La segunda caída Capítulo 2 · Hora uno
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Capítulo 2 · Hora uno

La inspectora no volvió a mirarme hasta que Lía llegó al último peldaño.

Entonces soltó mis brazos.

—¿Por qué has dicho que se cayó dos veces? —preguntó.

No se lo preguntó a mí.

A mi hija.

Lía bajó la vista hacia sus pies. Tenía las uñas pintadas de azul, algunas ya descascarilladas. Damián se las había pintado el domingo anterior mientras yo ordenaba la cocina. Le habían quedado fatal. Había manchado dos dedos y parte de la alfombra, y Lía había pasado media tarde riéndose de él.

—Porque hizo dos ruidos.

—¿Dos ruidos distintos?

—Leire —dije.

Ella levantó una mano sin mirarme.

—Solo estoy hablando con ella.

—Su padre acaba de morir.

—Lo sé.

—Tiene siete años.

—Precisamente.

Lía me buscó con la mirada.

—Mamá.

Me acerqué, pero el agente joven se movió antes y se colocó ligeramente entre nosotras. No fue un gesto brusco. Apenas un paso. Lo suficiente.

—Quiero abrazarla —dije.

—Enseguida —respondió Leire—. Primero necesito saber si ha visto algo.

—No ha visto nada.

La inspectora se volvió hacia mí.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque estaba en su habitación.

—¿Con usted?

—Sí.

La respuesta salió limpia. Sin vacilar.

Leire sostuvo mi mirada unos segundos.

—Entonces lo sabrá ella.

Volvió hacia Lía.

—¿Estabas en tu habitación cuando papá se cayó?

Mi hija asintió.

—¿Estabas sola?

Lía tardó demasiado en contestar.

No fue más de un segundo. Quizá dos. Pero yo la conocía. Sabía cuánto tardaba en recordar una canción, cuánto en inventar una excusa y cuánto en decir una verdad que creía que podía traerle problemas.

—Mamá estaba conmigo —dijo.

Leire no anotó nada. Ni siquiera llevaba libreta. Aun así, tuve la sensación de que cada palabra quedaba colocada en algún sitio.

—¿Todo el tiempo?

—Leire —repetí.

Esta vez sí me miró.

—Señora Sanz, necesito que deje que responda.

Era la primera vez que me llamaba por mi apellido.

—No puede interrogarla así.

—No la estoy interrogando.

—Pues se parece bastante.

El sanitario que me había puesto la manta se acercó y la recogió del suelo. La sacudió con una delicadeza absurda y volvió a colocármela sobre los hombros.

—Quizá sería mejor llevar a la niña a otra habitación —dijo.

—No —respondimos Leire y yo al mismo tiempo.

La inspectora frunció apenas los labios.

—Puede quedarse con su madre —dijo—. Pero antes necesito una cosa más.

Se agachó frente a Lía, sin tocarla.

—Cuando dices que papá se cayó dos veces, ¿quieres decir que escuchaste dos golpes?

—No.

—¿Qué quieres decir?

—Que se cayó.

—Sí.

—Y después se volvió a caer.

El agente joven levantó la vista hacia la escalera.

Yo sentí que la casa se quedaba sin aire.

—Cariño —dije—, lo que escuchaste fue el cuerpo de papá golpeando los escalones. Primero arriba y luego abajo. Por eso parecieron dos caídas.

Lía me observó con esa seriedad repentina que tienen los niños cuando intuyen que los adultos están discutiendo por algo que ellos todavía no entienden.

—Había silencio.

—¿Entre los golpes? —preguntó Leire.

Lía asintió.

—¿Mucho?

—Un poco.

—¿Cuánto es un poco?

—No sé.

—¿Como esto?

La inspectora esperó tres segundos.

Lía negó.

—¿Menos?

—No sé.

—¿O más?

—He dicho que no sabe —intervine.

Leire se puso en pie.

—De acuerdo.

La forma en que lo dijo me irritó más que si hubiera insistido. De acuerdo. Como si ya tuviera lo que necesitaba.

Me agaché y abrí los brazos.

Lía corrió hacia mí.

La abracé con tanta fuerza que soltó un quejido.

