Capítulo 41
No estaba lista. Ni siquiera había terminado mi formación como futura princesa, y no me sentía preparada para aceptar la responsabilidad que se cernía sobre mí.
Por eso me dirigí a los aposentos de la reina, donde estaba desayunando. En la bandeja había dos copas de sangre. Esperaba mi llegada.
—Sabía que vendrías. —Me acercó uno de los cálices.
—No tengo sed —repliqué.
—Claro que tienes sed. No reprimas tu instinto, no seas tan orgullosa como yo por haberte convertido.
Odiaba que fuera capaz de leerme de ese modo. Quizá la duquesa de Zinnia tuviera razón y me pareciese a la reina más de lo que me gustaría admitir.
—¿Estás emocionada por el rito?
—No es el momento —le contesté mientras acababa aceptando la copa a regañadientes. Aunque era cierto que aún no tenía sed de sangre, mi paladar no rechazó la propuesta, y comencé a beber.
—Savannah, se avecina una guerra —dijo mientras yo abría la boca para protestar—, del tipo que sea. Necesitamos que el bando de Kendra nos vea fuertes y, para eso, tenemos que afianzar tu posición como princesa.
Quise decirle que todavía me quedaba mucho por aprender.
Habría querido someterme a esa tradición cuando sintiera que fuera el momento.
Sin embargo, entendí que era una posición estratégica de cara al conflicto bélico con la Reina de Nadie.
De modo que me marché de sus aposentos tras vaciar el contenido de la copa, sin añadir nada más.
La que tampoco estuvo de acuerdo con que se celebrara el Rito de las Doce Espinas fue la Suma Sacerdotisa, que ya había terminado de formar a mis antiguos compañeros.
—No es recomendable que Savannah se enfrente ahora al juicio de las cuatro diosas —nos explicó horas más tarde, en el despacho personal de la reina.
—¿Es que acaso tienes algún tipo de interés en que no sea princesa? —replicó Lilith.
Tras la traición de su chambelán, veía cualquier oposición a sus deseos como un atisbo de deslealtad.
—Su Majestad, no soy vuestra enemiga. Solo digo que las condiciones de Savannah podrían afectar al resultado del rito. —Claramente, se refería a que era vampira.
Según me contó Omelia el día que le pregunté por el rito, la diosa Talamia juzgaría si concedería salud a mi pueblo. En ese momento, mi cuerpo ni siquiera gozaba de ella. Desde luego, si yo fuera una divinidad, no elegiría a una vampira como princesa.
—Todas sabemos que esa ceremonia es una farsa —le espetó Lilith—. La inventaron nuestros ancestros para que nos sintiéramos más cerca de las diosas. A lo largo de los siglos, nadie ha sido rechazado, así que no le sucederá nada.
En eso estaba de acuerdo con la reina de Parkisan: aquella tradición no era más que una fábula de nuestros antepasados, como nuestra mitología.
Aunque aún no quisiera enfrentarme al rito por lo que suponía para mi futuro, no temía que esas supuestas diosas me rechazaran.
No habían sido capaces de acudir en auxilio de madre, ni de Clement, ni de los parkisanos y vampisanos que habían perecido días atrás.
¿Por qué iban a descender desde el Prado Más Alto por mí?
Lorelai intentó hacerla cambiar de idea. Sin embargo, sabía que no la haría entrar en razón, por lo que la Suma Sacerdotisa levantó las manos en señal de rendición.
—Que así sea, pues —aceptó, resignada.
La preparación para el rito empezó en aquel mismo momento.
Se suponía que debía quedarme aislada para reflexionar sobre la ceremonia, de modo que me recluyeron en una habitación sin ventanas para que no me molestara el sol y la iluminaron con cirios.
En el centro de la estancia había un montón de cojines para que me acomodara y pudiera relajarme, sin estímulos externos que me distrajeran.
