Capítulo 36
Llegamos a un pueblo aquel mismo día, cuando el sol ya me cegaba y tenía que dejar que Morgana me guiara. Además, no era solo que la luz me deslumbrara; me dolían los ojos de lo mucho que me molestaba.
Seguía muy débil. La sangre que había tomado no era suficiente para recuperarme, aunque me había negado a beber de ella de nuevo.
Además, tenía un hambre terrible. Que fuera vampira no significaba que mi cuerpo no necesitara comida.
Las bayas que encontrábamos por el camino mitigaban la furia de nuestro estómago, pero no durante mucho tiempo.
—Vayamos a una sangrería primero —dijo con urgencia—. Tienes que alimentarte.
En aquel momento recordé los tiempos en que vendía mi sangre.
No hacía tanto de aquello y, sin embargo, parecía haber pasado una vida entera.
En adelante, yo sería la que se alimentara de la pobre gente que ofrecía la suya por unas cuantas monedas.
¿Qué pensaría madre si volvíamos a vernos?
¿Aceptaría a la criatura en la que me había convertido?
—No hace falta —susurré de forma casi ininteligible.
Aunque mi instinto de supervivencia no decía lo mismo.
—Savannah, por favor, no compliques más las cosas. Ambas sabemos que necesitas sangre.
—¿Con qué dinero, Morgana? No tenemos nada.
—Les ofreceré mi capa. Bien vale unas cuantas monedas de oro.
Por eso la estaba lavando... Debería haberlo imaginado. Me encogí de hombros; no podría llevarle la contraria mucho más.
Morgana preguntó a varios vecinos dónde se hallaba la sangrería.
Por la reticencia con la que respondían, deduje que estábamos en un ducado contrario a la reina: Azalea o Zinnia.
Apostaba por Zinnia, ya que Kendra me había dicho que nos dirigíamos al norte, al mar.
De hecho, algunos lugareños nos ignoraban como si padeciéramos la peor de las enfermedades.
Y yo sí que la padecía.
El comercio se ubicaba a las afueras de la población, donde aquellas criaturas sanguinarias no pudieran..., pudiéramos, molestar a los humanos.
La sangrería estaba a oscuras, algo que agradecí tras haber andado durante horas a plena luz del día.
Al igual que la de Lokkat, contaba con diferentes estantes y, según la altura, la calidad era mejor.
Intenté no mirar las jarras; al hacerlo, al monstruo que había en mí le costaba controlarse ante tal cantidad de sangre.
—¿Qué deseáis?
Al parkisano le tembló la voz, quizá por las condiciones en que nos encontrábamos después de nuestro secuestro. O puede que reaccionara así porque mi aspecto era aún más terrorífico de lo que mi reflejo en el lago me había dejado ver.
—No tenemos dinero, acabamos de sufrir un accidente en carruaje. —Morgana optó por no mencionar que nos habían retenido por la fuerza. Era mejor no revelar nuestra identidad a las personas equivocadas—. Mi compañera de vida necesita sangre; acaba de ser convertida.
El corazón se me aceleró al escuchar que me llamaba de ese modo, pero intenté que no se me notara.
—Siento escuchar vuestra situación, pero esto no es un puesto de caridad, es un comercio. Y la sangre cuesta dinero.
Era lo esperado. Ese sangrero era exactamente igual que el de Lokkat, un hombre que solo pensaba en su propio beneficio.
Entendía que no podía vivir de ayudar a los demás, pero la frialdad con la que respondió me hizo preguntarme por qué había elegido ser sangrero si estaba claro que odiaba a los vampiros.
Debían de pagarle muy bien para que no cerrara su negocio.
—Te puedo ofrecer esta capa, bordada en terciopelo. —Morgana se quitó la prenda—. Te darán por ella bastantes monedas de oro.
El parkisano la examinó de cerca y, cuando comprobó que no le estaba engañando, se acercó a los estantes y me entregó un recipiente que se encontraba a media altura.
Luché contra el impulso de relamerme los labios en cuanto la sangre fresca llegó a mis manos.
Sin embargo, Morgana no parecía contenta.
—¡Esta capa vale mucho más que esa jarra! —protestó.
—No lo dudo, pero yo cobro dinero, no acepto trueques. Considéralo un gesto de bondad por mi parte.
Morgana exhaló con fuerza, preparada para iniciar una discusión. Sin embargo, lo que tenía era mejor que nada, de modo que cambié de tema.
—¿En qué ducado nos encontramos?
Morgana me miró de reojo, molesta. No íbamos a conseguir nada mejor, y esa era una información que aún necesitábamos.
—Estáis en Athaoronto, en el ducado de Zinnia, señorita.
