La sed del nuevo despertar (El sacrificio de la corona 2) Capítulo 48
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Capítulo 48

—Me gustaría decir que me sorprende vuestra visita, pero la verdad es que no. Queríais llamar mi atención, engañarme... —Kendra se rio—. Pero parece que he sido yo la que os ha engañado a vosotros. Desde luego, no era necesario que os enzarzarais por mí en esta... ¿guerra?

Apreté la mano de Morgana para mostrarle que, juntas, saldríamos de esa, y que, por fin, la cabeza de la asesina de Clement rodaría por el suelo. Aunque Aaron se mostraba jocoso, rehuía nuestra mirada. Era un cobarde, siempre lo fue.

—Llevo más de veinte años preparándome para este momento —continuó la reina maldita—. ¿De verdad creíais que no iba a sospechar de vuestros movimientos? Te conozco desde hace mucho, Lilith.

A mi madre de sangre no parecía preocuparle lo que tuviera que decirle la Reina de Nadie. Quien le importaba era aquel al que había considerado su mejor amigo.

—Te di una familia, ¡un hogar! —gritó a Aaron, herida.

Era una emoción que jamás había visto en ella. La reina solía manejar los sentimientos con calma, lo que le aportaba un halo más autoritario y amenazante.

—Y ahora nos entregarás tu reino —dijo él al fin, abandonando la cortesía con la que le hablaba en el pasado.

—¿Te compensaba traicionarme, Aaron? Lo tenías todo, y ahora..., no tienes nada.

—¿Resignarme a ser el hombro sobre el que lloras es tenerlo todo? No era nadie, Lilith, un conde que quedó huérfano de pequeño y que encontró refugio en tu amistad. Mi futuro se estancaba, tocaba techo..., hasta que Kendra quiso contar conmigo.

Al mencionar a la reina de Korane, se sintió con libertad de rehuir la mirada para observar a Kendra. Esta se acercó a mi madre de sangre sin cautela. Los soldados desenfundaron las espadas, preparados para reaccionar ante el mínimo movimiento amenazante.

—¿Ya me vais a matar? Un poco injusto, ¿no? —Hizo un puchero, sarcástica—. Como verás, Lilith, tu antiguo chambelán y yo hemos venido solos. Creo que lo justo es que nos batamos en un duelo por el futuro de Parkisan, un duelo singular.

—¿Cómo sé que no es una trampa?

—No lo sabes, pero en la incertidumbre siempre hay belleza.

La reina meditó qué contestarle, como si valorara su propuesta. Pero solo era un modo de burlarse de ellos, pues al cabo de los segundos resopló, divertida. Y yo respiré aliviada.

—Prefiero que mi guardia os mate por los crímenes y las traiciones que habéis cometido contra Parkisan.

—De acuerdo. Pero, si me ajusticiáis demasiado pronto..., no podré deciros dónde está el antídoto.

El ambiente se tensó de pronto.

—¿Qué antídoto? —pregunté yo.

Kendra parpadeó varias veces, fingiendo asombro.

—¿No os lo ha dicho la sirvienta? Ella ha envenenado uno de los vasos de agua.

No es un tóxico de actuación rápida, pero sí muy potente cuando hace efecto.

Tal vez te consuele pensar que la buenaventura haya escogido a uno de tus soldados, pero ¿y si la persona elegida es tu hija? ¿Dejarás que muera por tu egoísmo?

El corazón me dio un vuelco.

—Mientes —espeté—. Sé que mientes.

—Nunca mentiría con algo así. —Me miró al tiempo que se ponía una mano en el pecho, como si mis palabras le hubieran dolido—. De hecho, tampoco lo hice en aquellas mazmorras. Respondí a todas tus preguntas con honestidad, ¿recuerdas?

Sí, pero aquello era diferente. Era la gran revelación, el momento en que contaba, orgullosa, cuál había sido su estrategia para ganarnos la partida de ajedrez.

—¡Curandera! —Florence Wintersmouth se dirigió hacia la puerta para pedir ayuda con el veneno. Sin embargo, Aaron la retuvo por la muñeca—. ¡Suéltame, olvidas que estás en mi palacio, conde de mala muerte!

—Da igual lo mucho que te ayuden los tuyos, Florence. —Su bigote se movió para mostrar lo mucho que se estaba divirtiendo—. Créeme, no es un veneno corriente. Pertenece a una de las víboras más letales de Korane. Ninguno de tus antídotos servirá.

Escudriñé a todos los que habían bebido agua. Nadie parecía encontrarse bajo los efectos de un veneno, ni siquiera yo. Aun así, una vocecita me decía que Kendra no mentía. En esos vasos de agua había una dosis mortal para uno de nosotros.

No necesitaba meterme en la mente de Lilith para saber que no valoraba tanto a los presentes como para luchar contra Kendra. Ni siquiera lo habría hecho por su propia vida. No obstante, yo era una de las posibles afectadas por el veneno, y por eso aceptó.

—De acuerdo, nos batiremos en duelo. Tú y yo.

Ambas parecían convencidas de que ganarían. Sin embargo, la Reina de Nadie contaba con una sorpresa más.

—Tú y yo, no, Lilith. Lo justo sería combatir contra aquella que me quitó Parkisan hace veintitrés años. —Acto seguido, clavó los ojos en mí. Al llegar al palacio, me había vuelto a poner el casco, pero debía de intuir que era yo—. Tu hija.

Palidecí. Oí que Morgana ahogaba un grito, al igual que otros de los presentes.

