La sed del nuevo despertar (El sacrificio de la corona 2) Capítulo 42
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Capítulo 42

Cuando me dejaron ir, no me refugié en mis aposentos, sino que me adentré en los jardines y me tumbé sobre un banco con cojines mullidos.

Allí, comencé a mirar las estrellas y la luna, que siempre me habían acompañado, reflejadas en mi marca de nacimiento, y que, aun así, me habían abandonado durante la ceremonia.

La pierna me latía bajo la venda y, al contrario que antes, sentía el dolor. Demasiado.

Un cúmulo de emociones me invadía, y no sabía cuál tenía más peso: si el hecho de que había estado a punto de morir o que cada vez pensara más como Lilith. Les pedí a mis escoltas que me dejaran sola y, para mi sorpresa, accedieron.

Unos instantes más tarde (o, más bien, una eternidad después), una silueta emergió de la oscuridad con paso agitado.

Sin verla, supe que era Morgana, que debía de haber estado buscándome por el castillo, quizá durante horas.

Venía acompañada por sus escoltas, aunque sabía que en realidad no lo eran. La reina seguía sin confiar en ella.

—He oído que tu proclamación como princesa será en unos días —comenzó.

Asentí y la observé mientras se acercaba. Después, se sentó a mis pies y examinó mi pantorrilla.

—¿Cómo te has hecho esto? —preguntó con preocupación.

—No he superado el Rito de las Doce Espinas.

—¿Era hoy?

Me sorprendió que lo conociera, pues había sido uno de los textos censurados del Elanon. Sin embargo, había pasado muchos años junto a Clement; seguro que él se lo había contado. Me incorporé para contarle lo que había sucedido.

—Cuando la Suma Sacerdotisa preguntó a la diosa Talamia si iba a tener un reino sano, algo intentó ahogarme —le expliqué—. Pero Lilith y Omelia lo impidieron. Así me he hecho lo de la pierna.

—Yo tampoco habría dejado que te mataran ante mis ojos. Aunque vaya en contra de los deseos de Talamia.

Era una gran devota, pero todos teníamos un precio: nuestras ambiciones o las personas por las que daríamos la vida.

—Las diosas existen —dije, confusa.

Cada vez me costaba más mantener la idea de que había sido un escenario preparado por la Suma Sacerdotisa. El modo en que esa enredadera había tirado de mí... Parecía tener vida propia.

—Pues claro que existen, aunque no las veas.

Sin embargo, aquella afirmación no me aliviaba.

Siempre había creído que las deidades no eran reales porque, de haberlo sido, no habrían dejado desamparados a miles de parkisanos.

Sin embargo, en ese momento pensaba que, en realidad, simplemente no les importábamos lo suficiente.

Que solo aquellos con poder para extender su palabra merecían su atención.

—Me proclamarán princesa aunque no haya superado el rito —dije—. Y me da igual.

Morgana no necesitó más para saber a qué me refería: años atrás, no habría permitido ningún tipo de corrupción, ni aunque me beneficiara. En ese momento, ya no lo veía tan claro.

—Por desgracia, el poder moldea nuestros valores, Savannah. Es fácil posicionarse en contra de las injusticias cuando eres tú quien las sufres.

—¡Pero no lo entiendes! Lo hago por el bien del reino, porque sé que puedo ayudar a mucha gente si...

No terminé la frase. «Por el bien de seguir siendo reina», solía decir Lilith cada vez que le reprochaba algo.

—Empiezo a sonar como mi madre de sangre, Morgana. —Me cubrí la cabeza con las manos—. Estoy mudando la piel y me estoy convirtiendo en ella.

El parecido era indudable, y no solo por la manera de pensar. Mi piel había perdido gran parte del bronceado propio de las campesinas y, además, mi cabello estaba mucho más brillante y fuerte. Que ambas fuéramos vampiras era solo la gota que había desbordado el océano.

—Que suenes como ella y te parezcas a ella no significa que seáis iguales.

Morgana y yo sabíamos que, aunque no fuera como Lilith, empezaba a adoptar algunas de sus actitudes. Nos quedamos en silencio. En esos instantes de reflexión, tomé conciencia de que había algo que no le había contado.

—Sabes que los duques de Dahlia están invitados a mi ceremonia, ¿verdad?

—Sí —asintió, segura—, pero no tengo miedo. Ya no.

