Capítulo 3 · Hora dos
—¿Qué dijo? —preguntó Leire.
Lía no respondió.
Seguía en lo alto de la escalera, con el conejo apretado contra el pecho y el pelo pegado a un lado de la cara. El agente joven permanecía a unos pasos de ella, como si no supiera si acercarse o desaparecer.
—Cariño —dije—, baja conmigo.
—No quiero bajar.
—Está bien. Entonces me acerco yo.
Di un paso hacia la escalera.
Leire me rozó el brazo.
No llegó a sujetarme. Solo colocó dos dedos sobre la manta, a la altura del codo.
—Espere.
La miré.
—Es mi hija.
—Y acaba de decir que escuchó hablar a su padre.
—Está asustada.
—Precisamente por eso conviene no decirle lo que cree que oyó.
—No voy a decirle nada.
—Ya le ha explicado que solo hubo una caída.
—Porque solo hubo una caída.
Leire retiró la mano.
—Lía —dijo, levantando la voz lo justo para que la niña la oyera—, ¿recuerdas qué dijo papá?
Mi hija miró hacia el recibidor.
Damián ya no estaba allí.
Los sanitarios habían cerrado la bolsa y colocado el cuerpo sobre una camilla. Solo quedaban las manchas, los envoltorios y la marca rectangular que había dejado uno de los maletines sobre la alfombra. Durante un segundo pensé que Lía se tranquilizaría al no verlo.
Entonces comprendí que la ausencia podía ser peor.
—Dijo «Mara» —contestó.
Nadie habló.
Ni siquiera yo.
Lía nunca me llamaba Mara. Para ella yo era mamá incluso cuando estaba enfadada. Damián, en cambio, pronunciaba mi nombre de una forma que siempre parecía distinta. Podía hacerlo sonar como una broma, una advertencia o una pregunta.
—¿Solo dijo eso? —preguntó Leire.
Lía asintió.
—¿Dijo «Mara» una vez?
—No sé.
—¿Gritó?
—No.
—¿Estaba enfadado?
Mi hija frunció el ceño.
—No sé.
—¿Parecía que le dolía algo?
—No sé.
—¿Dijo alguna palabra más?
—No sé.
Cada respuesta era más pequeña que la anterior.
Subí dos peldaños.
Esta vez Leire no intentó detenerme.
—Ven aquí.
Lía bajó hasta el descansillo. Al llegar, se quedó mirando el suelo, justo donde había señalado la primera caída. No había sangre allí. Solo una rozadura gris en la pared y una de las varillas de la barandilla ligeramente torcida hacia fuera.
—No mires, cariño.
—¿Por qué dijo tu nombre?
—Porque me estaba llamando.
—Pero tú estabas conmigo.
Sentí a Leire detrás de mí.
—Sí.
—Entonces ¿por qué no le contestaste?
—Porque no lo escuché.
—Yo sí.
—Tú estabas más cerca de la puerta.
Era verdad. Lía había estado acostada en el lado de la cama que quedaba junto al pasillo. Yo estaba al otro lado, con la película sonando entre las dos. Una explicación sencilla. Razonable.
Lía acarició la oreja del conejo.
—Primero hizo ruido. Después dijo tu nombre. Y después se cayó otra vez.
—Lo que escuchaste después pudo ser cualquier cosa.
—Fue papá.
—Podría haber sido una silla. O algo que cayó con él.
—Fue papá.
No se enfadó al decirlo. Eso lo empeoraba. Los niños mienten moviendo las manos, acelerando las palabras, mirando a todas partes. Cuando están seguros, simplemente repiten.
Me agaché frente a ella.
—Lía, escucha. Papá cayó por una escalera muy larga. Pudo golpearse, quedarse enganchado un segundo y continuar cayendo. Eso no significa que se levantara y volviera a caerse.
—Yo no he dicho que se levantara.
La inspectora bajó la mirada.
Yo también.
—No, cariño. Ya lo sé.