La mirada de Morgana se iluminó al oír que estábamos cerca del destino al que pretendía dirigirse días atrás. No me hizo falta preguntarle para saber que iríamos allí primero, antes de regresar al castillo de Branamor.
Me hubiera gustado saber en qué condiciones se encontraba la corte en ese momento, con Clement y Locke muertos, y Morgana y yo desaparecidas.
—¿Hacia dónde debemos dirigirnos para llegar al palacio de Ardsill? —preguntó. Allí se encontraba la residencia de los duques de Zinnia.
—Al este, a unos dos o tres días andando.
A caballo, menos. Pero con ella... —Me señaló con la cabeza—.
Os advierto que os costará llegar. Es un ducado bastante intransigente con los vampiros, y no todo el mundo será tan amable a la hora de alimentar, transportar o dar cobijo a alguien como tu compañera de vida.
Y menos en las condiciones en las que está.
—Sé cómo es Zinnia. —Las palabras de Morgana no fueron amables—. Gracias, supongo.
Antes de despedirse de nosotras, el sangrero nos entregó una cantimplora hecha con una calabaza seca, un gesto de generosidad que no esperaba. Morgana me quitó la jarra y, acto seguido, vertió el contenido en el recipiente.
—Dile que no se la beba toda de golpe, para que aguante el viaje —recomendó. En todo el encuentro, no se dirigió a mí ni una sola vez—. La sangre se conservará durante un par de días.
Cuando salimos del comercio, yo portaba la cantimplora en mis manos temblorosas.
La fiebre me había vuelto a subir, y mi cuerpo anhelaba el contenido que me haría sentir mejor.
Pero no quería asustar a Morgana de nuevo, así que intenté disimular y poner algo de distancia entre nosotras antes de alimentarme.
—Menudo imbécil —murmuró, sin darse cuenta de las emociones contradictorias que pugnaban en mí.
Cegada por la luz del mediodía, me marché con la intención de quedarme sola bajo la sombra de un árbol, para que no me molestara tanto el sol. Pero oí los pasos de Morgana tras de mí.
—No, yo... —me temblaba la voz por la sed—. ¿Podrías dejarme...?
No pude acabar la frase ni mirarla a la cara, pero podía imaginarme su expresión de asombro. Se mantuvo en silencio durante unos segundos y, después, respondió:
—De acuerdo. Te esperaré aquí.
En aquella zona más resguardada, y capaz de ver mejor, noté que, desde la distancia, Morgana no me quitaba el ojo de encima.
De modo que le di la espalda y, tras abrir la cantimplora, empecé a beber.
Estaba tan sedienta que la sangre se me escapaba por las comisuras.
En aquel instante supe que me costaría mucho racionar la bebida hasta que llegáramos a nuestro destino, tal y como había recomendado el sangrero.
Solo cuando empecé a encontrarme mejor me detuve.
Me pesaba haberme convertido en todo lo que juré destruir. Quería aborrecer mi nuevo alimento, pero no podía resistirme a él. Mi supervivencia dependía de otros humanos.
Me limpié la sangre con el dorso de la mano, asqueada y saciada a un tiempo.
—Tenemos que encontrar un mapa del ducado para movernos entre las poblaciones sin perdernos —dijo cuando regresé a su lado.
—Entonces, ¿vamos al palacio de los Wintersmouth? —pregunté, intentando pensar en otra cosa que no fuera la sangre que aún saboreaba.
—Sí, tenemos que hablar con Florence y contarle el engaño que se ha producido con la muerte de Clement. No sé si llegaremos tarde, pero haré lo que esté en mi mano para revertirlo.
Apreté la mandíbula y noté que los colmillos se me clavaban en la lengua. Aquello me sirvió como recordatorio de que la duquesa estaba en contra de la reina porque unos sanguinarios habían matado a sus padres. Estaba convencida de que se mostraría reticente a hablar en cuanto me viera.
—¿Tú crees que estarán dispuestos a hablar conmigo si me ven en mi estado? —le pregunté.
—Sí, por eso no te preocupes.
Claro que me preocupaba. Estábamos hablando del futuro de Parkisan a corto e, incluso, largo plazo. Pero lo dijo tan convencida que terminé por encogerme de hombros, resignada.
Tras comprobar que ya me había alimentado lo suficiente, Morgana tiró de mi brazo para buscar un modo de conseguir el mapa. Los ojos comenzaron a dolerme de nuevo.
La molestia era tal que ralentizaba nuestro ritmo y, al darme cuenta de eso, hice la propuesta más sensata:
—¿No sería más sencillo que me dejaras en un lugar con sombra y buscaras el mapa por tu cuenta? Te harán más caso, además.
—No podemos separarnos, no sabemos si nuestros captores se encuentran cerca o si han mandado a alguno de los suyos a por nosotras. Lo que me hace pensar que tenemos que cambiarnos la ropa. ¿Cómo? Lo ignoro.
