Capítulo 47 #2
Acto seguido, todos los guerreros rugieron y levantaron el brazo con euforia.
Repliqué el movimiento para mimetizarme con el resto de los soldados.
Entonces, parkisanos y vampisanos comenzaron a subirse a los diferentes caballos, y los imité.
Como no sabía montar bien a lomos del corcel, me coloqué a lomos del caballo de Sam.
Ya que no podía ir con Morgana, iría con él.
No aparté la vista de la reina, ni siquiera mientras salíamos del castillo de Branamor en un ágil galope.
En ese instante, llegaron mis escoltas y le comunicaron que había escapado.
En un punto del trayecto, nos dividimos en grupos para no levantar sospechas. Yo me hallaba en el de Brandon, Sam y algunos otros soldados que hablaban entre ellos. Morgana iba en el primero.
—Pero ¿tú no te convertiste en sirviente de sangre? —preguntó Brandon de pronto, dirigiéndose a Sam. Por un momento, pensé que no íbamos de camino a Ardsill, sino que nos encontrábamos en un reto del Sacrificio de la Corona, en el monasterio de la Santa Sangrienta.
Era como acabar donde todo comenzó.
—Me rescató ella —explicó Sam sin revelar mi nombre—. Ahora entreno para formar parte de la Orden. Se podría decir que soy uno más.
—Me equivoqué entonces —soltó con un tono un tanto sarcástico—. Lo vuestro sí que era una amistad sincera. Aunque me cuesta entender por qué.
A pesar de que ya no me trataba con menosprecio por ser de alta cuna, no había abandonado la altivez al hablar.
Sí, desde luego, era como regresar al monasterio de la Santa Sangrienta.
—Si por una vez dejaras de ser tan arrogante, lo comprenderías —le espeté—. Hay amistades que no entienden de tiempos ni de circunstancias. Simplemente, aparecen y te demuestran que hay gente por la que merece la pena dejar de sentirse solo.
Desde ese momento, Sam y Brandon siguieron hablando; sin embargo, yo solo podía pensar en Lilith y en que debía de haber mandado soldados a por mí.
Era cuestión de tiempo que me encontraran.
Lo hicieron poco antes del amanecer, cuando estábamos a punto de llegar al palacio de Ardsill. Nos habíamos dirigido a unos pasadizos secretos que había en el bosque, al lado del hogar de los Wintersmouth, para no llamar la atención del enemigo.
—¡Deteneos! —oí gritar a unos parkisanos detrás de nosotros—. ¡Órdenes de vuestra reina!
Con recelo, los presentes se detuvieron. Sabía que me buscaban a mí, la heredera que había escapado del castillo. Eran una decena de guerreros; entre ellos, mis escoltas.
Lo que no me esperaba era que Lilith los acompañara. Por un segundo, creí que era una alucinación por haber dormido poco, y que, en realidad, ella seguía en el castillo de Branamor.
Pero era real. Estaba allí.
Cuando bajé del caballo, me quité el casco para hablar con ella. Con ayuda de sus escoltas, hizo lo propio, pues iba vestida con su característico atuendo ámbar, el mismo que portaba al dar el mensaje de ánimo a sus tropas.
Había salido del castillo nada más enterarse de mi huida.
—Estarás contenta, Savannah... Nos hemos desviado durante horas para que los plebeyos no repararan en mi presencia.
Aunque intentaba sonar enfadada, su voz denotaba una gran preocupación. Temía que me hubiera podido pasar algo.
—Pero tú nunca sales del castillo... —contesté.
No lo hizo en ninguna de las batallas, ni siquiera durante el último golpe en Branamor. En ningún momento se me pasó por la cabeza que saliera a buscarme.
—¿Crees que no lo haría por ti?
Sonaba decepcionada porque yo fuera incapaz de ver hasta dónde llegaba su amor por mí. Lilith había dejado la comodidad del castillo para ponerse en peligro. Por mí.
—No, pensaba que tu seguridad era lo primero para no entorpecer las campañas.
Entonces, me tomó entre sus brazos y me estrechó con fuerza.
—Menos mal que no te ha pasado nada... —suspiró.
Me costó mucho mantenerme impasible ante su gesto, pues había arriesgado su vida para asegurarse de que estaba bien. Quizá jamás entendiera a Lilith Delagarde, pero cada vez me resultaba más complicado odiarla. De modo que le devolví el abrazo, aunque no con la misma intensidad que ella.
—Ya es demasiado tarde para regresar al castillo —afirmó sobre mi hombro—. El enemigo debe de estar cerca. Tendremos que enfrentarnos a él, como tú querías. Luego, volveremos a casa.
Sus palabras fueron suficientes para que nuestro grupo reanudara la marcha y entrara en los pasadizos, un portón camuflado en un frondoso árbol que, además, estaba vigilado por la guardia de Zinnia.
La duquesa de Zinnia nos aguardaba en su despacho, al que ya había llegado el grupo de Morgana. En esa estancia, Lilith y ella se reencontraron.
—Oh, no sabía que tu hija y tú veníais —le lanzó la madre de Brandon con sorna—. Siempre te he visto como una reina cobarde. Te había subestimado, después de todo.
Llevaban sin verse varios años, desde que la Corona suspendió todo tipo de relaciones con Zinnia cuando su hijo reveló información confidencial a la Alianza. En vez de responder a las provocaciones, optó por elegir la paz en los momentos previos a la tormenta.
—Gracias por ayudarnos, Florence.
—No pienses que lo hago por ti ni por tu Corona, Lilith. Lo hago porque amo Parkisan por encima de todo.
Acto seguido, se marchó, dando por finalizado el reencuentro.
Que se ayudaran por necesidad no significaba que volvieran a ser amigas.
Al instante, una sirvienta llegó con vasos de agua para que recuperásemos las fuerzas después del largo viaje.
Brandon, Sam, los soldados, la reina y yo bebimos.
Después la parkisana se retiró y, por fin, cerró la puerta.
—¿Estás nerviosa? —le pregunté a Morgana. Después de todo, iba a volver a ver a la asesina de su padre.
—Acabemos de una vez con esto. —Asintió.
Mi compañera de vida se mostraba muy segura ante la batalla a la que nos íbamos a enfrentar. A mí, en cambio, se me iba a salir el corazón.
Me toqué los colmillos. Por culpa de Kendra, había acabado convertida en vampira.
Pasó un buen rato hasta que llegaron todos los grupos de la compañía, que se situaron en diferentes puntos estratégicos del palacio para abarcar todas las zonas. En cambio, de Kendra y Aaron no tuvimos más noticias hasta que no llegó el amanecer.
—¡Ya están aquí! —anunció Fletcher, el capitán de la Orden de las Espinas, que observaba qué ocurría tras la cortina del despacho.
Los latidos me ensordecieron los oídos, y no era capaz de escuchar nada más que eso, acompañado de mi respiración.
Sin embargo, cuando mi mirada se cruzó con la de Sam y esbozó una sonrisa de apoyo, logré calmarme.
Si no me mostraba fuerte por mí, lo haría por la gente que me importaba y que estaba allí.
Al instante, la puerta se abrió. Tras la duquesa de Zinnia se encontraban Aaron Brackstone y Kendra IV de Korane, vestida con su prenda fúnebre en azul oscuro y los labios del mismo tono.
Lejos de mostrarse atónitos, sus rostros exhibieron una mueca de suficiencia. Nos esperaban, justo aquel día en ese despacho.
—Hola, Lilith.