Capítulo 50
La aparición de Omelia marcó un antes y un después en aquella batalla, pues eran decenas los que se sumaban a nuestro frente.
Desde fuera, mataron a todos aquellos que intentaban entrar.
Con su ayuda desde el exterior y la nuestra desde dentro en el bando enemigo caían más y con mayor rapidez que en el nuestro.
Para entonces, mis movimientos eran ya un poco torpes, pues estaba agotada después de blandir la bastarda desde el amanecer. El sol ya había salido por completo, y mis ojos no tardarían en sufrir la intensidad de sus rayos.
Una eternidad más tarde, repasé la escena: decenas de cadáveres de ambos bandos yacían en el suelo, tiñéndolo de rojo oscuro por la mezcla de sangre humana y vampira.
Cuando no había duda de que el bando de la Reina de Nadie había perdido la batalla, aquellos que quedaban en pie intentaron ponerla a salvo. Levanté una comisura, complacida. Era demasiado tarde para ellos, y conseguimos ajusticiarlos antes de que escaparan.
Aun así, Kendra intentó huir, pero se encontraba en desventaja, por lo que mis soldados no tardaron en desarmarla y apresarla.
—No la matéis todavía —ordené—. No ha aguantado tanto tiempo con vida para que ahora muera sin más.
Para entonces, yo jadeaba de cansancio y la sed de sangre había aparecido. La batalla me había agotado y necesitaba recuperarme cuanto antes.
Por eso esbocé una sonrisa cuando vi a mi deseada víctima frente a mí.
—Kendra, has perdido —dije, sorteando los cadáveres hasta llegar a ella—. Creo que ya es hora de que nos digas dónde está ese antídoto, si es que existe alguno.
De soslayo, vi que Brandon estaba casi inconsciente y Nessia, su madre y Omelia intentaban que no se durmiera.
Un frasco vacío reposaba junto a la duquesa de Zinnia, pero estaba claro que la medicina que le había dado no había funcionado.
Morgana se había acercado de nuevo para ver cómo podía auxiliarlo.
Me hirvió la sangre al comprobar que, incluso en ese instante, la reina de Korane seguía mostrando su actitud altiva y burlona. Pero, al menos, tuvo a bien darme una respuesta:
—En las entrañas de mi oscuridad.
Mi expresión se ensombreció al escuchar esa respuesta tan críptica. Odiaba los acertijos. Podía significar todo y, al mismo tiempo, nada. De igual modo, podía estar siendo honesta o, por el contrario, mentirnos una vez más.
—¿Acaso deseas que estas sean tus últimas palabras? —le preguntó Omelia con voz letal a mi espalda.
—Moriré, pero pasaré a la historia. No hay cura para el vampirismo, esta maldición es para siempre —dijo entre carcajadas.
No fingí sorpresa, pues sospechaba que la promesa que le había hecho a sus aliados era mentira desde el principio.
Resoplé, divertida.
—Nadie te recordará, Kendra —le aseguré—. Ese es tu mayor castigo: tu nombre y tu linaje se perderán en el olvido. Y yo me encargaré de que, mientras viva, esté prohibido mencionar tu nombre en Parkisan.
Su expresión jocosa desapareció al oírme. Por fin lo había conseguido.
Me quité el casco con un movimiento brusco. Sin que mis soldados la soltaran, la agarré por el pelo y acerqué la boca a su cuello. Oía cómo su corazón se aceleraba ante su inminente fin. Hasta la gente sin alma tenía miedo a morir.
—Con esto, honro a toda esa gente que mataste en Korane —dije—. Considéralo una restauración del orden para poner fin a tu legado maldito.
Sin darle tiempo a réplica, le clavé los colmillos en el cuello y le desgarré la garganta.
El sabor metálico de su sangre me revolvió el estómago.
No era porque esta hubiera empezado a pudrirse, ya que los signos del vampirismo tardarían horas en hacerse notar, sino por el asco que me producía beber de alguien como ella.
