La sed del nuevo despertar (El sacrificio de la corona 2) Capítulo 44
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Capítulo 44

Recordaba el día en que Morgana me contó su historia. Teníamos dieciséis años, y ella estaba encaramada a un frondoso árbol, al que había llegado trepando por sus ramas como si de una montaña se tratara.

Yo, mientras tanto, la observaba desde el césped, cargando con su capa. No comprendía qué le entretenía tanto. De pequeña, a mí también me divertía sentirme como una ardilla o un gorrión, pero en ese momento aquello ya había perdido su encanto.

Cuando se hartó de imitar el comportamiento de un animal, Morgana saltó del árbol como si fuera un ave a punto de echar a volar. Se quejó cuando su cuerpo tocó el suelo, pues cayó mal.

—¿A quién se le ocurre hacer lo que acabas de hacer? —reí.

—A mí —gruñó. Entonces, recuperó su capa negra y se la puso por los hombros—. El otro día vi a los duques de Dahlia por primera vez en cuatro años, mientras Clement y yo nos dirigíamos a una provincia de la zona. Los vimos de lejos, con unos condes, pero lo que presencié fue suficiente.

Su actitud era un disfraz, porque, aunque lo contaba de manera despreocupada, sin darle importancia, sabía que el encuentro le había afectado.

No contesté. La dejé hablar a su ritmo, sin interrupciones.

—Pensé que volverían a comportarse del mismo modo iracundo de siempre —comentó, sin añadir contexto—.

Que me reprocharían que me hubiera ido con Clement.

Pero, en cuanto me vieron, se encogieron, entristecidos, como si mi partida hubiera roto su alma en mil pedazos.

Parece que los desprecios y constantes castigos existían solo de puertas para dentro.

Fuera de su hogar, solo soy la desagradecida hija que los ha abandonado.

—Entornó los ojos, pensativa—. Me... gusta.

—A lo mejor te echan de menos —dije. Intuía que algo había pasado entre ellos, pero tal vez porque ella se había posicionado en contra de los vampiros.

—Créeme, Savie, no lo hacen. ¿Te he contado alguna vez por qué me marché del palacio de Dahlia?

—No —dije, aunque era una pregunta retórica porque ambas lo sabíamos.

—No soy la hija de sangre del duque. Soy el resultado de una aventura de mi madre con su mejor amigo, el conde de Catasia.

Se me formó un nudo en la garganta, pero la dejé seguir. Sentía que necesitaba contármelo.

Me explicó la vida con sus padres, las diferencias con su hermana y cómo había llegado a conocer a Clement con tan solo doce años.

La mandíbula me temblaba cuando terminó de hablar.

Me descubrí la boca para que no viera que su historia me había afectado profundamente, porque no quería que pareciera que sentía pena por ella.

No obstante, no podía comprender que los duques de Dahlia pudieran tener tanta maldad en su interior, y menos con una de sus hijas.

Aunque la relación entre Clement y ella era bastante estrecha, pensé que él debió ver esa desgracia familiar como un modo de desestabilizar tanto el ducado de Dahlia como la Corona. Morgana era la moneda de cambio perfecta.

Morgana reparó en mi poco disimulada reacción, porque añadió:

—No te preocupes, Savie, estoy bien.

Sabía que no lo estaba, pero sonreí y asentí. Aun así, me quedé en silencio.

—¿No me ves diferente ahora que sabes la verdad? —preguntó preocupada. No quería que nuestra amistad quedara ensombrecida por la lástima.

Me volví hacia ella y la tomé de las manos como gesto de apoyo.

—Nunca nada ni nadie hará que te vea con otros ojos. ¿Me has oído? Para mí, eres la misma Morgana, solo que ahora te conozco un poco más.

Morgana se acercó a mí y lloró sobre mi hombro durante un buen rato. Me limité a estar ahí para ella.

—Gracias por confiar en mí, Morgana. Siempre tendrás a una amiga en quien apoyarte cuando lo necesites.

La mirada del duque se cruzó con la mía mientras se acomodaban en sus sillones en la sala del castillo de Branamor.

Él sabía que conmigo no funcionarían sus patrañas, ya que no solo me había visto con Morgana, sino que le había salvado la vida delante de él.

Por lo tanto, no tenía que fingir, ya que no me engañaría con sus halagos.

—¿Qué asunto deseas abordar, Nicolas? —preguntó la reina.

—La guerra contra Zinnia ha estallado. Desde Dahlia, queremos brindar nuestro apoyo.

—Así es —confirmó Margot, su esposa. Mary Anne tan solo asintió con la cabeza.

