La sed del nuevo despertar (El sacrificio de la corona 2) Capítulo 43
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Capítulo 43

En los días anteriores, había planteado la necesidad de incluir en mi discurso la importancia del pueblo llano. Sin embargo, ni la reina ni la Suma Sacerdotisa lo vieron prudente.

—Ya sabes que... —comentó Lilith.

—Lo sé, lo sé —la interrumpí—, que ellos no nos dan el poder.

—Exacto, si hablas de ellos, tus aliados se podrían sentir ofendidos.

Así que, mientras todos se levantaban y aplaudían mi discurso, me arrepentí de no haber dicho lo que quería. Y no solo de eso, sino también de mi Elección de Gracia.

No lamentaba haber traído a Sam de vuelta, pero, al ver el poder que poco a poco yo estaba adquiriendo en Parkisan, habría podido usarlo para liberarlo de la servidumbre.

La Elección de Gracia debería ser para algo que no tuviese el beneplácito de Lilith.

Como, por ejemplo, la idea que se había ido formando en mi mente en los últimos días.

Una que me ayudaría a demostrar que yo no era como la reina, que podía utilizar mis privilegios para hacer el bien.

Las jornadas previas a la ceremonia, tras repasar todo lo que debía decir, planteé mi inquietud a la reina.

—He cambiado de opinión: quiero otra Elección de Gracia —le dije.

—¿Ya te has cansado de tu amigo? —Levantó una ceja, divertida.

—No; es que veo que desperdicié mi decisión con algo que podría haber conseguido por mi posición en Parkisan.

A Lilith le alegraba que al fin me hubiera dado cuenta de que era una de las personas más poderosas de Parkisan y, con una mueca desafiante, me invitó a que le contara lo que rondaba por mi mente.

—Quiero... quiero que haya un impuesto de sangre, que las sangrías sean obligatorias para algunos ciudadanos.

La sonrisa desapareció de su rostro, y su expresión se tornó en una de hartazgo.

—¿Qué ciudadanos?

Quise mostrarme segura en mi decisión, y hablé hasta que se cansó de escucharme, con la esperanza de que recapacitara y cambiara de opinión.

—Burgueses y baja nobleza. No he pensado en la alta nobleza porque son los que te dan el poder , pero, si lo desean, pueden ser voluntarios también. El pueblo llano pasa demasiadas penurias como para que su sangre esté en buenas condiciones.

—¿Y qué piensas hacer con la sangre que recolectes? Porque sé que venderla no es una opción para ti.

Su semblante estaba cada vez más serio.

—Alimentar a los vampiros más pobres. Eso reducirá el número de ataques y les permitirá tener mejor vida. También se debería bajar el precio de la sangre en las sangrerías. ¡Y se podrían abrir centros para que aquellos vampisanos que se han quedado sin hogar puedan...!

—La respuesta es no.

—Pero...

—No hay «peros», Savannah. Bastante mal está ya la situación como para irritar a nuestros aliados por cuatro vampiros pobres.

La rabia me invadió en cuanto escuché el desprecio con el que hablaba de las criaturas que hacían lo necesario para sobrevivir. Jamás habría pensado que iba a sentir lástima por aquellos que nos atacaban todas las semanas en Lokkat.

—La reina de Korane está aprovechando estas injusticias para conseguir aliados.

—Pero ¿ella está buscando aliados dentro del estamento más bajo? ¿Verdad que no?

No le respondí, sabía que estaba en lo cierto. A Kendra nunca le importarían aquellos ciudadanos que no fueran lo suficientemente importantes como para ayudarle a derrocar a la familia Delagarde.

Después de la ceremonia, los duques de Gardenia, que también eran vampiros, revelaron que la Reina de Nadie se había puesto en contacto con ellos.

—Nos han llegado rumores de que alguien podría tener una cura para el vampirismo —comentó Liam Atkinson.

Decidimos reunirnos con nuestros aliados más importantes para reforzar posiciones en esa falsa guerra civil que se estaba fraguando. Y para asegurarnos de que Kendra no se había puesto en contacto con ninguno de ellos.

Desde el sofá en el que nos habíamos acomodado Omelia, la reina y yo, reflexioné sobre que habíamos sido demasiado ingenuas como para creer que su objetivo era solo Zinnia. Después de todo, aunque Gardenia no era uno de los ducados más fuertes, sí era de los pocos apoyos que le quedaban a Lilith.

—¿Esa reina maldita se ha puesto en contacto con vosotros? —La pregunta de la soberana sonó más a exigencia que a curiosidad.

El silencio fue suficiente para confirmar nuestras sospechas. Tanto Liam como Zacharias se removieron, incómodos, en su sillón.

—¿Cuándo sucedió? —preguntó Lilith.

—Cuando apresasteis a Clement, el día que lo ajusticiasteis o quizá un poco antes —comentó este primero—. Por supuesto, nosotros no queremos tener nada que ver con esa reina. Sabéis que confiamos en vos. Pero fue alentador escuchar a alguien que nos prometía una esperanza.

