La sed del nuevo despertar (El sacrificio de la corona 2) Capítulo 40
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Capítulo 40

En el exterior del templo había un pequeño cementerio para los trabajadores más allegados, organizado en función de su estamento. En la parte noble estaba enterrado Locke, con la estatua de la Santa Sangrienta cargada de flores sobre su lápida.

En la zona de los sirvientes de los estamentos más bajos se hallaba la lápida de madre. Mildred Montgomery.

Me quedé paralizada.

—No es posible... —dije—. No puede estar muerta. Seguro que la han secuestrado para hacerme daño, como hizo Clement.

Morgana se había cubierto la boca con la mano y contenía las lágrimas, pero yo la miraba con escepticismo. Y no solo a ella, sino también a mi familia de sangre.

—¿Cómo puede estar muerta?

Una terrible realidad se abría frente a mí. Aunque madre se encontraba bien la última vez que la vi, la muerte no avisaba antes de llevarse a alguien al Prado Más Alto.

Morgana me rodeó por la cintura y me atrajo hacia ella mientras me desmoronaba. Me dejé caer al suelo, derrotada, leyendo sin cesar su nombre en la lápida.

—No puede estar muerta. —Negué con la cabeza—. ¿Habéis visto su cuerpo?

—Savannah, oficiamos un funeral porque sabíamos que era importante para ti —admitió Omelia—. Por su alma, por la de Clement y por la de los trabajadores más allegados.

Era. Arañé la tierra sobre la que descansaba el cuerpo de madre, como si de ese modo pudiera llegar hasta ella.

No podía estar sucediendo.

Me levanté de forma brusca y sentí que el mundo giraba a mi alrededor.

—¡No es verdad! ¡No está muerta!

—Le llegó su hora, Savannah —dijo Lilith—. Hicimos lo posible para...

—¡Por supuesto que le llegó su hora! —grité, tan fuerte que empezó a dolerme la garganta—. ¡Seguro que la dejasteis desprotegida porque no era nadie para vosotras!

Me callé en cuanto Morgana me estrechó entre sus brazos con más fuerza. Aunque al principio me revolví, al fin cedí. Rompí a llorar en su hombro.

No era justo. Había recuperado a madre y la perdía apenas unos días después. Si las cuatro diosas existían, no habrían permitido aquella desgracia. No habrían permitido ninguna de las muchas que asolaban Parkisan.

Pasé largo rato en los brazos de mi compañera de vida, mientras los presentes guardaban en un respetuoso silencio.

Cuando me aparté de Morgana, la reina de Parkisan añadió:

—¿Ves esta herida? —Se señaló el rostro—.

Me la hice intentando salvar a esa campesina.

Cuando la encontré ya era demasiado tarde, pero intenté protegerla porque sabía que no me perdonarías que le sucediera algo.

Pero no pude hacer nada más que matar al traidor con mis propias manos.

No creas que no me ha pesado que hayas tenido que regresar y encontrarte con esta noticia.

No dudaba de que le hubiera apenado no ser capaz de salvar a madre por mí, pero tampoco titubeaba al pensar que una parte de ella se sentía más tranquila al comprobar que ya no tenía a nadie con quien competir por mi amor. Solo me quedaba una madre, y esa era ella.

—Tu amigo Sam se encuentra bien —añadió—.

Estuvo ayudando a mis soldados a auxiliar a los sirvientes.

En algunos momentos fue más un estorbo que otra cosa, y tuvieron que pedirle que dejara de intervenir.

Pero tiene potencial como soldado. Dos compañeros lo están entrenando y, si de verdad mejora para la fecha acordada, podrá unirse a la orden.

Así ya no tendrás que enseñarle por tu cuenta.

A pesar de la abrumadora tristeza que sentía, me alegró saber que las prácticas de Sam conmigo no solo sirvieron para que sobreviviera o ayudara a otros, sino para que la reina se diera cuenta de que merecía una oportunidad en la Orden de las Espinas.

Mis escoltas me informaron de que Sam se había enterado de mi regreso y quería verme, pero, cuando regresé a mis aposentos, no tenía fuerzas para nada más que desplomarme sobre la cama.

Estaba tan cansada y destrozada que solo quería dormir.

De modo que decidí visitarlo a la mañana siguiente, mientras entrenaba con otros soldados de la Orden de las Espinas.

Cuando abrí los ojos, hinchados de tanto llorar, Morgana descansaba a mi lado.

Había ido a visitar la tumba de Clement, de manera que las dos tuvimos tiempo para estar solas.

Siempre había soñado con el día en que nos despertáramos la una en los brazos de la otra, pero jamás habría imaginado que sería en una situación tan amarga como aquella.

La dejé descansar y me dirigí a una de las salas de armas en la que estaban entrenando los guerreros. Allí, mi amigo aprendía diferentes técnicas de desarme con los que algún día serían sus compañeros, si así lo decretaba la reina.

Mientras Sam estaba concentrado en su clase, no pude hacer más que apoyarme en el marco de la puerta hasta que reparó en mi presencia.

Se le iluminó el rostro y, por un momento, hizo ademán de acercarse a darme un abrazo.