Protegidos por los muros del castillo, no parecía que hubiera un conflicto como del que estábamos hablando. Pero fuera la gente moría en ambos bandos.

—Pero con una condición —apuntó él.

Sospechaba que esa condición era Morgana.

—¿Qué condición?

—Queremos que Morgana abandone este castillo.

—Se me desencajó la mandíbula—. Después del daño que nos ha causado, nos parece injusto que viva como una invitada más.

Somos conocedores de... —movió la mano en el aire para referirse a mí— la relación que mantienen vuestra hija y ella.

Pero eso no excusa que paséis por alto lo mucho que nos hizo sufrir.

Así que la queremos fuera de Branamor antes de que anochezca.

Apreté los puños hasta notar que las uñas se me clavaban en las palmas. No solo no reconocía lo que había hecho con ella, sino que encima se victimizaba.

—La respuesta es no —dije yo, sin importarme lo que tuvieran que decir al respecto mi madre de sangre u Omelia.

Sin embargo, el duque me veía como a una joven rebelde a la que todavía le quedaba mucho que aprender. Por tanto, ignoró mis palabras y se dirigió a la reina:

—Su Majestad...

—Savannah ha dicho que no.

Nicolas se quedó petrificado ante la respuesta cortante que acababa de recibir. Yo disfruté de su reacción, mientras que Omelia se tensó ante el cariz de los acontecimientos.

—¿Cómo? —preguntó, como si Lilith fuera a retractarse.

—Morgana está aquí en calidad de aliada. Ella conoce Zinnia mejor que nadie, así que la necesitamos a nuestro lado.

—No doy crédito a estas palabras. —Se acarició la barba oscura—. Ella se fue con vuestro hermano, intentó acabar con vos y con el vampirismo y, como recompensa, ahora es una aliada.

Lilith intentó convencerlos sin tener que imponerse. De sus apoyos, Dahlia era el ducado más grande, y también eran sus amigos.

—Nicolas, Margot, Mary Anne... —dijo con calma—. Entendemos que la situación de Morgana es complicada, pero necesitamos aunar fuerzas sin tener en cuenta los conflictos familiares. Ya hemos pagado las consecuencias, no lo hagamos de nuevo.

—Bueno, lo cierto es que... —comenzó su esposa, pero Nicolas no la dejó terminar.

—No, Margot. Déjame hablar a mí, que tú te dejas llevar demasiado por los sentimientos. Como todas las mujeres.

—¿Como todas las mujeres? —le soltó Omelia, furiosa.

Se hizo el silencio. No me sorprendían ese tipo de comentarios; había crecido en Lokkat, donde se decía que una mujer solo era la mitad de una cabeza de familia. Dahlia también estaba al Oeste, así que su manera de pensar era similar.

Margot obedeció la orden de su marido y bajó la cabeza. Sin embargo, la que no se mantuvo en silencio fue su hija.

—Quiero a Morgana de vuelta, padres —dijo Mary Anne con voz temblorosa—. Pero sé que eso nunca sucederá. Aun así, no pienso tolerar que la expulséis del único lugar en el que está a salvo en tiempos de guerra.

Su hermana se comportaba como una parkisana que, por fin, había reunido la poca valentía que había acumulado dentro de sí.

Aquellas palabras despertaron la furia de Nicolas, que empezó a vociferar; a sus gritos se sumaron las súplicas de su esposa y los chillidos de su hija mayor. Los miembros de la familia real observábamos la escena en silencio hasta que la reina se hartó.

—¡Basta!

La orden fue suficiente. Esbocé una sonrisa triunfal al ver cómo se empequeñecían frente a una simple palabra de la monarca.

—No soy vuestra mediadora en conflictos, soy vuestra reina. Aunque sea vuestra amiga, merezco que me tratéis con respeto. Así que poneos de acuerdo y, cuando lo hagáis, regresad. Morgana se queda en el castillo.

Lo dijo de tal modo que el duque no se atrevió a replicar. Se limitó a levantarse e instó a su familia a que se marcharan.

—Una lástima —solté con sorna cuando nuestras miradas se cruzaron.

Sin embargo, en el pasillo les aguardaba Morgana.

—¿Me echabais de menos?

Me incorporé del sofá al oír su voz, pues no esperaba que tuviera fuerzas para enfrentarse a ellos.

—No os veo muy contentos por mí —prosiguió Morgana—. Supongo que preferiríais que me estuviera pudriendo en una tumba con Clement. Mala suerte que la diosa Adhelia no haya dictado ese destino para mí.

Ninguno le contestó, ni siquiera su hermana, pero aproveché para ponerme a su lado para mostrarle mi apoyo.

