La sed del nuevo despertar (El sacrificio de la corona 2) Capítulo 32
58%

Capítulo 32

Locke me retuvo para que no me asomara, pero en ese instante Phoebe me empujó con fuerza y me tiró al suelo. Esto reveló mi escondite a aquellos que habían perpetrado la muerte de Clement esa noche.

—Hola, Savannah —oí decir a Kendra—. Vaya, así que lo has escuchado todo. No hace falta que me temas, soy tu amiga.

Levanté la cabeza y reparé en que Phoebe había rodeado el cuello de Locke con su espada larga. Acto seguido, le cortó la garganta, igual que Kendra había hecho con Clement. Gotas de sangre negra salpicaron mi ropa.

—¡Locke! —grité.

El capitán de la Orden de las Espinas cayó al suelo con un golpe seco, mientras comenzaba a desangrarse.

Levanté las manos y, durante una milésima de segundo, dudé de si debía socorrerlo o, por el contrario, huir de las mazmorras.

Mi indecisión me había vuelto un poco torpe, me sentía como si me encontrara en un sueño.

¿En qué momento acababan de asesinar a Clement, y en qué momento Phoebe me había traicionado y matado a Locke?

Desenfundé mi daga y, antes de que ella me hiriera con su espada larga, atravesé uno de los ojos de Phoebe.

No era vampira, así que no me preocupé cuando su sangre me salpicó el rostro y cayó muerta.

Intenté salir de allí lo antes posible, pero varios soldados de la Orden de las Espinas que estaban con Kendra me redujeron antes de lograr mi cometido.

Los guerreros que debían proteger mi vida estaban atentando contra ella.

Forcejeé, pero me sentí como en la última prueba del Sacrificio, cuando elegí «Morir».

Eran demasiados, así que no tardaron en arrancarme la daga manchada con los sesos de la traidora.

Sentí que las puntas de sus armas se clavaban en mi espalda mientras, con la mano libre, me retenían por los brazos.

Estaba atrapada.

Comencé a gritar lo más fuerte que pude, hasta que noté que la garganta me ardía. Sin embargo, nadie me detuvo. Solo se rieron de mí.

—Las mazmorras están demasiado lejos de donde se hace vida normal en este castillo como para que alguien se entere por tus gritos —comentó la Reina de Nadie—. Ningún parkisano acudirá a auxiliarte, nadie puede oírte. Pero tranquila, solo quiero que hablemos.

No me daba la impresión de que estar retenida por unos traidores fuera sinónimo de hablar.

Me fijé en el vestido de color crema de Kendra. Reparé en que tenía pequeñas salpicaduras de la sangre de Clement, y desvié la mirada hacia él. Se me revolvió el estómago; parecía que su mirada apagada seguía con atención la emboscada que me acababan de tender.

—¿Para quién trabajas?

Si no podía luchar ni pedir ayuda, me tocaría conversar con ella el tiempo suficiente hasta que alguien nos descubriera. Era el único modo de sobrevivir.

—Solo trabajo para mí. —La Reina de Nadie se encogió de hombros—. Igual que solo una persona puede reinar en Parkisan, y esa persona seré yo.

Por tanto, la existencia de ese tercer frente no era una elucubración de Brandon y Morgana. Era real.

«Deberíamos haber confiado en ellos aquella noche», lamenté.

Nos obcecamos tanto con el conflicto entre los hermanos, en sus mentiras y corrupciones, que obviamos a la verdadera enemiga.

Muchos, incluso Lilith, la veían como esa pobre monarca que se había quedado sin súbditos sobre los que gobernar.

Si no hubiéramos dudado de ellos, Clement estaría vivo, y su cuerpo no sería testigo de cómo iba a perder la vida pronto.

—P-pero hace unas semanas tú luchaste con nosotros cuando atacaron el castillo. —Sentí que las espadas con las que me apuntaban los soldados se clavaban un poco más en mí—. M-mataste a los que te apoyan.

—Debía hacer lo necesario para que no sospecharais de mí. Mis aliados saben que, para que la victoria sea nuestra, tienen que estar dispuestos a ofrecer su vida. Y, créeme, lo están, porque yo soy la única que puede salvar Parkisan.

—¿De ti?

Le sostuve la mirada en todo momento, incluso cuando empezó a pasearse con altanería por las mazmorras.

—¿Sabes lo difícil que es asumir que, por un error, ha muerto toda tu gente? —Se detuvo y se acarició el frasco que siempre llevaba colgado al cuello—. Asumir que nunca podrás cumplir tu destino por una equivocación.

—¿U-una equivocación? Kendra, en Korane murieron miles de personas por una supuesta maldición. Pero no fue eso lo que pasó, ¿cierto?

Ella se acarició la barbilla mientras se debatía entre contarme la verdad o no.

Me daba la impresión de que su relato me ayudaría a comprender mucho de lo que había ocurrido en Korane... y en Parkisan.

—Cada año, mi pueblo, mi familia y yo nos bañábamos en un lago bajo la luz de la luna a modo de ritual.

—Esbozó una sonrisa nostálgica, que luego borró—.

Ese fatídico año escuché que el Alto Monje planeaba arrebatarnos la Corona con una revuelta.

Sabía que mis padres no me creerían porque no tenía pruebas, y él era su mayor confidente.