Pero yo tenía otra idea mejor, así que tomé una espada bastarda como la que él blandía y la empuñé con una mano.

Recibió mis estocadas con soltura, ante la atenta mirada de los dos soldados. Sus movimientos seguían siendo algo torpes, pero había mejorado.

Aun así, seguía siendo un oponente fácil, sobre todo dada mi nueva naturaleza de vampira.

Los sentidos me ayudaban a prever sus movimientos con rapidez.

Además, sus jadeos de cansancio sonaban mucho más estridentes en mis oídos.

De todos modos, no quería arruinar el reencuentro, por lo que dejé que creyera que superarle me estaba costando más que en otras ocasiones.

Sin embargo, mi alegría por volver a verlo hizo que esbozara una sonrisa abierta y asomaran mis colmillos. Hasta ese momento, no se había dado cuenta porque las abrasiones de mi rostro habían mejorado algo, pero mi nueva dentadura me delató.

La reacción de Sam fue imperceptible, un pequeño gesto que se desvaneció como el humo, pero suficiente para que me desconcentrara.

Aprovechó para retorcerme la muñeca y hacer que la bastarda cayera al suelo. Los dos soldados que lo entrenaban aplaudieron ante su victoria, pues había empleado una táctica que acababan de enseñarle.

—¡He ganado a la gran Savannah! —celebró.

Esbocé una mueca alegre, esa vez sin separar los labios. Entonces, los vampisanos que lo entrenaban nos dejaron solos y, tras soltar nuestras armas, Sam no dudó en estrecharme entre sus brazos con fuerza. Ahogué un grito cuando me levantó del suelo.

—¿Cómo... cómo has estado? —me preguntó con delicadeza cuando me soltó.

Era su modo de preguntarme qué había sucedido desde que me secuestraron hasta que me convirtieron en vampira. Me escuchó con atención mientras se lo contaba con la mayor entereza posible, sin venirme abajo.

Bueno, casi todo.

—Morgana y yo intentamos hablar con la duquesa de Zinnia, pero no salió bien.

Cada vez que tenía que mentirle a Sam sentía una presión en el pecho. No obstante, no podía serle todo lo honesta que me habría gustado, aunque le había prometido en su momento que sería sincera con él.

—Me han comentado mis compañeros que la reina enviará una nueva compañía para combatir contra las tropas de Zinnia —contestó—. Uno de ellos se marcha en unas horas con la guardia. Pero esta guerra es injusta; la Corona no ha tenido nada que ver con lo que ha sucedido.

Se me formó un nudo en la garganta al escuchar las palabras de Sam. Aquel vampisano arriesgaría su vida para nada.

—Sí..., la situación se ha complicado.

Le había prometido a Sam que no habría más mentiras, pero aquella era una patraña que incluso se escapaba a mi control.

Entonces Sam hizo una pausa larga, como si no supiera cómo revelarme lo que iba a decirme. Supe de inmediato que se trataba de la muerte de madre.

—¿T-te han contado..., eh? —balbuceó.

—Sí. Ayer visité su tumba. No le gustaría saber que su cuerpo descansa en el castillo de Branamor y no en su hogar, en Lokkat.

No dije nada más. No quería hurgar en una herida que no paraba de sangrar. Si no hablaba de ella, no tendría que pensar en su muerte; si no pensaba en su muerte, no sentiría esa losa que en ese instante cargaba sobre mi espalda.

—Ya me han hablado de tu destreza la noche que atacaron el castillo... —comenté, cambiando de tema.

El rostro de Sam se animó, y movió las manos emocionado mientras encontraba las palabras adecuadas.

—Tendrías que haberlos visto: ¡había decenas de enemigos! Y yo empuñé mi espada y comencé a matarlos. Uno a uno. —Puso los brazos en jarra.

Me preguntaba hasta qué punto sería cierto, sobre todo cuando Lilith me había dicho que había momentos en los que había sido un estorbo para los demás soldados. Pero le permití continuar con su narración después de los horrores a los que se enfrentó aquella noche.

—Entonces, la reina me vio y me dijo: «Serás el mejor soldado de la Orden de las Espinas, pero tienes que entrenar mucho».

Sí, sin duda, parte del relato eran invenciones suyas. No recordaba que mi madre de sangre se hubiera mostrado tan emocionada al hablarme de las habilidades de Sam en la batalla.

—Me alegro por ti. —Esbocé una sonrisa sin mostrar los colmillos—. Por fin la reina te toma en serio para que formes parte de su guardia.

—Y todo gracias a ti.

No sabía cómo recibir el cumplido, así que me encogí de hombros.

En ese momento, vi que unos soldados les entregaban una carta a mis nuevos escoltas. Fruncí el ceño. Sin duda, eran noticias de la reina. Solo ella se comunicaba por correspondencia dentro del castillo. De modo que me acerqué antes de que me llamaran para averiguar qué tenía que decirme.

Estimada Savannah:

Su majestad Lilith ll la convoca a realizar el Rito de las Doce Espinas cuando los primeros rayos del atardecer caigan sobre el templo.