—Mamá, me haces daño.

Aflojé enseguida.

—Perdona.

Olía a champú de manzana y a sueño. Hundió la cara en mi pecho, pero no lloró. Lía nunca lloraba cuando debía. Aguantaba durante horas y después se derrumbaba por cualquier tontería: una galleta rota, un calcetín húmedo, un dibujo que no le salía como quería.

—Quiero ver a papá —murmuró.

—No puedes.

—¿Por qué?

—Porque los médicos están trabajando.

La mentira me salió sola.

Uno de los sanitarios había cubierto ya el cuerpo de Damián hasta el cuello. No completamente. Su cara seguía descubierta, blanca bajo la luz del recibidor, con un corte junto a la ceja y sangre seca en la comisura de los labios.

Lía intentó girarse.

Le puse una mano detrás de la cabeza.

—No mires.

—¿Está muerto?

No supe qué contestar.

La gente cree que hay palabras para esos momentos. Frases correctas. Formas de hablar de la muerte sin asustar a un niño. Pero allí no había palabras. Había una casa llena de desconocidos y el cuerpo de su padre a pocos metros.

—Los médicos no han podido despertarlo —dije.

—¿Pero está muerto?

Cerré los ojos.

—Sí.

Lía se apartó de mí.

No lloró. Solo abrió mucho la boca, como si le faltara aire, y volvió la cabeza hacia la escalera.

—No.

—Cariño.

—No.

—Lía.

—No.

Me golpeó el pecho con las manos. Una vez. Después otra.

—No.

La abracé mientras pataleaba. El conejo de peluche apareció en brazos del agente joven, que debía de haberlo recogido arriba. Se lo ofreció, pero Lía lo tiró al suelo.

—Quiero a papá.

—Lo sé.

—Quiero a papá.

—Lo sé.

—No lo sabes.

La frase me atravesó.

La inspectora miró hacia otro lado. El agente joven recogió de nuevo el conejo.

Yo mantuve a Lía contra mi cuerpo hasta que dejó de luchar. Después se quedó quieta, rígida, respirando muy deprisa.

—Quiero ir a mi habitación.

—Voy contigo.

—No.

—No puedes estar sola.

—Quiero ir sola.

—Lía.

—Sola.

Leire hizo un gesto al agente.

—Que suba con ella hasta la puerta.

—He dicho que no quiero extraños en su habitación.

—No entrará.

—Voy yo.

—Antes necesito hacerle unas preguntas.

—Ya me las ha hecho.

—No.

Miré a Lía. Tenía los ojos clavados en la sangre del suelo.

—Sube, cariño —le dije—. Enseguida voy.

—No tardes.

—No voy a tardar.

La vi subir, peldaño a peldaño, con el conejo colgando de una oreja. El agente joven la siguió a cierta distancia. Cuando llegaron al descansillo, Lía se detuvo.

—Ahí hizo el otro ruido —dijo.

Nadie respondió.

Ella señaló el suelo.

—Primero aquí.

Después miró hacia abajo.

—Y luego ahí.

Leire no apartó los ojos del descansillo.

Yo sí.

Miré a mi marido.

El cuerpo seguía cubierto hasta el cuello. Uno de los sanitarios hablaba en voz baja con otro. La mujer que me había hecho las primeras preguntas cerraba bolsas y retiraba material.

Lía continuó subiendo.

La puerta de su habitación se cerró.

El silencio que dejó fue peor que sus gritos.

—¿Podemos hablar en el salón? —preguntó Leire.

—No quiero dejarla sola.

—El agente se quedará en el pasillo.

—No necesita vigilancia.

—No es vigilancia.

—¿Entonces qué es?

—Una niña de siete años acaba de encontrar a su padre muerto al pie de una escalera.

—No lo encontró. Yo lo encontré.

—Bien.

—No lo vio caer.

—Eso ya me lo ha dicho.

—Porque es verdad.

Leire se apartó para dejarme pasar.

El salón estaba a pocos metros del recibidor, separado por una pared baja y una estantería. Desde el sofá podía ver parte de la escalera y las piernas de los sanitarios moviéndose alrededor del cuerpo.