Me sorprendió que Morgana los observara con una fiereza que jamás había visto en ella. El hielo de su mirada se había fundido y se había convertido en fuego.

—¿Dormís tranquilos por la noche? Después de todo, siempre seré el recordatorio de que no sois la familia perfecta que todo el mundo cree.

En ese momento, harto de aguantar las osadías de Morgana, el duque levantó la mano para propinarle un bofetón. Hice ademán de ayudarla, pero me di cuenta de que no me necesitaba. Morgana interceptó el golpe y retorció la muñeca del duque de Dahlia hasta que soltó un gruñido de dolor.

—Ya no soy la niña a la que manejas a tu antojo. Mientras viva, os acecharé como vuestra peor pesadilla.

Lo mejor de regresar a mis aposentos tras la ceremonia de coronación y las reuniones posteriores fue que, por fin, podía quitarme la pesada tiara, además del delicado vestido.

Repasé la habitación en la que había descansado durante los últimos meses.

Me habían informado de que, como ya era princesa, tendría un torreón para mí sola.

Había elegido un despacho personal y una sala de armas en la que poder entrenar.

Desde que mi vida había cambiado, solo había empuñado la espada por cuestión de vida o muerte o para practicar con Sam.

En ningún momento fue para despejar la mente, como lo hacía en los tiempos en que padre vivía.

También les pedí que una de las estancias fuera un pequeño templo para que, siempre que quisiera, Morgana pudiera rendir culto a las diosas. No quería que fuera mi torreón, sino el nuestro.

—Lo he hecho, Savie —celebró mi compañera de vida tras irrumpir en la habitación—. ¡Lo he hecho!

Parecía asombrada de haber sido valiente y capaz de enfrentarse a ellos tras tantos años.

—Estoy tan orgullosa de ti... —reconocí.

Entonces me miró por fin.

—Gracias a ti.

—Deja de agradecérmelo, Morgana. Has sido tú, no yo.

Después me pregunté si era buena idea contarle la intervención de su hermana durante la reunión. No quería que esa euforia se viera empañada por la melancolía. Al final opté por decírselo, pues no quería ocultarle nada.

—Mary Anne discutió con el duque porque echaba de menos estar cerca de ti.

—Me da igual. —Se encogió de hombros—. Ha tenido años para escribirme, para retomar el contacto. Unas palabras valientes en un momento oportuno no cambian nada.

Puede que su hermana no hubiera sido capaz de enfrentarse a los duques, aunque lo deseara, pero yo no podía marcar qué camino debía seguir para sanar sus heridas. Debía hacerlo ella.

En ese momento, alguien llamó a la puerta. Cuando di permiso, Omelia entró en la habitación. Le lanzó una mirada de soslayo a Morgana, que se había sentado en un sillón mientras hablábamos.

—Te buscaba, Savannah —dijo—. Quería saber cómo te encontrabas después de la ceremonia.

—Estoy bien, solo un poco cansada —respondí sin saber qué más decir. Nuestra relación no había sido la más cordial.

Omelia se quedó en silencio y empezó a pasearse por la estancia, como si estuviera pensando qué más añadir. Pero nada me habría preparado para sus palabras.

—Savannah, yo..., te he tratado muy mal, durante mucho tiempo, en este castillo. No sé si te has dado cuenta.

—Sí —dije, encogiéndome de hombros. Morgana intentó disimular una sonrisita ante mi tono cortante.

Omelia cruzó los brazos, pero no se echó atrás.

—He estado toda mi vida preparándome para llevar el apellido Delagarde con dignidad, y entonces llegaste tú y lo único que hacías era quejarte de todo, mientras que yo no podía hacer ni decir nada, por mucho que no me gustasen algunas cosas.

—Ah, así que es envidia...

Omelia abrió y cerró la boca varias veces, queriendo replicar, pero para mi sorpresa terminó asintiendo. Sin poder evitarlo, me eché a reír.

—Eso es absurdo, Omelia.

Morgana seguía sonriendo, divertida por mi reacción. Mi prima se quedó callada, pero, para mi sorpresa, terminó uniéndose a mis risas.

—Sí, supongo que sí. En fin, solo venía a pedirte perdón.

En otro momento, habría discutido con ella, incluso le habría guardado rencor por su comportamiento pasado, pero estaba cansada. Y la verdad era que no me venía mal tener otra amiga en esta jaula de oro.

—Te perdono. Sé que no te he puesto las cosas fáciles, así que yo también te pido disculpas.

Me gustó pensar que mi relación con mi prima de sangre podría mejorar a partir de esa noche, que podríamos forjar un vínculo más estrecho.