La segunda caída Capítulo 15 · Hora veintidós
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Capítulo 15 · Hora veintidós

Me dejaron hablar con Lía a las nueve y cuarenta y seis de la noche.

No me entregaron un teléfono. Me llevaron a una sala con una mesa pegada a la pared, un aparato gris y una cámara en la esquina. Celia estaba sentada a mi lado. Leire permanecía detrás del cristal de la puerta, fingiendo revisar una carpeta mientras esperaba que yo dijera algo que pudiera utilizar.

—La llamada será breve —explicó la agente—. Su hermana ha autorizado que la niña hable con usted.

—No necesita autorizar nada. Soy su madre.

—Cinco minutos.

—¿Por qué solo cinco?

—Porque la menor está cansada.

—Yo también.

La agente no respondió.

Marcó el número de Nuria, activó el altavoz y dejó el teléfono sobre la mesa. Antes de salir, miró a Celia.

—Si se habla del caso, tendremos que interrumpir.

—No es un interrogatorio —dijo mi abogada.

—Precisamente.

La puerta se cerró.

El tono sonó una vez.

Dos.

Tres.

Pensé que Nuria no respondería. Que habría decidido proteger a Lía de mí, como si yo fuera otra de las personas que habían entrado en casa con bolsas, cámaras y preguntas.

Contestó al cuarto.

—¿Sí?

—Soy yo.

Mi hermana no dijo mi nombre.

—Espera.

Escuché pasos, una puerta y un murmullo. Después la voz de Lía.

—Mamá.

Solo una palabra.

Fue suficiente para que todo lo que había sostenido durante veintidós horas se deshiciera.

—Hola, mi amor.

—¿Dónde estás?

—Con la policía.

—Todavía.

—Sí.

—La tía dice que tienes que dormir allí.

Miré a Celia.

—Solo esta noche.

No sabía si era verdad. Mi abogada movió apenas la cabeza, pero no me corrigió.

—¿Has cenado? —pregunté.

—No tengo hambre.

—Tienes que comer algo.

—Tú tampoco has comido.

—¿Quién te ha dicho eso?

—La tía.

—La tía no lo sabe todo.

Celia dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—Mamá —dijo Lía—, hay gente en la puerta.

—¿Periodistas?

—No sé.

—No salgas.

—No estoy en casa.

—¿Dónde estás?

—En casa de la tía.

La imaginé en el sofá gris de Nuria, con el pijama amarillo, el conejo entre los brazos y una manta demasiado pequeña cubriéndole las piernas. El piso de mi hermana tenía dos habitaciones. Lía dormiría en la suya, rodeada de ropa que olía a otra casa.

—¿Han ido periodistas allí?

—Una señora llamó al timbre.

—No abras.

—La tía no abrió.

—Bien.

—Dijo que quería preguntarme por papá.

Me incliné sobre la mesa.

—No hables con nadie.

—Ya lo sé.

—Ni con periodistas, ni con vecinos, ni con gente que diga que era amiga de papá.

—¿Y con la policía?

Celia levantó la vista.

—Con la policía puedes hablar si está la tía o una persona que sepa hablar con niños.

—La señora Eva.

—¿Quién es Eva?

—La que me hace preguntas.

—¿Está ahí?

—Se fue.

—¿Qué te preguntó?

Mi abogada me tocó el brazo.

—Mara.

—Solo quiero saber si está bien.

Lía permaneció callada.

—Cariño.

—Me dijo que no tenía que acertar.

—¿Acertar qué?

—Lo que pasó.

—Claro que no.

—Que podía decir que no sabía.

—Sí.

—Y le dije que no sabía.

El alivio llegó demasiado rápido.

Me avergoncé de sentirlo.

—Está bien.

—Pero después me acordé.

La mano de Celia seguía sobre mi brazo.

—¿De qué te acordaste?

—De papá.

—Lía, no tienes que pensar ahora en eso.

—Ella me preguntó qué dijo.

—¿Y qué contestaste?

—Que dijo tu nombre.

—Eso ya lo sabíamos.

—Y otra cosa.

La sala se quedó quieta.

Al otro lado del cristal, Leire dejó de pasar las páginas.

—¿Qué cosa? —pregunté.

—No sé.

—Entonces no te acordaste.

