La sed del nuevo despertar (El sacrificio de la corona 2) Capítulo 51
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Capítulo 51

Los pocos enemigos que quedaban en el palacio de Ardsill cayeron con la muerte de Kendra.

De hecho, algunos se rindieron, pero Parkisan no perdonaba la vida a los traidores.

Los soldados de ambos bandos y los sirvientes se encargaron de retirar los cuerpos, enterrarlos en fosas comunes y limpiar los destrozos.

Mientras algunos acompañaban a Brandon a descansar en sus aposentos, me llevé a Omelia a la sala de reuniones de la duquesa para que se despidiera de Lilith.

Por respeto a su recuerdo, habían cubierto su cuerpo con una sábana blanca.

Pero mi prima se agachó y la retiró para poder estar junto a su familia una última vez.

Me estremecí. Le habían cerrado los ojos para que pareciera que descansaba, pero su rostro estaba desencajado por la muerte.

—He llegado demasiado tarde —lamentó Omelia—. ¿Cómo ha sucedido, Savannah?

Se me formó un nudo en la garganta mientras dudaba entre contarle la verdad o no. Me puse a su altura para hacerlo.

—Murió protegiendo mi vida. El chambelán estaba a punto de matarme.

Omelia derramó unas lágrimas, y su dolor me encogió el alma.

—Gracias por traer refuerzos —añadí.

—Te dije que vendría. —Se limpió una lágrima con el puño—.

Cuando mi tía se fue detrás de ti, supe que la emboscada sería aún más complicada.

Así que reuní a algunos de los guerreros que quedaban en el castillo de Branamor y emprendimos la marcha.

Sé que ha sido una imprudencia dejar nuestro hogar casi desprotegido, solo con los soldados de menor rango, pero siempre se puede cambiar de castillo si lo toman.

Si la familia real muere, el linaje Delagarde se perderá para siempre.

—Si no hubiera sido por ti, más gente habría muerto, Omelia. Has sido tú quien ha salvado Parkisan hoy.

Entonces volvimos a mirar a la reina y, tras permanecer unos instantes en silencio, la cubrimos de nuevo con la sábana. En voz baja, oró a las cuatro diosas para que su alma llegara pronto al Prado Más Alto. Yo también la acompañé en sus rezos.

La muerte del duque de Zinnia fue un duro golpe para Florence y Nessia, que acababan de recuperarse del susto que se habían llevado con Brandon.

Por respeto, nos quedamos un día en palacio para velar su cuerpo, a pesar de que debíamos trasladar el de la reina para el acto fúnebre real.

Por ello, la duquesa nos permitió velarla también a ella en agradecimiento por honrar la memoria de su marido.

A la salida del velatorio, cuando por fin íbamos a regresar al castillo de Branamor, la duquesa se acercó a mi prima y a mí.

—Gracias, Omelia. Gracias, Savannah. Por lo de estos días, por haber liberado Parkisan de la inmundicia —fue lo primero que nos dijo.

Después de haber conocido su actitud altiva unas semanas atrás, entendí que le costaba pronunciar aquellas palabras—.

Zinnia estará del lado de la Corona a partir de ahora.

Siempre y cuando cumpláis lo que habéis prometido.

Tampoco le quedaba otra opción: ya se había descubierto que Nessia era vampira. A partir de ese momento, tendría que cambiar su postura. De todos modos, asentí para mostrar mi conformidad con ese nuevo camino.

—La Corona agradece que Zinnia vuelva a apoyarnos. —Esbocé una sonrisa.

Antes de partir, un Brandon todavía convaleciente se aproximó a Omelia. Aunque me dirigió unas escuetas palabras de gratitud, con quien realmente quería hablar era con ella. Así que Morgana y yo nos mantuvimos a una distancia prudente, pero sin perdernos nada.

—¿Te encuentras mejor? —le preguntó Omelia para iniciar la conversación.

—Estoy como nuevo. —Ensanchó los hombros y habló con tono jocoso—. Ni el veneno más letal puede acabar conmigo.

Ella guardó silencio durante unos instantes, desviando la mirada, pensativa. Cuando habló, optó por ser honesta con sus sentimientos:

—¿Sabes qué pensé al verte agonizar el otro día? —Levantó la cabeza.

Creí que Brandon respondería con alguna de sus réplicas sarcásticas, pero tan solo negó con la cabeza.

—Que... si morías, lo harías sin saber lo que siento por ti. He sido demasiado orgullosa y... —Se calló.

