Capítulo 38
La soldado Atwood y algunos de sus compañeros nos trasladaron a lomos de diferentes corceles. Como no estaba habituada a llevar las riendas, fui en el mismo caballo que Morgana, detrás de ella.
—Algún día tendrás que aprender a montar —comentó Morgana de manera jocosa—. No puede ser que, siendo la persona que eres, ni siquiera seas capaz de montar sin ayuda.
—Bueno, no podía ser perfecta —bromeé.
Los vigilantes nos habían recomendado que regresáramos al castillo de Branamor por lo complicado que era el panorama en Zinnia.
Sin embargo, no podíamos abandonar el ducado sin hablar con sus máximos representantes, de modo que uno de los soldados se dirigió al castillo para avisar de que estábamos bien.
Tal vez deberíamos haber hablado con esos parkisanos sobre la traición de Kendra y Aaron.
Sin embargo, no sabíamos hasta qué punto podíamos confiar en ellos como para revelarle a un mensajero desconocido lo que había sucedido aquella noche.
Lo máximo que dijimos fue que tanto Morgana como yo sabíamos quiénes estaban detrás del asesinato de Clement.
Para mantenernos a salvo y no encontrarnos con revueltas similares a las de unas horas atrás, nos vimos obligados a elegir rutas que nos desviaban de nuestro objetivo pero que, desde luego, eran más seguras.
No ocurrió lo mismo cuando llegamos a Ardsill; debíamos cruzar la capital si queríamos llegar al palacio de los duques.
Nos quedamos sin palabras. Si la imagen de la ciudad en la que habíamos estado el día anterior era desoladora, aquella era más terrorífica.
Por doquier había puestos de mercado destrozados y abandonados, varios comercios estaban incendiados y algunos heridos gemían en el suelo mientras unos pocos intentaban auxiliarlos.
En el horizonte, creando un contraste difícil de asimilar, se atisbaba una gran construcción en piedra blanca con grandes ventanales. A diferencia del castillo de Branamor, aquel no contaba con torreones, sino que su estructura era mucho más uniforme.
No pudimos evitar todos los frentes, y en una de las calles algunos de los parkisanos que estaban participando en la revuelta se volvieron cuando nos vieron pasar a medio galope. No solo no intentaron atacarnos, sino que celebraron nuestra llegada.
—¡Es Morgana!
—¡Morgana está viva! —El parkisano arrancó uno de los carteles que anunciaban nuestra desaparición y lo lanzó por los aires—. ¡Benditas sean las cuatro diosas!
Sin embargo, entre los vítores, también oí que hablaban de mí.
—¡Trae a la princesa para darle muerte por haber asesinado a nuestro rey! ¡Muerte a la Reina Colmillos y a su hija!
¿Eso era lo que creía la gente, que había matado a Clement y había huido mientras Morgana intentaba encontrarme? Oculté el rostro a su espalda para que no repararan en que era una vampira cuando pasamos galopando a su lado.
Cuando llegamos a la verja que separaba el palacio de la ciudad, los vigilantes que custodiaban el acceso, al ver a Morgana, nos abrieron sin vacilar.
Recorrimos un largo camino hasta la entrada, donde nos esperaba una mujer vestida de negro cubierta con un tocado que le ocultaba el cabello. Llevaba un bastón que marcaba su rango ante los presentes, tanto sirvientes como su guardia personal, que se distinguían por sus túnicas y sombreros rojos.
Era la duquesa de Zinnia.
—¡Morgana, querida! —Cuando mi compañera de vida descendió del caballo, se unieron en un cálido abrazo—. ¡Estás viva! No sabes lo preocupada que he estado desde que descubrí que habías desaparecido después de..., ya sabes.
—Estoy aquí para contarte todo lo que sucedió, Florence.
Mientras hablaban, uno de los soldados que nos habían acompañado me ayudó a bajar del caballo. Con un movimiento de cabeza, les agradecí no solo ese gesto, sino también que nos hubieran asistido para llegar hasta allí.
—No llores, cariño —dijo la duquesa. Oí que Morgana sorbía por la nariz—. Lilith y su hija pagarán por haber acabado con la vida de Clement. Parte de mi guardia debe de estar ya cerca de Dhoul para declararle la guerra por su crimen.
—Florence, no...
Al instante, la duquesa apartó la mirada de los ojos de mi compañera de vida y los posó en mí. Los entornó en cuanto reparó en mi presencia, y yo hice todo lo posible para mostrarme segura.
—Oh, así que no vienes sola, Morgana.
La duquesa se separó de ella para acercarse a mí. Inspiré y me preparé para presentarme.
—Soy...
—Sé quién eres —dijo mientras me señalaba con su bastón—.
Eres igual que Lilith y, por si el destino no fuera lo suficientemente caprichoso, también eres vampira.
Me gustaría pensar que Morgana te ha traído para ejecutarte, pero por vuestro pasado común y tu rostro bobalicón entiendo que eres su protegida.
Bajé el mentón y la miré desafiándola. Si ya creía que Brandon era arrogante, con esa presentación me di cuenta de que su madre era mucho peor.
