Capítulo 3 · Hora dos #2
Había tres personas nuevas. Un fotógrafo, una mujer con guantes blancos y un hombre de barba canosa que examinaba los peldaños agachado. Leire hablaba con ellos junto al descansillo.
La camilla de Damián ya no estaba.
La puerta principal seguía abierta.
—¿Se lo han llevado? —pregunté.
Leire se volvió.
—Sí.
—Sin dejarme despedirme.
—No podíamos alterar el cuerpo.
—Era mi marido.
—Lo sé.
—Deje de decir eso.
La inspectora me observó.
—De acuerdo.
El fotógrafo disparó el flash.
La sangre pareció más roja.
—¿Qué están haciendo?
—Documentando el lugar.
—¿Como una escena del crimen?
—Como el lugar donde ha muerto una persona.
—No es lo mismo.
—Todavía no sabemos qué es.
El hombre de barba presionó la barandilla. La madera cedió con un chasquido.
—Tiene holgura —dijo.
Me acerqué.
—Lleva así meses.
Leire miró hacia mí.
—Antes ha dicho que no estaba rota.
—No está rota.
El hombre volvió a moverla.
—No debería hacer esto.
—Damián iba a arreglarla.
—¿Cuándo?
—No lo sé.
—¿Se lo había dicho usted?
—Muchas veces.
—¿Y qué respondía?
—Que no era peligroso.
—¿Discutieron alguna vez por eso?
—No.
El fotógrafo hizo otra foto.
—¿La escalera la diseñó él? —preguntó Leire.
—Sí.
—¿También supervisó la obra?
—Sí.
—¿Qué material tienen los peldaños?
Miré al hombre de barba. Parecía una pregunta para él, no para mí.
—Microcemento pulido —respondí.
Damián había repetido esas palabras tantas veces que terminaron formando parte del vocabulario de toda la familia.
—¿Resbala?
—Si está mojado.
—¿Estaba mojado esta noche?
—No.
—¿Limpió alguien la escalera?
—Esta mañana vino Sonia.
—¿Quién es Sonia?
—La mujer que nos ayuda con la casa.
Leire miró los peldaños.
—¿Qué productos utiliza?
—No lo sé.
—¿Cera?
—Creo que no.
—¿Abrillantador?
—No lo sé.
—Necesitaré sus datos.
—Están en mi teléfono.
La mujer de los guantes se agachó junto al tercer peldaño y acercó una regla a una mancha. Después examinó el borde con una linterna.
—Hay fibras —dijo.
—¿De ropa? —preguntó Leire.
—Puede ser.
—Damián llevaba una camisa azul —dije.
Las dos me miraron.
—Lo vimos todos —añadí—. Cuando los sanitarios se la cortaron.
La mujer siguió trabajando.
El hombre de barba subió hasta el descansillo. Examinó la rozadura gris de la pared, la varilla torcida y una pequeña muesca en el borde del peldaño.
—Aquí hubo impacto.
—Claro —dije—. Se cayó.
Nadie respondió.
—¿Qué buscan exactamente?
Leire señaló la escalera.
—El recorrido.
—Desde arriba hasta abajo.
—Eso suponemos.
—¿Qué otra opción hay?
—Que la caída empezara más abajo.
Miré el tramo superior.
—Lía escuchó cómo caía.
—Lía escuchó ruidos.
—Ha señalado el descansillo.
—Sí.
—Entonces empezó arriba.
—No necesariamente.
La inspectora se acercó al primer peldaño.
—¿Dónde encontró el zapato?
—¿Qué zapato?
—Su marido tenía un pie descalzo.
—El otro zapato estaba abajo.
—¿Y el que perdió?
Busqué con la mirada.
No estaba en el recibidor.
—No lo sé.
Leire hizo una señal al fotógrafo.
El agente Álvaro apareció arriba.
—Inspectora.
—¿Qué ocurre?
—Hay un zapato en el dormitorio principal.
Nadie se movió durante un instante.
—¿Dónde? —preguntó Leire.
—Junto a la cama.
La inspectora me miró.
—Ha dicho que su marido subió sin que usted lo oyera.
—Eso supongo.
—¿Entró en el dormitorio?
—No lo sé.
—Uno de sus zapatos está allí.
—Entonces sí.
—¿Y después salió con uno puesto y otro no?
—Tal vez se lo quitó porque le molestaba.
—¿Solía caminar con un solo zapato?
—No.
—¿Usted entró en el dormitorio después de encontrarlo?
—No.
—¿Su hija?
—No.
—¿Está segura?
—Sí.
Leire comenzó a subir.
—Quiero ir con usted.
—No.
—Es mi casa.
—Precisamente.
—¿Precisamente qué?
La inspectora se detuvo en el tercer peldaño.
—Hasta que sepamos qué ocurrió, necesito que no toque nada.
—No voy a tocar nada.
—Mara.
—No puede impedirme subir a mi dormitorio.
—Sí puedo.
No levantó la voz. Tampoco hizo falta.
Miré alrededor.
El fotógrafo. La mujer de los guantes. El técnico de la barba. El agente en el piso superior. Todos dentro de mi casa. Todos mirando las paredes, los muebles y las manchas como si Damián hubiera construido aquel lugar para que una noche ellos lo desmontaran pieza a pieza.
—Mi medicación está arriba —dije.
—¿Qué medicación?
—Un ansiolítico.
—¿Cuál?
—Lorazepam.
—¿Lo toma habitualmente?
—Cuando lo necesito.
—¿Lo ha tomado esta noche?
—No.
—¿Quiere que un sanitario la examine?
