Capítulo 45
Las siguientes semanas fueron igual de cruentas que las anteriores, aunque no presenciábamos los conflictos, sino que teníamos noticias de ellos a través de nuestra guardia.
Una provincia del ducado de Dahlia había caído en manos de Zinnia. O más bien había sido arrastrada a esa guerra civil falsa. Sin embargo, los muertos de los supuestos bandos eran reales.
El ataque de los Wintersmouth fue suficiente para que llegara una carta de disculpa de la duquesa de Dahlia.
Mi querida reina:
Lamento el bochornoso espectáculo que ofrecimos en Branamor. Nicolas ha sufrido mucho por Morgana, y no es de nuestro agrado que ahora ella disfrute de todo tipo de comodidades en el castillo después de haberse aliado con Clement.
De igual modo, comprendo que una guerra está compuesta por zonas grises y nos hace tomar decisiones que antes no habríamos creído posibles.
Sé que mi hija, a la que no puedo olvidar después de tantos años, os ayudará a que Zinnia caiga.
Por ello, Dahlia seguirá apoyando a la Corona.
Puede que Nicolas sea el pilar de la familia Latriffe, pero vos y yo sabemos que las mujeres somos las que gobernamos nuestro hogar desde la sombra. Lo convenceré.
Decidle a Morgana que su madre la sigue queriendo, aunque ella no sea capaz de verlo.
Margot
Aquella misiva me revolvió el estómago, primero, por quién la escribía. Pero lo que terminó de descomponerme fue percibir cómo hablaba de Morgana. Volvía a ser la supuesta madre abnegada que sufría por no poder estar con su hija.
—Ignoro qué se supone que debo ver. —Morgana se encogió de hombros cuando le comenté lo que había leído junto a la reina—. Ella solía ser la más cruel con sus castigos. Fingía amarme para luego retirarme ese cariño y disfrutar con mi sufrimiento.
Para la reina, fue un alivio comprobar que, en efecto, no íbamos a perder Dahlia.
Lo siguiente era organizar una reunión clandestina entre Zinnia y la Corona.
En otras palabras, entre Brandon y Omelia, y Morgana y yo.
La pelea que habíamos fingido en el palacio de Ardsill había surtido efecto: la opinión popular había llegado a la conclusión de que Brandon apoyaba en secreto a la Corona.
El atardecer de un domingo fue el momento elegido para reunirnos con el hijo de los duques de Zinnia. Para entonces, Morgana y yo ya nos habíamos instalado en el torreón.
De camino al punto de encuentro, vi a Sam junto a un grupo de soldados. A pesar de que me arriesgaba a llegar tarde, no podía ignorarlo, no cuando hacía semanas que no teníamos una conversación. Lo aparté a un rincón para que pudiéramos hablar solos mientras Omelia me chistaba por lo bajo.
—¿Cómo estás? —le pregunté, apretándole la mano con cariño—. ¿Los entrenamientos bien?
—Han sido complicados. —Forzó una sonrisa—. Ha habido varias bajas entre los guerreros que me entrenaban.
Se me formó un nudo en la garganta. Hasta aquel momento, la Corona había perdido la mayoría de las batallas. No era de extrañar que hubiera muerto gente que Sam conocía.
—¿Y tú? —me preguntó.
—Como el resto, pendiente de los asuntos de la guerra.
Un silencio incómodo se abrió entre nosotros, sin saber qué más añadir.
No había sucedido nada especial entre nosotros, solo que cada uno tenía un cometido diferente: él, entrenar para formar parte de la Orden de las Espinas, y yo, intentar que una reina despiadada saliera de su escondite para hacerla pagar por lo que había hecho.
—Te echo de menos —le confesé con la voz quebrada.
Me dolía darme cuenta de que, en ocasiones, nos distanciamos de gente a la que apreciamos solo porque nuestro destino ya no es el mismo.
Sam ensanchó su sonrisa, en esa ocasión honesta, y me abrazó. Por un segundo, sentí que volvíamos a estar en el monasterio de la Santa Sangrienta, sin todos los conflictos que nos rodeaban en ese momento.
—Yo también te echo de menos. Pero recuerda que siempre tendrás un amigo en este castillo.
Cuando nos separamos, esbocé una sonrisilla.
—Princesa o no, primero siempre seré tu amiga.
Y esa vez fui yo la que lo abracé, con todavía más fuerza. Cuando Omelia me chistó de nuevo, Sam y yo estallamos en carcajadas.
Habíamos acordado reunirnos con Brandon en el bosque que separaba Dhoul del castillo.
—Pero dejad que hable yo, por favor —nos pidió Omelia—. Para las miradas ajenas, se supone que me estoy reencontrando con el amor de mi vida.
La excusa era que Omelia y Brandon iban a reunirse para dar rienda suelta a su amor. Morgana y yo actuábamos como las alcahuetas que les habíamos ayudado. Sin embargo, nuestros escoltas nos seguían a una distancia prudente a través de la maleza.
El parkisano nos aguardaba tras un árbol, oculto, así que merodeamos por la zona hasta que por fin dimos con él.
—No había modo de encontrarte —dijo Omelia.
—Solo tienes que buscar en tu corazón. —Se señaló el pecho.
