La sed del nuevo despertar (El sacrificio de la corona 2) Capítulo 35
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Capítulo 35

No pude soportar el malestar que me invadió durante la noche.

Al principio intenté disimularlo lo mejor posible.

Sin embargo, cuando los dolores que atravesaban mi cuerpo y los delirios por la fiebre fueron demasiado obvios, Morgana se levantó alarmada y colocó la mano sobre mi frente perlada de sudor.

—¡Tienes fiebre! —Me movió para comprobar si tenía alguna herida infectada—. ¿Qué te sucede, Savie?

Mi cuerpo me pedía alejarme de su lado; no quería que me viera en ese estado. No obstante, me sentía tan débil que no podía escapar.

Por fortuna, la sangre de las magulladuras de mi rostro debía de ser todavía roja, porque Morgana no se alarmó.

—Descansa. —Me besó en la frente.

La reacción no fue la misma a la mañana siguiente.

Me levanté con sed y aturdida por la fiebre.

Aquella sed, sin embargo, era diferente: mi cuerpo ansiaba sangre.

Como movida por un instinto primitivo, mi nueva condición se imponía a mis principios y me exigía saciarse.

Aunque una parte de mí sentía asco al pensar en su sabor metálico, al mismo tiempo mi estómago rugía.

Sin embargo, nada fue peor que enfrentarme a la mirada temerosa de Morgana, que se había quedado petrificada a unos metros de mí.

—¿Savannah?

No me incorporé, no tenía fuerzas. Tampoco quise hablar. Si lo hacía, vería mis colmillos. De hecho, notaba que me rozaban el labio inferior. No quería que viera al monstruo en el que me había convertido.

—Las heridas de tu cara se han vuelto... negras. —Se palpó el rostro en la zona donde tenía las suyas, provocadas por la mordaza.

Lo había olvidado... Aquella prueba demostraba que lo nuestro estaba destinado a fracasar.

Debía decírselo, por el bien de Morgana.

Abrí la boca para contestarle, y la oí ahogar un grito en cuanto vio mis horrendos colmillos.

Por desgracia, los párpados me pesaban demasiado por culpa del malestar y de la sed.

Intenté reponerme, pero el sopor fue adueñándose de mí hasta dejarme prácticamente inconsciente.

Y entonces comenzaron los sueños. Vívidos. Casi reales.

En el sueño corría, pero no para salvar mi vida, sino para arrebatársela a otros.

Y sin ningún tipo de remordimiento. Al contrario, disfrutaba saciando mi sed de sangre con cada una de mis víctimas.

Sus ojos abiertos de par en par, sus muecas horrorizadas, la manera en que se revolvían contra mí...

Todo formaba parte de la diversión que me causaba matarlos.

«Es tu problema, por haberte cruzado conmigo», así justificaba mis acciones.

En una ocasión, una de mis víctimas fue más fuerte. Fue capaz de esquivar todos mis ataques, y hubo un momento en que forcejeamos. La lucha llevó a mi presa al suelo y me preparé para clavar mis colmillos en su cuello.

—¡Savannah!

La voz de Morgana me arrancó del sueño y me devolvió a la realidad. Entonces, ya despierta, comprobé que ella era mi presa y yo, su depredador. Así como el resto de los ataques habían sido un delirio febril, lo de Morgana no era mentira.

Había intentado beber su sangre. Me miraba aterrada, como las víctimas que había matado en sueños, y respiraba con dificultad.

Además, había desenvainado el sable y me apuntaba con él, por si debía defenderse.

Antes de desmayarme, se había comportado conmigo con recelo, pero en ese instante tenía miedo.

—¿Qué he hecho? —me lamenté. Me aparté de ella, temblorosa, y me llevé la mano a la boca.

Lilith estaba equivocada: los vampiros no éramos las mismas personas que fuimos una vez. Ya no era la misma Savannah; era un monstruo. Y había intentado matar a mi antigua compañera de vida.

Me puse en pie como pude y hui dando zancadas torpes por la fiebre.

El miedo a hacerle daño me ayudó a encontrar la fuerza que me faltaba.

Me pareció oír a Morgana a lo lejos, pero no sabía si aquello era real o delirios de una mente enferma.

Tampoco iba a detenerme, por mucho que me llamara.

No iba a poner su vida en riesgo de nuevo, la protegería de mí.

En mi huida, tuve que entrecerrar los ojos porque me molestaba la luz del sol. Fue entonces cuando comencé a tener alucinaciones: sombras que emergían de la maleza para intentar capturarme. Pero sabía que eran fruto de mi imaginación.

