La sed del nuevo despertar (El sacrificio de la corona 2) Capítulo 46
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Capítulo 46

Me limpié la sangre de un vampisano que me había salpicado el rostro al salir al patio de armas. Acababan de cortarle la cabeza con un hacha a uno de nuestros soldados, y yo había sido la receptora involuntaria de sus gotas.

El golpe era peor de lo que había imaginado. Soldados de ambos bandos se habían enzarzado en una cruenta batalla sin saber que era falsa. Además, llovían flechas desde la parte más alta del muro.

—¿Estáis segura de que queréis seguir aquí? —preguntó uno de mis tantos escoltas—. Es peligroso.

Desenvainé la espada larga que me habían entregado y, después, me volví para mirarlo.

—Estoy lista.

Sin embargo, para sorpresa de ambos bandos y de los soldados que me protegían, no me adentré en el frente de batalla. Al contrario, mi objetivo eran los sirvientes y trabajadores que tuvieron la desgracia de encontrarse allí durante el golpe y que no sabían defenderse.

Cerca del portón central, dos miembros de la guardia de Zinnia perseguían a un grupo de sirvientes de sangre. No entendía el placer que les daba provocar terror entre los plebeyos antes de matarlos. Mis soldados y yo fuimos tras ellos y pronto los redujimos.

—¡Huid! ¡Escondeos en el castillo! —grité a los sirvientes entre jadeos—. ¡No perdáis más tiempo!

Por desgracia, mi presencia pronto llamó la atención de los guerreros de la guardia de Zinnia. Y no en el buen sentido.

—¡Es la princesa! —exclamó uno de ellos lanzándose sobre mí junto a los demás.

Una gran parte del supuesto enemigo buscaba mi cabeza. ¿Para qué herir de muerte a simples guerreros de la Orden de las Espinas cuando tienes a la princesa luchando como una más?

Al instante se formó un círculo aún más grande de soldados para protegerme, mientras que algunos intentaban impedir que la guardia de Zinnia entrara en el castillo.

Tragué saliva. Eso no era lo que yo quería. Porque yo no iba a morir, pero los soldados que servían de barrera humana sí.

Además, no me dejaban luchar. Solo podía ver con frustración cómo los que habían jurado protegerme perdían la vida por mi culpa.

—¡Necesitamos más gente en el portón! —bramó la jefa de la guardia de Zinnia—. ¡No os quedéis todos con la princesa!

Algunos obedecieron la orden, pero mi presencia era demasiado tentadora como para que no siguieran buscando mi cabeza. Había sido un grave error estar allí.

De reojo, vi que uno de los soldados que se habían quedado solos frente al portón era Sam.

Estaba ocupado defendiéndose de dos enemigos y, si no le auxiliábamos, pronto perdería la batalla.

Intenté moverme como pude, pero el círculo de soldados y enemigos enzarzados en una cruenta lucha no me lo permitía.

No iba a dejar que mi amigo muriera.

—¡Ayudad a Sam Blisland! —grité entre el bullicio—. ¡Es una orden de vuestra princesa!

Mi amigo se estremeció al oír mis palabras, pero resistió cualquier atisbo de distracción. Un despiste podía acabar en muerte.

Algunos soldados de la orden que estaban cerca y habían ignorado su indefensión lo ayudaron a acabar con la vida de los guardias del ducado de Zinnia.

Mientras tanto, me quedé de brazos cruzados, arrepentida por haberme atrevido a luchar sin proteger mi identidad.

El enfrentamiento se alargó durante lo que me parecieron horas, aunque era incapaz de saber cuánto tiempo había estado allí y cuántas vidas se habían perdido intentando defenderme.

En cuanto redujeron al enemigo que quería matarme, me vi obligada a regresar al escondrijo en el que se encontraban la reina, Omelia y Morgana.

En realidad, me arrastraron al interior.

Aunque intenté que Sam se uniera a mí, prefirió seguir luchando.

De hecho, no parecía muy contento de que quisiera protegerlo.

Y no pude hacer más que aceptar sus deseos.

Mi familia de sangre y mi compañera de vida se habían refugiado junto a sus escoltas en un pasadizo tras las escaleras de mi torreón.

La estancia era una pequeña biblioteca con distintos libros y juegos de mesa para pasar el rato.

Aunque se mostraron aliviadas en cuanto me uní a ellas, pronto Lilith adoptó una actitud desafiante.

—Mirad quién ha regresado... —anunció en voz baja—. Por tu rostro compungido, dudo que haya sido por tu propia voluntad. Solo has salido para mancharte el vestido de sangre, una lástima...

Desvié la mirada, avergonzada. Se mostraba como la madre que se regodea por tener razón en un desencuentro familiar.

—Yo pensaba... —comencé.

—¿Que podrías participar en la batalla con tranquilidad, como si fueras una guerrera más?

—Ha sido porque se han dado cuenta de que era yo. Si no, habría sido muy distinto. Aun así, he ayudado a mucha gente.

Solo podía pensar en aquellos sirvientes de sangre y en mi amigo, que habrían perecido si yo no hubiese estado ahí.

—No has ayudado a nadie, Savannah. —La voz de Lilith me devolvió a la realidad—. Has sido un estorbo, y sin un motivo justificado.

Me volví para mirar a mis escoltas, con la esperanza de que se pusieran de mi parte. Por su expresión abrumada, se alegraban de que mi aventura hubiera terminado.

