La sed del nuevo despertar (El sacrificio de la corona 2) Capítulo 52
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Capítulo 52

El funeral de mi madre de sangre tuvo lugar dos días después de mi regreso en el templo del castillo de Branamor.

Aunque los Wintersmouth habían solicitado acudir, no era del todo apropiado por la guerra civil que se suponía que había estallado entre ambos bandos.

De hecho, la Suma Sacerdotisa culpó a la duquesa de Zinnia de la muerte de Lilith.

—La avaricia de aquellos que no están destinados a reinar ha provocado que perdamos a nuestra monarca. Por eso las diosas son soberanas en su voluntad sobre quién debe gobernar Parkisan.

Una vez que habíamos vencido a Kendra, ya podía ser honesta y contar la verdad. De hecho, fue lo que hice cuando me instaron a decir unas palabras por la muerte de mi madre.

—No conocía a Lilith. Para mí, era una reina a la que odié hasta hace unos meses.

—Todos contuvieron un grito al escuchar mi confesión.

Entonces, miré su cuerpo, que parecía dormido sobre el círculo de piedra.

Se conservaba gracias a los ungüentos que le habían aplicado—.

Aprendí a tolerarla, pero sé que, si hubiéramos compartido más momentos, habríamos tenido una relación más estrecha.

Sin embargo, hay algo que deseo aclarar.

A continuación, miré a los presentes. Primero, busqué las miradas de Morgana, Omelia y Sam.

Tanto mi compañera de vida como mi prima llevaban un vestido marrón, en representación del color fúnebre de Parkisan.

Ambas habían adoptado expresiones opuestas: mientras que Morgana se mostraba serena, Omelia parecía preocupada.

Por su parte, Sam me brindaba su apoyo desde un rincón del templo.

Me llenó de orgullo verlo ataviado con su armadura: había cumplido su sueño de ser soldado real.

Sus entrenamientos habían ensanchado su espalda y musculado sus brazos.

Por fin se había convertido en el guerrero fuerte que siempre había soñado llegar a ser.

Después me centré en los asistentes: solo habíamos invitado a los duques de Parkisan. Al parecer, la voluntad de Lilith fue siempre que se celebrara una ceremonia íntima el día que muriera, sin grandes actos que rompieran la intimidad del momento.

Para nuestra sorpresa, Howard y Charlotte Beaumont de Azalea habían asistido.

Desde que su hija había estado en el castillo durante su iniciación como sacerdotisa, las asperezas se habían ido limando, muy poco a poco.

Aunque quizá el hecho de que Giselle participara de la ceremonia como sacerdotisa predilecta también influyera.

Por fin ponía cara a los desalmados que se quedaban con lo mejor de nuestra cosecha sin ni siquiera comérsela.

Por otro lado, Nicolas Latriffe no acudió en representación de Dahlia tras la confrontación de hacía unas semanas; solo hicieron acto de presencia su esposa y su hija mayor.

—No ha habido ningún tipo de conflicto entre Zinnia y la familia real. —Volvieron a contener un grito—. Todo fue una estratagema para atraer a nuestra verdadera enemiga: Kendra IV de Korane, el origen del vampirismo.

—¡Lo sabía! —exclamó Liam Atkinson, uno de los duques de Gardenia, desde su banco, mientras a su alrededor se levantaba una oleada de indignación.

Algunos clamaban ante la traición de Kendra; otros exigían explicaciones por no haberles tenido en cuenta para la batalla de Ardsill.

Les conté todo lo que había pasado, aunque decidí reservarme ciertos detalles. Nadie necesitaba saber hasta dónde había llegado la maldad de la reina de Korane.

—Agradecería que esto quedara entre nosotros —añadí—. No porque tema que la gente sepa la verdad, sino porque una reina maldita que ha intentado quedarse con nuestro país no merece ser recordada por sus crímenes. Más bien, no merece ser recordada por absolutamente nada.

