La sed del nuevo despertar (El sacrificio de la corona 2) Capítulo 49
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Capítulo 49

Aunque no habíamos ido solos al encuentro con Kendra, ni de lejos contábamos con guerreros suficientes como para hacer frente a una emboscada de ese calibre. Quizá con los refuerzos de la duquesa de Zinnia podríamos vencerlos, pero no estábamos preparados. No teníamos una estrategia.

De pronto entendí que me había equivocado. Que mi benevolencia hacia Kendra en pos del antídoto había sido un error y que deberíamos haberla ajusticiado cuando habíamos tenido ocasión. Nadie, ni siquiera yo, era tan importante como para dejarla con vida cuando el enemigo acechaba.

Si veían que la Reina de Nadie había muerto, sería más fácil acabar con ellos. No tendrían ya un frente al que defender y caerían como moscas.

Pero era demasiado tarde. Para cuando quise reaccionar, dos traidores de la guardia de Zinnia, junto a Kendra, redujeron a los tres guerreros que la retenían, no sin antes herirla entre forcejeos.

Los parkisanos desaparecieron junto a ella por el umbral de la puerta, mientras guerreros de nuestra orden se lanzaban a por ellos. Por desgracia, mi decisión me había salido muy cara, porque quizá no encontráramos otra oportunidad de darle caza.

—¡No dejéis que escapen! —ordené.

—¡Acabad con todos ellos! —bramó la duquesa de Zinnia al mismo tiempo.

Algunos guerreros abandonaron la sala, y yo estaba dispuesta a acompañarlos en la lucha.

Sin embargo, los soldados que habían intentado auxiliar a Lilith me sujetaron por los brazos para impedir que saliera al patio.

Me revolví, pues necesitábamos todos los refuerzos necesarios para hacer frente al ejército de la Reina de Nadie y a ella misma.

—¡No! —grité—. ¡Tenemos que luchar! ¡No somos suficientes para ganar!

—Ya hemos perdido a nuestra reina —contestó uno—, no podemos perderos a vos también.

—Si me ponéis a salvo en un lugar secreto, será mi sepultura.

Si iba a morir, que al menos fuera en el campo de batalla, no siendo una flor delicada a la que debían preservar. Le propiné una patada en la espinilla a uno de ellos y logré que me soltaran. Entendieron que, si perdían el tiempo escondiéndome, no solo moriría yo. También lo harían ellos.

Con la mirada, comprobé que Sam, Morgana y Brandon estaban bien, sin síntomas del veneno.

—¿Me acompañáis? —les pregunté.

Los tres asintieron. Lucharíamos juntos.

De camino al exterior, oí el entrechocar del acero y gritos.

La batalla se estaba desarrollando también en los pasillos.

No nos tendríamos que enfrentar solo a los que querían entrar, sino también a los que ya se encontraban dentro.

Al igual que la sirvienta que nos había ofrecido agua y los guerreros que habían liberado a Kendra, Zinnia tampoco estaba exenta de traidores. Pero ese día pensaba actuar.

Me di cuenta de que, aunque las puertas del palacio eran una amenaza que había que atender, allí también me necesitaban, de modo que decidí quedarme y acabar con el enemigo que ya estaba dentro.

Impulsada por el panorama de sangre y decadencia que se extendía ante mis ojos, levanté la espada bastarda como símbolo de guerra y grité:

—¡Mientras sigamos en pie, no podrán hacerse con el reino! ¡Demostrémosles lo que no pudimos hace más de veinte años! ¡Parkisan será nuestro y de nadie más!

La mayoría de los soldados, entre los que se encontraba Sam, salieron al patio para bloquear el paso a los intrusos. Morgana también se marchó para derrotar a ese ejército sorpresa lo antes posible. Ambas nos despedimos con una mirada breve, sin tiempo de decirnos nada.

Me uní al grupo de Florence, Brandon y parte de su guardia, que se estaban enfrentando a sus traidores.

No eran muchos, en comparación con el resto de los enemigos, solo una decena y, por fortuna, eran humanos. Pero seguían superando en número a los nuestros.

Tal vez solo llevara una espada, pero me di cuenta de que mi mano ensangrentada y enferma era suficiente para provocar en los enemigos una muerte rápida. Cuando lograba tocarles el rostro, perdían el juicio, y entonces podía matarlos con facilidad.

La sangre sana comenzó a salpicar mi vestido. Antes de marcharme de Lokkat, pensaba que los vampiros enloquecían al ver su alimento. Sin embargo, nuestro instinto actuaba como cuando alguien no tiene hambre: sí, la sangre resultaba apetecible, pero el estómago estaba lleno.

—¡No dejaremos que se queden con lo que es nuestro! —jadeó Brandon.

