La sed del nuevo despertar (El sacrificio de la corona 2) Capítulo 33
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Capítulo 33

Para cuando pude volver a moverme, ya estaba maniatada y amordazada en el interior de un carruaje pequeño y ligero, preparado para que fuera lo más rápido posible.

A mi lado se encontraba Morgana en las mismas condiciones, solo que ella aún permanecía inconsciente. La sangre de la sien se le había secado, creando un fuerte contraste con su piel nívea.

Frente a mí estaban Kendra y Aaron. Aparte de ellos y el cochero, no parecía que nos acompañara nadie más.

Supuse que, si hubieran rodeado el carruaje con soldados, habrían llamado demasiado la atención.

Por lo que entendí mientras seguía paralizada, no estaba dentro del plan que el chambelán se marchara con la Reina de Nadie.

Sin embargo, los gritos de Morgana habían puesto sobre aviso a los soldados que la vigilaban, de modo que Aaron se vio obligado a huir porque el plan no había salido bien.

—El plan ha fracasado, Kiki —lamentó el chambelán—. Ahora todos saben que hemos tenido algo que ver con el asesinato de Clement y Locke.

La monarca de Korane nos observó a Morgana y a mí, y torció el gesto. Que nosotras estuviéramos allí demostraba que no todo había salido mal.

—Por fortuna, Aaron, no ha llegado a pronunciar mi nombre, solo el tuyo.

Puede que crean que has matado a Clement en nombre de Lilith.

O que has ayudado a Savannah a escapar porque ella lo ha asesinado.

Podemos aprovechar la situación, y estoy segura de que los nuestros no se han quedado de brazos cruzados.

Mientras hablaban, noté que, después de horas presa de mi cuerpo, por fin obedecía las órdenes de mi cerebro con torpeza.

Así que intenté mover con cuidado las muñecas atadas a mi espalda para tratar de aflojar el amarre.

La sujeción no era demasiado fuerte, pero necesitaría un buen rato antes de conseguirlo.

Para entonces, ya se habrían dado cuenta.

—Llevo muchos años arriesgando mi vida por tu causa para que esta sea la única respuesta a mis preocupaciones. Tengo la impresión de que no te importa mi situación.

—¿Crees que estaría tan tranquila si no pensara que vamos a ganar? Cuando preparé el Amanecer de la Sangre Negra, te prometí que, si me ayudabas, serías mi rey consorte, y yo no rompo mis promesas.

Kendra le acarició la mejilla en un gesto maternal, como una madre hablándole a su hijo.

—Te he visto, Aaron. Mientras Lilith te utilizaba como un simple amigo con quien desahogarse, yo vi a un hombre con ambiciones de ser algo más en la vida que un simple chambelán. Te prometí la mayor de las glorias, y te la daré, pero debes confiar en mí.

Aaron apartó la mirada, avergonzado por haber dudado de ella.

—Lo sé, mi reina.

—Pues no vuelvas a decir que no me preocupo por ti. Yo te he formado, te he dado un motivo para existir. Si no fuera por mí, tu mundo se reduciría a seguir siendo la sombra de Lilith.

Me dolían los ojos de haberlos tenido abiertos durante horas, sin poder parpadear a causa del paralizador.

Decenas de lágrimas habían recorrido mis mejillas para que no se me secaran demasiado, pero ya no podía aguantar más, así que me vi obligada a parpadear levemente...

Y el gesto no le pasó desapercibido a Kendra.

—Buenos días, Savannah —me dijo con voz melosa—. Veo que ya se te ha pasado el efecto del paralizador. ¿Quieres saber adónde vamos?

Continué inmóvil mientras ella hablaba con ese júbilo que me desconcertaba. No solo no se arrepentía de haber matado a una persona que seguía amándola, sino que disfrutaba con nuestro secuestro.

—Vamos al mar. Llegaremos en unas horas. ¿Lo has visto alguna vez?

Nunca. Padre me había hablado de él, pero tampoco lo había visitado mucho. Al fin y al cabo, Dhoul no dejaba de ser una capital de interior. La costa se encontraba en el norte y sur de Parkisan.

—Morgana y tú vais a nadar... —Se rascó la barbilla—. Solo que con unas cuantas piedras en los bolsillos.

Se me formó un nudo en la garganta. Era el plan perfecto.

El castillo había sufrido una serie de muertes bastante cruentas, y Morgana, el chambelán y yo habíamos desaparecido tras los asesinatos.

El cuerpo de mi antigua compañera de vida y el mío serían arrastrados hasta el fondo del mar, donde nunca nos encontrarían.

Tenía que encontrar un modo de liberarme antes de que ejecutara su sentencia.

Aaron conocía muy bien los pasadizos y había sabido dar esquinazo a los soldados de la Orden antes de que comenzaran a perseguirnos.

De modo que, aunque algún soldado diera con ellos, Morgana y yo ya llevaríamos días muertas.

—¡Eres una hija de chupasangres! —mascullé, aunque no podía vocalizar demasiado debido a la cuerda con la que me habían amordazado.

Kendra soltó una carcajada ante mi indescifrable insulto, mientras que Aaron arqueó una ceja con gesto solemne.

Ambos se comportaban como si yo fuera una niña pequeña que acababa de hacer una gracia.

El viaje iba a ser muy largo.

Durante horas, mi preocupación no fue solo que quisieran acabar con nuestra vida, sino que Morgana no despertaba. Por un segundo temí estar ante su cuerpo sin vida; no obstante, cuando acercaba mi cara a la suya, comprobaba que seguía respirando.

