Capítulo 34
Empecé a notar los primeros efectos del vampirismo horas después de adentrarnos en la espesura.
Al principio solo fue un poco de fiebre, nada que no pudiera ignorar mientras recorríamos en silencio el camino entre los árboles. Pero pronto me convertiría en un monstruo.
No encontramos ningún animal que cazar, pero sí unas bayas que no eran venenosas. Después de comer algunas de un arbusto y de beber de un riachuelo, Morgana se vio con fuerzas para hablar.
—Lo de Clement no fue un sueño, ¿verdad? —Se le quebró la voz.
Me volví para mirarla. Como yo, tenía rozaduras en las comisuras de los labios por el constante roce de la cuerda en su piel.
—No. —Negué con la cabeza—. Lo siento, Morgana.
Tomó aire, intentando contener las lágrimas, pero no pudo. Se cubrió la boca con la mano y se dejó caer en el suelo mientras comenzaba a sollozar por la pérdida del que había sido su padre durante más de diez años.
Sin plantearme si quería consuelo o espacio, me agaché junto a ella y la abracé con fuerza.
—Lo último que le dije fue que me daba igual lo que le pasara. —Se apoyó en el hueco entre mi hombro y mi cuello—. No me lo voy a perdonar en la vida, Savannah.
—Él sabía lo mucho le querías. Estaba arrepentido por cómo te había tratado durante estos años.
Al escuchar mi confesión, levantó la cabeza y me miró a los ojos.
—Estuve conversando con él, antes de que Kendra...
, en fin —le conté, omitiendo las promesas de que intentaría hacerlo mejor en el futuro.
Solo conseguiría hacerle más daño, porque ya no podría cumplirlas—.
Me dijo que cuidara de ti y que esperaba que algún día comprendieras que te había querido como había sabido y podido.
Después..., ya lo sabes, nos tendieron una trampa tanto a mí como al capitán de la Orden de las Espinas. Y luego lo mataron.
Ella volvió a abrazarse a mí y continuó llorando hasta que tuve la piel del cuello empapada por sus lágrimas. La estreché con fuerza, sin saber qué más decir o hacer. De pronto, se revolvió contra mí y se puso en pie con una expresión iracunda.
—¡Es culpa tuya, Savannah! Si no lo hubierais capturado, seguiría vivo.
Morgana comenzó a soltarme todo tipo de improperios que escuché con calma mientras me ponía en pie. Me dejaba insultar porque, en el fondo, comprendía que necesitara desahogarse. No obstante, algo dentro de mí también sabía que, si no la detenía, era porque sentía que me lo merecía.
—Siento todo lo que ha pasado, Morgana.
Ella no volvió a hablar, sino que se tumbó en el suelo en posición fetal.
Intenté darle espacio, pero cada vez estaba más nerviosa.
No podíamos permanecer tanto tiempo quietas.
Ignoraba si Aaron y Kendra nos perseguían a través del frondoso bosque.
De todos los momentos posibles para derrumbarse por su muerte, ese era el peor.
—Si no hubiera estado tan enfadada, Savie, habría hablado antes con él, y esas palabras me las habría dicho a mí y no a ti.
—Pero ibas a hablar con él, Morgana. No te fuiste sin intentar despedirte.
Le acaricié la espalda en señal de consuelo y, por fortuna, no se apartó, sino que se acercó más a mí.
Una oleada de remordimiento me invadió; había sido fácil aguantar el temple mientras me culpaba de todo. No obstante, verla tan vulnerable hizo que me derrumbara.
No debería haber obedecido a Locke y Phoebe; tendría que haber salido de mi escondite y haberme enfrentado a Kendra antes de que matara a Clement.
—Lo siento, Morgana —repetí.
—No, perdóname tú por lo que te he dicho. —Su voz sonaba congestionada—. Culparte no me lo devolverá. No es justo que te trate así, como si lo hubieras apuñalado tú.
—No lo apuñalé, pero presencié la conversación que mantuvo con Kendra. Mis escoltas hicieron que me escondiera, sí, pero yo elegí hacerles caso, y por eso Clement está muerto.
Agaché la cabeza, abatida. Quizá no lo había apuñalado, pero presencié el momento.
—El único que estaba de tu parte en esa mazmorra era el capitán de la Orden de las Espinas —me dijo—. No podrías haber hecho nada. Te habrían matado a ti y luego a Clement.
