La sed del nuevo despertar (El sacrificio de la corona 2) Epílogo
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Epílogo

Encontramos una cura para el vampirismo dos años más tarde. Para entonces, tras múltiples viajes a Korane, ya la había dado por perdida.

Habíamos fermentado el jugo de diferentes alimentos, mezclado antídotos, extraído las propiedades de muchas plantas... y nada de lo que habían hecho mis curanderas vampisanas había servido para conseguir que la sangre del antrocaimago volviera a ser roja.

Hasta ese día.

—Aquí lo tenéis, Su Majestad.

Examiné el frasco de cerca. Me parecía curioso que el color del elixir fuera carmesí.

—No puedo aceptarlo. Seré la última en tomarlo. La medicina se suministrará primero a vosotras, por todo vuestro esfuerzo. Después, a los vampiros más pobres, y luego iremos ascendiendo hasta las clases más acomodadas.

La única excepción sería Nessia, por el pacto que había hecho con la duquesa de Zinnia.

Solo podía pensar en cuál de los ducados se molestaría más al escuchar que los del pueblo llano iban antes.

Mis dos primeros años como reina no habían sido fáciles.

Lilith no mentía cuando decía que había que preocuparse por aquellos que nos daban el poder, pues mi relación con la alta nobleza no había sido precisamente... positiva.

Lo primero que intenté como soberana fue crear un impuesto de la sangre para que todo adulto sano y bien alimentado donase la suya cada cierto tiempo a los vampiros más desfavorecidos.

Eso abarataría el coste de las sangrerías y, además, reduciría la peligrosidad en las zonas más pobres.

Como era de esperar, todos los duques y condes se negaron, y no pude oponerme a sus deseos.

Por lo tanto, los burgueses y la baja nobleza fueron los únicos acomodados que no tuvieron el poder suficiente para contrariar mi orden.

Desde entonces, todas las semanas y en cada una de mis audiencias, recibía a muchos comerciantes y deudores de sangre furiosos por esa ley. Aunque hubieran pasado dos años.

También intenté crear un hogar al que pudieran acudir aquellas criaturas que habían sido abandonadas por sus familias para que no estuvieran solas y pudieran ser alimentadas. Sin embargo, todos los ducados se volvieron a oponer, así que me vi obligada a construir la residencia en Dhoul.

Por supuesto, a sus habitantes tampoco les gustó.

Por desgracia, los parkisanos que estuvieron en mi boda ya no me apreciaban tanto.

De hecho, había llegado a mis oídos que muchos me apodaban Reina Campesina de forma despectiva por mis orígenes humildes. Si no hubiera sido por Morgana, habría perdido la cordura.

Era muy difícil gobernar y, aunque me fastidiara admitirlo, podía entender la pasividad de mi madre de sangre al gobernar.

¿Para qué? Al final, quienes de verdad tenían el poder eran los ducados, que condicionaban las decisiones de los soberanos.

Zinnia había sido más dócil desde que Brandon y Omelia se habían casado, pero él no era el heredero, por desgracia.

Además, desde mi enlace con Morgana, la relación con Dahlia se había deteriorado bastante.

Aun así, no me rendiría. Y la medicina que tenía frente a mí era la prueba de ello.

—¿Cuánto creéis que tardaréis en producir elixir suficiente? —pregunté.

—Si los cálculos no nos fallan, otros dos años. Pero, con la asistencia de la diosa Talamia, tal vez tardemos menos.

La impaciencia me recorrió de arriba abajo. Llevábamos mucho tiempo esperando como para que la solución se demorara aún más. No quería ni imaginarme las quejas que tendría también por parte de los malditos burgueses durante los meses siguientes.

Y también tendría que volver a soportar el llanto de los sangreros, que no se alegrarían de no poder sacar más rédito económico de una enfermedad.

—Entonces, ¿no deseáis todavía la dosis?

Estuve a punto de devolverles el frasco, pero recordé que había alguien a quien podía ayudar.

—Sí la quiero, pero no será para mí, sino para una vieja amiga a la que le debo un gran favor.

Me sentí bastante inquieta durante mi viaje. Esperaba llegar a tiempo y que Isabella, la vampisana de la posada, siguiera en el mismo lugar donde la habíamos conocido.

—¿Tú crees que se habrán mudado al final? —me preguntó Morgana.

—Espero que no.

La relación de Zinnia y Azalea con el vampirismo cambió de manera sutil cuando me coronaron reina. De todos modos, aún quedaba mucho para que el trato fuera similar al de Dahlia o Gardenia.

Suspiré aliviada cuando vi la fachada morada de la posada y a un joven a lo lejos. Era Richard, el nieto de Isabella.

Seguían allí.

—¡Abuela! ¡Viene un carruaje muy grande! —Su voz se había vuelto más grave—. ¡Hoy nos van a dejar muchas monedas de oro!

En ese momento, salió de la posada la vampisana que había conocido dos años antes. Había envejecido mucho, tal vez por la edad, por el vampirismo o por ambas causas. Aun así, me alegraba haber llegado a tiempo.