Kendra y Aaron reían cada vez que intentaba cerciorarme de que ella seguía viva. Los mataría con mis propias manos en cuanto llegara el momento.

Mi cuerpo comenzaba a sufrir los efectos de estar maniatada durante tanto tiempo.

Sentía calambres en las manos, y los pies me pedían a gritos que los cambiara de posición.

Pero la peor sensación era la de la mordaza en la boca.

La cuerda me estaba haciendo rozaduras en las comisuras de los labios, y me costaba respirar.

Siempre que podía, movía un poco las muñecas intentando librarme del agarre. Eran pequeños instantes de descuido, conversaciones entre ellos que me permitían avanzar un poco en mi cometido. Logré que la cuerda se aflojara, pero debía esperar el momento indicado.

El instante propicio llegó cuando Kendra y Aaron pararon para desayunar en una posada. Mi estómago también rugía, y sentía que la vejiga me iba a estallar, pero era mi única oportunidad. Quizá no volviéramos a parar hasta llegar al mar, y ya sería demasiado tarde.

Para entonces, Morgana había despertado, pero aún se encontraba demasiado aturdida. De vez en cuando volvía a dormirse y, cuando no lo hacía, se quedaba mirando un punto fijo del carruaje. No parecía ser consciente de lo que estaba ocurriendo.

Mientras nuestros enemigos salían y el cochero humano que llevaba las riendas entraba para vigilarnos, liberé mis muñecas.

En cuanto los dos se cruzaron con el parkisano, Kendra se quitó el frasco que llevaba colgado al cuello y se lo dio.

Su aliado se lo ató al cuello, orgulloso de que le hubiera entregado tal obsequio.

—Por si intentan escapar —escuché decir a la Reina de Nadie—. Las despistará lo suficiente como para que las captures de nuevo.

Cuando el parkisano se acomodó frente a nosotras, me fijé en que llevaba un sable. Me vendría bien para cortar el resto de las ataduras.

Comprobé que Kendra y Aaron hubieran entrado en la posada antes de atacar. Si iba a morir, que al menos no fuera por un descuido como ese.

—Puede que seas la princesa de Parkisan —me espetó el cochero entre risas—, pero ahora pareces una miserable criminal que va a enfrentarse a su condena a muerte.

Esa ofensa fue lo que necesitaba para demostrarle que se había equivocado de mujer. Me impulsé con las manos y le di una patada en el estómago. Quería dejarlo sin aliento el tiempo suficiente para que no se defendiera ni gritara.

El hombre se dobló sobre sí mismo, aturdido. Aproveché para quitarme la mordaza y, como pude, me abalancé sobre él y traté de quitarle el sable. No opuso mucha resistencia; solo aprovechó para abrir el frasquito que le había entregado la Reina de Nadie.

Mientras empuñaba el arma, noté que hacía ademán de lanzarme el contenido al rostro.

Aunque me cubrí como pude, parte del líquido me entró en los ojos.

En un acto reflejo; y, sin ningún tipo de clemencia, lo atravesé con el sable, enviando su alma al Prado Más Alto segundos más tarde.

Mientras agonizaba, el cochero parecía sorprendido de que no me hubiera pasado nada.

Cuando examiné el contenido, me quedé tranquila. Solo era agua.

Procedí a cortar la cuerda que me inmovilizaba los pies mientras pensaba en lo curioso que era que hubiera intentado atacarme con algo así. La reina debía de haberle hecho creer que era algún tipo de veneno incoloro, y solo era agua.

«Agua, como la del lago de Korane que convirtió a todos sus habitantes en vampiros», me recordó una vocecilla.

Cuando esa idea cruzó mi mente, el alma se me cayó a los pies.

—¡No, no!

Me temblaron las manos y me froté los ojos como si pudiera extraer la enfermedad si lo hacía con la suficiente fuerza. Mi respiración se agitó, y deseé que mis sospechas no fueran ciertas, que fuera solo un veneno que pronto actuaría.

Mientras me desesperaba, mi mirada se encontró con la de Morgana, que parecía haberse espabilado al fin. A través de la mordaza, intentaba hablarme, cada vez más nerviosa. No podía perder más tiempo dándole vueltas, así que me coloqué a su lado y corté las ataduras que la separaban de la libertad.

—Savannah, he... he tenido un sueño horrible —balbuceó—. He soñado que mataban a Clement y...

—Morgana, no hay tiempo —le dije con urgencia—. Tenemos que marcharnos antes de que Kendra y Aaron vuelvan.

Envainé el sable, me lo até a la cintura y ayudé a Morgana a bajar del carruaje. Ella se movía algo aturdida, sin comprender por qué teníamos tanta prisa, y asumí que la huida tendría que planificarla sola.

El modo más sencillo era huir en carruaje.

Sin embargo, cuando intenté subir al pescante para iniciar el viaje, los caballos se encabritaron, asustados de repente, y huyeron al galope.

Ante el brusco movimiento, me caí de espaldas.

Morgana intentó frenar mi caída, pero sus reflejos no eran los mejores, tras tantas horas inconsciente.

—¿En serio? —maldije al comprobar que los animales habían huido despavoridos con el carruaje.

No sabía si lo habían hecho porque no me conocían o porque habían notado el miedo que me dominaba.

En cualquier caso, su relincho debía de haber alertado a los que se encontraban en el interior de la posada.

En otra ocasión, me habría adentrado en ella y habría intentado darles muerte.

Sin embargo, solo tenía un sable, mi cuerpo aullaba de dolor después de estar tantas horas atada, y Morgana no estaba en condiciones de defenderse sola.

Así que la tomé de la mano y nos internamos en el bosque para que nadie nos encontrara.