—Sí me acordé, pero no sé si la dijo.

—Eso significa que no estás segura.

—La señora Eva dijo que podía no estar segura.

Celia retiró la mano.

—Lía —dijo—, soy Celia, la abogada de mamá. No tienes que contarnos nada de lo que hablaste con Eva.

—Hola.

—Hola, cariño. Solo queremos saber cómo estás.

—Mal.

Celia cerró los ojos un instante.

—Lo siento mucho.

—¿Vas a sacar a mamá?

—Estoy intentándolo.

—¿Cuándo?

—Muy pronto, espero.

—Mamá ha dicho que mañana.

Celia me miró.

—Estamos haciendo todo lo posible —respondió.

—Eso dicen los médicos.

La frase me dejó sin aire.

Lo había escuchado la noche anterior. La sanitaria agachada frente a mí. Estamos haciendo todo lo posible. Después Damián muerto bajo una sábana.

—No es lo mismo —dije.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Tú vas a volver?

—Claro.

—¿Aunque papá esté muerto?

—Precisamente por eso.

Otra vez.

La palabra de Damián.

Lía la reconoció.

—Hablas como él.

—No.

—Sí.

—Todo el mundo dice precisamente.

—No como tú.

No quise discutir.

—¿Has dormido?

—Un poco.

—¿Has llorado?

—No sé.

—¿Cómo que no sabes?

—A veces me despierto y tengo la almohada mojada.

Me tapé la boca con una mano.

Celia miró hacia otro lado.

—Quiero estar contigo —dije.

—Pues ven.

—No me dejan todavía.

—¿Por qué?

—Porque tienen que terminar de hacer preguntas.

—La tía dice que creen que empujaste a papá.

Celia se inclinó hacia el teléfono.

—Nadie debería haberte dicho eso.

—Lo escuché en la tele.

—La televisión miente —dije.

—Papá decía eso.

—A veces tenía razón.

—¿Tú lo empujaste?

No hubo preparación.

Ni rodeo.

Mi hija hizo la pregunta que todos llevaban veintidós horas formulando sin atreverse a utilizar exactamente esas palabras.

Miré a la cámara.

Después a Leire detrás del cristal.

—No.

La respuesta salió sin temblar.

—¿Seguro?

—Completamente.

—Entonces ¿por qué no te dejan venir?

—Porque necesitan comprobarlo.

—Pero tú lo sabes.

—Sí.

—Y yo también.

—Claro.

—Entonces diles que yo estaba contigo.

Celia volvió a tocarme el brazo.

—Lía, no tienes que proteger a mamá.

—No la protejo.

—Solo cuenta lo que recuerdes cuando te lo pregunten.

—Recuerdo que estaba conmigo.

—¿Todo el tiempo? —pregunté.

La puerta se abrió.

Leire entró.

No dijo nada. Solo negó con la cabeza.

No podía hacer aquella pregunta.

—Mamá estaba en mi habitación —dijo Lía.

—Sí.

—Y después salió.

—Fui al pasillo.

—A hablar con papá.

—Le pedí que bajara la voz.

—Y después volviste.

—Sí.

—¿Antes del ruido?

Sentí el pulso en el hematoma.

—Antes de que papá cayera.

—No.

La palabra fue pequeña.

Pero llegó completa.

Leire se acercó a la mesa.

—Lía —dijo Celia—, no necesitas seguir hablando de esto.

—Mamá volvió después del primer ruido.

Nadie se movió.

Al otro lado del teléfono se escuchó la voz de Nuria.

—Lía, cariño, dame el teléfono.

—No.

—Ya has hablado suficiente.

—Quiero hablar con mamá.

—Puedes hablar con ella, pero no de anoche.

—¿Por qué?

—Porque te hace daño.

—No me hace daño.

—Lía.

—La señora Eva me preguntó lo mismo.

Leire se sentó frente a mí.

—¿Qué le respondiste a Eva? —pregunté.

Mi abogada me apretó el brazo con fuerza.

—No.

—Quiero saber qué le han hecho decir.

—No le han hecho decir nada —intervino Nuria desde lejos.

—No estaba hablando contigo.

—Pues deberías.

—Pásame con ella.

—Ya estás hablando con ella.

—Sin escuchar.