Observé en silencio a los que me ofrecían sus respetos como futura reina de Parkisan. En sus rostros vi que había conseguido aplacar su indignación y que, desde ese momento, Kendra no sería ya una reina. Se había convertido en nadie.

Después del funeral, hablé con la Suma Sacerdotisa y le comuniqué mis deseos de volver a realizar el Rito de las Doce Espinas.

—Ya eres casi reina —señaló Lorelai—. ¿Por qué volver a enfrentarte a un ritual que quizá no superes? Sigues siendo una vampira.

—Quiero respetar las tradiciones de Parkisan, aunque tenga una relación complicada con ellas.

Celebramos la ceremonia ese mismo atardecer. En esa ocasión, pedí que Morgana y Sam me acompañaran junto a Omelia.

Cuando me sumergí en el agua, comenzaron las mismas preguntas:

—Savannah Delagarde, ¿es tu destino reinar?

Recordé el día que hablé con mi madre de sangre en su despacho y me reveló quién era yo de verdad.

«Sí, lo es», me dije para mis adentros.

Una gardenia cayó al agua.

—Savannah Delagarde, ¿tus intenciones como futura reina son buenas?

«No sé si seré la mejor reina del mundo, pero intentaré ser la mejor que pueda ser», reflexioné de nuevo en silencio.

Una azalea cayó al agua segundos más tarde.

Solté una gran bocanada de aire, porque llegaba el momento de la verdad. Hacía unas semanas, casi había muerto ahogada.

—Savannah Delagarde, ¿brindarás salud tanto a tus súbditos como a ti misma?

Cerré los ojos y traté de hablar con la diosa de la salud, si es que de verdad existía en el Prado Más Alto.

«Talamia, sé que mi cuerpo está infestado de vampirismo, pero prometo que mi reinado brindará salud o, por el momento, no provocará más sufrimiento. Te ruego que no me juzgues por la enfermedad que se ha extendido, sino por mi voluntad de curar a cada uno de los vampiros de Parkisan».

Los latidos de mi corazón resonaron con más fuerza y, por un instante, abrí los ojos con temor de que la enredadera espinosa intentara ahogarme de nuevo. En silencio, miré a mis allegados, por si debían rescatarme una vez más.

De pronto, una dalia cayó al agua.

Suspiré, sin dar crédito a lo que acababa de suceder, y esbocé una sonrisa. La diosa Talamia me había aceptado y no quería verme ahogada en el fondo del altar.

Mis tres acompañantes se alegraron al ver lo feliz que estaba por haber superado la tercera pregunta.

—Savannah Delagarde, ¿tu amor por este reino es sincero?

«Mi reino no es perfecto, como tampoco lo será mi reinado, pero el amor por Parkisan será siempre la luz que guíe mi camino».

Una zinnia cayó al agua al instante, dando por concluida la ceremonia.

Abrí la boca, sin saber qué decir. Lo había conseguido. A partir de ese momento, podría ser coronada como reina con el beneplácito de nuestras diosas.

—Enhorabuena, Savannah —me felicitó Lorelai cuando salí y me cubrí el cuerpo con el albornoz—. Ya eres oficialmente princesa. Has superado el Rito de las Doce Espinas.

Cuando finalizó la ceremonia, aproveché para hablar con Sam.

—Siento haberte ocultado tanta información en las últimas semanas —le dije mientras los dos estábamos sentados en un banco de piedra.

La vista era un poco triste, pues parte de los jardines se habían quemado por nuestro falso conflicto con Zinnia.

—Savannah, lo entiendo. Yo...

—No —le interrumpí—. Me pediste que fuera sincera contigo, y no lo he sido.

—Savannah, de verdad. No pasa nada. Soy tu amigo, pero entiendo que, al final del día, no soy alguien importante dentro del castillo.

A pesar de sus palabras, sonaba decepcionado.

—Pero eso va a acabar ahora que soy reina. Sam, si así lo deseas, mañana mismo serás nombrado soldado de la Orden de las Espinas.