—No tientes a la suerte, Kendra —dijo mi madre, forzando una calma que ni siquiera ella sentía—. Tal vez no pueda matarte hasta que me des el antídoto, pero hay otras formas de hacer que confieses. Ni siquiera tú tienes nada que hacer ante mis hombres.

Sin embargo, Kendra se limitó a sonreír.

—Puede, pero ¿llegarás a tiempo para conseguirlo?

Acaricié la empuñadura de la espada larga que llevaba enfundada. No quería que uno de mis seres queridos fuera el envenenado. Tomé aire y me pareció escuchar la voz de padre en mi cabeza.

«Puedes hacerlo, Savannah».

Sabía que era mi imaginación, una elucubración en un momento desesperado. Pero, precisamente porque me enfrentaba a mi posible muerte ante una adversaria muy fuerte, quería creer que él estaba a mi lado, guiándome.

También quería pensar que madre, con una actitud mucho más comedida, como acostumbraba, me cuidaba desde el Prado Más Alto.

—Lo haré, Kendra —dije dando un paso al frente.

—No —me ordenó Lilith, volviéndose hacia mí.

—La vida de alguien está en juego, madre. —La llamé de ese modo para que nadie pensara que nuestra relación no era tan cercana como debía, pero a Lilith se le suavizó la mirada—. Confía en mí.

La reina se quedó callada, mirándome, y al final asintió.

Me dispuse a salir al patio del palacio para batirme en duelo. Sin embargo, Kendra recibió mi actitud con diversión.

—Lucharemos aquí, Savannah —anunció.

Miré a mi alrededor. Una estancia con sofás, mesa y estanterías entorpecería el duelo. No obstante, no podía negarme, pues teníamos el tiempo en nuestra contra.

Ya no solo por el veneno, sino por la luz del sol.

—No vais a arruinar mi sala de reuniones con vuestra sangre. —La duquesa intentó mostrar algo de autoridad en esa afrenta.

—No eres tú la que dictas las reglas aquí, Florence. —Kendra no dejó de sonreír—. Además, no te importará cómo quede tu hogar si me has tendido una emboscada en tu castillo.

Acto seguido, los soldados movieron la mesa y los sofás para que la Reina de Nadie y yo tuviéramos libertad de movimiento.

Nos colocamos en el centro de la estancia para batirnos en duelo.

Los soldados se situaron próximos a la pared, al margen, para demostrarle a Kendra que iba a ser un duelo uno a uno.

Aaron, la reina, Brandon, la duquesa de Zinnia y Morgana estaban algo más cerca, testigos de cómo solo una de las dos iba a quedar con vida.

Desenfundé la espada y, tras dar un paso hacia atrás, coloqué el arma en guardia media, a la altura de la cintura, con la punta apuntando a Kendra. Mientras tanto, la Reina de Nadie sacó las dos dagas que siempre portaba. Se mostraba orgullosa, a pesar de que parecía que mi arma me ofrecía ventaja.

Sin ningún tipo de señal, se abalanzó sobre mí.

Como sus puñales eran más cortos que mi espada, intentó acortar la distancia para acabar conmigo.

Con ambas dagas, parecía querer dar la vuelta a mi empuñadura y al filo para retorcerme el brazo e inmovilizarme.

Me adelanté a ella y aparté una de sus armas con la hoja de la espada.

La otra la agarré con la mano, arriesgándome a cortarme.

Como era obvio, mi sangre negra cayó al suelo, pero entonces se me ocurrió algo. Fue una milésima de segundo, me arriesgaba a desconcentrarme y que me matara. Sin embargo, merecía la pena intentarlo; sería mi pequeña venganza.

Retiré la mano herida y, antes de que tuviera tiempo a reaccionar, restregué mi herida contra el rostro de Kendra. Un sentimiento de orgullo me inundó al ver cómo se retiraba, horrorizada, mientras procuraba retirar los restos de la enfermedad de sus ojos, nariz y boca sin soltar las dagas.

Pero era demasiado tarde.

—¿Cómo te sientes al probar de tu propia maldición al fin? —La sangre goteaba por mis dedos.

Kendra volvió a abalanzarse sobre mí con un grito y no tuvo piedad. A pesar de que las dagas eran cortas, era diestra con ellas, y sus ataques iban dirigidos a mí. Estaba claro que entrenaba, aunque fuera sola, como me dijo en la fiesta celebrada en mi honor tras el Sacrificio de la Corona.

Sin embargo, yo también era buena, y fui capaz de rechazar todos sus embates sin apenas dificultad.

Sus movimientos estaban teñidos de desesperación, lo que nunca era algo bueno en un duelo.

Al poco rato, conseguí desarmarla. Cuando sus puñales cayeron al suelo, los aparté con el pie para que no pudiera alcanzarlos y, de una patada, la tiré al suelo.

Volví a colocar mi espada bastarda a la altura de la cintura, dispuesta a atravesar el abdomen de Kendra y acabar con aquel duelo de una vez por todas. La amenacé clavando la punta del arma en su estómago, sin llegar a atravesarla, aunque nada me habría gustado más.

Por fin, Parkisan quedaría libre de enemigos y podríamos preocuparnos de lo importante: curar el vampirismo.

—Ahora, dime dónde está el antídoto.

La Reina de Nadie se limpió la sangre negra de la boca, y esta se mezcló con el labial azul oscuro que siempre llevaba.

—No te lo diré jamás.

Debería haberme sorprendido, pero eso era justo lo que esperaba. No habría modo de que la Reina de Nadie revelara dónde estaba el contraveneno, en caso de que fuera cierto y no se lo hubiese inventado.