Capítulo 37
Devoramos la sopa de setas que nos sirvieron y el estofado. Dadas las horas, la cena ya estaba fría, pero no importaba. Era lo que nuestro estómago necesitaba, junto con un buen vaso de agua.
—¿Y de dónde venís? —nos preguntó Isabella. Tanto su nieto como ella se habían sentado con nosotras para conversar.
—De Azalea —me inventé con la boca llena mientras Morgana comía con ansia.
Por muy hospitalarios que hubieran sido, no era buena idea revelarles nuestra identidad.
De hecho, les habíamos dado dos nombres falsos—.
Íbamos a pasar unos días en Zinnia, pero tuvimos un accidente en carruaje.
A raíz de un altercado, me convertí en vampira.
—¿Y qué tal los primeros días, cariño? —me preguntó ella.
Me estremecí al oír su pregunta amable, pues escondía otra mucho más dolorosa: «¿Cómo te sientes al haberte convertido en lo que más odias?».
Podría haber ideado cualquier respuesta rápida, pero estaba demasiado agotada como para fingir que todo estaba bien cuando no era cierto. Así que fui escueta.
—Mal.
Morgana dejó de comer en cuanto me escuchó. Esbozó una sonrisita para animarme, al igual que aquellos que nos habían dado cobijo.
—Esta posada la regenta mi familia desde hace décadas —nos explicó Richard—.
Tras una epidemia que se produjo hace muchos años, solo sobrevivimos mi abuela y yo.
Talamia tenga en su gloria a todos nuestros familiares.
Cuando ella fue contagiada meses después, me asusté mucho, pero no podía abandonarla.
Es lo único que me queda. Y sigue siendo mi abuela, solo que ahora también bebe sangre.
Luché por no poner los ojos en blanco ante gente tan hospitalaria, pero yo no lo veía del mismo modo. El instinto visceral que había sentido aquel día demostraba que algo en mí había cambiado para siempre.
—Ahora viene muy poca gente —apuntó la vampisana—. Por lo general vampiros, porque la mayoría de los humanos creen que voy a matarlos.
—La tratan como si fuera una criminal —denunció Morgana.
Tal vez lo era.
—Nos estamos planteando mudarnos a Dahlia o Gardenia —continuó Richard— para tener una vida mejor. No queremos marcharnos de nuestra tierra, pero no nos queda otro remedio. La situación es cada vez más tensa, y llegará un momento en que no haya suficientes ingresos para mantenernos.
Me pregunté cuántos vampiros de los que estaban a favor de la reina habrían nacido en Dahlia o Gardenia y cuántos se habrían visto obligados a marcharse después de ser rechazados por los que habían sido sus allegados y vecinos.
—El desconocimiento genera miedo, y el miedo engendra aún más desconocimiento —continuó Isabella—.
La gente siempre piensa en los vampiros peligrosos, pero no tenemos que llegar a ese punto si nos alimentamos bien.
Puede que haya algún desalmado que disfrute matando por placer, no seré yo quien lo niegue, pero ha habido mentiras que han hecho mucho daño.
Las asambleas de Clement han generado más odio que reconciliación.
Puede que nuestra monarca sea una ignorante y no haya sabido cuidar bien a vampiros y humanos, pero no todo vale con tal de reinar.
Morgana palideció, y yo me estremecí. La vampisana ignoraba que estaba hablando con Morgana Latriffe y Savannah Delagarde. Si no, no se sentiría tan libre para criticar a las dos personas más importantes de Parkisan.
—Bueno, y ahora tenemos una nueva princesa, ¿no? —dijo Richard—. Ha habido bastante revuelo estos días, porque resulta que es la hija de sangre de la reina.
—A-algo he oído —contesté.
—Esto acabará muy mal —añadió él, dirigiéndose a su abuela—. ¿No te dije que la noticia de que Clement había sido apresado por la reina nos traería problemas? —Entonces nos observó a nosotras—. Ahora dicen que ha sido ajusticiado y que el castillo ha sido atacado.
Todo se detuvo a nuestro alrededor en cuanto escuchamos la revelación del joven. Sabía que Kendra tenía la intención de provocar otro golpe, pero esos días era lo último en lo que había pensado.
Habían atacado el castillo, y lo peor era no haber estado allí para proteger a madre y a Sam. Intenté que no se me notara que mi rostro se teñía de preocupación. Ellos se encontraban a cientos de kilómetros, y yo no regresaría al castillo hasta a saber cuándo.
Sabía que debíamos hablar antes con la familia Wintersmouth, pero me preocupaba que a los míos les hubiera podido ocurrir algo malo.
—Zinnia no pasará por alto que hayan matado a su príncipe —continuó la anciana—. Parece que nuestros duques están pensando en declararle la guerra a la reina. Así que tened cuidado, porque la gente está especialmente agresiva con los vampiros. Más de lo habitual.
Morgana chascó la lengua al darse cuenta de que llegábamos tarde a un conflicto que se podría haber evitado. Torcí el gesto y la miré. Aún nos quedaban más de dos días por delante. Tal vez, cuando pisáramos el palacio, ya no podríamos hacer nada para impedir el ataque.
Aquella noche apenas dormí. Me inquietaba lo que hubiera podido ocurrir en el castillo de Branamor, pero también cómo reaccionaría madre cuando viera a la nueva Savannah.
