La segunda caída
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Capítulo 1 · Hora cero
La primera persona que me preguntó si había empujado a mi marido todavía tenía las rodillas manchadas con su sangre.
No fue la policía. Tampoco una periodista esperando junto a la verja ni uno de esos desconocidos que, dos días después, ya sabían más de mi matrimonio que yo misma.
Fue una mujer del servicio de emergencias, una de las que intentaron devolverle el aire a Damián mientras yo permanecía sentada contra la pared, con las manos abiertas sobre los muslos y el camisón pegado al cuerpo.
No me lo preguntó exactamente así. No dijo: «¿Lo ha empujado usted?». La gente que trabaja rodeada de muertos aprende a formular las preguntas sin parecer que está preguntando.
—¿Ha visto cómo se ha caído?
Yo negué con la cabeza.
—Estaba arriba.
—¿Con él?
—Con mi hija.
—¿Entonces no estaba junto a la escalera?
—No.
La mujer me observó durante apenas un segundo.
Ni siquiera podría asegurar que desconfiara de mí.
Tal vez solo intentaba entender cómo un hombre de cuarenta y cinco años había acabado al pie de catorce escalones con la cabeza abierta, un brazo doblado bajo la espalda y sangre hasta en el tercer peldaño.
—Yo no lo empujé —dije.
Nadie me había acusado todavía.
Ella volvió a mirar a Damián. Uno de sus compañeros continuaba presionándole el pecho mientras otro preparaba una jeringa.
Habían apartado la mesita del recibidor y volcado uno de los sillones para ganar espacio.
La casa parecía más pequeña con cuatro desconocidos moviéndose dentro de ella, abriendo bolsas, dando órdenes y pisando la sangre como si ya no importara extenderla.
—No he dicho que lo hiciera —respondió la mujer.
—Ya lo sé.
—Necesito que intente respirar.
Yo respiraba. Eso era lo más absurdo. Respiraba perfectamente mientras Damián se moría a menos de tres metros de mí.
No recuerdo cuánto tiempo llevaba en el suelo cuando marqué el 112.
Pudo ser un minuto. Pudo ser menos. Escuché el ruido desde la habitación de Lía, bajé corriendo y lo encontré allí, con los ojos abiertos y la boca moviéndose sin sonido.
Al principio pensé que intentaba decirme algo.
Me arrodillé, le cogí la cara entre las manos y acerqué el oído a sus labios.
No salió ninguna palabra.
Solo aire.
Un soplido pequeño y húmedo que olía a vino.
—Damián.
No respondió.
—Damián, mírame.
Tenía sangre en el pelo, detrás de la oreja, bajo la nuca.
Muchísima. Había visto sangre otras veces, por supuesto.
Cortes al cocinar, una ceja abierta de Lía cuando tenía cuatro años, la nariz de Damián después de que un cliente le diera un puñetazo en una obra.
Pero aquello era distinto. Aquello no parecía salir de él, sino estar tragándoselo.
Busqué el teléfono en el bolsillo del camisón y se me cayó dos veces antes de conseguir desbloquearlo.
La operadora me preguntó mi nombre.
—Mara Sanz.
La dirección.
Se la repetí.
Qué había ocurrido.
—Mi marido se ha caído por la escalera.
Si estaba consciente.
—No lo sé.
Si respiraba.
—Creo que sí.
Si podía colocar una mano sobre su pecho.
Lo hice.
—No noto nada.
Me explicó cómo debía ponerlo boca arriba.
Le dije que ya lo estaba, aunque no era verdad del todo.
Damián tenía el hombro girado y una pierna atrapada bajo la otra.
La operadora me pidió que no moviera su cuello.
Después cambió de opinión porque dejó de respirar, o porque yo dejé de sentirlo, o porque empecé a gritar que estaba muerto y ella necesitaba darme algo que hacer.
Coloqué las manos en el centro de su pecho.
Una encima de la otra.
Los brazos rectos.
Presioné.
La primera vez sentí un chasquido.
—He roto algo.
—Continúe.
—Creo que le he roto una costilla.
—Continúe, Mara.
Seguí.
Treinta compresiones. Dos respiraciones. Treinta compresiones. Dos respiraciones. La sangre de su boca me quedó en los labios. Me limpié con el dorso de la mano y volví a inclinarme sobre él.
No sé en qué momento apareció Lía en la parte alta de la escalera.
—Mamá.
Levanté la cabeza. Estaba descalza, con el pijama amarillo y el conejo de peluche apretado contra el pecho. Detrás de ella seguía sonando la película que habíamos dejado puesta en su habitación. Una canción alegre, ridícula, completamente fuera de lugar.
—Vuelve al cuarto.
—¿Qué le pasa a papá?
—Vuelve al cuarto, cariño.
—¿Se ha hecho daño?
—Lía, por favor.