—He dicho que se cayó dos veces.
—Lo sé.
—Y dijo «Mara».
—Sí.
—¿Por qué?
Le puse una mano en la mejilla.
—Porque me necesitaba.
La frase me rompió.
No de golpe. Primero sentí una presión en el pecho, después un calor que me subió por el cuello y finalmente las lágrimas. Lloré inclinada delante de mi hija, con una rodilla apoyada en el mismo descansillo donde ella aseguraba haber oído hablar a Damián.
Lía me abrazó.
—No pasa nada, mamá.
Eso me hizo llorar más.
Debería haber sido yo quien la consolara. Yo era la madre. Yo tenía que decirle que todo saldría bien, aunque nada pudiera salir bien ya. Sin embargo, fue ella quien me acarició el pelo mientras yo intentaba respirar.
—Lo siento —dije—. Lo siento muchísimo.
—No ha sido culpa tuya.
Leire no se movió.
Pero la sentí escuchar.
Abracé a Lía hasta que dejó de temblarme la espalda. Después la acompañé a su habitación. El agente joven se quedó fuera, como había prometido.
La película seguía reproduciéndose.
Dos animales cantaban sobre una barca mientras atravesaban un río de colores. La tableta estaba apoyada contra una pila de libros, en el borde de la mesilla. Pulsé la pantalla y todo quedó en silencio.
—No la apagues —dijo Lía.
—Pensé que ya no querías verla.
—No quiero verla. Pero no la apagues.
Dejé la imagen detenida.
La habitación olía a crema infantil y a lápices.
Había ropa en el suelo, pegatinas en el armario y una hilera de dibujos sujetos a la pared con cinta adhesiva.
En uno aparecíamos los tres frente a la casa: Damián enorme, yo con un vestido violeta y Lía entre nosotros, sin cuello y con los brazos abiertos.
—¿Quieres tumbarte?
Negó.
—¿Quieres que llame a la tía Nuria?
Volvió a negar.
—¿A la abuela?
—No.
—No puedes quedarte sola.
—Quédate tú.
Miré hacia la puerta.
El agente joven fingió no estar escuchando.
—Voy a estar abajo un momento. Luego subo.
—Siempre dices un momento y tardas mucho.
—Esta vez no.
—¿Se van a llevar a papá?
No contesté enseguida.
—Sí.
—¿Adónde?
—A un sitio donde van a averiguar qué le pasó.
—Ya sabemos qué le pasó.
—Sí.
—Se cayó.
—Sí.
—Dos veces.
Me senté en el borde de la cama.
—Lía, no necesitas seguir pensando en los ruidos.
—La señora me ha preguntado.
—Lo sé.
—¿He dicho algo malo?
—No.
—Se ha quedado mirando.
—Es policía. Mira así a todo el mundo.
—A ti te mira más.
Sonreí sin querer.
—Eso es porque soy la adulta.
Lía apoyó la cabeza contra mi hombro.
—Papá estaba enfadado.
El cuerpo se me tensó antes de que pudiera impedirlo.
—¿Por qué dices eso?
—Porque gritasteis.
—No gritamos.
—Sí.
—Hablamos un poco alto.
—Papá gritó.
—Venía cansado.
—Tú también gritaste.
—Puede ser.
—Dijiste que era un cabrón.
Cerré los ojos.
En el pasillo, el agente joven se movió.
—No deberías repetir esa palabra.
—La dijiste tú.
—Y estuvo mal.
—¿Qué significa?
—Nada que tengas que usar.
—¿Por qué se lo dijiste?
—Porque estaba enfadada.
—¿Con papá?
—Sí.
—¿Mucho?
La pregunta no parecía suya. Quizá todos los niños preguntaban igual. Quizá, cuando un adulto moría después de una discusión, hasta una niña de siete años comprendía que las palabras podían convertirse en algo peligroso.
—No tanto como para querer que le pasara nada.
Lía se quedó callada.
—¿Me crees?