No fue una experiencia agradable; la soledad traía consigo pensamientos incómodos, como que había perdido a mi familia, la que me había visto crecer. Aunque me quedara Morgana y hubiera descubierto que tenía una madre y una prima de sangre, no era lo mismo. Ya no los tenía a ellos.
Aquellos recuerdos tan opresivos que me asediaban se veían interrumpidos de vez en cuando por la irrupción de sirvientas por distintos motivos: embadurnar mi cuerpo con aceites esenciales o purificar el ambiente con incienso. Todo para que pudiera relajarme aún más.
Sin embargo, en una de las ocasiones en que me trajeron la comida, vi que las acompañaba una parkisana vestida con una camisola blanca. Se me encogió el corazón.
Era una sirvienta de sangre.
Ya me había alimentado en el castillo, pero aquello era distinto. Aunque la fuente de la que provenía era la misma, no tenía que ver sus rostros, no tenía que ver cómo su salud empeoraba para que la mía mejorara.
—No quiero; ya he bebido hoy.
Por lo que estaba comprobando, la necesidad de alimentarme de sangre sana solo aparecía una vez al día. No necesitaba más.
—Debéis estar fuerte para el Rito de las Doce Espinas —insistió una de las trabajadoras del castillo.
Posé la mirada en la sirvienta, ataviada con el camisón blanco, que me observaba con rabia. Debía de odiarme por mis orígenes, o quizá porque no me considerara digna de arrebatarle un destino que ella creía merecer más.
Su mirada de desprecio hizo que, cuando clavé los colmillos en su muñeca, no me apenara tanto. Elegí los dientes para probar la experiencia y, en efecto, el sabor de la sangre mezclado con el de su piel era asqueroso.
Después de beber y comer, me dejaron de nuevo a solas, y no regresaron a por mí hasta que llegó la hora de celebrar el Rito de las Doce Espinas. Unas sacerdotisas me trajeron un albornoz blanco y me pidieron que me desnudara y me cubriera con él.
El corazón me golpeó con fuerza. Había llegado la hora.
En el templo real solo se encontraban Lilith, Omelia y la Suma Sacerdotisa. Me sorprendió ver que no había ningún soldado de la Orden de las Espinas. Todos se quedaron fuera para que la ceremonia resultara más íntima.
Necesitaba a Morgana a mi lado, pero sabía que nunca la invitarían a nada que estuviera relacionado con la familia real. Si permanecía en el castillo era por mí..., o por no perjudicar la incipiente relación que la Corona empezaba a entablar con Zinnia.
En el templo habían retirado el bloque de piedra del centro, y quedó a la vista una piscina termal rodeada por las estatuas de las diosas, como me había adelantado Omelia. Los rayos del atardecer se colaban por los ventanales y caían sobre el agua, que tenía matices dorados, casi anaranjados.
Me asomé y reparé en que no se veía el fondo. Debía de ser mi percepción, pero me imponía meterme allí.
—¡Bienvenida a tu Rito de las Doce Espinas, Savannah Delagarde! —El tono de Lorelai era similar al de una felicitación—. Desnúdate y sumérgete en el agua cuando estés preparada.
Las sacerdotisas que me acompañaron me ayudaron a quitarme el albornoz frente a todas las presentes. Durante aquellas semanas, había tenido que acostumbrarme a mostrar mi desnudez, pero eso no significaba que hubiera perdido el pudor; solo me había resignado.
En cuanto me metí en la piscina, el agua cálida me envolvió hasta los hombros, como si quisiera ocultar mi cuerpo a miradas ajenas. Me quedé en el borde, aferrada al césped para no hundirme demasiado.
En ese momento, la Suma Sacerdotisa se acercó a mí, y reparé en que cargaba una cesta con las cuatro flores favoritas de las diosas. Inspiré hondo; el ritual había comenzado.
—La providencia de las diosas determinará si Savannah Delagarde merece reinar y continuar el linaje real. Su voluntad siempre será aceptada.