—Espero que hayas aprendido que, si normalmente nos refugiamos aquí, no es porque seamos egoístas —prosiguió Lilith—. Lo hacemos porque podemos entorpecer el transcurso de la batalla, aunque esté amañada.

No contesté; me acomodé en una silla al lado de Morgana. En la mesa, frente a nosotras, había un tablero de ajedrez. Por las posiciones, deduje que Morgana jugaba contra la reina y Omelia. Tras mi vuelta, me uní a ella para equilibrar la partida.

En silencio, movimos el alfil para poner en jaque al rey.

Ni la conquista de Enmond, ni el intento de tomar el castillo, ni otras tantas batallas sirvieron para que Kendra o Aaron desvelaran su paradero.

Los efectivos más mediocres de la Corona y Zinnia se agotaban y, quizá, era lo que la Reina de Nadie pretendía.

Que la guerra nos desgastara hasta el punto de que ella no necesitara mucho para acabar con nosotras.

Tendríamos que haber ido a Korane, como propuse en su momento.

Pasaron las semanas y, con el calor del verano ya dificultando las batallas, llegó mi vigésimo tercer cumpleaños. Como era el primero que celebraba con mi madre de sangre, ella se encargó de organizar la mejor de las fiestas para dar las gracias a las diosas porque al fin estuviéramos juntas.

No obstante, comencé el día frente a la lápida de madre, sin Morgana, porque le pedí que me dejase sola en ese momento. Era el primer año que viviría como princesa, pero el anterior fue el último que pasé con padre y madre.

Me dolía recordar que, a pesar de todos los lujos que tenía en ese instante, nada se podría comparar a estar con la familia que me había criado.

Era imposible saber cuándo sería la última vez que estaríamos con un ser querido.

Si me hubieran dicho hacía un año que no solo iba a perder a padre bajo los colmillos de dos vampiros, sino a madre por culpa de una reina supuestamente maldita, me habría llevado una mano al pecho.

No me habría creído ese mal augurio; yo era desdichada, pero no tanto.

Con la tiara y uno de mis vestidos granates, entré en el comedor real, donde se celebraba un banquete al que habían sido convidadas todas las personas más cercanas del castillo.

Morgana también acudió, aunque estaba convencida de que iban a ignorarla.

Saludé con cariño tanto a ella como a Sam, que había intensificado sus entrenamientos.

Todo indicaba que su nombramiento como miembro de la Orden de las Espinas estaba cerca.

Con Omelia no me costó mostrarme cariñosa, pero sí con mi madre de sangre. Al fin y al cabo, había organizado ese festejo para mí, pero yo no sentía que nuestro vínculo fuera más cercano. Sin embargo, ya había aceptado que, quizá con el tiempo, podríamos tener una relación más estrecha.

Quizá.

Me acomodé a su lado, en la mesa reservada para la familia real.

En la de al lado sentaron a Sam y a Morgana, por ser gente cercana a mí.

A pesar de que el linaje de mi compañera de vida era superior al de mi amigo, la reina no perdía ocasión de recordarle cuál era su lugar. Esperaba que eso cambiara pronto.

Disfrutamos de los mejores manjares: carnes bañadas en salsas que jamás había probado, verduras en su punto y un pan que olía delicioso. Podría comer hasta hartarme, hasta que la barriga me doliera. Al fin y al cabo, los vampiros solo éramos humanos enfermos. Necesitábamos comer.

Además, la sangre que me habían servido en el cáliz estaba más exquisita que en otras ocasiones. Había sirvientes para alimentarnos durante la fiesta, pero prefería beber de mi copa. Me había acostumbrado a ser vampira, pero no a alimentarme de los demás.

Disfruté del banquete en silencio, pero entonces recordé que ese año no habría la sopa de pan duro que madre solía preparar. Y, aunque la hubiera habido, no sería la de madre.

Dejé de comer, compungida por el recuerdo.

—Me aburro —protestó Omelia, dejando los cubiertos algo irritada—. Tía, creo que ya es hora de que encontremos un nuevo bufón.

—Querida, ¿no acordamos que era mejor esperar un año, en honor a la memoria de Darius?

—No es culpa mía que Darius murie...

En ese instante, la puerta del comedor real se abrió de golpe.

Ahogué un grito en cuanto vi aparecer a Brandon Wintersmouth.

Se mostraba inquieto, y se acercó a la familia real en unas pocas zancadas.

Por el camino, cruzó la mirada con Sam y se quedó pasmado, dado que no esperaba verlo de nuevo tras el Sacrificio de la Corona.

—He intentado venir lo más rápido que he podido... —jadeó.

La reina captó el mensaje que traía y mandó que los sirvientes de sangre y la gente cercana a la Corona abandonaran la estancia, incluido Sam, pues no podían oír nuestros planes. La única que pudo quedarse fue Morgana porque ella formaba parte de la estrategia.

—¿Ya se ha puesto en contacto con vosotros? —preguntó Lilith.

—Sí, quiere reunirse con mi madre el jueves al amanecer —dijo mientras intentaba recuperar el aliento—. Es decir, mañana.

Sin embargo, la peor de las sorpresas llegó cuando Morgana dijo:

—Iré contigo, Brandon. Pienso vengar a Clement, aunque me cueste la vida.