Capítulo 47
No estábamos seguros de qué camino tomarían la Reina de Nadie y sus esbirros hasta Ardsill, pero sí sabíamos que Brandon se iría con Morgana.
Ni con Lilith, ni con Omelia, ni conmigo.
Solo con Morgana. Tras la propuesta de ir al encuentro de Kendra, la reina había dictaminado que mi compañera de vida sería la única representante de la Corona.
Al fin y al cabo, era la hija de Clement.
Así que después de una breve pero sentida despedida, nos habíamos separado.
El contingente saldría en una hora junto al capitán de la Orden de las Espinas y algunos de sus mejores guerreros. No todos, por si los traidores volvían a atacar el castillo.
El plan era tenderle una emboscada en el palacio a Aaron y Kendra y matarlos.
Obviamente, no estaba de acuerdo con que Morgana se fuera y, por mucho que insistí, no pude convencerla. Aquel encuentro sería una cacería en toda regla, mucha gente moriría, y no iba a consentir que ella fuera una de las represaliadas.
Si ella se marchaba, yo también.
No obstante, Lilith ya intuía cuál iba a ser mi reacción cuando irrumpí en su despacho.
—No irás —fue lo primero que me dijo, detrás de su mesa.
La sangre me hervía; ni siquiera intentó dulcificar sus palabras. Con un movimiento de la mano, me invitó a sentarme, pero estaba tan fuera de mí que necesitaba seguir de pie.
—No voy a permitir que...
—No irás —repitió con un tono más severo.
—Sabes lo importante que es Morgana para mí. —Me golpeé el pecho varias veces—. Entenderás que no me quedaré de brazos cruzados mientras ella muere. Quiero luchar.
La monarca de Parkisan resopló, irritada, y tardó unos segundos en contestarme. Cuando lo hizo, apoyó la barbilla sobre sus manos entrelazadas.
—No saldrás de este castillo, Savannah. Te dejé jugar a los héroes aquí porque estabas protegida, en mayor o menor medida. En el palacio de los duques, te enfrentarías al enemigo real. Mi heredera no morirá por amor.
—¡La que lo hará es mi compañera de vida! ¡Y la mandas allí solo porque es la persona que menos te duele que maten!
A pesar de que la reina seguía mostrándose algo hostil con Morgana, creía que su actitud hacia ella había cambiado un poco. Sin embargo, no había tardado en abandonarla ante el peligro con tal de salvar a la familia real.
—Savannah, no la he mandado a ningún lugar. Ella está de acuerdo con este plan para vengar la muerte de Clement. No puedes negarte a sus deseos.
—Sí puedo —susurré.
Apreté el puño con rabia y, cuando lo abrí, me di cuenta de que me temblaba la mano. Ya había tenido que enfrentarme a las muertes de padre y madre; si le pasaba algo a Morgana, no sería capaz de asumirlo.
—He tardado casi veintitrés años en recuperarte como para ahora perderte para siempre —musitó de pronto Lilith.
En aquel instante, mi rabia se vio manchada por un atisbo de comprensión. Era su única hija, y habíamos estado separadas toda una vida; igual que yo no quería que Morgana muriera, ella no permitiría que yo lo hiciera.
Aun así, eso no significaba que no buscara el modo de unirme a esa compañía.
—Déjame verla —supliqué con la voz rota—. Una última vez.
Tras la celebración de cumpleaños fallida, Lilith había mandado a Morgana a una estancia privada a la que no me permitían acceder. Por más que exigí y amenacé, las puertas estaban cerradas para mí.
Tal vez, si hablaba con ella de nuevo, la convencería de que era una locura, que no debía encaminarse a una muerte segura.
—La respuesta es no. Si vas, boicotearás la misión. Llevamos muchas muertes a nuestras espaldas en estas últimas semanas como para que ahora lo arruines todo.
—En ese caso tendrás que aceptar que me vaya con ella.
Lilith abrió la boca, como si quisiera hacerme entrar en razón. Sin embargo, después echó un vistazo a mis escoltas, que se encontraban en el umbral de la puerta, y los llamó:
—Soldados, lleváosla a sus aposentos. Y vigilad que no salga.
Alcé una comisura con escepticismo, pero no lo decía en broma. Cuando uno de mis soldados me alzó en volandas y no me soltó por mucho que lo golpeé y pataleé, entendí que me encerrarían en mis aposentos.
Por si ser retenida contra mi voluntad no fuera suficiente, mis escoltas permanecieron en mis aposentos para asegurarse de que no salía de allí.
A través de la ventana, vi cómo los soldados ya se estaban preparando para la campaña.
Desde la altura de mi torreón, parecían hormigas.
Me pregunté si Morgana o Sam se encontrarían ahí.
Intenté dar con el modo de salir de allí. Sin embargo, conforme pasaban los minutos, empecé a asumir que había perdido.
Morgana se iría a Zinnia y, probablemente, moriría.
«¿Crees que cambiarías algo si arriesgases tu vida?», me preguntó una vocecita.
No, pero al menos me aseguraría de morir antes que ella.
En ese momento, la puerta se abrió de par en par sin previo aviso. Contuve la respiración mientras me daba la vuelta, convencida de que era Morgana.
Me llevé una decepción cuando me di cuenta de que se trataba de Omelia.