Aunque ya actuaba y vestía como uno de ellos, no formaba parte de nuestros guerreros de manera oficial.

Imaginaba que mi amigo se alegraría del anuncio. Por eso me sorprendió bastante su respuesta.

—Quiero ser el mejor guerrero que jamás haya existido, ya te lo dije. Así que me gustaría aprender el arte de la guerra de otros países. No quiero acomodarme a mis veinte años. Después de lo que hemos vivido en las últimas semanas, me he dado cuenta de que todavía me queda mucho por aprender.

El alma se me cayó a los pies, porque no concebía una realidad en la que él no continuara en Branamor.

Tanto Nibringar como Lemanat seguían con sus fronteras cerradas; por tanto, debería marcharse muy lejos para continuar con su propósito.

Y, si yo no fuera la futura reina de Parkisan, quizá me marcharía con él.

—¿Tienes pensado tu próximo destino? —Intenté que no se me notara la tristeza en la voz.

—Donde me lleven mis pasos. Tal vez vaya más allá del mar Infinito, donde se rumorea que hay gente con magia y criaturas desconocidas.

Lo veía muy emocionado, así que no podía hacer nada más que alegrarme por él. Aunque su partida iba a doler tanto como cien cuchillos clavándose en mí.

—Este será tu hogar siempre que así lo desees. ¿Te quedarás al menos hasta la boda?

—No faltaría ni aunque perdiera el juicio.

Con un sabor amargo ante la despedida, nos abrazamos.

Por mucho que lo intenté, no pude evitarlo: rompí a llorar mientras recordaba todos los momentos que habíamos vivido juntos en los últimos meses.

Había sido muy poco tiempo, pero también muy intenso.

No sabía cuándo volvería a verle, si el destino me concedía tal fortuna.

—No quiero que te vayas, Sam, aunque sé que una buena amiga no debe pensar así. Quiero que seas feliz, pero ¿soy demasiado egoísta por desear que lo seas junto a mí?

—Savannah, nunca te olvidaré —dijo, también llorando—. Igual que tú tampoco me olvidarás a mí. Y nos volveremos a ver. Este mundo es muy grande, pero no infinito. Nuestros caminos pueden volver a encontrarse si así lo deseamos.

Sus palabras me sirvieron de consuelo, aunque ambos sabíamos que, si vivir en Branamor ya había generado cierta distancia entre nosotros, un continente diferente podría desvanecer nuestra amistad como una ola que se estrella contra una roca.

Pero, precisamente por haber descuidado nuestra amistad, no permitiría que volviera a suceder, y sabía que él tampoco.

Mi boda con Morgana se celebró a la vez que mi coronación. Hacía poco que me habían proclamado princesa; no deseaba pasar por otro rito tan pronto. Lo que quería festejar ese día era mi amor por mi compañera de vida, no el hecho de que ascendiera a soberana de Parkisan.

Aquel día estaba presente toda la alta nobleza, a excepción de los duques de Dahlia, y los habitantes de Dhoul.

También hice llegar mi invitación a mis vecinos de Lokkat.

¿Acaso porque los echaba de menos? No; más bien porque era mi manera de hacerles saber que no deberían haberme juzgado por el supuesto oficio de padre.

Solo unos pocos pudieron venir. Aun así, nada era más satisfactorio que una venganza dulce pero afilada como una daga.

Por su parte, Morgana quiso invitar a su hermana, pero esta declinó la oferta. A pesar de que la había defendido frente a sus padres, comprendí que, en ocasiones, hay gente que no es capaz de imponerse a las injusticias. Se dejan llevar por ellas y luego culpan a la fortuna.

Era consciente de que el nuestro era un enlace polémico, pero también sellaba la unión de dos bandos que llevaban más de veinte años enemistados.

Morgana fue quien recorrió primero el sendero del templo hasta el centro de piedra.

