Capítulo 32 #2
La Reina de Nadie se mostraba orgullosa ante las palabras de Ryan. Se había encargado de reclutar a aquellos vampiros y humanos con seres allegados enfermos. Les había prometido lo que ninguno de los hermanos Delagarde habían logrado en esas dos décadas: una cura.
En ese momento, alguien abrió la puerta de las mazmorras y comencé a gritar con todas mis fuerzas para que me escuchara. Debían de haberme oído, mis intentos no habían sido en vano. Cuando el chambelán llegó a la altura de Kendra, por unos instantes respiré relajada.
—¡Aaron! —bramé—. ¡Aaron, menos mal!
Pero me equivocaba. Era otro traidor.
Como decía Darius Hearnshaw durante el Sacrificio de la Corona, para que el enemigo entrara, algún traidor le había abierto antes la puerta. Incluso en el Amanecer de la Sangre Negra.
El alma se me cayó a los pies.
—Vaya, la futura princesa se ha dejado capturar mientras matabas a Clement —comentó Aaron jocoso—. Kiki, debes tener más cuidado. Podría haber escapado.
Kiki... Así que era a ella a quien Aaron le mandaba cartas.
—Yo tampoco quería mancharme las manos de sangre con la muerte de Clement —aclaró Kendra—. Pero ya llevo esperando mucho tiempo, Aaron. La paciencia se me ha agotado.
Tragué saliva de nuevo, pero sentí que, en esa ocasión, me costaba más. ¿Sería que los polvos amarillos me estaban haciendo efecto?
Aaron me repasó de arriba abajo, y su bigote se movió mientras se recreaba en mi desgracia.
—¿P... por... q...? —intenté preguntar.
Notaba la lengua muy pesada, tanto que no respondía a las órdenes que le daba. Al instante, Kendra movió la mano en el aire para que los soldados me soltaran y, acto seguido, caí al suelo.
No podía moverme, ni siquiera hablar. Solo podía pasear la mirada de un lado a otro mientras presenciaba, indefensa, la escena.
—He de decir que al principio me caíste bien, Savannah. Odiabas a tu madre —confesó el chambelán—. Pero debía fingir que no, por guardar las apariencias.
Con la mirada, intentaba preguntarle por qué había traicionado a la reina a la que servía. ¿Era también por curarse de la enfermedad o había algo más que yo desconocía?
—¿Qué le diremos a Parkisan? —preguntó Aaron. Por sus movimientos, intuí que señalaba el cuerpo de Clement.
—Que ha sido Lilith, que no ha soportado que su hermano pudiera quitarle el trono. Entre eso y que ahora ya se sabe que Savannah es su hija, Parkisan acabará en una sangrienta guerra civil entre ducados. Y entonces llegaré yo para vengar la muerte de Clement y poner fin al conflicto.
—Habrá gente que no querrá acercarse a ti por la maldición... ¿Cómo subsanarás eso?
—Porque seré su única esperanza. Morgana también morirá esta noche asesinada por Lilith... ¿O por Savannah? ¿Qué es mejor, Aaron?
Al oír su plan, hice lo posible por ponerme en pie y gritar. No, no podían matar a Morgana. Que acabaran conmigo si era lo que deseaban, pero que a ella no la tocaran.
Luché con todas mis fuerzas para moverme o pedir auxilio, pero no lo logré. Solo pude escuchar sus planes mientras era incapaz de remediar esa situación.
—La idea del crimen organizado por la amante siempre es... más atractivo. ¿Qué haremos con Savannah? —El chambelán me propinó una patada suave en el costado para señalarme.
—Mi Dios la ha puesto en mi camino por un motivo. Nos la llevaremos de aquí, y eso avivará más el fuego. Encontrarán todas estas muertes y, mientras tanto, la heredera estará desaparecida.
A lo lejos, oí que por fin volvían a abrir la puerta, esta vez solo lo justo para que no se viera la macabra escena.
Uno de los soldados de la orden estaba hablando con alguien que no era ninguno de sus aliados.
Entonces Aaron cargó conmigo y, en mi mente, pataleé todo lo que pude para librarme de su agarre.
No obstante, mi cuerpo seguía igual de paralizado que antes.
—Quiero hablar con Clement. —Sentí una presión en el pecho al oír la voz de Morgana.
—Ahora mismo está hablando con Savannah —comunicó el vampisano—. Ella desea privacidad.
«Por favor, Morgana. No le creas».
—Bueno, pero soy su hija, y quiero hablar con él antes de partir hacia Zinnia. A Savannah no le importará que yo también esté.
A lo lejos, oí que Kendra manipulaba algún punto de la pared de las mazmorras.
—Son órdenes de la heredera, y te recuerdo que estás aquí en calidad de prisionera. Así que...
Entonces oí un golpe: Morgana debía de haber empujado al soldado para que la dejara entrar. Después, los demás traidores forcejearon con alguien, con ella o con sus escoltas.
El acceso secreto se abrió, y Kendra, Aaron y yo entramos por él. Al parecer, se encontraba en la celda de enfrente de la de Clement.
En ese momento, Morgana gritó:
—¡¿Qué ha sucedido?!
Tanto ella como sus escoltas debían de haber visto ya la imagen que se abría frente a ellos. Locke y Phoebe, en el suelo, asesinados, y Clement desangrado dentro de su celda.
—¡Padre! —sollozó Morgana—. ¡No, por favor! ¡Padre, no te mueras!
«Morgana, estoy aquí», le gritaba en mi mente.
Kendra se movió lo más rápido que pudo para intentar cerrar el acceso al pasadizo. Tan solo habían pasado unos segundos, pero era como si transcurrieran a una velocidad mucho más lenta.
Mientras tanto, oía estocadas y golpes, posiblemente entre los soldados de ambos bandos. Nadie se había percatado de que me estaban secuestrando.
Nadie, salvo Morgana.
—¿Dónde está Savannah? —No había olvidado que se suponía que yo estaba allí—. ¡Savannah!
Imaginé cómo había dado una vuelta sobre sí misma y había reparado en esa puerta de ladrillos que aún no se había cerrado bien mientras los demás luchaban contra los traidores. Oí unos forcejeos en el acceso y entendí que se trataba de ella, que intentaba impedir que se me llevaran.
El pasadizo se iluminó de pronto y escuché gritar a Morgana:
—¡Soltadme! ¡Tienen a Savannah! ¡Aaron Brackstone, Ken...!
Oí un golpe seco, y Morgana cayó al suelo. Por lo que parecía, algunos de los soldados fieles intentaban acercarse al pasadizo para rescatarnos a las dos mientras luchaban contra los traidores.
—Nos la tendremos que llevar, Aaron —confirmó Kendra, refiriéndose a Morgana, e hizo que un soldado la cogiera en brazos—. No tengo más polvos paralizadores. —Entonces, se dirigió a los traidores—. ¡Extended el ataque! ¡Que estén demasiado ocupados defendiéndose como para buscarnos!
Por fin consiguieron cerrar los pasadizos y nos sumimos en la oscuridad.