—Yo también me alegro de verte, Savannah —me saludó con tono molesto. Entonces, se dirigió a mis escoltas—: El capitán de la Orden de las Espinas os requiere en su despacho. Desea ultimar las jornadas de los próximos días con vosotros antes de partir.
Me senté en el sillón, escuchando atentamente. Si me quedaba a solas con Omelia quizá tendría alguna posibilidad de escapar de allí.
—Cumplimos órdenes de Su Majestad de no dejar sola a la princesa —respondió uno de ellos.
—Entiendo que ambas órdenes entran en conflicto. Pero mis escoltas y yo la vigilaremos mientras habláis con vuestro superior.
Los soldados se miraron y, al final, obedecieron. Observé impertérrita cómo desaparecían tras el umbral de la puerta y, segundos más tarde, mi prima de sangre la cerró tras de sí.
—Omelia, yo..., necesito... ¡Por la diosa Namiria, deja que me marche con Morgana!
Si apelaba a la diosa del amor, quizá aplacaría su corazón. Pero su reacción no fue amable, sino que chascó la lengua y exhaló una gran bocanada de aire.
—¿Para qué crees que he venido a tus aposentos, si no es para eso?
—¡Por favor, Omelia, te lo sup...! —Al instante, entendí lo que acababa de decirme—. ¿Cómo? ¿No has venido a vigilarme mientras mis escoltas hablan con el capitán?
—El capitán está ocupado en el patio de armas, a punto de partir. Tienes poco tiempo antes de que te descubran.
Me levanté y abracé a Omelia, agradecida por que hubiera decidido ayudarme en mi cometido de acudir al palacio de Ardsill. Me devolvió el abrazo, aunque enseguida se apartó de mí.
—Vamos, Savannah. No hay tiempo.
Descubrí el pasadizo usando la misma secuencia de apagado y encendido de velas de la otra vez. Aunque me encontraba en otro dormitorio, el funcionamiento era el mismo. Entonces, una trampilla se abrió en el suelo bajo la alfombra.
Cuando me adentré, recordé un pequeño detalle.
—¡Un momento! ¿Y cómo pasaré desapercibida?
—Te recuerdo que en tu sala de armas hay armaduras.
—¡Es verdad!
Aún no podía marcharme. Mi compañera de vida se encaminaba hacia el palacio de Ardsill, pero Brandon también. A pesar de que, en principio, no era un enemigo a ojos de Kendra, lo sería en cuanto se descubriera el engaño.
Me preguntaba si Omelia no pensaba marcharse de allí conmigo.
—¿Tú no vienes?
—Sí, pero lo haré después de despedir a la compañía con la reina, para que no sospeche. —Apartó la mirada, nerviosa—. ¡Vete, Savannah! ¿Quieres que te descubran?
Salí al patio de armas ataviada con la armadura de malla de hierro y la visera bajada para que nadie me reconociera.
Allí, dos centenares de soldados se agolpaban para salir del castillo de Branamor.
En silencio, crucé la marea de parkisanos, vampisanos y caballos hasta que encontré a Morgana hablando con Brandon y Sam.
Mi amigo era uno más de los soldados asignados a la emboscada en el palacio de Ardsill.
Morgana se mostraba serena, sin un ápice de temor. Rezumaba orgullo por cada uno de sus poros; por fin, iba a vengar la muerte de Clement.
Cuando estuve a su altura, tiré de la manga de su blusa negra. Me dirigió una mirada fría y confusa, sin entender por qué una soldado la reclamaría e invadiría su espacio personal. Entonces me levanté un poco la visera durante una milésima de segundo para que viera que era yo.
Su expresión se tiñó de estupefacción.
—¿Qué haces aquí? —Movió los labios sin emitir sonido alguno—. No puedes venir.
«Si tú mueres, yo también», quise decirle.
—Si tú luchas, yo también —contesté en su lugar.
Brandon y Sam no tardaron en darse cuenta de que era yo la que se ocultaba bajo la armadura de soldado. No me dijeron nada, pero la mirada que me dedicaron fue suficiente.
El reencuentro se vio interrumpido por Lilith, que dio un discurso de despedida desde el balcón de la primera planta, acompañada por Omelia. Me sorprendió la rapidez con la que esta última se había reunido con la reina.
Comencé a ponerme nerviosa. ¿Cuánto tardarían mis escoltas en descubrir el engaño?
—La misión de mañana no será sencilla —comenzó—. Supongo que el capitán Fletcher os ha puesto al día y os ha contado que tenemos una nueva amenaza. Una más imponente que Zinnia, por lo que deberemos aunar fuerzas con el enemigo solo en esta ocasión.
Puse los ojos en blanco. «Solo en esta ocasión...», como si no lleváramos semanas fingiendo una guerra falsa.
—Morgana Latriffe —extendió el brazo para señalarla— acudirá en representación de la Corona de Parkisan.
Como reina vuestra, me enorgullece ver que, a pesar de los desafíos y las desavenencias de los últimos veinte años, la Orden de las Espinas siempre está al servicio del bien y de la verdad.
A partir de mañana, volveremos a hacer justicia y demostraremos que Parkisan es fuerte y que no se rinde ante los débiles.
Comencé a golpear el suelo con el pie, algo nerviosa por lo mucho que estaba hablando. De un momento a otro, mis escoltas aparecerían a advertirla de mi huida.
—¡Venceremos y pondremos fin a esta guerra de una vez por todas!