Ladeé la cabeza, sorprendida ante su revelación. Entonces, me tomó entre las manos y añadió:

—Sé que, mientras estés a mi lado, no tengo nada que temer.

Y es algo que jamás encontré en el castillo antes de que llegaras.

Así que no, no te pareces a ella. A pesar de los contratiempos que hemos sufrido en los últimos meses...

—pareció leer mis pensamientos—, sigo pensando que eres la única persona que me ama de verdad. Y por eso te quiero.

Morgana se sonrojó e intentó apartar la cara, pero la sujeté suavemente de la barbilla para impedirlo.

Después, la besé despacio, la primera vez desde que me habían convertido, pues las heridas de mi rostro ya habían sanado.

Al principio me estremecí porque temía hacerle daño con los colmillos.

La besé con delicadeza, pero no pude evitar saborear una gota de su sangre al clavarle el diente sin querer.

—Lo siento —dije.

Se frotó un dedo en la herida y me lo tendió para que lo lamiese. Tomé su mano y obedecí, complaciente.

—¿Empezamos de nuevo, Morgana? Sin reproches ni rencores. Las dos nos hemos hecho mucho daño en los últimos meses, pero me gustaría que, a partir de ahora, pudiéramos dejar atrás el pasado. Si quieres...

Se mantuvo en silencio unos instantes. Quizá lo había reconsiderado y se había arrepentido. Sin embargo, cuando asintió y esbozó una tímida sonrisa, una de las pocas que solía regalarme, sentí que la presión en mi pecho se disipaba.

Me puse en pie y me acerqué a un arbusto de zinnias. Arranqué una de sus flores y la coloqué entre sus dedos corazón y anular de la mano izquierda, como si fuera un anillo.

—Cuando todo esto acabe, Morgana, ¿te gustaría ser mi esposa?

Ni siquiera había terminado de pronunciar la frase cuando me contestó:

—Sí. —Una amplia sonrisa iluminó su cara, lo que me dejó sin aliento, y tomó mi rostro entre las manos, sin soltar mi obsequio—. Las flores, la luna y las estrellas serán testigos de nuestro amor. Hoy, mañana, hasta mi último aliento.

Y me volvió a besar.

La conversación con Morgana seguía rondándome cuando entré en el templo días después. Aún me costaba creer que hubiera sido real. Mientras me dirigía a mi proclamación como princesa, me aferré a ese momento.

Llevaba un vestido gris claro para mostrar que, aparte de la Suma Sacerdotisa, la familia real era la que tenía el alma más pura por su cercanía a las diosas.

Era ligero, como una brisa suave en un día soleado.

Mis hombros estaban al descubierto, y las únicas mangas eran dos tiras de seda en torno a cada brazo.

Para mí, el elemento más llamativo era el rubí que adornaba mi escote, que se convirtió en el talismán que me guiaría hasta el altar en el que días atrás casi había perecido.

Intenté mantener la mirada fija en el centro, donde se encontraban la Suma Sacerdotisa y la reina.

Sin embargo, en ese momento yo era el centro de atención, y no me gustaba sentirme tan expuesta.

Llevaba el cabello recogido en un moño, de modo que los mechones que caían con gracia alrededor de mi cara no eran suficientes para ocultar mi rostro.

Algunos nobles de diferentes ciudades de Parkisan, los duques de Dahlia y los de Gardenia estaban entre los invitados a la ceremonia, y se habían acomodado en los diferentes bancos, donde también se encontraba mi prima de sangre.

Los soldados de la Orden de las Espinas flanqueaban los bancos a ambos lados para comprobar que todo marchara como debía. Aunque todavía no fuera uno de ellos, mi amigo Sam había sido convocado por sus propios miembros, que lo acogieron como si fuera uno más.

A pesar de mis deseos, Morgana no fue invitada. Seguía sin ser bien recibida en el seno de la familia real, y menos con los duques presentes. Por eso, la única persona que necesitaba que estuviera a mi lado solo me acompañaba en mis recuerdos.

—Savannah Delagarde, bienvenida a tu proclamación como princesa —me saludó la Suma Sacerdotisa.

Habíamos estado ensayando para ese momento: ella me tendería la mano y yo debía aceptarla para entrar en el círculo de piedra.

Después, realizaría una reverencia a mi madre de sangre (que también se encontraba allí) y, juntas, escucharíamos la ceremonia religiosa.

Seguí las instrucciones sin planteármelas, como si solo fuera un cuerpo que actúa según lo que se espera de él.