Me sorprendía que, pasada la fase de rabia, me defendiera. ¿Cómo podían convivir en la mente de Morgana dos emociones tan contradictorias como la ira y la clemencia en ese momento?
—Necesito que me cuentes qué pasó, Savie. Por qué Kendra lo mató y por qué nos secuestraron.
Asentí y, en cuanto me puse en pie, tiré de ella para que ella se levantara también.
—Te lo voy a contar, pero debemos seguir andando. No sabemos si nos siguen. Necesito que seas fuerte, Morgana, y que, cuando el ánimo flaquee, pienses en cómo les vas a cortar la cabeza a cada uno de tus enemigos. Te prometo que, cuando llegue el momento, la muerte de Kendra será tuya.
La que había sido mi compañera de vida vaciló, pero acabó cediendo ante mi petición y se levantó.
Cuando comenzamos a andar, se lo conté todo: desde la supuesta maldición en Korane hasta cómo Kendra había intentado vengarse de Parkisan extendiendo el vampirismo y había organizado cada uno de los ataques.
El rostro de Morgana se fue ensombreciendo con cada uno de los episodios que le relataba.
—Así que Brandon y yo teníamos razón —reflexionó en voz alta—, ¡existe un tercer bando!
Le hice una señal por lo fuerte que había pronunciado esas palabras.
—En efecto, un tercer bando bastante fuerte contra el que necesitamos estar unidos.
Esto ya no va de una reina vampira contra un príncipe humano.
Esto va de un frente desunido, el nuestro, contra uno que reúne a vampiros y humanos, y que se ha ido fraguando en las sombras durante dos décadas.
Y lo peor para nosotros es que además promete que puede curar la enfermedad.
—¿En serio?
—Eso es lo que dice Kendra, pero no la creo. Cuando llegue al trono, se olvidará de sus promesas. Dudo que alguien que disfruta de ese modo con el sufrimiento ajeno busque una cura.
Había construido su facción sobre falsas promesas, y eso era algo contra lo que nosotras no podíamos luchar.
—Nos uniremos, Savie. —Su voz sonó optimista, a pesar de la congestión en su voz—. En cuanto salgamos de este bosque, nos pondremos en contacto con todos los ducados para unirnos contra Kendra.
— Si salimos a tiempo —le recordé—. Morgana, la noticia de que Clement ha muerto ya habrá comenzado a extenderse por Parkisan. En cuanto Zinnia y Azalea se enteren de que lo han matado, no dudarán en declararle la guerra a Lilith. Vamos a pie; no sé cuánto tardaremos en volver a la civilización.
Me pellizqué el puente de la nariz y luché por no venirme abajo. Solo podía pensar en lo distinto que habría sido el conflicto si ambos hermanos hubieran dejado a un lado sus diferencias. Kendra se había aprovechado de esa enemistad, y debíamos asumir las consecuencias.
—Saldremos de esta —dije tanto para Morgana como para mí, pero la realidad era que cada vez me sentía más cansada.
El dolor de dientes me sorprendió cuando comenzaba a anochecer, señal de que ya me estaban creciendo los colmillos. A lo largo del día me había sentido bastante agotada, incluso habíamos tenido que hacer varias pausas para recuperar el aliento.
—¿Estás bien, Savannah?
—Sí, solo estoy agotada. Debe de ser porque apenas hemos comido.
Pero la fiebre cada vez me debilitaba más. Pronto no le podría seguir ocultando lo que me estaba pasando.
Decirlo en voz alta no solo implicaría que ella tendría que asumir que ya no era la Savannah que una vez conoció, sino que lo haría real para mí. Dejarían de ser síntomas puntuales que sufría en silencio.
Mientras buscábamos un lugar en el bosque donde refugiarnos durante la noche, solo podía pensar en la conversación que habíamos mantenido hacía ya años en Lokkat.
—¿Tú me seguirías amando si fuera un vampiro horrible y sediento de sangre? —me preguntó ella un día.
—Por supuesto que no —me reí—. Nunca sería la amante de alguien con colmillos largos. ¿Y tú?
—Ni aunque me amenazaran de muerte —soltó, riéndose también.
Deseé que, cuando no pudiera ocultar mi nueva condición, no me tuviera miedo, no me odiara. Porque, por el momento, seguía siendo la misma Savannah. No me había marchado a ninguna parte.