En cuanto vi que Kendra estaba a punto de perder la consciencia, invité a Morgana a degollarla, para así vengar la muerte de Clement. De ese modo, Kendra sufriría lo mismo que él en sus últimos momentos. No moriría en paz; se ahogaría en su propia maldad.
Cuando dejó de gorgotear, cuando su cuerpo dejó de moverse, respiré aliviada. Hecho esto, mi compañera de vida se colocó a mi lado.
—Se acabó —musitó.
Pero Morgana se equivocaba; quedaba Brandon, que cada vez estaba más cerca de reunirse con su padre en el Prado Más Alto.
—«En las entrañas de mi oscuridad» está el antídoto —reflexioné en voz alta—. ¿Qué crees que significa? Si es que significa algo.
A Morgana se le daban demasiado bien las adivinanzas; daría con su significado, si había alguno y no era mentira.
—Savannah, creo que el antídoto está... Ahí.
Con la mirada, señaló a Kendra.
—¿Cómo que ahí ?
—En sus vísceras.
—No.
No obstante, ni siquiera tuve la oportunidad de decidir si sería yo la que hurgara en los órganos vitales de Kendra.
De inmediato, Omelia apareció y, sin apenas pensarlo, se agachó frente al cadáver de la Reina de Nadie.
Tras descubrir la zona del abdomen y lanzar un grito de guerra, comenzó a apuñalar el cuerpo con la daga.
Se me revolvió el estómago cuando sacó sus intestinos y tuve que apartar los ojos para no presenciar la escena.
Un instante después, mi prima volvió a aparecer delante de mí con un diminuto frasco protegido por una capa de cera.
Era tan pequeño como una moneda, y me sorprendió que en él pudiera encontrarse un antídoto tan potente para revertir el veneno.
Omelia se arrodilló frente al cuerpo casi sin vida de Brandon y, tras abrir el frasco, lo vertió sobre sus labios. Las gotas de un líquido transparente cayeron sobre su boca, pero no reaccionó.
—¡Bebe! —rogó Omelia—. ¡Brandon, no puedes morir!
Me llevé la mano a la boca al ver que le daba todo el contenido del antídoto y, a continuación, alzó su cabeza para inclinarla hacia atrás y forzarlo a tragar. Mientras lo sujetaba, vi que su pecho subía y bajaba con dificultad.
—Te quiero, ¿me oyes? —Su voz se quebró y, acto seguido, le besó en la frente—. ¡Despierta! Por favor...
El silencio se adueñó del patio del palacio de Ardsill.
A mi lado, Morgana y Sam, que acababa de acercarse a nosotras, comenzaron a derramar alguna que otra lágrima.
En mi caso, no me sentía tan unida a él como para llorar su muerte, pero me apenó que alguien a quien había aprendido a apreciar fuera a partir también al Prado Más Alto.
O eso parecía en un principio.
—¡Mirad! —señalé.
El hijo de Zinnia ya no respiraba con dificultad, sino que su pecho había retomado un ritmo suave y constante.
A lo largo de los siguientes minutos, fue recuperando el color entre los brazos de Omelia.
Ella no lo soltó y aguardó a que despertara, tardara lo que tardara, sin dejar de llorar.
El amor de su vida no iba a fallecer, después de todo.
La vida les había dado una tregua frente a los infortunios.
Tardó bastante en despertar. Para ese momento los ojos ya me ardían por la luz del sol, y tuve que ponerme la mano sobre los ojos para crear algo de sombra.
Entonces vi cómo abría levemente los párpados. Sin embargo, cuando reparó en que Omelia lo sostenía, volvió a cerrarlos y esbozó una sonrisilla.
—¿Brandon? —Lo zarandeó mi prima con suavidad.
Estaba tan preocupada por él que no se daba cuenta de lo obvio.
—Solo un beso tuyo podrá despertarme —musitó el hijo de los duques cuando comprobó que ella no iba a cumplir sus deseos.
—¡Idiota! —Le dio un manotazo en el brazo—. ¡No vuelvas a darme esos sustos!
Entonces Omelia se acercó y, por fin, se fundieron en un tierno beso.