Desvié la mirada hacia un punto fijo del suelo, y mi respiración comenzó a ensordecer mis oídos. Que no me tomara en serio la ceremonia no significaba que, de un modo u otro, no me pusiera nerviosa.
—Savannah Delagarde, ¿es tu destino reinar?
Levanté la cabeza. La Suma Sacerdotisa parecía atenta a la estatua de la diosa Adhelia, que decidiría si mi destino era reinar. No sucedió nada, así que deduje que ella me había aceptado como princesa. Entonces, Lorelai tiró una gardenia al agua para indicar el beneplácito de esa diosa.
—Savannah Delagarde. —Se situó frente a la estatua de Amarea—. ¿Tus intenciones como futura reina son buenas?
De soslayo, vi que Lilith y Omelia se tensaban, algo inquietas. Quizá les preocupaba que el hecho de no haber terminado mi preparación tuviera consecuencias negativas.
No pasó nada, y una azalea cayó junto a la gardenia que ya reposaba en el agua. Ellas respiraron aliviadas.
Sin embargo, volvieron a mostrarse nerviosas cuando la Suma Sacerdotisa se colocó frente a la estatua de la diosa Talamia. Me aferré al borde de césped, porque yo tampoco me sentía cómoda con esa pregunta.
—Savannah Delagarde, ¿brindarás salud tanto a tus súbditos como a ti misma?
Tragué saliva con dificultad y sentí que mis colmillos se clavaban suavemente en el labio inferior. Hasta aquel momento, no me había brindado salud a mí misma: me había convertido en vampira. Y no solo eso: no fui capaz de proteger a la gente del castillo que murió durante el último ataque.
No pude salvar a madre. Los ojos se me llenaron de lágrimas al recordarla y pensar que, por un momento, parecía que la fortuna estaba de nuestra parte.
Observé a la reina, que, por protegerme, se había convertido en vampira. Desde mi nacimiento, había causado muerte y destrucción. Ya conocía la respuesta: no llevaría salud a mi pueblo.
De pronto sentí que algo se clavaba en mí, como cuchillos afilados. Pero no era un arma, sino la enredadera de las doce espinas de la que me habían advertido. Ahogué un grito, sin dar crédito a lo que estaba sucediendo. Se suponía que el rito era mentira, lo pensaba incluso la reina...
—¡N...! —traté de exclamar.
Cuando quise darme cuenta, mi cabeza ya se encontraba bajo el agua. Luché como pude para salir a la superficie, pero cada vez me alejaba más de ella. La estatua de la diosa Talamia presenciaba mi sentencia de muerte, una que ella misma estaba ejecutando.
No había podido tomar aire por la sorpresa; para entonces, había comenzado a tragar agua.
En ese momento vi que alguien se zambullía en la piscina y tiraba de mí.
La reina. No permitiría que muriera ahogada.
Consiguió sacar mi cabeza, aunque la enredadera tiraba de mí con fuerza y volvía a sumergirme.
—Lilith, no... interponer en los deseos... diosas. —Escuchaba a la Suma Sacerdotisa entre forcejeos—. Tienes... dejar... lleven.
Al instante apareció Omelia para ayudar desde la superficie, y ambas tiraron de mí hasta que la enredadera me soltó, no sin antes desgarrar aún más mi pantorrilla.
Fuera de la piscina, me encogí sobre mí misma y comencé a toser. Incluso acabé vomitando sobre el césped, profanando el suelo del templo. De reojo, vi que Omelia y las sacerdotisas auxiliaban a Lilith, pues el peso del vestido le impedía salir por su propio pie.
Con delicadeza, las sacerdotisas me echaron el albornoz sobre el cuerpo desnudo para no tocar la sangre negra de mi pierna. Conté las doce heridas, algunas encima de las que me había hecho hacía unos días, que se desgarraron cuando me sacaron del agua. Aun así, no sentía dolor.
—Rito no superado —sentenció Lorelai, que me miraba con desaprobación desde arriba.
Cuando conseguí que todo dejara de dar vueltas, me incorporé para encararme con la Suma Sacerdotisa.