Como sucedió en el reto del Sacrificio de la Corona en el que recuperamos el monasterio de la Santa Sangrienta, el hijo de los duques de Zinnia no solo atacaba con la espada larga, sino con sus sortijas, que ocultaban diversos cuchillos que salían al impactar contra el rostro del enemigo.

Mientras, la duquesa se protegía con el bastón que siempre la acompañaba, un mecanismo que escondía un arma muy afilada.

Sobrevivimos en aquel campo de batalla improvisado no por ser los tres los mejores guerreros, sino porque nuestros soldados recibían las estocadas mortales para protegernos.

Cuando conseguimos acorralar a los traidores, un par de ellos intentaron escapar. En ese momento apareció Nessia con sus escoltas y les cercenó la cabeza con las dos hachas que portaba.

—¿En serio habéis empezado la fiesta sin mí? —vociferó, dejando sus colmillos a la vista.

Así como todos nosotros nos movíamos alentados por las ansias de vivir y de no perder lo que era nuestro, ella luchaba con rabia.

Cuando al fin los mandamos a todos al Prado Más Alto, Florence la reprendió:

—¡Nessia, deberías regresar con padre, no estar aquí!

Sin embargo, el problema no era el duque de Zinnia. Para quienes no conocían la condición de Nessia, el secreto había dejado de existir: un miembro de la familia Wintersmouth, que siempre había estado en contra de los vampiros, era uno de ellos.

—Madre, prefiero que me descubran a ver cómo morís.

—¡No hay tiempo que perder! —bramé.

Florence intentó que sus dos hijos se escondieran en diferentes habitaciones con ella mientras los demás perdíamos la vida en el campo de batalla. Sin embargo, ninguno estaba dispuesto a abandonarnos.

—Madre, si el palacio de Ardsill es mi tumba, le agradeceré a la diosa Amarea que me lleve aquí —dijo Brandon, jadeando de nuevo.

No me detuve a pensar en que sonaba demasiado exhausto teniendo en cuenta que tampoco habíamos luchado tanto. Pero aquello no pasó desapercibido para la duquesa de Zinnia.

—Brandon, ¿te encuentras bien?

Fue entonces cuando lo observé atentamente: estaba pálido y se le marcaban en el rostro unas ojeras antes inexistentes.

Sentí una presión en el pecho. Era él quien había bebido del vaso equivocado, la amenaza de Kendra no era mentira. Mi antiguo compañero en el Sacrificio de la Corona se encogió un poco, confirmando nuestras sospechas.

—Sí, sí, madre. Solo ha sido un pequeño mareo.

Pero todos los presentes sabíamos que no era eso.

—¡Regresa a tus aposentos! ¡Estás poniendo tu vida en peligro!

Brandon negó con la cabeza y, acto seguido, me miró en busca de permiso para continuar a mi lado.

Era una idea descabellada, porque habría un momento en el que estorbaría más que ayudar en la batalla.

No obstante, no podía negarme a los deseos de alguien que parecía que estaba muriendo, de modo que asentí.

Brandon se marchó con Nessia para seguir peleando.

—Acabemos con esto —sentencié.

Salimos al exterior para analizar la situación rápidamente: los primeros adversarios comenzaban a colarse en el patio, algunos a través de la entrada principal y otros trepando por las verjas. Aquello dividió a nuestro ejército aún más, pues se abrieron nuevos frentes.

Entre la multitud, atisbé a la Reina de Nadie, que se había refugiado allí para presenciar toda la matanza. Con una expresión divertida, observaba como personas de ambos bandos perecían en el frente. Mientras tanto, ella jugueteaba con sus dagas por si en algún momento tenía que utilizarlas.

Sus ojos se posaron sobre los míos.

—¡Dime dónde está el antídoto! —grité.

Kendra soltó una carcajada. Ignoraba si me había escuchado, pero encogió los hombros en respuesta de manera socarrona.

Me temblaron las manos mientras sujetaba la empuñadura de mi espada.

Si hubiera podido, la habría matado en ese momento solo para borrar esa expresión de suficiencia de su rostro.

Empezaba a dudar que de verdad tuviera un antídoto para el envenenamiento de Brandon.

Alguien como ella era capaz de hacernos creer que lo tenía solo para alimentar nuestras esperanzas.

Mis escoltas y yo corrimos hacia donde se encontraban Sam, Morgana y algunos parkisanos de la guardia de Zinnia.

Intentaban impedir que los que trepaban por la verja lograran entrar.

Reparé entonces en que, por sus ropajes, había tanto gente del pueblo llano como burgueses y personas de la baja nobleza. Vampiros y humanos.

—¡Son demasiados! —protestó Morgana mientras los atravesaba con la espada.