—Quiero subir.
Leire continuó hasta el descansillo. Se detuvo junto a la varilla torcida.
—¿Cuándo se dobló esto?
—No lo sé.
—¿Estaba así antes?
—Creo que no.
—¿Cree?
—No me fijo todos los días en la barandilla.
El técnico señaló una mancha oscura en la madera.
—Aquí hay algo.
La mujer de los guantes subió con un bastoncillo.
—Podría ser sangre.
—Damián se golpeó —dije.
Leire me miró desde arriba.
—¿En el descansillo?
—No lo sé.
—Su hija cree que sí.
—Mi hija tiene siete años.
—Y ha señalado exactamente este lugar.
La puerta principal se abrió de golpe.
—¿Mara?
Era Nuria.
Entró con el abrigo mal cerrado y el pelo recogido de cualquier manera. Se detuvo al ver la sangre. La mano le subió a la boca.
—Dios mío.
Fui hacia ella.
Nuria me abrazó tan fuerte que el hematoma del brazo me dolió.
Solté un gemido.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
Me separó y miró mi antebrazo.
La marca era ya mucho más nítida. Cuatro dedos oscuros alrededor de la piel.
—¿Eso te lo ha hecho él?
La casa se quedó en silencio.
No literalmente. El fotógrafo seguía moviéndose, alguien abrió una bolsa y arriba crujió un peldaño.
Pero todos escucharon.
Leire bajó un escalón.
—¿Por qué pregunta eso? —dijo.
Nuria miró a la inspectora.
Después a mí.
—Porque no sería la primera vez.
Me quedé inmóvil.
—Nuria.
—¿Qué?
—No sabes lo que dices.
—Sí lo sé.
—Damián nunca me pegó.
Mi hermana me miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Mara, basta.
La frase cayó en mitad del recibidor.
Leire bajó otro peldaño.
—¿Su hermana le había contado que su marido la agredía?
—No he dicho eso —respondió Nuria.
—Acaba de decir que no sería la primera vez.
—He dicho que le agarraba.
—¿Cuándo?
—No sé.
—¿Cuántas veces?
—Nuria, cállate.
Mi hermana volvió hacia mí.
—No tienes que protegerlo ahora.
—No lo estoy protegiendo.
—Te dejó marcas.
—Una vez.
La palabra salió antes de que pudiera detenerla.
Leire llegó al último peldaño.
—¿Una vez?
Negué con la cabeza.
—No fue nada.
—¿Cuándo ocurrió?
—Hace meses.
—¿La agarró del brazo?
—Estábamos discutiendo.
—¿Por qué?
—No me acuerdo.
—¿Le dejó un hematoma parecido?
Me cubrí la marca con la mano.
—No quiero hablar de esto.
—Hace una hora aseguró que su marido nunca le había hecho daño.
—Y era verdad.
—¿Entonces qué fue aquello?
—Una discusión.
—¿Y esto?
Miró mi brazo.
—Ya se lo he dicho. Me golpeé al intentar ayudarlo.
Nuria me observaba como si no me reconociera.
Leire se volvió hacia ella.
—Necesito hablar con usted.
—He venido por mi sobrina.
—Podrá verla enseguida.
—Está arriba —dije—. Ve con ella.
—Primero —insistió Leire— necesito que me explique qué sabía sobre su matrimonio.
—No sabía nada —dije.
Mi hermana no respondió.
—Nuria.
—Mara, ahora mismo no importa lo que él quisiera que contáramos.
Sentí una punzada de rabia.
—Damián no quería que contáramos nada porque no había nada que contar.
—Claro.
—No uses ese tono.
—¿Qué tono?
—Ese.
—Tu marido está muerto y tú sigues teniendo miedo de hablar mal de él.
Leire no apartaba los ojos de mí.
—No le tenía miedo.
—Entonces ¿por qué me llamaste llorando en marzo?
—Por una discusión.
—Dijiste que había perdido el control.
—Estaba enfadado.
—Dijiste que no querías que Lía lo viera así.
—Porque estaba gritando.
—Y al día siguiente tenías el brazo morado.
—Me golpeé con una puerta.
Nuria soltó el aire.
—Eso me dijiste.
—Porque eso pasó.
—Mara.
—Basta.
Esta vez lo dije yo.
El silencio volvió.
Leire miró mi brazo, después la escalera, y finalmente a mi hermana.
—Señora Sanz —dijo—, necesito que me diga exactamente qué ocurrió esta noche entre usted y su marido.
Noté la mirada de Nuria.
El flash del fotógrafo iluminó la pared.
Arriba, Lía abrió la puerta de su habitación.
—Mamá.
Levanté la cabeza.
Mi hija nos observaba desde el pasillo.
—¿Por qué la tía dice que papá te hacía daño?
Nadie contestó.
Lía bajó la vista hacia mi antebrazo.
—¿Te hizo eso antes de caerse?
La inspectora esperó.
Mi hermana también.
Yo podría haber seguido negándolo. Podría haber dicho que Nuria estaba confundida, que aquel hematoma procedía de la reanimación, que Damián jamás había levantado una mano contra mí.
En lugar de eso, me cubrí el brazo y comencé a llorar.
—No quiero que mi hija escuche esto.
Leire sostuvo mi mirada.
Y por primera vez desde que había entrado en la casa, su voz perdió parte de su dureza.
—Entonces tendremos que hablar en otro sitio.
Asentí.
No porque tuviera algo que confesar.
Sino porque empezaba a comprender que, a partir de aquella noche, cada habitación de la casa iba a contener una versión distinta de Damián.