—Creo que estás pidiendo demasiadas cosas, y te recuerdo que no tenemos dinero y que te acompaña una vampira.
Desde que me había convertido, Morgana había dejado a un lado su dolor por la muerte de Clement y se había centrado en ocuparse de mí, en atenderme. Sentí una fuerte punzada en el estómago que no supe si era remordimiento o un órgano inflamado por la enfermedad.
Que ella olvidara su malestar no haría que yo me encontrara mejor, sino que me pesaría aún más haberme convertido en vampira. Aun así, no podía obligarla a cambiar de parecer.
Cada progreso en aquella población fue tan difícil como había imaginado. En cuanto Morgana se acercaba a alguno de los parkisanos, la rehuían o le respondían con recelo. En algunos casos, incluso llegaron a las manos con nosotras.
—Perdonad, ¿sabéis dónde puedo conseguir un mapa de Parkisan o de Zinnia? ¿Podríais prestarnos alguno? Hemos tenido un accidente en carruaje y necesitamos regresar a casa.
Al principio, la pareja a la que Morgana había preguntado adoptó una expresión amable. ¡Quién no iba a ayudar a dos desgraciadas que habían pasado por un infortunio! Sin embargo, en cuanto desviaron la mirada y repararon en las costras negruzcas de mi rostro, se volvieron mucho más hostiles.
—¡Eres una vergüenza para la humanidad, hija de chupasangres! —fue todo cuanto dijeron.
Acto seguido, la mujer tiró del brazo de su acompañante y ambos se alejaron a toda prisa.
—Sería mejor si... —comencé.
—No te voy a dejar sola.
Un error garrafal por su parte; para ella, solo era un estorbo. Y todo por proteger la vida de una persona que había abandonado su humanidad para siempre.
Ni siquiera llegamos a salir de la ciudad; para sorpresa de nadie, ningún parkisano nos ayudó. Cuando el estómago de Morgana rugió al caer la noche, dimos por finalizada la jornada.
—Llevas todo el día sin probar bocado —le recordé—. Debemos parar a descansar y continuar mañana.
—Si no nos han ayudado ni con un mapa, nadie accederá a cobijarnos o darnos de comer.
Morgana se frotó la frente mientras se preguntaba qué podíamos hacer. Como la luz ya no me molestaba, decidí que había llegado la hora de que yo tomara las riendas. Le tomé con suavidad de la muñeca y busqué la zona de las posadas.
Cuando llegamos casi una hora después, empecé a preguntar por los alojamientos. Total, más pronto que tarde se darían cuenta de que era una chupasangres... ¿Para qué retrasar el momento de la verdad?
Unos ni siquiera me dejaron hablar, pero otros, más amables, me permitieron pronunciar algunas palabras. Aun así, el resultado fue el mismo: no había habitaciones disponibles, no para nosotras.
Una huésped que se alojaba en una de las posadas pareció apiadarse de nosotras y nos dijo:
—Hay una posada un poco más arriba, algo alejada de aquí, donde os acogerán. Tiene la fachada morada.
La posada de la que hablaba la mujer estaba apartada de las demás. Si no hubiera sido por ella, no la habríamos encontrado.
De hecho, cuando entramos, reparamos en que estaba desierta. Al vernos, el adolescente del mostrador pegó un respingo en el asiento. Estaba claro que la gente no solía pasar por allí.
—¡Abuela, tenemos huéspedes!
Tanto Morgana como yo parpadeamos sorprendidas ante la emoción con la que hablaba. Ni siquiera le habíamos preguntado por las habitaciones. Además, había que tener en cuenta que, por culpa de las heridas, era más que obvio que yo era una vampira.
—Hola —comencé—, queremos pasar la noche aquí. Hemos tenido un accidente de carruaje y no llevamos dinero, pero trabajaremos en lo que nos pidáis para pagaros.
En ese momento temí que la ilusión del joven desapareciera y que nos echara por no tener dinero. Pero no borró la mueca alegre con la que se dirigía a nosotras. Aquella reacción me hizo pensar que tal vez entendía nuestro sufrimiento más de lo que parecía.
—Muy bien. Nosotros vivimos aquí, y la abuela ha cocinado de más, así que no será problema. ¿Compartiréis dormitorio?
Ambas asentimos asombradas ante lo atento que se mostraba en comparación con los demás parkisanos con los que habíamos hablado.
Entonces apareció una anciana con una media melena blanca como la nieve. Las arrugas se le marcaron más en cuanto sonrió.
—Bienvenidas —nos dijo—. Mi nombre es Isabella, y él es mi nieto, Richard.
Entonces comprendí que mis sospechas eran ciertas. No les había asustado mi condición porque aquella anciana era una vampira.