Por el momento, me había resistido a mirarme al espejo; de hecho, Morgana lo había tapado con su vestido para que no sucumbiera a la tentación.
No obstante, cuando odiarme a mí misma mentalmente no fue suficiente, tuve que mirarme para repudiar aún más mi nueva condición.
Me pasé un buen rato observando mi reflejo, como si por hacerlo los colmillos fueran a desaparecer y las costras de mi rostro volvieran a ser rojas. En un impulso, me arañé y me las arranqué. Unas gotas negras como la tinta manaron de las heridas. Mi sangre seguía cargada de enfermedad.
Después miré el sable y una idea descabellada cobró sentido en mi cabeza.
Coloqué en el suelo la pila para asearnos y me desnudé para no manchar la ropa. Sin vacilar, comencé a clavar el sable en distintos puntos de mis brazos y piernas. Ríos de tinta negra caliente no tardaron en brotar y caer sobre la cerámica.
Mi pecho subía y bajaba con violencia. Tenía la esperanza de que hubiera un momento en que mi sangre ya no fuera impura y recuperara el color carmesí.
Pero, por mucho que lo deseé e incluso se lo pedí a Amarea y Talamia (aunque no creyera en ellas), mis sangrías no me ayudaron a recuperar mi humanidad.
Continuaba siendo vampira.
—¿Savie? —me llamó Morgana con la voz adormilada.
—Estoy bien —musité.
Sin embargo, mi voz entrecortada evidenciaba que nada iba bien, de modo que se levantó alarmada y se encontró con mi cuerpo desnudo y ensangrentado.
—¡¿Qué haces?!
Gracias a la luz de la luna, vi que su cuerpo estaba tenso y que había adoptado una expresión de horror.
—Tal vez, si elimino la sangre enferma, me curaré.
—No funciona así. —Se acercó unos pasos con cautela—. Y lo sabes.
Se mantuvo a una distancia prudente. «No me extraña», pensé. Destilaba enfermedad por todos los poros de mi piel.
—Soy un monstruo.
—No lo eres.
—¿Qué pensará madre cuando me vea? —Sorbí por la nariz. Hasta ese momento no me di cuenta de que había comenzado a llorar de nuevo.
—Que sigues siendo su hija. —Hizo una pausa—. Venga, Savannah, suelta ese sable. No eres un monstruo, no tienes que castigarte como tal.
Un cúmulo de pensamientos forcejeó por decidir mi siguiente movimiento.
Al final, dejé caer el arma y, acto seguido, me fui sola de la habitación, envuelta en una toalla para curarme las heridas.
Por fortuna, Isabella continuaba despierta; la noche le permitía hacer lo que el día le impedía.
Se ofreció a limpiar y vendar cada una de mis heridas en su modesta habitación, compuesta por una única cama.
—¿Qué estabas pensando, chiquilla? —me recriminó.
—Que podía curarme.
—Quienes deben curarse, pero de la cabeza, son los que no te aceptan por ser vampira.
—¿Como yo?
La vampisana se mantuvo unos segundos en silencio. Por fin entendía que mi mayor enemiga era yo.
—Es difícil aceptar tu nueva realidad, sobre todo si vienes de un ducado como Azalea. —No pude reprimir una mueca de dolor cuando me aplicó un ungüento sanador—. No te queda otra, hija. Es eso u odiarte hasta el fin de tus días, y te aconsejo que no elijas la segunda opción. Es agotadora.
Apreté los labios y medité en sus palabras. No se equivocaba, y asumí que tendría que aprender a tolerarme, por mi seguridad, pero también por la de Morgana. Al menos lo haría hasta que llegáramos al castillo. Luego volvería a odiarme cuanto mi mente me exigiera.
—No sé cómo agradecerte lo que estás haciendo por nosotras —gruñí.
Lo dije en serio. Si no fuera por esa posada, seguiríamos en una situación deplorable.
—Pues volviendo a vuestro hogar sanas y salvas. Y haciéndonos una visita cuando os recuperéis del accidente.
Inspiré; me gustaba esa propuesta. Si algún día estaba en mi mano, volvería a verlos en mejores condiciones.
Cuando salí del dormitorio de Isabella, me encontré con Morgana, que me estaba esperando. A través de las sombras que proyectaban los candelabros, atisbaba un ceño fruncido y unas comisuras torcidas hacia abajo. Estaba preocupada por mí.
Nos dirigimos en silencio a nuestra habitación. Entonces hizo ademán de abalanzarse sobre mí, pero no podía. Mis heridas seguían frescas, a pesar de estar vendadas. Se miró la mano sana, se besó el dedo índice y, después, lo colocó sobre mis labios.
—No vuelvas a hacer eso —me recriminó con dulzura.
—¿Eso era un beso? —reí.
—El único que puedo darte hasta que sanen las heridas de tu rostro.
Se me aceleró el corazón, y los ojos se me volvieron a llenar de lágrimas. Pero esa vez no eran de tristeza o rabia, sino de alivio.
—Entonces, ¿no me odias por el ser en el que me he convertido?
Parpadeó repetidas veces, sorprendida.
—¿Por qué te iba a odiar?
—Porque siempre has odiado a los vampiros. ¿Te acuerdas de cuando decíamos que nunca seríamos compañeras de vida de una vampira?
Morgana tardó unos segundos en contestar; no debía de recordar aquel momento. Entonces, chascó la lengua, divertida.