Llevaba un vestido de seda de color verde claro en referencia a que el amor era como la naturaleza: salvaje, pero lo más bello que los ojos podían ver.

Entre sus manos portaba una corona de zinnias, la misma que me colocaría después, como aquel día en Lokkat hacía ya bastantes años.

Mi atuendo era similar al de Morgana, solo que mi vestido no llevaba mangas largas, sino dos tiras translúcidas de la misma tonalidad que cubrían mis hombros.

Me quedé sin aliento cuando la encontré frente a mí en el centro del templo.

Estaba muy hermosa. Tal vez fueran las hebras de su melena oscura peinadas en un recogido bajo, el vestido, su amplia sonrisa o el hecho de que por fin habíamos logrado estar juntas.

Sin familias ni bandos que lo impidieran.

Morgana era mía y yo era suya, para siempre.

La Suma Sacerdotisa ofició la ceremonia y recitó un pasaje sobre la importancia del matrimonio en Parkisan para honrar a las diosas y prosperar como reino. Cuando terminó de leer, nos colocó dos diademas de diamantes con un rubí en la frente. Ya éramos, oficialmente, reina y consorte.

Entonces, Lorelai nos invitó a decir nuestros votos:

—Con esta corona de zinnias, mi alma te honra hasta el día de mi muerte —comenzó Morgana—. Lo lleva haciendo desde los doce años. Ahora eres la reina de Parkisan, y también la reina de mi corazón.

Me la colocó sobre la cabeza y tuve que contener las ganas de besarla en ese momento. Si quería hacerlo, debía recitar mi parte y acabar con la ceremonia.

—Con esta corona de zinnias, mi alma te honra hasta el día de mi muerte. —Se la puse encima de la cabeza—. Morgana, fuiste mi primera amiga y, sin saber cómo, te has convertido en la compañera de vida que sé que sujetará mi mano hasta que demos nuestro último suspiro.

Con los ojos llenos de lágrimas de felicidad, mientras la Suma Sacerdotisa terminaba de pronunciar las últimas frases del ritual, musité un «te amo» que únicamente ella pudo escuchar. Solo nuestro, como lo había sido nuestro amor desde el principio.

A continuación, nos fundimos en un beso que selló para siempre nuestro matrimonio.

En el salón de baile, Morgana y yo, y el resto de los invitados, danzamos hasta agotarnos y bebimos y festejamos hasta el amanecer. Incluso Brandon y Omelia demostraban abiertamente lo que sentían el uno por el otro.

Cuando la ceremonia llegaba a su fin, aproveché para dar un discurso como reina. Después de todo, era también mi día de proclamación. De modo que aproveché la ocasión para hablar ante todos, no como la esposa de Morgana, sino como la reina de Parkisan:

—Muchas gracias a todos por estar aquí en un día tan especial para nosotras. Soy consciente de que queda mucho por hacer para que Parkisan vuelva a ser lo que era hace unas décadas. Pero mi intención es dejar un reino mejor que el que me he encontrado.

Todos los presentes escucharon atentos, mientras el corazón me latía con fuerza.

—Espero ser una reina justa. —Miré a mi compañera de vida—.

Y sé que Morgana me ayudará a dar cada uno de mis pasos en este sendero.

Este enlace no es solo la prueba de que la enemistad entre Zinnia y la Corona ha finalizado, sino también el símbolo de un futuro mejor que comienza hoy.

—Alcé mi copa de sangre—. ¡Por Parkisan!

El primer aplauso llegó por parte de Morgana, y pronto se le sumaron los demás. Los de mi familia, como Omelia. Los de mis amigos, como Sam o, incluso, Brandon. Y los de todos los parkisanos y vampisanos que habían acudido.

—¡Viva la reina! —vitorearon—. ¡Viva la reina!

Hice una reverencia, agradecida por la acogida. Sabía que gobernar sería una tarea difícil, pero intentaría hacerlo lo mejor que pudiera.