—Esto lo has preparado tú, ¿verdad? —Tosí—. Para demostrar que no estoy lista para ser reina.
Lo que había sucedido era demasiado difícil de asimilar para una mente que jamás había creído en la existencia de las cuatro diosas.
—Han sido las diosas, no yo —respondió solemne.
Entonces Lilith se colocó frente a mí y me envolvió entre sus brazos con fuerza. Comenzó a besar y a acariciar mi cabeza mientras yo me quedaba de pie, sin saber cómo reaccionar ante sus muestras de cariño. Con el cuerpo tembloroso, le devolví el abrazo a mi manera.
—Creí que te perdía, Savannah —susurró—. Diremos a todo el mundo que has sido aceptada por las diosas y organizaremos tu ceremonia como princesa.
Mientras asimilaba sus palabras, miré a Omelia, que mantenía las distancias para no mancharse con mi sangre vampírica. Con la mirada, parecía preguntarme si me encontraba bien, pero no intervino. Ella sabía, al igual que yo, que la conversación entre la reina y la sacerdotisa no había terminado.
No me sorprendía que la reina fuera capaz de saltarse la supuesta decisión de la diosa Talamia, sino que a mí no me importara que lo hiciera.
Nunca había estado de acuerdo con que la Corona usara el poder de Parkisan a su favor.
Sin embargo, si eso era lo necesario para que el reino y mi vida prosperaran, que así fuera.
Si continuaba con vida, podría ayudar a mucha gente.
—¿Vas a ir en contra de los deseos de tus diosas? —le reprochó la Suma Sacerdotisa en voz baja.
—Estoy por encima de las diosas, Lorelai —dijo volviéndose hacia ella mientras me soltaba—. No lo olvides.
Aquella fue la primera vez que vi perder la compostura a la máxima autoridad religiosa. Borró su expresión cándida.
—No os reconozco, Su Majestad. La providencia divina está por encima de los deseos de los mortales. No consentiré que su voluntad sea ignorada por un capricho mundano. Ni siquiera viniendo de la reina.
Sin embargo, mi madre de sangre no se amedrentó, sino que alzó el mentón para mostrarse aún más firme en su decisión.
—¿Quieres que recordemos lo que le sucedió a aquella compañera tuya? —le espetó—. Fue una lástima que se quitara la vida. Sobre todo, cuando todos la veían como la reencarnación de la Santa Sangrienta...
Lorelai apartó la mirada, y comprendí que la familia real no era la única con las manos manchadas de sangre. Las personas que se creían por encima del bien y del mal solían ser las más hipócritas. Y la Suma Sacerdotisa no era una excepción.
—Te ayudé a ocultar el crimen, Lorelai, porque siempre te preferí a ti, que te conozco desde niña, antes que a una simple pescadora que sintió la llamada de las diosas.
—Un escalofrío me recorrió al oír el desprecio con el que hablaba del pueblo llano—.
Aquel día ignoraste los deseos de tus diosas por avaricia, así que yo lo voy a hacer hoy para proteger a mi familia y mi reino.
Vi que a la parkisana le temblaba la mandíbula. Con dificultad, me coloqué al lado de Omelia mientras presenciaba aquel duelo silencioso.
—¿Estás bien? —me preguntó al fin, apretándome el hombro en un gesto cariñoso que no me esperaba.
Asentí con la cabeza, a pesar de mi estado. La parte baja del albornoz se había teñido de negro por la sangre, pero yo no sentía dolor, aunque cojeaba al andar. Estaba tan entumecida por el susto de haber estado a punto de morir y por la discusión que no lograba regresar a mi cuerpo.
En ese momento llegó una curandera vampira, avisada por las sacerdotisas, para sanar mis heridas. Entonces escuché la sentencia de la Suma Sacerdotisa ante las amenazas de Lilith:
—Oficiaremos la ceremonia en unos días, en cuanto lleguen los duques.