No levanté la voz. Creo que no la levanté. La operadora seguía hablándome desde el suelo, donde había dejado el teléfono con el altavoz conectado. Me ordenaba que continuara, que no me detuviera, que la ambulancia estaba llegando.
Lía bajó un peldaño.
—No bajes.
Se quedó inmóvil.
—Pero papá…
—Papá se ha caído. Vuelve a tu habitación.
No me obedeció. Nunca lo hacía a la primera cuando tenía miedo. Se sentó en lo alto de la escalera y escondió la boca detrás del conejo. Durante el resto de la reanimación pude sentir sus ojos sobre mí.
Los sanitarios llegaron nueve minutos después de la llamada.
Nueve minutos es poco tiempo cuando se mide en un reloj y una vida entera cuando tienes las manos sobre el pecho de alguien que no responde.
Entraron sin llamar porque yo había dejado la puerta abierta.
Uno me apartó con cuidado. Otro se inclinó sobre Damián.
Una mujer me hizo preguntas mientras cortaban la camisa de mi marido y llenaban el recibidor de envoltorios de plástico.
—¿Cuánto tiempo lleva inconsciente?
—No lo sé.
—¿Ha bebido?
—Había cenado fuera.
—¿Toma medicación?
—Para dormir. A veces.
—¿Qué medicación?
—No lo sé.
Sí lo sabía. Zolpidem. Una pastilla blanca que guardaba en el cajón de la mesilla y partía con los dientes cuando no encontraba el cortador. Pero en ese momento no conseguí recordar el nombre. O no pude pronunciarlo. Las palabras más sencillas se me quedaban pegadas al paladar.
—¿Tiene alguna enfermedad?
—No.
—¿Problemas cardíacos?
—No.
—¿Alergias?
—No que yo sepa.
La mujer me hizo sentarme. Me puso una manta sobre los hombros, aunque no tenía frío, y me tomó el pulso mientras miraba de reojo a sus compañeros.
—¿Ha visto la caída?
—No.
—¿Dónde estaba usted?
—Arriba. Acostando a nuestra hija.
—¿Ha oído algún grito?
—No.
—¿Una discusión?
La pregunta me atravesó con más facilidad que las demás.
—No.
No fue una mentira grande. No en ese momento.
Damián y yo discutíamos como discute todo el mundo después de doce años de matrimonio.
Sin platos rotos ni vecinos llamando a la policía.
Palabras dichas demasiado cerca de la cara, puertas cerradas con más fuerza de la necesaria, silencios que duraban hasta la mañana siguiente.
Aquella noche también habíamos discutido, pero eso no significaba nada.
No tenía nada que ver con la escalera. Nada.
—¿Escuchó la caída?
—Sí.
—¿Cómo fue?
La miré sin entender.
—El ruido —aclaró—. ¿Escuchó un golpe, varios golpes?
—Varios. Supongo.
—¿Seguidos?
—No lo sé.
—Intente recordarlo.
Cerré los ojos. La película de Lía. El sonido de una puerta. Después, el estruendo. Un impacto seco, algo arrastrándose, otro golpe. Tal vez más. No los conté. Nadie cuenta los golpes cuando todavía no sabe que van a partirle la vida en dos.
—Fue muy rápido.
La mujer asintió, pero no anotó nada. Ni siquiera llevaba una libreta. Aun así, tuve la sensación de que estaba guardándolo todo.
Las compresiones se detuvieron.
Solo durante unos segundos.
Uno de los sanitarios miró el monitor. Otro cambió la posición de los electrodos. La mujer que estaba conmigo se levantó y se acercó a ellos.
Yo también intenté levantarme.
—Quédese ahí, por favor.
—¿Qué pasa?
Nadie respondió.
—¿Qué pasa?
El hombre que estaba junto a la cabeza de Damián pidió otra dosis de algo. La jeringa pasó de una mano a otra. Volvieron a presionar su pecho.
—¿Está vivo?
La mujer regresó y se agachó frente a mí.
—Estamos haciendo todo lo posible.
—Eso no es lo que le he preguntado.
—Su marido está en parada.
—Pero ¿está vivo?
—Mara.
Fue la primera vez que alguien dijo mi nombre con ese tono. Como si estuviera a punto de entregarme una noticia que debía aceptar sin escándalo.
—No puede morirse.
Ella no dijo nada.
—No puede —repetí—. Lía está arriba.
Miré hacia la escalera. Mi hija ya no estaba allí. En algún momento había regresado a su habitación, o se había escondido en el pasillo, o quizá seguía observándonos desde un lugar que yo no alcanzaba a ver.
—Tengo que ir con ella.
—Ahora irá.
—Está sola.
—Uno de mis compañeros puede acompañarla.
—No quiero que un desconocido suba a su habitación.
La mujer respiró hondo.
—Entonces espere un minuto.
Un minuto. Todo el mundo pedía minutos aquella noche como si fueran cosas pequeñas.