Llegué a un pequeño lago y me arrodillé frente a la orilla para beber un poco de agua, como si eso pudiera acabar con la sed que abrasaba mi garganta y que hacía temblar mi cuerpo. Bebí y bebí, pero no conseguí saciarme.

Cuando me cansé, el lago se calmó, vi mi reflejo. Los colmillos, las magulladuras negras... No eran imaginaciones mías.

El asco me revolvió el estómago.

Al encontrarme con mi nueva imagen, vomité. Quizá por beber tanta agua o al comprobar en quién me había convertido, pero vacié lo poco que tenía en el estómago. Y después lloré; la Savannah que hasta entonces había existido había muerto, y jamás regresaría del Prado Más Alto.

No era más que un monstruo, un animal sin alma.

—Savannah...

Al escuchar la voz suave de Morgana a mi espalda, me encogí. Demasiado bonito para ser real, debía de tratarse de otro delirio. Hasta que no me tomó de las manos, no asimilé que era real.

—Aléjate de mí, soy peligrosa —le rogué entre sollozos.

—Savie...

—¡Que te alejes!

—¡Que no, joder!

Jamás había oído blasfemar a Morgana, así que eso fue suficiente para que me callara.

—Si no lo haces por ti, hazlo por mí, Savannah. Estás sedienta de sangre. Si no te alimentas, serás un peligro para los parkisanos con los que te cruces en este bosque. Y serás un peligro... para mí.

Escondí el rostro entre las rodillas para ocultar mi expresión abatida. Sabía que tenía razón. Si no bebía, acabaría viviendo un incidente similar al de antes. Atacaría a Morgana en contra de mi voluntad, y quizá en esa ocasión no podría contenerme.

—De acuerdo —concedí—, ¿y qué propones? No hay sangrerías cerca.

No oí respuesta alguna, solo unos gemidos, así que levanté la cabeza y vi a Morgana, que se estaba abriendo la herida de la palma de la mano. Palidecí.

—No. De ninguna manera. No voy a beber de ti.

Ella torció el gesto mientras se arrodillaba delante de mí, con gesto de dolor. Después comenzó a apretar el puño para que un hilo de sangre manara de la herida.

El olor metálico que desprendía me llamaba como si fuera el más exquisito de los manjares, más apetitoso que cualquier plato de las cocinas de palacio. Aquella hambre profunda y primitiva se estaba apoderando de mí, y no sabía cuánto tiempo podría controlarme.

—Abre la boca, Savie. Es la manera de no entrar en contacto con tus heridas.

Negué con la cabeza, y más lágrimas empezaron a correr por mis mejillas. Deseaba tanto probarla que dolía.

—No te lo voy a repetir. Bebe, Savannah.

Su voz sonó tan autoritaria que me vi obligada a obedecer.

Cerré los ojos mientras las gotas de un rojo carmesí caían sobre mi lengua.

Intenté odiar aquella sensación, como demostración de que detestaba la sangre a pesar de ser una vampira.

Pero, en realidad, las gotas que brotaban de la herida de Morgana eran todo lo que mi cuerpo pedía a gritos.

Sentí que recuperaba las fuerzas, que la fiebre remitía... Pero no estaba satisfecha, necesitaba más. Fantaseé con clavar los colmillos en la muñeca de Morgana y saciarme de ella hasta aborrecer su sabor. La mera idea me hizo salivar.

Como si eso me hubiera devuelto a la realidad, me aparté de ella. No, no podía permitírmelo.

—Ya estoy bien... No..., no necesito más —balbuceé.

Sin embargo, el pulso se me aceleró en cuanto vi la herida fresca de Morgana, que se lavó en el lago.

Sacudí la cabeza y me limpié la boca con el dorso de la mano, sin permitirme saborear las gotas que escaparon.

Después me fijé en que se quitaba la capa y, como pudo, sacudió los restos de polvo y tierra. La sangre no fue tan fácil de eliminar.

Era irónico. Menuda situación la nuestra, y a ella solo le importaba limpiar la maldita capa.

—¿Cuándo pasó? —preguntó en cuanto el silencio nos envolvió.

—Kendra llevaba un frasco con agua del lago contaminado. El cochero me lo lanzó al rostro antes de morir y..., pasó.

Me entretuve en explicarle lo que había sucedido antes, cómo Aaron había tenido que huir del castillo al haberse descubierto su traición y que él, junto a Kendra, planeaban mandarnos al fondo del mar.

De reojo, vi que Morgana asentía varias veces para asimilar lo que le estaba contando. No fui capaz de mirarla a los ojos; temía que su expresión confirmara lo que ya pensaba yo de mí misma.

No volvimos a hablar hasta que ella se puso en pie.

—Vamos, Savannah. Debemos encontrar la población más cercana cuanto antes.