La mujer que hablaba con la operadora respiraba deprisa, pero no lloraba. Daba la dirección completa sin equivocarse, explicaba dónde estaba el cuerpo y respondía a las preguntas con una claridad que aquella noche yo no recordaba haber tenido.

—Mi marido se ha caído por la escalera.

Leire detuvo el audio.

Estábamos en el comedor, aunque ya no parecía el comedor.

Habían encendido la lámpara grande, apartado las sillas y extendido sobre la mesa varias bolsas transparentes.

Una contenía el teléfono de Damián. Otra, su cartera.

Había también un llavero, un reloj con la esfera rota y el zapato que encontraron junto a la cama.

El otro seguía en su pie cuando se llevaron el cuerpo.

Nuria había subido con Lía. Escuchaba sus pasos de vez en cuando sobre nuestras cabezas. La policía había aceptado que mi hermana permaneciera con ella, pero no que se la llevara. Según Leire, todavía necesitaban hablar con la niña.

Según yo, ya le habían preguntado demasiado.

—¿Reconoce la voz? —dijo la inspectora.

—Es la mía.

—¿Está segura?

La miré.

—¿De quién va a ser?

Leire pulsó otra vez la pantalla.

—¿Está consciente? —preguntó la operadora.

—No lo sé.

—Acérquese y compruebe si respira.

Se escuchó un roce, mi propia respiración y después un sonido que no identifiqué.

—Damián —decía yo—. Damián, mírame.

Leire volvió a detenerlo.

—¿Qué hizo antes de llamar?

—Bajé. Lo vi. Saqué el teléfono.

—¿Lo tocó?

—Creo que sí.

—¿Cree?

—Le cogí la cara.

—¿Lo movió?

—No.

—En la grabación se escucha algo arrastrándose.

—Sería yo al arrodillarme.

—O el cuerpo.

—No moví el cuerpo.

Leire adelantó unos segundos.

—No noto nada —decía mi voz.

Después la operadora me explicó cómo debía colocar las manos sobre el pecho de Damián.

La inspectora bajó el volumen.

—Aquí habían pasado cuarenta y nueve segundos desde el inicio de la llamada.

—No sé qué quiere decir.

—Que comprobó la respiración, respondió varias preguntas y empezó a reanimarlo en menos de un minuto.

—Hice lo que me dijeron.

—Sí.

—¿Eso también es sospechoso?

—No he dicho que lo sea.

—Todo lo dice como si lo fuera.

Leire apoyó el teléfono sobre la mesa.

—¿Había hecho un curso de primeros auxilios?

—Cuando nació Lía.

—¿Recuerda cómo hacer una reanimación?

—Más o menos.

—Sin embargo, esperó a que la operadora le explicara cada paso.

—Mi marido estaba muriéndose.

—Lo comprendo.

—No, no lo comprende.

No respondió.

Yo seguía mirando la bolsa con el reloj.

Damián se lo había comprado el año anterior, después de cerrar la promoción de Los Olivos.

Me dijo que había costado la mitad de lo que realmente había pagado.

Encontré la factura por casualidad, entre unos documentos de la empresa, y durante una semana fantaseé con preguntarle por qué necesitaba mentirme sobre un reloj.

No lo hice.

En nuestro matrimonio, las mentiras pequeñas duraban más que las grandes porque nadie se molestaba en discutirlas.

—Quiero escucharla entera —dije.

Leire alzó la vista.

—¿La llamada?

—Sí.

—Puede ser desagradable.

—Ya estaba allí.

La inspectora pulsó la pantalla.

Mi respiración llenó el comedor.

—Creo que le he roto algo.

—Continúe con las compresiones.

—Le he roto una costilla.

—Es posible. No se detenga.

Conté en voz alta.

Uno, dos, tres.

La Mara de la grabación no se equivocaba. Llegaba a treinta y volvía a empezar. Entre las series respiraba sobre la boca de Damián. Se oía la piel, el aire, el esfuerzo.

Pero no lloraba.

—¿Por qué no lloro? —pregunté.