Un minuto para intentar reanimarlo. Un minuto antes de subir con Lía.
Un minuto hasta que llegara la policía. Damián había bajado aquellos catorce escalones en menos tiempo y, sin embargo, nadie parecía capaz de devolverme nada con la misma rapidez.
Escuché sirenas acercándose. Otra ambulancia, pensé. Después vi el reflejo azul atravesando las cortinas del salón.
—¿Por qué viene la policía?
La mujer volvió la cabeza hacia la puerta.
—Es habitual en accidentes domésticos graves.
—Ha sido un accidente.
—No estoy diciendo lo contrario.
—Se ha caído.
—Lo sé.
Pero no lo sabía. Nadie lo sabía todavía.
Solo yo había estado en la casa. Solo Lía y yo habíamos escuchado el estruendo.
Solo yo había encontrado a Damián al pie de la escalera, con un pie descalzo y el otro todavía dentro del zapato, como si incluso su cuerpo hubiese sido sorprendido por la caída.
Los agentes entraron sin hacer ruido. Eran dos.
Un hombre joven y una mujer de unos cuarenta años con el pelo recogido y una chaqueta oscura que no parecía uniforme.
Ella no se acercó enseguida a mí. Recorrió el recibidor con la mirada, desde la sangre junto a la cabeza de Damián hasta los peldaños, la barandilla y la pared blanca donde había quedado una marca oblicua.
Luego levantó la vista.
No hacia mí.
Hacia la parte alta de la escalera.
—¿Hay alguien más en la vivienda? —preguntó.
—Nuestra hija.
—¿Qué edad tiene?
—Siete años.
—¿Dónde está?
—En su cuarto.
La mujer hizo un gesto al agente joven, que comenzó a subir. Me puse de pie tan deprisa que la manta cayó al suelo.
—No.
Los sanitarios me miraron.
—No quiero que vaya solo —dije—. Está asustada.
La mujer de la chaqueta oscura se acercó.
—Soy la inspectora Leire Zamora. Nadie va a hacerle daño a su hija.
—Ya lo sé.
—Puede acompañarnos dentro de un momento, pero ahora necesitamos comprobar que está bien.
—Está bien.
—¿La ha visto después de la caída?
—Sí.
—¿Ha bajado?
—No. Se quedó arriba.
Leire miró los peldaños. Después miró mis pies desnudos, salpicados de sangre.
—¿Usted bajó corriendo?
—Sí.
—¿No resbaló?
—No.
No entendí la pregunta hasta que observé la escalera. Había una mancha en el cuarto peldaño, otra en el sexto y una línea oscura en el borde del descansillo. La sangre no llegaba hasta arriba. No había nada donde yo hubiera podido pisarla al bajar.
—La sangre estaba junto a él —dije—. Me manché al intentar ayudarlo.
—No he dicho que se manchara en la escalera.
—Ya lo sé.
Otra vez aquella respuesta. Ya lo sé. La repetí tantas veces durante las horas siguientes que acabó perdiendo cualquier significado.
El sanitario dejó de presionar el pecho de Damián.
Esta vez no reanudó las compresiones.
Alguien miró el reloj.
La mujer que me había interrogado al llegar se acercó al monitor, comprobó algo y bajó la cabeza. No hizo falta que hablara. Lo vi en sus hombros, en la manera en que sus compañeros comenzaron a recoger los instrumentos que hasta un segundo antes parecían imprescindibles.
—No —dije.
Nadie se movió.
—No.
Fui hacia Damián, pero Leire me sujetó por los brazos.
—Suélteme.
—Mara.
—Suélteme.
—No puede acercarse ahora.
—Es mi marido.
—Lo sé.
—No, no lo sabe. Es mi marido.
Intenté apartarla. No con fuerza. Creo que no con fuerza.
Ella me sostuvo mientras yo miraba el cuerpo de Damián tendido bajo la luz del recibidor, con la camisa abierta y los cables todavía pegados a la piel.
Parecía más grande muerto. Más pesado. Como si la casa entera se hubiese inclinado hacia él.
Entonces escuché la voz de Lía.
—Mamá.
Estaba sentada en el último peldaño del tramo superior. El agente joven permanecía a su lado, sin tocarla. Mi hija ya no llevaba el conejo. Tenía las manos vacías sobre las rodillas.
—Ven conmigo, cariño —le dije.
No se movió.
—Lía.
Miró a su padre. Después miró la escalera que los separaba.
—Papá se ha caído.
—Sí.
—Ha hecho mucho ruido.
—Sí.
Leire aflojó las manos alrededor de mis brazos.
—Ven, cariño.
Lía bajó un peldaño. Luego otro. Muy despacio, pegada a la barandilla.
—Se ha caído dos veces —dijo.
La inspectora volvió la cabeza hacia mí.
Y yo respondí antes de que pudiera preguntarme nada.
—No, cariño. Papá se ha caído una sola vez.