Capítulo 48 #2
Me planteé si debía dejarla con vida unos instantes más hasta que confesara.
Sin embargo, una parte de mí no podía reconciliarse con la idea de que todo había sido demasiado sencillo.
La Reina de Nadie, la mujer que había conseguido poner en jaque a la familia Delagarde, la que era capaz de predecir nuestros pasos, no podía ser derrotada con tanta facilidad.
De pronto, un ruido tras de mí me sobresaltó, momento que Kendra aprovechó para librarse de su sentencia de muerte y recuperar las dagas. No debía darle la espalda. Eso me pondría en peligro, así que hice ademán de colocarme de perfil para no perderla de vista.
—¡No! —gritaron Lilith y Morgana al mismo tiempo.
Mientras me movía, reparé en lo que había sucedido: Aaron blandía su espada larga, preparado para darme muerte, aprovechando que estaba de espaldas a él. No tenía tiempo de reacción; para cuando intentara defenderme, ya habría acabado con mi vida. Nuestros soldados estaban demasiado lejos.
Pero había alguien cerca.
Cuando me di cuenta, Lilith se había colocado delante de mí. Fue todo tan rápido que ni siquiera pudo desenvainar la espada que llevaba, solo actuó como escudo, y me salvó la vida.
Su antiguo chambelán la atravesó con la espada.
Cuando ocurrió me estremecí, sin poder asimilarlo.
La soberana de Parkisan, mi madre de sangre, yacía ante mí, al borde de la muerte.
Sin embargo, no permití que eso me detuviera.
En cuanto su cuerpo cayó al suelo, ataqué y acabé con la vida de Aaron, hundiendo mi espada en su estómago.
Cuando saqué el arma con un movimiento brusco, su sangre negra empezó a emerger a borbotones.
Aaron, con expresión de miedo y sorpresa ante su inminente final, se cubrió la estocada con la mano, como si eso le fuera a salvar.
Al instante, su alma partió al Prado Más Alto. O más bien al Vacío.
En ese momento fui consciente de lo que había pasado.
Morgana acababa de acortar la distancia entre nosotras para asegurarse de que no estaba herida de gravedad, más allá del corte en la mano.
Nuestros soldados y parte de la guardia de Zinnia se lanzaron sobre Kendra para desarmarla, retenerla y, por fin, acabar con aquella pesadilla.
Otros guerreros vampiros optaron por situarse alrededor de la monarca y de mí. Cuando vi a Lilith encogida en el suelo, dejó de parecerme aquella reina que tanto me había intimidado en el pasado.
Iba a morir, y todo por salvarme la vida. Por mucho que los soldados vampisanos apretaban la herida de su abdomen, no podían hacer nada por ella.
—No, no, no... ¡Lo siento! —grité, acercándome a ella—. No puedes...
«... morir», callé. Ignoraba si lo que me preocupaba era que no estaba preparada para reinar o que no aceptaba que mi madre de sangre falleciera poco después de habernos encontrado.
Movió la cabeza un poco, hasta que sus ojos se posaron en los míos.
—Daría mi vida una y mil veces por... ti. —Esbozó una sonrisa triste—. Ya di mi humanidad...
No siguió hablando, ya no tenía fuerzas. Se me formó un nudo en la garganta, como en todas las ocasiones en que ella había mostrado afecto por mí. Lilith me amaba de un modo que yo no podía corresponder. Ella me quiso desde siempre, pero yo pasé toda mi vida aprendiendo a odiarla.
Pero en ese instante, frente a mí, ya no estaba la Reina Colmillos, aquella monarca despiadada, sino mi madre, la que se convirtió en vampira para que yo viviera.
Y pensar que hacía solo unas horas habíamos celebrado mi cumpleaños... Una lágrima rodó por mi mejilla. Lilith era malvada, con actitudes que no eran propias de una buena persona. Pero, aun así, si había algo de bondad en ella, la había mostrado conmigo.
—Siento que no hayamos tenido tiempo —contesté—. Si hubiéramos tenido más...
«... quizá habría encontrado el modo de quererte como a una madre».
Entonces Lilith exhaló su último suspiro, y su mirada se perdió en el techo de la sala.
Su alma había empezado a ascender al Prado Más Alto para encontrarse con las diosas que hacía dos décadas la habían elegido monarca.
Me faltaba el aire. Había perdido a una madre que acababa de encontrar, y sentía el vértigo ante mi inminente futuro.
Ya no había vuelta atrás. A partir de ese momento, Parkisan era mi responsabilidad.
Oí que Kendra se reía después de que el país se hubiera quedado huérfano de reina. De reojo, observé como tres soldados de la orden la retenían y parecían dispuestos a darle muerte. Sin embargo, ella no estaba nada asustada:
—Recordad, si me matáis, no hay antídoto. ¿De verdad queréis arriesgar la vida de uno de los vuestros, puede que la de la princesa, solo por ajusticiarme?
Los soldados se mantuvieron en posición de guardia, a la espera de lo que decidiera la reina.
De lo que decidiera yo.
—Bajad las armas —ordené.
Con el cuerpo tembloroso por el cúmulo de emociones que sentía, me puse en pie y la observé.
—Lamento no haber cumplido mi palabra de un duelo justo, Savannah —añadió—. Pero no he llegado tan lejos como para retirarme a las puertas de la victoria.
De pronto, oí unas voces en el horizonte. El corazón me dio un vuelco en cuanto, por la ventana, vi a decenas, quizá cientos, de parkisanos y vampisanos fuera del palacio de Ardsill, dispuestos a darle la Corona a Kendra.
Dispuestos a matarme.