La sed del nuevo despertar (El sacrificio de la corona 2) Capítulo 39
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Capítulo 39

La duquesa de Zinnia nos empujó con tanta fuerza que todo mi cuerpo crujió cuando impacté contra el suelo empedrado del exterior.

—¡Marchaos de aquí! ¡Sois la vergüenza de Parkisan! ¡Qué decepción, Morgana! ¡Tu padre ha muerto por culpa de Lilith y solo te preocupa acabar con este conflicto porque te has enamorado de la princesa! ¡Zinnia tiene las puertas cerradas para ti!

—Pero, Florence...

—¡No pararé hasta que la Reina Colmillos muera! ¡Y también su hija!

Entonces vi que la parte inferior del bastón era un cuchillo afilado, y lo levantó para apuñalarme. Abrí mucho los ojos, atónita, y rodé para que el arma no me hiriera.

En ese momento apareció Brandon, que forcejeó con su madre para arrebatarle el bastón.

—¡Déjame! —bramó ella.

—¡No! ¡Madre, basta! ¡No voy a dejar que les hagas daño! ¡Ni a ellas ni a Omelia!

La duquesa le cruzó el rostro con un bofetón tan fuerte que incluso su hijo se quedó pasmado por la violencia que había empleado.

—¡Eres una vergüenza! —le gritó la duquesa a Brandon—.

¡Menos mal que ya no eres el heredero de Zinnia!

¡Porque, si no, te habría desheredado yo!

¡Vete a tus aposentos, Brandon, no quiero verte en lo que queda de día!

—Entonces volvió a dirigirse a nosotras—: ¡Y vosotras marchaos antes de que os mate con mis propias manos!

Algo amedrentadas, Morgana y yo nos levantamos para salir del palacio de Ardsill cuanto antes.

Cerca de la verja se encontraban los soldados que nos habían llevado hasta allí.

Ya no nos miraban con la misma simpatía que antes.

Aun así, por su servicio a la Corona, no les quedó más remedio que acompañarnos al castillo de Branamor.

Se lo habían creído todo. Para cualquiera que hubiese presenciado la escena, Brandon acababa de mostrarse como alguien que estaba en contra de los deseos de la duquesa.

La idea que se me había ocurrido había salido a pedir de boca: Brandon seguía a favor de la duquesa, pero su discusión haría que nadie se sorprendiera al verlo con Omelia.

Ahora llevábamos una carta en la que Florence Wintersmouth le explicaba todo el plan a la reina.

Cuando un día después llegamos al castillo de Branamor, nos dimos cuenta de que la situación era peor de lo que nos imaginábamos.

Dhoul, una ciudad que siempre me había sorprendido por su armonía, estaba envuelta en llamas.

Muchos parkisanos, con la ayuda de soldados de la Orden de las Espinas, corrían de un lado a otro con cubos de agua.

Intentaban sofocar el incendio que amenazaba con destruirla.

—¡Es la heredera!

—¡La heredera ha regresado! ¡Está viva!

Me puse tensa ante las celebraciones de los parkisanos.

No esperaba que se alegrasen tanto de mi retorno.

Lo último que recordaba eran las múltiples revueltas después de que se revelara que el Sacrificio de la Corona había sido amañado.

Pero aquel día me veían como un símbolo de paz, como la promesa de que nuestro bando no perdería.

Me aferré con firmeza a Morgana mientras cabalgábamos y forcé una sonrisa para darles un poco de esperanza sobre un conflicto que, en realidad, no existía.

Algunos guerreros relevaron a los que nos habían acompañado durante días, y reanudamos la marcha hacia el castillo. Tras comprobar la cantidad de traidores con los que me había encontrado durante aquellas semanas, era inevitable actuar con recelo, aunque no tenía más remedio que confiar.

De camino nos cruzamos con varios altercados tanto entre los vecinos del pueblo como entre soldados de Zinnia, que luchaban contra la Orden de las Espinas.

Todos estábamos en alerta, y desenvainé el sable que le había robado al cochero por si tenía que enfrentarme a alguien.

Por fortuna, todos estaban demasiado ocupados en sobrevivir como para plantar cara a una futura princesa protegida por una horda de soldados.

Cuando llegamos a la casa que utilizábamos para entrar en el castillo sin llamar la atención, me di cuenta de que muchos guardias patrullaban por la zona.

La situación era tan desesperada que debían de temer que, por error, alguien acabara encontrando los caminos secretos.

No obstante, que rondaran por allí ya era de por sí una pista.

—Los pasadizos no son del todo seguros —nos advirtió uno de los soldados al tiempo que desmontábamos—, pero es mejor regresar por aquí que por la puerta principal. Mucha gente intenta acceder al castillo.