—Aunque tengamos ventaja al estar en el palacio —gritó Sam al tiempo que se enfrentaba a otros—, ¿cuánto aguantaremos sin agotarnos?

No quería ni planteármelo, pero era una buena pregunta. ¿Qué nos mataría primero: la desventaja o el cansancio?

Pensábamos que la extenuación sería nuestro mayor problema, pero, cuando empezaron a llover las flechas, nos dimos cuenta de que nos enfrentábamos a algo peor: enemigos invisibles.

Morgana, Sam y yo nos colocamos espalda con espalda, formando los vértices de un triángulo. Pero, mientras luchábamos, una flecha alcanzó a mi compañera de vida en el hombro.

—¡Morgana!

No le habían dado en una zona peligrosa del cuerpo; aun así, me preocupaba que pudiera estar envenenada, como la que me rozó durante los festejos por mi victoria en el Sacrificio de la Corona.

—No te preocupes por mí, Savie. —Se la arrancó y un hilo de sangre manchó su ropa—. Soy más fuerte que una simple flecha.

Por la dirección que había seguido la saeta, deduje que el arquero se encontraba en una de las estancias del palacio. No habíamos acabado con todos los traidores. Aún.

Así que, sin pensarlo demasiado, corrí hasta el interior, y Sam, Morgana y mis escoltas me siguieron.

La marcha la lideró mi compañera de vida, pues era ella quien mejor conocía el lugar.

No era un laberinto, como lo había sido el castillo para mí en su momento, pero sus continuos pasillos pulcros y con alfombras rojas hacían que todo pareciera igual.

Lo único que me ayudaba a orientarme eran los diferentes bustos o retratos que adornaban cada zona.

El enemigo se encontraba en los aposentos de Brandon, en la primera planta. En lugar de acobardarse al vernos, se mostró aún más desafiante.

—La victoria nunca será vuestr...

Estaba tan harta que ni siquiera esperé a que terminara de hablar. Le clavé la bastarda en el pecho. Y me sentí satisfecha. Nadie le hacía daño a Morgana y vivía para contarlo.

—No heredarás Parkisan —le dije cuando solté su cuerpo, dejándolo caer—, y tampoco lo hará tu reina.

Por desgracia, solo quedaban un par de flechas. Con lo cual, no podíamos aprovechar el arma para defendernos.

Ese parkisano no fue el único traidor que volvimos a encontrar dentro del palacio.

—Son como una plaga en la cosecha. —Me froté la frente—. ¡No se acaban!

Sin embargo, la sorpresa más desagradable nos la llevamos cuando abrimos la puerta de los aposentos de los duques. Sobre la cama yacía el cuerpo ensangrentado del padre de Brandon y Nessia. Uno de los traidores había aprovechado para acabar con él y, para cuando llegamos, ya era tarde.

Morgana se cubrió la boca con la mano mientras observaba el cuerpo del duque. Por mi parte, solo podía pensar en cuánto más aguantaríamos.

—¡Cuidado, Savannah!

Las palabras de Sam me sobresaltaron y, antes de que pudiera reaccionar, le atravesó la garganta a uno de los traidores que se ocultaba bajo la cama; debía de ser el asesino del duque.

—Gracias, amigo.

La situación era todavía más caótica cuando volvimos a salir a los jardines. Algunos habían conseguido acceder al patio, y muchos de nuestros soldados habían perdido la vida. Más de los que nos habría gustado admitir.

En el horizonte, vimos que Brandon ya no aguantaba más. Se había sentado en el suelo, intentaba respirar. Sus jadeos eran más irregulares, y cada vez estaba más pálido. Nessia y su madre estaban arrodilladas a su lado, suplicándole que no muriera.

Morgana corrió hacia él; no obstante, yo no podía perder ni un segundo más. Así que mis escoltas, Sam y yo seguimos adelante y comenzamos a luchar contra nuestros enemigos.

Blandiendo las espadas, con mis sentidos aguzados creí oír el retumbar de unos caballos al galope. Se me cortó el aliento al pensar que llegaban más enemigos a acabar con nosotros. Intenté que no se me notara la preocupación mientras mi amigo y yo nos defendíamos de una muerte inevitable y próxima.

Sin embargo, ese sentimiento pesimista cambió por uno de esperanza cuando, a lo lejos, oí la voz de Omelia:

—¡No dejéis a ninguno con vida!

Cuando conseguimos reducir a los parkisanos con los que nos estábamos enfrentando, por fin pude mirar más allá del palacio.

Mi prima, a lomos de un caballo y ataviada con una armadura, encabezaba una carga que se aproximaba a nosotros acompañada por la mayoría de los soldados de la Orden de las Espinas.

Por fin, teníamos la esperanza de vencer. Y lo lograríamos.