—Sí.
Lo dijo sin dudar.
La abracé de nuevo.
—Voy a llamar a la tía Nuria.
—No quiero irme de casa.
—No tienes que irte.
—La policía está abajo.
—Se marchará.
—¿Y papá?
No pude responder.
Saqué el teléfono. Tenía cuatro llamadas perdidas de un número que no conocía y dos mensajes de mi hermana. Debía de haber visto las luces desde la calle o alguien la había avisado. Nuria vivía a menos de diez minutos.
La llamé.
Contestó al primer tono.
—Mara.
No dijo hola.
—Necesito que vengas.
—¿Qué ha pasado? Hay una ambulancia delante de tu casa. Me ha llamado Carmen. Dice que hay policías.
Miré a Lía.
—Damián se ha caído.
Al otro lado se hizo silencio.
—¿Está bien?
No fui capaz de decirlo.
—Mara, ¿está bien?
—No.
—¿Qué significa que no?
—Ha muerto.
Nuria soltó un sonido extraño. Un golpe de aire que no llegó a palabra.
—No puede ser.
—Ven, por favor.
—Estoy saliendo.
—No conduzcas deprisa.
—¿Lía está contigo?
—Sí.
—¿Lo ha visto?
—No.
La mentira salió con una facilidad que me dio vergüenza.
—Quédate con ella. Llego enseguida.
Colgué.
Lía se había tumbado de lado, todavía vestida, abrazada al conejo.
—La tía viene.
—No quiero que llore.
—Intentará no hacerlo.
—Siempre llora.
—Hoy puede llorar.
—¿Tú vas a seguir llorando?
—Seguramente.
—No me gusta.
Me tumbé a su lado.
—A mí tampoco.
Permanecimos así unos segundos. Los suficientes para escuchar pasos abajo, una puerta que se cerraba y voces masculinas hablando en el recibidor.
La casa devolvía todos los sonidos.
Damián estaba orgulloso de aquello.
Decía que las casas modernas no debían esconder los ruidos, que un espacio abierto hacía que una familia estuviera más unida.
La cocina se comunicaba con el salón, el salón con el recibidor y el recibidor con la escalera.
Desde la planta superior se podía escuchar una cucharilla golpeando una taza abajo.
También una discusión.
También una caída.
La casa había sido el proyecto con el que Damián consiguió sus primeros clientes importantes. Apareció en una revista de arquitectura antes de que termináramos de pagar el terreno. «La vivienda Llorca-Sanz», la llamaron, aunque nadie había pedido mi opinión sobre una sola pared.
Él diseñó el salón sin cortinas y yo las coloqué seis meses después.
Eligió una encimera blanca que se manchaba con todo.
Instaló una chimenea que llenaba de humo la planta baja si el viento soplaba desde el norte.
Y dibujó la escalera.
Catorce peldaños divididos en dos tramos, con un descansillo suspendido junto a una pared de cristal. Damián decía que era el eje de la casa. El lugar donde la luz de la mañana unía las dos plantas.
Yo llevaba años diciendo que era demasiado resbaladiza.
—Tengo que bajar —susurré.
Lía cerró los ojos.
—No tardes.
—No tardaré.
Salí de la habitación y cerré la puerta hasta dejar una rendija.
El agente joven seguía en el pasillo.
—¿Cómo se llama? —le pregunté.
Pareció sorprendido.
—Álvaro.
—Álvaro, mi hermana viene de camino. Cuando llegue, quiero que suba directamente.
—Tendrá que hablar antes con la inspectora.
—No tiene nada que hablar con ella.
—Solo comprobará quién es.
—Es la tía de Lía.
—Entonces no habrá problema.
No me gustó el tono, aunque seguramente no había nada en él. Aquella noche todo parecía tener una segunda intención.
Bajé.
Habían encendido todas las luces del recibidor. También las del salón y la cocina. La casa parecía preparada para una sesión de fotos, salvo por la sangre.