Lilith colocó ambas manos sobre las rodillas y levantó el mentón, mirándolos seriamente.

—Kendra solo es una reina maldita que intenta tener a un pueblo sobre el que gobernar. Me ofende que creáis que ella tiene un modo de convertirnos a todos en humanos de nuevo cuando nuestras diosas no lo han conseguido.

Podría haberles dicho la verdad, que Kendra había extendido la enfermedad del vampirismo y que esa supuesta maldición no existía.

Sin embargo, Lilith estaba dispuesta a borrarla de nuestra historia, de las crónicas que recogían los acontecimientos importantes de Parkisan.

No solo Kendra se había convertido en la Reina de Nadie, sino que, cuando fuéramos un montón de huesos, ella quedaría en el olvido.

Los parkisanos que nos sucedieran en el futuro no la conocerían, y todos sus intentos por gobernar serían en vano.

—Lo sentimos, mi reina —se disculparon ambos al unísono.

—Si os vuelve a escribir, avisadnos —contestó Omelia—. No es el primer movimiento extraño que hace. Y no nos gustaría que la maldición se extendiera a nuestro reino.

—No quisiera ser descortés, Su Alteza, pero ¿ahora os dais cuenta de que es peligroso acercarse a alguien que se quedó sin súbditos? —le espetó Zacharias a mi prima—. Vuestro tío, las diosas lo tengan en su gloria, estuvo a punto de contraer matrimonio con ella.

—Nunca creímos en su maldición —dijo Lilith—, porque no creemos en la existencia de su dios.

Pero, hace unas semanas, Adhelia se me apareció en sueños y me reveló que la prosperidad de Parkisan corría peligro si dejábamos que se acercara demasiado.

Por eso hay que expulsarla y evitar que regrese nunca más a nuestro reino.

Intenté mantener la compostura ante su relato inventado, pero me costó, y más cuando los duques de Gardenia se mostraron boquiabiertos ante tal revelación. No dudaban de ella; al contrario, era una sorpresa agradable saber que se le había aparecido.

—La diosa Adhelia... —Liam inclinó el mentón—, ¿en persona?

—La familia Delagarde gobierna en Parkisan por su Gracia. Somos lo más cercano a una diosa entre los mortales, pues ellas nos eligieron.

Aquella mentira fue suficiente para que los duques asumieran que, a pesar de las promesas que la Reina de Nadie les había hecho, debían seguir apoyando a Lilith. Porque, de lo contrario, sus diosas no los recibirían en el Prado Más Alto tras la muerte.

Cuando nos quedamos a solas, solté lo que me carcomía por dentro:

—Kendra está ofreciendo a esos vampiros revertir la enfermedad...

—reflexioné en voz alta—. Podríamos hacer una visita a Korane, aprovechando que ella sigue aquí.

—Hacía unos días nos había llegado información de que había sido vista en el ducado de Azalea—.

Encontraremos al animal parasitario que la originó y buscaremos una cura. Después, iremos a por su cabeza.

Ya que Lilith no quería ayudar a los vampiros pobres, pensé que era la forma de que Kendra perdiera aliados. La reina sopesó mi respuesta durante unos segundos y, por un momento, no parecía que le desagradara la idea que le proponía.

—No podemos dividir nuestros esfuerzos ni a nuestros soldados: primero, Kendra; después, la cura.

No me convenció su contestación. Podíamos acabar con ella y, también, avanzar en la búsqueda de cómo revertir la enfermedad.

—Ya hace más de veinte años que Kendra trabaja a mis espaldas con mi chambelán —explicó—. Nos llevan ventaja. No sabemos a qué nos enfrentamos. Así que, hoy por hoy, dividir nuestros objetivos significaría fracasar en todos ellos.

La conclusión fue la misma a la que llegué cuando solo era una campesina de Parkisan: la reina Lilith II era una monarca bastante inepta. No había sido capaz de descubrir una traición de sus más allegados. Y, en ese momento, estábamos pagando las consecuencias.

Quizá, si hubiera tenido un reinado fácil, sin vampiros de por medio, habría sido una buena soberana. Pero a una buena monarca no se la conoce como tal por su inacción en tiempos de calma, sino por sus decisiones en tiempos difíciles.

Fue Omelia la que habló, mientras observaba la escena en silencio:

—Acabemos con ella y después curemos a Parkisan del vampirismo.

Abrí la boca para añadir algo. Sin embargo, en ese instante irrumpieron en la estancia los duques de Dahlia, acompañados por su hija mayor, Mary Anne.

La expresión del parkisano era seria y, en cuanto reparó en mi presencia, torció aún más el gesto.

En cambio, su esposa y su hija esbozaban una sonrisa dócil.

—Su Majestad, tenemos que hablar —comentó Nicolas, el duque de Dahlia.