La sed del nuevo despertar (El sacrificio de la corona 2) Capítulo 45 #2
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Capítulo 45 #2

No me equivoqué. Más tarde, Sam visitó mi torreón para confirmarme la noticia.

Estaba batiéndome en duelo con uno de mis escoltas para despejar la mente y, entonces, mi amigo empuñó un bracamarte para luchar contra mí.

Fueron minutos de intenso combate; había aprendido a responder a cada una de mis estocadas.

Sin embargo, conseguí enganchar su empuñadura con la mía y logré desarmarlo.

—Has mejorado muchísimo —celebré con cierta nostalgia, ya que no volveríamos a entrenar juntos.

—Sí, y por eso el capitán de la Orden de las Espinas desea que vaya a la nueva campaña en Zinnia. ¿No es maravilloso?

Todavía me costaba asimilar que Locke ya no fuera el líder de los soldados.

Fruncí el ceño. Sam no iba allí por su valía, sino porque era un guerrero fácil de abatir.

—¿No estás contenta por mí? —Parecía algo confuso.

Pedí a mi escolta que nos diera un momento de intimidad y, tras quedarse en la entrada de la sala con su compañera, le exigí a mi amigo:

—No quiero que participes en esta batalla.

La expresión de duda se tornó en decepción y, después, volvió su actitud vacilante.

—¿Lo dices porque no soy de la Orden de las Espinas? Savannah, creo que puedo hacerlo, creo que...

—Sam, no lo hagas, por favor. Como tu princesa, te lo prohíbo.

—¿Por qué?

Respiré hondo. No podía involucrarlo en eso, por mucho que confiara en él.

—No te puedo contar más y no quiero mentirte. Pero prométeme que me harás caso. Tendrás tu momento de demostrar lo que vales, solo que en esta campaña no. Por favor.

Sam asintió, aunque no abandonó su mirada de extrañeza. No obstante, si hubiera sabido cuáles eran los entresijos de aquella guerra civil, habría sido el primero en no acudir.

—Pero ¿me puedo negar a ir? Me ha convocado el capitán de la Orden de las Espinas.

—Es una orden de tu princesa. No irás. Debes mantenerte a salvo en el castillo mientras están todos fuera. Es todo lo que puedo decirte.

Allí podría protegerse y refugiarse; en el exterior, estaría solo.

Había pasado una semana desde que habían partido a luchar a Enmond, provincia de Zinnia.

Ya nos había comunicado un emisario que, tras dos días de batalla, las tropas de la Corona se habían proclamado vencedoras y habían conquistado en falso esa ciudad.

Desde aquel momento, la reina, Omelia, Morgana y yo pasábamos las jornadas en los aposentos de mi torreón acompañadas de soldados.

En un principio, la reina no había invitado a mi compañera a refugiarse con nosotras, como habituaba.

Sin embargo, no pensaba ponerla en peligro y, mucho menos, echarla del torreón en el que ya estaba viviendo.

Así que, tras una ardua discusión, logré que se quedara con la familia real.

En cualquier instante llegaría el ejército de los duques a simular el ataque y tendrían que ponernos a salvo.

Una tarde nos comunicaron que las tropas de Zinnia estaban intentando acceder al castillo por el patio de armas.

Con catapultas y flechas, nuestra guardia procuraba amedrentarlos.

Pero estaban mal organizados por el capitán Fletcher, nuevo líder de la Orden de las Espinas, para que algunos lograran colarse en el castillo.

Lilith, mi prima de sangre e incluso Morgana estaban manteniendo una conversación distendida sobre asuntos banales. Sin embargo, yo solo podía pensar en toda aquella gente que iba a perder la vida dentro del castillo.

Por eso, cuando un emisario nos avisó de que era la hora de refugiarse, expresé mis intenciones:

—Pienso luchar.

Morgana y Omelia me observaron con sorpresa, pero mi madre de sangre empezó a actuar irritada. Ya se lo esperaba.

—Savie... —comenzó Morgana.

—No irás —la interrumpió Lilith de manera tajante.

—No voy a dejar que los nuestros mueran así como así —expliqué—. Y menos por las razones por las que lo van a hacer.

—No puedes dejar que te afecte, Savannah, o serás una miserable el resto de la guerra.

Pero era incapaz de hacerlo.

—La gente que va a morir en vano necesita ver que la familia real se preocupa por ellos, que no huye a la mínima. No pienso quedarme sin hacer nada.

En el último ataque, no pude proteger a la persona que más quería porque me habían secuestrado. En esa ocasión, no dejaría que murieran más inocentes dentro del castillo.

—Te arriesgas a boicotear el golpe y a que la guardia te ataque, en el mejor de los casos —me recordó la reina.

—No si tengo soldados que me protejan.

Lilith resopló con fuerza y, después, se pellizcó el tabique. Sabía que era una batalla perdida conmigo, y no le quedó más remedio que ceder.

—A Florence no le hará ninguna gracia que mates a miembros de su guardia... —Después, se dirigió al emisario—: Avisa a tu capitán de que destine algunos guerreros a proteger a Savannah, aunque eso suponga que se pierdan más vidas. Si tanto le apetece, que así sea.

Tragué saliva al oír esas palabras. Sabía que había enfatizado las muertes para hacerme cambiar de opinión, pero no iba a caer en su trampa.

Sin embargo, cuando Morgana hizo ademán de acercarse a mí, la reina chascó los dedos y los soldados la retuvieron, como si volviera a ser prisionera. Intentó hablar, pero le cubrieron la boca.

—¡¿Qué haces?! —le exigí.

—Los actos tienen consecuencias —contestó Lilith—. No dejaré que os despidáis como si nada después de haber desobedecido una orden mía. Soy tu madre, Savannah, pero también tu reina. Si optas por irte, este será tu castigo.

La miré desafiante porque, aunque nuestra relación hubiera mejorado en los últimos meses, aquello seguía sin justificar sus medios. Pero no iba a entrar en otra guerra absurda cuando ya había dejado de luchar.

—Te veo luego, Morgana, cuando se cansen de seguir matando a gente inocente —dije antes de marcharme.