—No es nuestra enemiga, Florence. —Morgana la detuvo—. Ni tampoco Lilith. Te lo explicaré todo cuando entremos.
La duquesa no apartó la mirada de mí; tampoco yo lo hice. Por mucho que me costara aceptarme, tuve la tentación de recordarle que, si tan en contra estaba de los vampiros, no debería cuidar a su hija, otra sanguinaria. Pero en ocasiones tenía que aprender cuándo callar, y esa era una de ellas.
—¡Morgana! ¡Savannah! —exclamaron desde el umbral del palacio. Era Brandon, que corría hacia nosotras para darnos la bienvenida. Abrazó a Morgana en un gesto efusivo que nada tenía que ver con cómo solía comportarse—. ¡Menos mal! ¡Pensaba que estabais muertas! ¡¿Qué ha sucedido?!
Su expresión aliviada se ensombreció en cuanto reparó en que me había convertido en vampira. Aun así, recuperó rápidamente la compostura.
—Savannah, ¿sabes algo de Omelia? ¿Está bien?
Separé los labios, pero al instante me encogí de hombros, incapaz de darle una respuesta. Nuestra relación no había sido la mejor en el castillo, y la última conversación que recordaba fue la que mantuvimos tras capturar a Clement, días antes de la tragedia.
Entonces Morgana sujetó a su amigo por los brazos y le espetó:
—Brandon, tenías razón. En todo este tiempo, no te equivocaste en nada.
Tras asearnos y cambiarnos de ropa, Morgana y yo nos reunimos con la familia Wintersmouth en el despacho personal de la duquesa.
Era un lugar imponente con dos sofás, estanterías que llegaban hasta el techo y una mesa repleta de comida para nosotras.
También había dos copas con la sangre más exquisita.
Solo bebí un par de veces, para disimular la sed y el rechazo que sentía, pero la diferencia con la de la sangrería era abismal, casi un manjar.
—¿Qué hace vuestro padre? —preguntó la duquesa a una vampisana de melena rubia que estaba cerrando la puerta detrás de ella: Nessia.
Brandon corrió la cortina roja del gran ventanal para que ni a ella ni a mí nos molestara la luz del sol. Así gozaríamos de más intimidad y nos alejaríamos de miradas entrometidas.
—Descansa, madre —respondió ella.
A lo largo de los años, siempre me la había imaginado de muchas maneras cada vez que Morgana me hablaba de ella.
Era extraño ponerle cara después de tanto tiempo siendo una ilusión en mi cabeza.
El cabello le llegaba por los hombros, y su rostro era afilado como el de su madre, con la diferencia de que sus pómulos eran más prominentes.
En cuanto nuestras miradas se encontraron, sentí que sus ojos pardos se convertían en afiladas dagas. El ambiente se tensó entre nosotras, y no porque yo fuera la hija de la Reina Colmillos, sino porque fui la campesina que le arrebató a Morgana.
—¿No preferiríais que hablásemos con el duque presente, cuando desp...? —pregunté para disipar la tensión.
Morgana apoyó la mano en mi pierna y negó con la cabeza disimuladamente para que no continuara hablando. Acababa de agravar todavía más el malestar.
—Desde hace años, mi marido padece una enfermedad que le impide ocuparse de sus funciones —me informó la duquesa—. Ni las mejores curanderas han conseguido sanarlo, así que..., solo queda esperar.
Esperar a que falleciera.
—Ah, lo..., lo...
Pero no fui capaz de terminar la frase. Me sentía demasiado avergonzada.
—¿Empezamos ya a hablar de lo que nos ha traído hasta aquí? —comenzó Morgana para cambiar de tema—. No podemos perder más tiempo. Lilith no ha matado a Clement ni a ninguno de sus vasallos. La realidad es un poco más retorcida.
Florence nos observó a las dos con una expresión de asombro, como si no esperara aquellas palabras de mi compañera de vida.
—Me sorprende que te alíes con ella después de todo lo que ha pasado, Morgana. No deberías olvidar que, si Clement ha muerto, fuera como fuese, es porque su madre y ella lo apresaron.
Se me formó un nudo en la garganta. Sin embargo, mi compañera adoptó una templanza que agradecí, ya que no podíamos crear aún más grietas entre los bandos.
—Sé que las condiciones para apoyar a la Corona no son muy favorables, pero Lilith y yo llegamos a un acuerdo por el que lo liberarían, uno que ya es agua pasada por culpa de esta desgracia.
Por mucho que mi corazón siga buscando culpables, sé que Clement habría muerto antes o después a manos de los traidores que nos rodean.
Además, se podría decir que Savannah y yo estamos en paz.
La duquesa de Zinnia extendió las manos para darnos paso y que comenzáramos a contar lo que habíamos descubierto.
—Vamos, Savannah. Eres tú la que hablaste con Kendra, no yo —me instó Morgana.
—¿Kendra IV de Korane? —Florence arqueó la ceja, y yo asentí con la cabeza—. ¿Qué tiene que ver ese mal intento de reina en todo esto?
Era curioso, pero en ese espacio en el que yo era la máxima autoridad, me sentía inferior al lado de alguien como Florence Wintersmouth. De modo que comencé a hablar con voz monótona: