La sed del nuevo despertar (El sacrificio de la corona 2) Capítulo 37 #2
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Capítulo 37 #2

—Savannah, de eso hace años. He vivido cosas que han hecho que mi opinión sobre los vampiros cambie.

—Abusaron de ti en ese castillo durante dos años.

—No son los únicos vampiros que me he encontrado. Como ves, yo he cambiado, tú también. ¿Acaso tú te marcharías de mi lado si me convirtiera en vampira, a pesar de todos los vampiros que atacaban Lokkat?

En realidad no. Quizá al principio tendría miedo, pero me sería más fácil aceptar su nueva condición que la mía.

—No.

—Pues yo igual. —Colocó la mano sana sobre uno de mis hombros, en el que no había heridas—. Nunca me apartaría de tu lado, Savie. Puede que ahora seas una vampira, pero sigues siendo la Savannah de la que me enamoré.

Esbocé una sonrisa, que ella imitó.

—Te quiero —pronuncié desde lo más hondo de mi corazón.

Ella aguardó unos segundos y, después, ensanchó su sonrisa.

—Y yo.

Así fue como, en medio del caos, Morgana y yo nos acercamos más a la reconciliación.

Abandonamos la posada después de limpiarla y preparar el desayuno. Isabella y Richard nos dieron un mapa, hogazas de pan y agua para el viaje. No sabía si volvería a verlos, pero los llevaría siempre en mi corazón.

El camino fue igual de complicado que el día anterior debido a la luz del sol. La única diferencia era que ahora podíamos orientarnos. Aproveché esos instantes para atormentarme con mi nueva condición.

En cuanto me vi aquella mañana en el espejo, antes de que Morgana se despertara, volví a odiarme: esos colmillos, esas heridas negras...

Era peor verme con la luz del amanecer. Todos los rasgos estaban más nítidos.

Pero en cuanto Morgana abrió los ojos, me prometí que me toleraría por el bien del viaje. Y lo estaba haciendo..., a medias.

—¿Con qué vampiros te has encontrado, aparte de los del castillo de Branamor? —le pregunté al caer la tarde mientras recorríamos un sendero que nos llevaría a la siguiente aldea.

La noche anterior me sentía demasiado abatida como para indagar en la revelación de Morgana. Había tenido contacto con más vampiros, aparte de los del castillo.

—Cuando Nessia se convirtió hace cuatro años —se sinceró Morgana—, todos reaccionamos con disgusto: «Es una vampira, pero sigue siendo Nessia. ¿Qué hacemos?». Al final entendimos que no todos sois iguales.

—¿Nessia? ¿La hermana de Brandon? ¿La hija de los duques de Zinnia?

La chica a la que Morgana cortejó antes de elegirme a mí.

Ladeó la cabeza y se encogió de hombros mientras yo comenzaba a atar cabos.

—Ese era el secreto por el que teníamos que conseguir que Zinnia se pusiera de parte de la reina —admitió—. En cuanto la corte descubriera que una Wintersmouth es vampira, la duquesa ya no tendría motivos para seguir en contra de Lilith.

Mientras maldecía nuestra fortuna, unos gritos nos llamaron la atención.

Morgana y yo nos miramos alarmadas y corrimos hasta el origen del clamor: en las calles de la aldea a la que estábamos llegando había estallado una batalla campal.

Ante nuestros ojos, los parkisanos del pueblo llano y los burgueses, en un mismo bando, luchaban contra los soldados desplegados por Lilith.

No obstante, los parkisanos del pueblo llano eran demasiados como para reducirlos.

—¡Muerte a la reina! —gritaban todos—. ¡Muerte a la reina!

La muerte de Clement ya no solo era un rumor; era una certeza.

Morgana y yo procuramos pasar desapercibidas.

Fuimos por callejones, intentando que nadie reparara en nosotras.

Y con razón: en algunas calles nos topamos con carteles de «Se busca» con nuestra cara estampada en ellos y una pequeña descripción de cada una.

Los retratos no eran muy acertados, pero no queríamos arriesgarnos a que pudieran reconocernos.

Sin embargo, no llegamos muy lejos. Al cabo de unas cuantas travesías, nos cruzamos con unos parkisanos que corrían hacia el fragor de la revuelta y repararon en que no éramos de allí. Cuando vieron que era una vampira, me tomaron como blanco de su ira.

—¡A por ella! —gritaron.

Maldición.

Armados con antorchas, hoces y rastrillos, intentaron darme muerte como si acabar con una vampira fuera un símbolo de su lucha contra la reina.

En cierta medida lo era, dada mi identidad.

Dejamos de ir con cuidado y corrimos por callejones y plazas, intentando darles esquinazo.

Morgana tiraba de mi mano por una zona que no estaba herida, guiándome por unas calles en las que aún brillaba el sol.

Sin embargo, los parkisanos eran más numerosos que nosotras, y estábamos agotadas después de haber malcomido pan y agua y caminar durante horas.

Mi cuerpo me pedía a gritos que me detuviera y, por cómo jadeaba Morgana, sospechaba que ella también estaba en las últimas.

Por desgracia, detenernos significaba la muerte.

—¡Por aquí!

Oí una voz a lo lejos, pero no me fijé en quién era la persona que nos gritaba.

Entonces, alguien tiró de mi brazo y me metió en una de las casas. Al principio luché contra quien me había cogido, pero me relajé en cuanto vi que era una soldado.

—¡Savannah! —gritó Morgana, y entró conmigo antes de cerrar la puerta.

Después se apostó en el acceso para que los parkisanos no pudieran entrar. Al instante oí que aporreaban la puerta, y la guerrera y yo movimos los muebles de la casa para atrancarla. Morgana se acercó hasta quedar a mi lado.

—Soy la soldado Atwood. No estáis a salvo en la calle, y menos siendo tú una vampira —nos advirtió—. La situación es cada vez más tensa. Os ayudaré a salir de aquí, pero tendréis que abandonar el ducado cuanto antes.

—Necesitamos llegar a Ardsill —insistió Morgana—, por favor. No podemos irnos con las manos vacías.

—Que la diosa Amarea guarde vuestra vida, pues parece que allí las revueltas son más intensas.

En silencio, por un momento me planteé revelar nuestra identidad. Desconocíamos hasta qué punto aquella parkisana defendía a Lilith o a Clement, o bien si era un esbirro de la reina de Korane. Aun así, dada la gravedad de la situación, no teníamos mucha más opción que descubrir quiénes éramos.

—Tenemos información valiosa sobre la muerte de Clement Delagarde —dije—. Debemos hablar urgentemente con la duquesa.

Morgana no parecía muy contenta de que hubiera dado a entender que éramos dos personas importantes, pero sin ayuda no podríamos salir de allí.

Por desgracia, la soldado Atwood me miró estupefacta y, acto seguido, negó con la cabeza.

—Joven, son temas muy serios como para hablar de ellos a la ligera.

—No intento ser frívola —mascullé—. Presencié cómo mataban a Clement.

Los aporreos se volvieron más intensos; por lo que parecía, no tardarían en derribar la puerta.

—¡Por favor! —suplicó Morgana—. No podemos perder más tiempo, o las consecuencias para Parkisan serán catastróficas.

Entonces la soldado Atwood se fijó en ella. Por la sonrisa que esbozó, la había reconocido.

—Un momento, ¿tú eres Morgana? ¡Sí, lo eres, ya decía que me sonaba tu rostro!

—Parecía que no recordaba el motivo por el que nos refugiábamos en esa casa—.

Clement solía venir mucho a esta provincia, y siempre era un honor escucharlo.

Aunque estoy al servicio de la Reina Colmillos, él siempre fue mi rey.

Te acompaño en el sentimiento, que las cuatro diosas lo cuiden en el Prado Más Alt...

—Si quieres honrar su memoria —la interrumpió—, sácanos de aquí y llévanos al palacio de Ardsill.

La soldado Atwood asintió, y nos acompañó a la parte trasera de la casa. Entonces se detuvo:

—Un momento..., ¿tú no estabas desaparecida? He visto carteles sobre tu desaparición y sobre la de la princesa de Park...

De pronto, se calló y volvió a mirarme.

—Encantada, soy Savannah. —Moví la mano a modo de saludo.

Llegamos a nuestro destino a la mañana siguiente.