Pero siempre podía arruinarle la vida haciendo que ese ritual anual que él oficiaba saliera mal.

En mi cabeza, se vería obligado a dejar su cargo.

—¿Qué hiciste? —exhalé.

—Le di una lección que me costó mi familia y mis súbditos.

—¿ Qué hiciste?

Kendra se hizo de rogar y tardó unos segundos más en decir:

—Maté a varios parásitos de Korane que se alimentaban de la sangre de otros animales para sobrevivir.

Vertí la suya en el lago y no participé en el ritual, desatando la ira de mis padres por hereje.

Intenté que ellos tampoco lo hicieran, pero ignoraron mis súplicas.

Después de todo, si les hubiera contado lo que había hecho, me habrían castigado.

Puede que me hubieran desheredado incluso por haber mancillado las aguas sagradas.

Pero mi Dios, que todo lo ve, sí que me castigó por mi ofensa.

Me tembló la mandíbula al escuchar la confesión de la Reina de Nadie. Parásitos que se alimentaban de sangre, como los que rondaban Parkisan desde hacía veinte años.

Solo que no bebían sangre de animales, sino de humanos sanos.

—Él no te castigó, tú los convertiste en vampiros...

Nunca me había planteado de dónde podía venir el vampirismo de Parkisan, pero jamás se me habría pasado por la cabeza que podría haberlo causado otra monarca.

—Yo pensaba que enfermarían y que luego se recuperarían. —Kendra abrió tanto los ojos que daba la impresión de que se le iban a salir de las cuencas—. Pero la maldición los volvió tan peligrosos y horrendos que me escondí durante días hasta que todo pasó.

«Hasta que todo pasó» o, en otras palabras, hasta que todos los vampiros murieron a causa de su enfermedad.

Se me erizó el vello de la nuca y comencé a sentir pánico.

—Por fortuna, mi Dios me mandó una señal.

—Desvió la mirada y se acercó de nuevo al cuerpo de mi tío—.

Clement, el futuro príncipe de Parkisan, se enamoró de mí.

Aunque mi insolencia me hubiera arrebatado la posibilidad de ser monarca, aún podía cumplir mi destino.

Todavía podía reinar sobre unos súbditos.

Hasta que Lilith se embarazó de ti para quitarme lo que era mío.

—Y extendiste la enfermedad...

—No extendí nada —me corrigió con cierto resquemor—, fue mi Dios quien os mandó esa maldición por no darme Parkisan, porque era el destino que Él había pensado para mí.

Posiblemente, Kendra esperaba que todos los parkisanos muriéramos, como había sucedido en Korane. Cuando no fue así, intentó poner en jaque el mandato de Lilith de otro modo.

Tragué saliva, pidiendo para mis adentros que nos descubrieran pronto.

—Tus esbirros atacaron el castillo cuando yo solo era un bebé para matarme.

—Solo tú me separabas del trono y de mi misión en la vida. No salió como esperaba, pero por fin voy a resarcirme de la traición que sufrí hace dos décadas. Porque me lo merezco, porque Korane vivirá y, si para ello Parkisan debe perecer, que así sea.

No tenía ningún reparo en destruir el único reino vecino que no la había abandonado durante todos esos años.

Me tensé bajo el agarre de mis captores.

En ese momento, Kendrá le entregó a Ryan un saco con polvos amarillos y se acercó para restregármelos por el rostro.

Me revolví como pude y, aunque el cuerpo me pedía gritar para pedir socorro de nuevo, supe que no serviría de nada.

Al revés: haría que la sustancia entrara con más facilidad en mis pulmones.

Por desgracia, tras varios forcejeos, el sirviente de sangre logró que respirara esos polvos. Me pregunté si era veneno, como la flecha con la que habían intentado matarme hacía unas semanas.

—¿Qué es esto? —Tosí.

No contestó.

—¿Por qué, Ryan? —pregunté de nuevo, con la traición pesando sobre mis hombros.

El parkisano me observó con una mirada cargada de odio que jamás me había dirigido. Así era como me veía de verdad: con rabia y rencor.

—Durante años, mis compañeros y yo hemos sufrido abusos por parte de la Corona —me espetó, como si fueran culpa mía—. Pero el día en que mis padres fueron asesinados por un vampiro en su sangrería, ¿sabes qué fue lo último que dijeron?

—No lo sé porque no estuve allí —respondí con sarcasmo—. Y tú tampoco.

Sus fosas se ensancharon, irritado. Sonreí, divertida. En ese momento de indefensión, aún podía desquiciar a mi oponente.

—¡Me dijeron que estaban tranquilos porque sabían que se reunirían con su hijo en el Prado Más Alto!

—Me sujetó la barbilla con fuerza para que lo mirara y se acercó demasiado a mi rostro, invadiendo mi espacio personal—.

Kendra me dio un motivo para seguir viviendo.

Nos prometió que curaría el vampirismo, que Vampisan volvería a ser Parkisan.

—¿Por eso trabajáis para ella? —Su silencio bastó para confirmar mis sospechas—. ¿Y la crees? ¡Ryan, ella provocó todo esto!

—Por eso, ella curará el vampirismo. —Se alejó de mí—. Es nuestra única oportunidad.