No quise sentarme.

—¿Cuándo llegó su marido a casa?

—No lo sé exactamente.

—Intente recordarlo.

—Cerca de las once.

—¿Venía solo?

—Sí.

—¿Lo vio entrar?

—Lo escuché.

—¿Dónde estaba usted?

—En la cocina.

—¿Y su hija?

—Terminando de cenar.

—Antes ha dicho que estaba acostándola.

—Cuando se cayó, sí.

—¿Cuánto tiempo pasó entre la llegada de su marido y la caída?

—Media hora. Quizá algo más.

—¿Hablaron?

—Claro.

—¿Discutieron?

La misma pregunta.

—No.

Leire inclinó la cabeza.

—Una vecina ha dicho que escuchó voces.

—Todavía no ha hablado con ninguna vecina.

—Mis compañeros sí.

No había oído entrar a más policías. Tampoco había visto a nadie salir. Pero la puerta principal seguía abierta y las luces azules llenaban la calle.

—Damián hablaba fuerte —dije.

—¿Estaba enfadado?

—No especialmente.

—¿Había bebido?

—Había cenado con unos clientes.

—Eso no responde.

—Olía a vino.

—¿Se tambaleaba?

—No.

—¿Arrastraba las palabras?

—No.

—¿Tomó medicación?

—No lo sé.

—Ha dicho que a veces tomaba algo para dormir.

—Sí.

—¿Sabe dónde está?

—En la mesilla.

—¿Podemos verlo?

—Supongo.

—¿Supone que podemos o supone que está ahí?

La miré.

—Está ahí.

—¿Cómo se llama?

—Zolpidem.

Leire no reaccionó.

—Antes ha dicho a los sanitarios que no lo sabía.

—No lo recordaba.

—¿Y ahora sí?

—Ahora sí.

—¿Por qué?

—Porque me lo ha vuelto a preguntar.

—No le he preguntado el nombre.

La manta empezó a pesarme sobre los hombros.

—¿Qué está intentando hacer?

—Entender qué ocurrió.

—Se cayó.

—Eso parece.

—No parece. Se cayó.

—¿Lo vio?

—No.

—Entonces parece.

Apreté los labios.

Leire hablaba despacio. Sin elevar la voz, sin acusarme, sin darme nada contra lo que pudiera defenderme. Era peor así.

—¿Dónde estaba exactamente cuando escuchó el ruido? —preguntó.

—En la habitación de Lía.

—¿Qué hacía?

—La estaba acostando.

—¿Estaba sentada en la cama?

—Sí.

—¿A su lado?

—Sí.

—¿Cuánto tiempo llevaba allí?

—No sé. Cinco minutos.

—¿Su hija estaba despierta?

—Sí.

—¿Viendo una película?

—La habíamos dejado puesta.

—¿Y usted la estaba acostando con la televisión encendida?

—No es una televisión. Es una tableta.

—Entiendo.

No entendía nada. O fingía no entender.

—Era viernes —añadí—. A veces la dejamos ver algo antes de dormir.

—¿Su marido subió?

—No.

—¿Le oyó moverse por la casa?

—Sí.

—¿Dónde?

—Abajo.

—¿En la cocina? ¿En el salón? ¿En el recibidor?

—No lo sé.

—¿Escuchó pasos en la escalera?

—No.

—¿Entonces cómo llegó arriba?

—¿Qué?

—Ha dicho que escuchó varios golpes. Si cayó por la escalera, tuvo que estar arriba antes.

—Nuestra habitación está arriba. Quizá subió mientras yo estaba con Lía.

—¿No lo oyó?

—La película estaba puesta.

—¿Muy alta?

—No.

—Pero suficiente para no escuchar a un hombre subir catorce peldaños.

—No conté sus pasos.

Leire desvió la mirada hacia el recibidor.

—¿La escalera suele hacer ruido?

—A veces.

—¿Qué tipo de ruido?

—Cruje.

—¿Los peldaños?

—La barandilla. No sé.

—¿Estaba rota?

—No.

—¿Suelta?

—Damián decía que había que ajustarla.

—¿Desde cuándo?

—Semanas.

—¿La había reparado?

—No.

—¿Por qué?

Solté una risa breve. Me salió sin querer.

—Porque arreglaba casas ajenas. La nuestra podía esperar.

Por primera vez, Leire pareció aceptar una respuesta sin buscar algo detrás.

—¿Alguna vez se había caído alguien por esa escalera?

—No.

—¿Resbalado?

—Lía una vez. No fue nada.

—¿Su marido tenía problemas de equilibrio?

—No.

—¿Mareos?

—No.

—¿Había mezclado alcohol y medicación antes?

—No lo sé.

—Vivía con él.

—Eso no significa que supiera todo lo que hacía.

La frase quedó entre nosotras.

Leire la dejó reposar.

—¿Había cosas que no sabía?

—Todo el mundo tiene secretos.

—¿Su marido también?

—Supongo.

—¿Qué clase de secretos?

—No sé.

—Acaba de decir que los tenía.

—He dicho que todo el mundo los tiene.

—¿Usted también?

La miré.

—Mi marido está muerto.

—Lo sé.

—Mi hija está arriba sola.

—También lo sé.

—Y usted me pregunta si tengo secretos.

—Sí.

No bajó la mirada.

—No —dije.

La inspectora asintió muy despacio.

—De acuerdo.

Otra vez.

De acuerdo.

Me senté al fin. No porque ella me lo pidiera, sino porque las piernas dejaron de sostenerme. La manta se abrió y cayó a ambos lados del sofá.

Leire observó mis brazos.

—¿Qué le ha pasado ahí?

Seguí su mirada.

En el antebrazo izquierdo, justo debajo del codo, empezaba a aparecer una mancha oscura. No la había visto antes. Tenía forma alargada, casi como cuatro dedos.

La cubrí con la mano.

—Nada.

—Parece reciente.

—Me habré golpeado.

—¿Cuándo?

—No lo sé.

—¿Al bajar?

—Puede ser.

—No recuerda haberse golpeado, pero sí que no resbaló.

—Estaba intentando ayudar a mi marido.

Leire se acercó un poco.

—¿Puedo verlo?

—No.

La respuesta salió demasiado rápida.

—Necesito comprobar si requiere atención médica.

—No la requiere.

—Entonces no le importará enseñármelo.

—He dicho que no.

La inspectora volvió a quedarse quieta.

No insistió.

Uno de los sanitarios apareció en la entrada del salón.

—Tenemos que trasladarlo.

No dijo el cuerpo. No dijo al fallecido. Dijo trasladarlo, como si Damián todavía fuera una persona que podía decidir adónde ir.

Me levanté.

—¿Adónde?

—Al Instituto de Medicina Legal.

—¿Por qué?

El sanitario miró a Leire.

Fue suficiente.

—No —dije—. Ha sido un accidente.

Nadie respondió.

—Se ha caído por la escalera.

Leire se acercó.

—Mara, necesitamos confirmar la causa de la muerte.

—La causa está ahí.

Señalé los escalones.

—Se cayó.

—Puede ser.

—¿Puede ser?

—Sí.

—¿Qué otra cosa cree que pasó?

La inspectora no contestó enseguida.

Detrás de ella, los sanitarios empezaron a mover el cuerpo de Damián. La sábana se deslizó unos centímetros y dejó al descubierto uno de sus brazos. La mano estaba cerrada.

—Todavía no creo nada —dijo Leire—. Pero su marido tiene demasiadas heridas para que podamos dar nada por sentado.

Miré el cuerpo.

Después la escalera.

Después mi brazo, donde los dedos ya empezaban a dibujarse bajo la piel.

—Yo no le hice daño —dije.

Leire bajó la vista hacia el hematoma.

—No le he preguntado eso.

En el piso de arriba, la puerta de la habitación de Lía se abrió.

—Mamá —llamó.

Me volví hacia la escalera.

Mi hija estaba en lo alto, abrazada al conejo.

—He recordado otra cosa.

Leire también levantó la cabeza.

—¿Qué cosa, cariño?

Lía miró primero a la inspectora.

Después a mí.

—Papá habló entre una caída y la otra.