No bajamos del carruaje hasta que el jefe de la Orden de las Espinas anunció quiénes éramos.

—A continuación, Su Majestad, Savannah III de Parkisan, y Morgana Latriffe, su consorte.

Me habría gustado que ese encuentro fuera lo más íntimo posible, pero ya me había hecho a la idea de que la privacidad que una vez conocí había terminado. El único lugar en calma eran mis aposentos.

Abuela y nieto se llevaron las manos a la boca, sin entender por qué alguien como nosotras había acudido a su posada. Acto seguido, se arrodillaron y agacharon la cabeza hasta el suelo para demostrar su sumisión hacia la Corona.

—¡Su Majestad! —comenzó Isabella en cuanto bajamos del carruaje—. ¡No soy digna de que vengáis a mi humilde posada!

—Levantad, por favor —les pedí a ambos—. Conmigo no tenéis que guardar las apariencias.

Dubitativos, se pusieron en pie y nos observaron con atención.

—¡Ay! —Entrecerró los ojos—. ¡Yo os conozco...! ¡Sois las muchachas a las que di cobijo hace...!

—Sí —contestó Morgana—. Aunque ha llovido bastante desde entonces, Savannah ha pensado en agradecértelo con este elixir.

Saqué el frasco con el líquido rojo y se lo entregué. Al principio, Isabella se mostraba confusa; el hecho de que hubiéramos encontrado una cura solo era un secreto a voces dentro del castillo de Branamor.

—Con él, te curarás del vampirismo y podrás recuperar tu clientela.

Su mirada se humedeció, y yo esbocé una sonrisa cariñosa a modo de respuesta.

—¿C-cómo? —balbucieron su nieto y ella al unísono.

—Bebe, por favor. Eres de las primeras en probarlo.

Para cuando hice el viaje, mis curanderas ya eran humanas de nuevo. Por tanto, funcionaba.

—No merezco tal muestra de gratitud por vuestra parte.

Nunca me sentiría cómoda con esas demostraciones de humildad exacerbada. Sobre todo, porque ella sabía que era mi manera de agradecerle que nos acogiera cuando huíamos de aquella reina cuyo nombre prefería no pronunciar.

—Claro que te lo mereces. Bebe, te lo ruego.

La vampisana quitó el corcho del frasco y, sin más tardanza, vació su contenido de un trago.

—N-no siento nada —dijo la anciana, confusa.

—Tarda un poco en hacer efecto —explicó Morgana.

Me habría gustado que, nada más tomarse la cura, Isabella hubiera recuperado su humanidad.

Pero la medicina no actuaba al instante.

Por lo que había visto con las curanderas, Isabella pasaría un día de bastante fiebre porque el elixir combatiría la enfermedad.

El segundo, la sed remitiría y, el tercero, sus colmillos y su sangre recuperarían la normalidad.

Mentiría si dijera que no deseaba con ansia volver a ser la Savannah de antes cada vez que veía a alguien tomarse la medicina. Porque, aunque me toleraba porque no me quedaba más remedio, anhelaba ser humana.

—En unos días, dejarás de ser vampira —le expliqué a Isabella—. Es normal que te encuentres mal el primer día; la cura tiene que combatir la enfermedad.

Pero lejos de preocuparse por aquella advertencia, su nieto y ella se abrazaron ante mi respuesta, y Richard comenzó a saltar de alegría.

—¡Abuela, volveremos a tener la posada llena!

Tanto Morgana como yo intentamos no mostrarnos demasiado sensibles frente a ellos, pero a las dos nos costó retener el llanto y derramamos unas cuantas lágrimas con disimulo.

—Sería todo un honor que Sus Majestades se quedaran a comer en la posada —propuso Richard cuando se separó de su abuela—. No contamos con los grandes manjares de los que disfrutáis en Dhoul, pero es lo mínimo que podemos hacer por vuestra bondad y gratitud.

Morgana y yo nos miramos con complicidad, aunque la respuesta estaba clara desde que había empezado a hablar.

—Por supuesto —dijimos al unísono.

Conforme nos adentrábamos en aquella posada de fachada morada, pensé en lo diferente que era mi vida cuando crucé ese umbral dos años antes. Ser reina no era fácil, y sabía que, aunque intentaba ser lo más justa que podía, muchos de mis súbditos me odiaban.

Siendo honesta, dudaba de que algún día llegara a ser más amada por el pueblo que mi progenitora. Era algo de lo que estaba convencida cuando me coroné, pero que ahora ya no tenía tan claro. Aquellos que me daban el poder no me lo ponían fácil, y Parkisan seguía igual de dividida que siempre.

Pero aquel día en la posada de Zinnia entendí que, mientras pudiera compensar las dificultades con momentos como ese, habría merecido la pena.

Porque el día de mi coronación prometí que dejaría un Parkisan mejor que el que me había encontrado, y si no lo conseguía por las divisiones políticas, al menos lo haría procurando el bienestar de los parkisanos.

Por fortuna, estaba más cerca de conseguirlo con esa cura.

fin