Leire no detuvo el audio.

—Cada persona reacciona de una manera.

—Parece que no me importe.

—¿Le importaba?

Giré la cabeza hacia ella.

—¿Cómo puede preguntarme eso?

—Usted ha mencionado la grabación.

—Mi marido estaba en el suelo.

—Sí.

—Claro que me importaba.

—Entonces no se preocupe por cómo suena.

La llamada continuó.

La operadora me preguntó si había alguien más en la vivienda.

—Mi hija.

—¿Qué edad tiene?

—Siete.

—¿Dónde está?

Hubo una pausa.

No larga.

Tal vez dos segundos.

—En su habitación.

Leire detuvo el audio.

—¿Por qué tarda en contestar?

—Porque estaba haciendo una reanimación.

—En otras preguntas responde inmediatamente.

—No estaba midiendo los tiempos.

—Yo sí.

—Ya veo.

La inspectora retrocedió unos segundos y lo reprodujo de nuevo.

—¿Dónde está?

Silencio.

—En su habitación.

—Estaba en su habitación —dije—. ¿Qué problema hay?

—Ninguno.

—Entonces continúe.

No lo hizo.

—¿Lía estaba en la habitación cuando usted bajó?

—Sí.

—¿En la cama?

—Sí.

—¿Y usted dónde estaba?

—A su lado.

—¿Cuando escucharon el primer golpe?

—Cuando escuchamos la caída.

—Lía distingue dos momentos.

—Lía está confundida.

—Usted no.

—Yo soy adulta.

—También acaba de sufrir una experiencia traumática.

—No estoy confundida.

Leire apoyó los codos sobre la mesa.

—Mara, ¿estaba en la habitación cuando su marido cayó?

—Sí.

—¿Todo el tiempo?

—Sí.

—¿Desde que terminó la discusión?

La miré.

—No discutimos.

—Su hija la oyó llamarlo cabrón.

—Eso no significa que hubiera una discusión.

—¿Cómo lo llamaría?

—Una conversación desagradable.

—¿Dónde ocurrió?

—En la cocina.

—¿A qué hora?

—No lo sé.

—¿Antes o después de que Damián subiera al dormitorio?

—No sé si subió antes o después.

Leire señaló la bolsa del zapato.

—Se quitó uno junto a la cama.

—Eso parece.

—¿Solía quitarse los zapatos allí?

—Sí.

—¿Solo uno?

—No.

—¿Por qué cree que dejó el otro puesto?

—Tal vez escuchó algo.

—¿Qué?

—A Lía. A mí. El teléfono.

—Su móvil estaba abajo, en el bolsillo del pantalón.

—Entonces no sé.

—¿Tal vez bajó con prisa?

—Puede ser.

—¿Por qué?

—Leire, no estaba siguiéndolo por la casa.

Pronuncié su nombre sin inspectora. Me salió así.

Ella no pareció molestarse.

—¿Cuánto tiempo estuvo con Lía antes de escuchar el ruido?

—Cinco minutos.

—Antes ha dicho que no lo sabía.

—He dicho cinco minutos aproximadamente.

—¿Le leyó algo?

—No.

—¿Hablaron?

—Sí.

—¿De qué?

—De la película.

—¿Qué película era?

Tardé en recordar el título. La habíamos visto tantas veces que en casa la llamábamos la de la barca.

—El río de los deseos.

—¿En qué parte estaba?

—No sé.

—¿La había empezado esa noche?

—Sí.

—Dura una hora y veintidós minutos.

—¿Y?

—Cuando mis agentes entraron en la habitación, llevaba cincuenta y seis minutos reproducidos.

Sentí una presión en la mandíbula.

—Lía la había empezado antes de cenar.

—Ha dicho que la dejaron ver algo antes de dormir.

—También la vio antes.

—¿Sola?

—Mientras yo terminaba la cena.

—Entonces no puede utilizar la duración para calcular cuánto tiempo estuvo usted en la habitación.

—No la estoy utilizando para nada.

—Acaba de mencionarla.

Leire guardó silencio.