—Tú tampoco la escuchas.

—Nuria.

—Cada vez que dice algo que no te gusta, la corriges.

La frase me hizo olvidar la cámara.

—Tiene siete años. Está confundida.

—Puede estarlo.

—Lo está.

—Eso no lo decides tú.

—Soy su madre.

—Y yo soy quien lleva todo el día secándole el pelo, intentando que coma y apagando la televisión para que no vea cómo sacan tu cara.

—No has impedido que escuchara que creen que maté a su padre.

—No puedo encerrar el mundo en un armario.

—Podías apagar la televisión antes.

—La encendió mientras yo hablaba con la policía.

—Pues no hables con ellos delante de ella.

—No me dejaron elegir.

—Siempre se puede elegir.

Celia me miró.

La frase había sonado como otra cosa.

—Mamá —dijo Lía.

—Estoy aquí.

—Cuando volviste dijiste que papá se había caído.

El corazón dejó de golpear.

Solo durante un segundo.

—Sí.

—Pero después se cayó otra vez.

Leire no pestañeó.

Celia soltó mi brazo.

—No, cariño —respondí—. Yo volví después de escuchar todo el ruido.

—No.

—Sí.

—Me dijiste: «Papá se ha caído. Yo estaba aquí contigo».

El teléfono parecía estar demasiado cerca.

La sala, demasiado pequeña.

—Te lo dije después —contesté.

—Antes.

—Lía, estabas asustada.

—La película seguía.

—Sí.

—Tú entraste.

—Sí.

—Dijiste que papá se había caído.

—Porque acababa de escuchar la caída.

—Y después hizo el ruido grande.

Leire levantó una mano para impedir que Celia interrumpiera.

Mi abogada la ignoró.

—Terminamos la llamada.

—No —dije.

—Mara.

—Mi hija está mezclando los sonidos.

—No vamos a discutir con una niña por teléfono.

—No discuto.

—La estás corrigiendo.

—Porque no ocurrió así.

Al otro lado, Lía empezó a llorar.

No con el llanto pequeño de la casa.

Con un sollozo fuerte, entrecortado.

—Mamá está enfadada.

—No estoy enfadada contigo.

—Sí.

—Cariño, escúchame.

—Siempre haces esa voz cuando estás enfadada.

—¿Qué voz?

—La tranquila.

Celia tomó el teléfono y lo acercó hacia ella.

—Lía, mamá está muy cansada. No está enfadada contigo.

—Sí está.

—No —dije—. Te quiero.

—Entonces créeme.

El silencio cayó de golpe.

No había una respuesta correcta.

Si decía que la creía, aceptaba que había anunciado la caída antes del segundo impacto.

Si decía que no, me convertía en una madre que llamaba mentirosa a su hija mientras la policía escuchaba.

—Creo que recuerdas lo que puedes —dije.

Leire bajó la vista.

—No es lo mismo.

—No.

—Tú dices que me escuchas, pero no me escuchas.

—Claro que sí.

—Entonces ¿papá se cayó dos veces?

Celia pulsó el botón y terminó la llamada.

La voz de Lía desapareció.

Me levanté.

—¿Qué ha hecho?

—Evitar que siga interrogando a su hija.

—Era mi llamada.

—Y estaba siendo grabada.

—Ya lo sabía.

—No parecía.

Leire permaneció sentada.

—Quiero volver a llamarla.

—No —dijo Celia.

—Está llorando.

—Su tía está con ella.

—Mi hermana acaba de discutir conmigo delante de Lía.

—Usted inició la discusión.

—No sabe nada de Nuria.

—Sé que ahora mismo puede abrazar a su hija y usted no.

La frase me golpeó.

Me aparté de la mesa.

—Necesito salir.

—Volverá a la celda —dijo Leire.

—No quiero verla.

—Eso no cambia el procedimiento.

—He dicho que no quiero verla.

La inspectora se puso de pie.

—La llamada ha terminado.

—Mi hija está confundida.

—Eso lo determinará la especialista.

—La especialista le ha hecho preguntas hasta que consiguió una versión.

—La entrevista está grabada. Su abogada podrá solicitar acceso.

—¿Qué dijo?

Celia se interpuso.

—No responda.

Leire la miró.

—No pensaba hacerlo.