Sin embargo, en cuanto reparó en que Morgana y yo estábamos unos pasos por detrás de mi prima de sangre, se ruborizó.
De hecho, se mostró algo molesto ante la poca intimidad que le dábamos para hablar con Omelia.
Mi prima de sangre había protestado por que mi compañera de vida y yo acudiéramos al encuentro, pero la reina no permitió dejarlos solos.
Morgana debía acudir porque era una de las condiciones de la duquesa de Zinnia.
En cuanto a mí..., no pensaba perderme los avances, de modo que convencí a Lilith para que me dejara acudir.
Para ello, tuvimos que aceptar que vinieran más soldados, escondidos entre la maleza para que nadie reparara en su presencia.
Brandon había sido demasiado ingenuo si creía que estarían solos.
—Recuerda que la obligación de Morgana es ayudarnos en nuestro amor —le recordó Omelia en clave—. Así que debe estar presente.
—De acuerdo —exhaló. Entonces, sacó un papel del bolsillo y se lo entregó—. El amor es una batalla en la que a veces se gana y a veces se pierde, ¡qué se le va a hacer!
—Y en esta ocasión mi amor por ti vencerá, Brandon.
Estaban empleando palabras en clave para referirse a la próxima campaña que se iba a organizar contra Zinnia. Sería una ofensiva por parte de Lilith para demostrar que la Corona no se rendía ante el que había sido uno de sus mayores apoyos hacía décadas.
—Creo que no —contestó él.
—No, Brandon. Tus emociones no pueden estar siempre por encima de las mías. De lo contrario, ¿qué mensaje estaría dado a Savannah y Morgana, que nos escuchan? Deben ver que nuestro amor es puro y equilibrado.
O en otras palabras, si siempre perdiera la Corona, ¿qué mensaje daríamos a los ducados que nos apoyaban?
—De acuerdo, pero mi corazón no estará conforme. Sabes que siempre será el que dicte mis acciones.
—Tu corazón debería aprender a no acaparar todas las decisiones de nuestro amor o, de lo contrario, fracasará. Fracasaremos.
Una vez finalizaron su intercambio de palabras en clave, la expresión de Brandon se ensombreció. No parecía querer que su encuentro terminase allí, con Morgana y conmigo presenciando la conversación.
—Omelia, cuídate —le dijo, incapaz de revelar lo que su mente callaba.
—Tú también.
—Y una cosa más...
—¿Qué?
El hijo de los duques de Zinnia nos miró de nuevo para dejarnos claro que nuestra presencia le molestaba. Aun así, volvió a centrarse en Omelia y, tras rodearla por la cintura, la besó. Al principio, ella se sorprendió, pero después se dejó llevar.
Morgana y yo nos dimos la vuelta para ofrecerles algo de intimidad.
—Sobrevive, Brandon —se despidió Omelia. Aunque había adoptado una actitud solemne al acercarse de nuevo a nosotras, a ella también se la veía apesadumbrada.
En el papel que le había entregado Brandon había una localización de las inmediaciones de Zinnia con Dhoul para una fecha concreta. Allí, la Corona realizaría una ofensiva como respuesta a los constantes ataques provocados del ducado.
—Le he dicho que no podemos perder —le explicó Omelia a Lilith en su despacho—. Hemos permitido que se luzcan demasiado, ahora nos toca a nosotras.
A pesar de ser intermediaria entre Zinnia y la Corona, Morgana no había sido convocada al despacho. Ese era el modo de la monarca de demostrarle que ella nunca formaría parte de la familia real, por mucho que fuera mi compañera de vida.
Las escuchaba en silencio, bebiendo una copa de sangre.
A lo largo de las semanas, había empezado a acostumbrarme a que me vieran mientras me alimentaba.
La enfermedad ya no me dominaba como durante los primeros días, y acepté que quizá no era un monstruo.
Era la sed la que despertaba a la bestia que habitaba en mí. Mientras durmiera, todo iría bien.
—Muy bien, Omelia —la felicitó—. Debemos parecer débiles ante Kendra, pero no tanto como para enfurecer a Dahlia y Gardenia.
Sin embargo, no era la única sorpresa que contenía aquella carta. Brandon proponía que, cuando regresáramos de la ofensiva, Zinnia intentara tomar el castillo de Branamor. Con ello, se esperaba que por fin nuestra enemiga saliera a la superficie.
Por el momento, seguíamos sin saber nada de la Reina de Nadie ni de Aaron Brackstone. En las semanas que habían pasado, todavía no habían hecho ningún movimiento, tan solo observaban los progresos de la guerra desde su escondrijo.
—Mandaremos a nuestros mejores soldados —comentó la monarca—, pero también reclutaremos a jóvenes plebeyos de Dahlia y Gardenia. Ellos serán los que caigan en el campo de batalla. Aunque ganemos, debe derramarse sangre en ambos bandos.
Tras su sugerencia de llevar a guerreros sin experiencia, tuve un presentimiento muy desagradable: mi amigo era uno de esos jóvenes plebeyos, a pesar de que no pertenecía a esos ducados. Aún no formaba parte de la Orden de las Espinas, de modo que era el candidato más fácil de sacrificar.