—Bienvenida —musitó Lilith cuando me puse a su lado. Asentí a modo de respuesta.

Durante la ceremonia, Lorelai habló de las nuevas generaciones, de la importancia de confiar en la Corona en tiempos de turbulencias y, principalmente, de que la sangre real seguía corriendo por mis venas, a pesar de que me hubieran educado como a una campesina.

—Aunque su crianza parezca impura, no hay duda: las diosas la eligieron cuando nació bajo el amparo de su majestad Lilith II —pronunció con solemnidad—. Ni el oficio más humilde del pueblo llano puede eliminar eso.

Se me dilataron las aletas de la nariz al escuchar cómo había llamado al campesinado.

En ese momento, sentí un leve empujón en la parte baja de la espalda por parte de Lilith para que me acercara a Lorelai.

En silencio, y con el corazón latiéndome con fuerza, me coloqué frente a ella.

Entonces, una de las sacerdotisas le trajo un cuenco con una infusión hecha con nuestras cuatro flores.

—Savannah Delagarde —dijo con solemnidad, levantando el recipiente—, este elixir te aportará la sabiduría divina otorgada por las mismísimas diosas. Ellas te acompañarán hasta el fin de tus días, primero como princesa y luego como reina.

Tomé el cuenco con manos firmes, aunque temblaba por dentro. La infusión estaba tibia, por lo que fue más sencillo beberla de un trago. El sabor de la combinación de las cuatro flores era agradable y, además, reparé en que le habían puesto miel.

Pero no sentí ningún tipo de revelación divina al terminármela; las diosas no estaban de acuerdo con mi coronación. Sonreí para mis adentros mientras pensaba cuánto tardarían en mandar una catástrofe natural o algún otro tipo de desgracia por haber desobedecido su voluntad.

A través del ventanal hexagonal, seguían entrando los rayos del sol de la tarde, los únicos que los vampiros éramos capaces de tolerar.

Aguardé al esperado momento de mi coronación como princesa, que marcaría un antes y un después en mi vida. Ese sería mi destino hasta el fin de mis días, y me sorprendió darme cuenta de que estaba preparada.

Podía hacerlo bien.

Al menos, mejor que mi madre de sangre. Aunque las futuras decisiones que tomara cuando fuera soberana no complacieran a los presentes.

La reina apareció ante mí con una tiara, no tan exuberante como su corona, pero igual de suntuosa. Cientos de pequeños diamantes adornaban el accesorio que me distinguiría de los demás y, en el centro, esas mismas piedras preciosas formaban una gran flor.

Incliné el mentón para que Lilith pudiera colocármela.

—Savannah Delagarde, como hija mía, te entrego los dones que tu abuela me dio antaño. A partir de hoy, eres la princesa de Parkisan y la persona que me sucederá en el trono cuando las diosas me lleven con ellas al Prado Más Alto.

De inmediato, sentí que el peso de Parkisan recaía sobre mis hombros. Para ser tan pequeña, la tiara era demasiado pesada, y sospechaba que el cuello me dolería al final de cada día que debiera llevarla.

Era como sostener un reino entero sobre la cabeza.

Avancé hasta el borde del círculo de piedra casi sin ser consciente; mi cuerpo se movía al margen de mis órdenes.

Habíamos repasado mi discurso hasta la extenuación y, aunque me hubiera gustado ser honesta, no podía serlo frente a toda esa gente. No porque me preocupara su reacción, sino porque era consciente de que ni Lilith ni la Suma Sacerdotisa me habrían dejado terminar.

Así que abrí la boca, consciente de que estaba mostrando los colmillos. Carraspeé antes de decir:

—Es un honor ser nombrada princesa de Parkisan ante vuestros ojos —empecé—. Estamos en tiempos tumultuosos. Zinnia nos ha declarado la guerra por ajusticiar a Clement Delagarde.

Acordamos que, de cara a los demás, la Corona era la responsable de su muerte. De lo contrario, ese tercer frente pondría de manifiesto la vulnerabilidad de la familia real y podríamos perder el apoyo de los presentes.

—Pero, mientras estemos unidos, esta guerra solo derramará sangre por un lado. ¡Por el de los traidores que han atentado contra la Corona durante dos décadas!

Aguardé en silencio a que terminaran con los vítores, apretando los labios con fuerza en un amago de sonrisa. Pero no estaba contenta.

Porque ese no era el discurso que quería dar.