Había momentos en los que parecía provocar una respuesta y, cuando la obtenía, se limitaba a observarla. Damián hacía lo mismo. Lanzaba una frase, esperaba a que yo me defendiera y después convertía mi defensa en el verdadero problema.

—Quiero seguir escuchando —dije.

La inspectora reprodujo el audio.

Las compresiones continuaban. La operadora repetía que la ayuda estaba en camino.

Entonces se oyó a Lía.

Muy lejos al principio.

—Mamá.

Mi voz cambió.

No fue gradual. Hasta ese momento parecía concentrada, casi mecánica. En cuanto apareció la voz de mi hija, algo se quebró.

—Vuelve al cuarto.

—¿Qué le pasa a papá?

—Vuelve al cuarto, cariño.

—¿Se ha hecho daño?

Mi respiración empezó a fallar.

—Lía, por favor.

La grabación recogió un sollozo. Después otro.

Leire bajó la vista hacia la pantalla.

—Ahí empieza a llorar —dije.

—Sí.

—Cuando aparece mi hija.

—Sí.

—¿Por qué me mira así?

—No la estoy mirando de ninguna manera.

—Está pensando que no lloré por Damián.

—No sé por qué lloró.

—Porque mi hija estaba viendo morir a su padre.

—Es una explicación razonable.

—Es la verdad.

—Puede ser ambas cosas.

Me levanté.

La silla rozó el suelo.

—Se acabó.

—Todavía no.

—No voy a seguir escuchando esto mientras analiza cuándo lloro y cuándo no.

—La llamada forma parte de lo ocurrido.

—Yo formo parte de lo ocurrido. Mi hija también. No somos una grabación.

—Siéntese.

—No.

Leire no se movió.

—No está detenida.

—Entonces puedo irme.

—Puede salir del comedor. No puede abandonar la casa.

—¿Por qué?

—Porque estamos examinándola.

—La casa es mía.

—También era de su marido.

—No puede retenerme aquí.

—Puedo pedirle que permanezca localizable y que no altere una posible escena.

—¿Posible escena de qué?

—Todavía no lo sabemos.

—Siempre dice lo mismo.

—Porque sigue siendo cierto.

—No. Dice eso para poder tratarme como una asesina sin llamarme asesina.

La palabra quedó suspendida entre nosotras.

Leire inclinó un poco la cabeza.

—Yo no he utilizado esa palabra.

—No hace falta.

—¿Le preocupa que alguien la utilice?

—Me preocupa que mi marido esté muerto y ustedes estén revisando mi casa como si yo lo hubiera matado.

—¿Lo hizo?

La pregunta llegó tan limpia que durante un instante no supe qué hacer con ella.

No había dureza en su voz.

Ni amenaza.

Solo una pregunta.

—No.

—¿Lo empujó?

—No.

—¿Lo golpeó?

—No.

—¿Estaba con él cuando cayó?

—No.

—¿Sabe por qué dijo su nombre?

—No.

—¿Sabe por qué su hija escuchó dos secuencias distintas?

—No.

—¿Sabe cómo se hizo ese hematoma?

Me cubrí el brazo.

—Ya se lo he explicado.

—Ha dado dos explicaciones. Primero dijo que se golpeó. Después que pudo ocurrir al intentar ayudarlo.

—Es lo mismo.

—No necesariamente.

—¿Qué quiere de mí?

—La verdad completa.

—Ya la tiene.

—No.

Dio la vuelta a la mesa y quedó frente a mí.

No era mucho más alta que yo. Sin la distancia del comedor parecía menos imponente, aunque sus ojos seguían teniendo aquella quietud desagradable.

—Tengo partes —dijo—. Su marido llega cerca de las once.

Discuten en la cocina. Él sube al dormitorio y se quita un zapato.

Usted va a la habitación de su hija. Después se produce una caída, una pausa, su marido pronuncia su nombre y se escucha un segundo golpe.

Usted baja, encuentra el cuerpo y llama a emergencias.

—Sí.

—Pero no sé qué ocurrió entre la discusión y la caída.