Solo entraron con nosotros la mitad de los escoltas.

Los demás cogieron los caballos y se reunieron con sus compañeros en la ciudad.

Durante todo el camino por los pasadizos, quienes se quedaron con ambas se preocuparon más por vigilarme a mí que a Morgana.

Las luces de las antorchas creaban un halo a mi alrededor, y tuve que tirar de ella para que no se perdiera en la oscuridad.

Poco después, salimos al vestíbulo del castillo. Sirvientes y soldados que no habían ido a contener la revuelta en la ciudad corrían de un lado a otro. Aunque no había ningún enfrentamiento allí, la atmósfera de guerra era más que palpable.

En cuanto nos vieron a Morgana y a mí, se detuvieron, como si acabasen de ver a dos fantasmas.

Fuimos a buscar a Lilith en su torreón, pero nos encontramos con ella a mitad de camino.

Iba acompañada de Omelia, y su rostro reflejaba la aflicción de los últimos días.

De hecho, la reina tenía un corte en la cara que quizá se hizo la noche del secuestro.

—¡Savannah! ¡Por las cuatro diosas, pensábamos que habías muerto! —Lilith me estrechó con fuerza, y me acunó entre sus brazos. No supe reaccionar, así que me dejé llevar.

—Menos mal que llegó ese emisario a avisarnos de que estabais bien —añadió Omelia, acariciándome un brazo mientras mi madre de sangre me retenía entre los suyos. Era normal que estuvieran preocupadas por mí, pero me sorprendía que se mostraran tan afectuosas conmigo.

Ninguna saludó a Morgana, que se quedó a un lado. De soslayo, mientras mi familia de sangre me colmaba de besos, vi que mi compañera de vida se secaba las lágrimas. Para ella, era el reencuentro que ya no podría tener con Clement.

Lilith me alejó de ella para estudiarme.

Tras el alivio por el reencuentro, quedaba por asumir la realidad: me había convertido en vampira.

Las costras ya no eran tan visibles en las comisuras de los labios, pero tampoco eran imperceptibles.

Con la mirada, me invitó a abrir la boca y, muy a mi pesar, le enseñé los colmillos.

—Oh —musitó, preocupada—. Tenemos que alimentarte, ¡rápido!

Levanté la cantimplora de la que había bebido todos aquellos días. La sangre había comenzado a pudrirse, de modo que lo que quedaba era inservible.

—Estoy bien —fue lo primero que dije—. ¿Cómo está mi madre? ¿Y Sam? Quiero hablar con ellos.

Durante el tiempo que estuve fuera, intenté no pensar mucho en ellos. No habría servido de nada estar angustiada mientras Morgana y yo seguíamos luchando por nuestra vida. Además, se encontraban demasiado lejos como para comprobar si, en efecto, estaban bien.

—Te llevaré con ellos una vez hayamos hablado —sentenció la reina—. Hay asuntos importantes que debemos tratar.

Omelia y Lilith guardaron silencio durante un buen rato después de que les contara todo lo que sabíamos sobre Kendra, Aaron y el vampirismo.

Aunque ya debían de ser conscientes de la traición del chambelán y de la Reina de Nadie, no conocían toda la historia.

Aguardé un poco cansada; sentía que pronto tendría que tomar sangre.

—Entonces, ¿Brandon y Morgana tenían razón con lo del tercer bando? —preguntó Omelia.

Todos esperamos la reacción de la reina, que tenía el rostro enterrado entre las manos. Cuando lo levantó, alzó el mentón para demostrar que no pensaba amedrentarse ante Aaron y Kendra, dos traidores que había considerado sus amigos.

—Han estado jugando más de veinte años con la reina equivocada. Si creen que van a quedarse con mi país, es que no me conocen lo suficiente. No me detendré hasta que su cabeza esté clavada en una estaca y me lleve su alma del Prado Más Alto a lo más hondo del Vacío.

Acto seguido, se puso en pie de una manera tan abrupta que nos sobresaltó a todas.

—Los soldados de mi madre pasaron semanas retirando cadáveres putrefactos de Korane, ¿y así nos lo paga?

Aquel día, durante la conversación con la monarca y Omelia, pensé que en su momento fueron muy ingenuas al no relacionar todos aquellos hechos con el vampirismo.

Al fin y al cabo, vieron morir a miles de enfermos, y lo más probable era que tuvieran largos colmillos.

Pero, según aprendería con el tiempo, eran tantos los que estaban en un estado de descomposición avanzado que solo pudieron acercarse a ellos una vez los calcinaron.