—No has sido demasiado orgullosa, Omelia. Fui yo quien hizo las cosas mal. Jugué con tu confianza. Tenías..., tienes derecho a no querer dirigirme la palabra.

Morgana y yo cruzamos una mirada cómplice porque ambas sabíamos que ese era el momento del beso.

—¿Qué le dijo Acantha a Prometheus cuando la liberó de la prisión? —le preguntó ella. Estaban hablando de Las cinco llamaradas del dragón , su libro favorito.

Brandon se quedó pensativo.

—«El presente es tan solo un pasado que el fuego todavía no ha convertido en cenizas. Aquella traición del pasado es solo un montículo de cenizas que mi memoria ya ha olvidado».

—Exacto. Para mí, lo que sucedió quedó atrás hace mucho. Si te he odiado más en estos tiempos ha sido por la rabia de haberme enamorado de mi enemigo. No contaba con amarte, pero pienso seguir haciéndolo.

Entonces, Omelia rodeó a Brandon con los brazos y se fundieron en un tierno beso del que tardaron en separarse.

Esbocé una sonrisa porque ambos me recordaban a lo que había vivido con Morgana.

Si para mí unas pocas semanas habían sido lo más parecido a perderme en el Vacío, no quería imaginarme años de distancia.

Me alegraba que ese enfrentamiento llegara a su fin.

En cuanto llegamos al castillo y comprobamos que todo estaba en orden, partí hacia la diminuta isla de Korane junto a Morgana, Omelia, un cronista y unos soldados (entre ellos, Sam). Mi intención era reclamarla como parte de mi reinado como compensación por dos décadas de vampirismo.

Korane era una isla bonita, con un clima cálido y con plantas y flores de colores vivos.

Y estaba tan despoblada como su supuesta maldición prometía.

En el centro había un gran lago de aguas turbias, el lugar donde se había originado el vampirismo.

Sentí un escalofrío en la nuca al ver ese lugar que generaba tanta calma pero que, del mismo modo, había provocado tanta desgracia.

Acto seguido, la mano de Morgana se cerró en torno a la mía para recordarme que, pasara lo que pasara, siempre estaría conmigo.

Juntas, para siempre.

Protegida con un sombrero de paja para que el sol no me molestara, recorrimos cada rincón de la isla, cada hogar vacío, con la esperanza de encontrar algo que nos ayudara a descubrir más sobre el vampirismo. O, en otras palabras, sobre el animal parasitario que lo había iniciado.

Hallamos lo que buscábamos en el palacio desierto, donde había residido la familia real de Korane.

Entre la colección personal del rey, que parecía ser un apasionado de la naturaleza, encontramos una recopilación de los animales que vivían en Korane.

Uno de ellos, que se llamaba antrocaimago, era el principal sospechoso.

Según decía el texto, se creía que había enfermado hacía un par de siglos, después de un problema de aguas estancadas en el reino.

El dibujo representaba a un animal pequeño, un potente depredador que no era presa de otras especies. Era de pelaje oscuro y corto, con una trompa alargada con la que absorbía sangre, y dientes afilados para infligir heridas graves.

Su hábitat eran las cuevas, donde la oscuridad los protegía del dañino sol. En una de ellas, los encontramos alimentándose del cadáver de un oso. Capturamos a unos cuantos con una red, pues su sangre podría ayudarnos a entender qué nos había sucedido y cómo curarnos.

Por una vez en mi vida, tenía esperanza.

Tras salir de la cueva, me acerqué al cronista que nos había acompañado para escribir sobre nuestra expedición. Una que no iba a permitir que saliera a la luz.

—No quiero que menciones que ahora Korane es nuestro ni que Kendra intentó destruirnos —le expliqué—.

Prefiero que escribas que su dios la ha castigado y la ha sumergido con su reino maldito bajo las aguas.

Su nombre no puede mencionarse más en Parkisan porque la maldición es tal que sufriríamos consecuencias devastadoras.

Parkisan era un reino muy religioso; eso bastaría para avivar su superstición.

Por las cuatro diosas, cada vez me parecía más a Lilith.

—Los barcos verán Korane cuando pasen por allí, Su Majestad. Los mapas revelarán esta isla.

Todavía no había sido coronada como tal, pero algunos de mis colaboradores ya se dirigían a mí de ese modo.

—Pero es que esto no es Korane —dije, fingiendo confusión—. Es una isla que siempre ha pertenecido a Parkisan para asuntos personales de la familia real. Por eso nunca ha aparecido en los mapas. ¿No lo recuerdas?

Me encargaría de borrar cualquier rastro de Kendra IV y de su intento por gobernar.