De repente, el cansancio se convirtió en malestar, y la sed me asaltó con fuerza. Necesitaba sangre, de modo que tomé la copa que habían preparado para mí y volví a beber a sorbos cuando veía que no me estaban mirando.

—Ganaremos esta guerra. —Lilith regresó a su asiento y se acomodó—. No dejaré que una reina que mata a todos sus súbditos por error me quite lo que es mío. Me comunicó el emisario que habíais hablado con Zinnia. ¿A qué acuerdo llegasteis?

Sin demora, Morgana sacó del bolsillo del vestido el sobre que nos había entregado la duquesa.

—El acuerdo es un no acuerdo —afirmó mi compañera de vida.

La reina entornó los ojos mientras cogía la misiva que Morgana le tendía.

Llevaba el sello del ducado de Zinnia. Una parte de mí esperaba que tildara aquel plan de macabro y despiadado, pero aquella reina había creado el Sacrificio de la Corona y había disfrutado con él.

Conforme Omelia y ella la leían, su rostros se iluminaban cada vez más.

Se me formó un nudo en la garganta.

—Es... sanguinario pero necesario —opinó Omelia.

—Después de todo, tendremos a Zinnia de nuestra parte —celebró Lilith con serenidad.

Me estremecí en mi asiento, incrédula. Morgana me tomó la mano para que me relajara, pero no pude contenerme.

—¿Os da igual que vuestros soldados, incluso ciudadanos corrientes, mueran por una farsa? —exploté—. ¡No son peones!

La reina me observó algo confusa ante mi reacción.

—¿Por qué te importa tanto gente que ni siquiera conoces?

—No estoy acostumbrada a jugar con la vida de los demás para conseguir mi objetivo.

Lilith arqueó una ceja. Con ese gesto parecía recordarme que había participado en una competición mortal. Sacudí la cabeza, exasperada ante su apunte silencioso.

—Bueno, de acuerdo —concedí—. Lo hice para sobrevivir en el Sacrificio de la Corona.

—¿Y qué te piensas que vamos a hacer nosotras, Savannah? Sobrevivir. Y lograremos que el reino sobreviva. No estamos hablando de nosotras como individuos, sino de todo el reino de Parkisan.

No era lo mismo que perecieran unos cuantos que miles. No obstante, era una batalla perdida. Todo lo que la mantuviera en el poder era el «bien común».

Lilith no me dio la oportunidad de hablar; su mirada se posó en mi compañera de vida.

—Es un placer tenerte aquí, Morgana —dijo la reina—. A pesar de que nuestra relación comenzó de manera un tanto turbulenta, has conseguido recapacitar y unirte al bando correcto.

La expresión de Morgana se ensombreció. Entornó los ojos y apretó los labios ante aquellas palabras, pronunciadas en tono desafiante. Lilith esbozó una sonrisa tan amplia que dejó entrever los colmillos; intentaba intimidarla.

—Estoy aquí por Savannah, no por ti —dijo sin rodeos—. Después de todos los abusos que he sufrido en los últimos años, me da igual si un día acabas reducida a cenizas.

Tomé la mano de Morgana para demostrarle que la apoyaba, pero también para detenerla. Nada bueno podía ocurrir si despertábamos la furia de Lilith.

—¿Quién te crees que eres para hablarme así, Morgana? ¿Acaso echas de menos tu vida como sirvienta de sangre?

—No te temo, Lilith. Ya no. Clement ha muerto; los tiempos en que me dejé humillar por tu corte son historia.

Mientras hablaba, apretó mi mano con fuerza. Su corazón se había acelerado y, a través de mis sentidos más desarrollados, podía escucharlo. Era una melodía frenética que demostraba que los nervios la estaban traicionando. Y, si yo era capaz de oírlo, Lilith también.

Omelia parecía irritada con el nuevo rumbo de la conversación, pero se mantuvo en silencio.

—¿Qué sucedió aquella noche..., después de lo de Clement? —pregunté, cambiando de tema.

Lilith le lanzó una mirada rápida a mi prima, que torció el gesto.

La reina tomó la palabra:

—Primero murieron los que acompañaron a Kendra a las mazmorras.

—Deduje que Ryan habría fallecido, dado que estaba entre ellos—.

Aunque no perecieron muchos más, hubo un momento en el que no sabíamos quién era aliado y quién traidor.

Los mismos que mataban al enemigo y nos protegían intentaban atacarnos al instante siguiente.

Se podría decir que entre nosotros ya no hay partidarios de Kendra, pero no sabemos por cuánto tiempo.

—¿Y cómo está madre? ¿Y Sam?

Lilith tomó su copa y, tras dar un sorbo, se relamió. El silencio prolongado me reveló lo que callaban sus palabras.

—Será mejor que te lo muestre —me contestó.