La sed del nuevo despertar (El sacrificio de la corona 2) Capítulo 31
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Capítulo 31

Cuando llegué a las mazmorras acompañada por mis escoltas, se me cortó el aliento.

Frente a mí se encontraba un Clement mucho más demacrado que el que había sido apresado hacía solo unos días.

Además, su rostro era un mapa de cortes y magulladuras: lo habían torturado para sonsacarle información.

Sus ropajes morados se mostraban deslucidos por la suciedad y las roturas que los soldados habían provocado.

Me sorprendió que estuviera solo, sin la guardia vigilando cada uno de sus movimientos. ¿Y si intentaba escapar?

Cuando Clement me vio, esbozó una sonrisa ladeada que acentuó los cortes de sus labios. En cambio, intenté mostrarme lo más firme e impasible que pude.

—Hola, Savannah. ¿Vienes a que acabe contigo al fin?

Gracias a la luz de la antorcha, también pude ver que una barba canosa comenzaba a crecer por su mandíbula. Entre eso y sus ropajes raídos, no me sentí para nada amenazada, al contrario.

—¡Qué más quisieras! —le contesté.

Locke y Phoebe me retuvieron con suavidad antes de que me acercase a él.

—¿Crees que es buena idea hablar con Clement? —me preguntó él—. No hemos logrado que nos revele nada sobre los ataques.

—Sí, pero estad alerta.

Me senté en el suelo al lado del hermano de Lilith, con los barrotes de la celda como única separación entre los dos. De cerca, aún se mostraba más desmejorado.

—No estás en tu mejor momento, por lo que veo.

—Hasta que mis aliados me saquen de aquí. —Por su voz, cada palabra que pronunciaba era un suplicio para él. Me preguntaba si era solo por las heridas del rostro o por las que ocultaba la ropa.

No quería ser yo la que lo contrariara y hablara de más, pero Zinnia estaba más cerca de ser de la Corona que de él.

—Clement, sé que no hemos tenido la mejor relación tío-sobrina, por eso necesito hacerte una pregunta: ¿sabes quién es Ryan?

Con dificultad, enarcó una ceja.

—¿Quién?

—Ryan, el sirviente de sangre que ha revelado a todo el castillo que somos familia. Bueno, uno de los que ha revelado mi vínculo con la reina a todo Parkisan.

Él chascó la lengua y, despacio, negó con la cabeza. Estaba harto (o, al menos, lo fingía) de que lo acusáramos de todos los atentados contra la Corona.

—Que. Yo. No. He. Sido. Creo que sois vosotras las que habéis organizado los ataques para luego culparme a mí, humillarme delante de todos vuestros siervos y tener la excusa perfecta para declararme la guerra.

Medité en sus palabras, pero no tenía sentido que la reina buscara a un culpable con tanta desesperación si era ella la que estaba detrás de todo.

—Eso es demasiado descabellado.

—No sería la primera vez. —Gruñó de dolor mientras se recolocaba—. Tu tatarabuelo coordinó diferentes ataques al castillo de Branamor para tener una excusa con la que declararle la guerra a Nibringar.

Según me había contado padre, nuestra época próspera como imperio llegó a su fin por culpa de la insurrección de Nibringar.

Tras una guerra civil que acabó con su independencia, Parkisan buscó el modo de volver a recuperar lo que una vez fue suyo.

El conflicto estalló cuando el rey de aquel momento fingió un intento de asesinato.

Cuando su mentira fue descubierta, se vio obligado a abdicar para que el linaje de los Delagarde no se viera afectado.

No estaba muy convencida de que ese fuera el caso de nuestra Corona.

—¿Cómo se encuentra Morgana? —quiso saber de pronto.

El cambio de tema me pilló desprevenida; no esperaba que me fuera a preguntar por ella. Quizá solo lo hacía para desviar la atención y que no siguiéramos hablando sobre Ryan. No obstante, no pude obviar su inquietud.

—Destrozada.

—Por tu culpa —escupió con rabia.

La ira de Clement contrastaba con mi sosiego.

—¿Por mi culpa? No, hombre, creo que con tus actos has cavado tu propia tumba.

Los ojos de Clement brillaron y se acomodó de nuevo para que el dolor ocultara su tristeza. Me daba la impresión de que, si no se controlaba delante de mí, se pondría a llorar de un momento a otro. No se podía permitir que alguien como yo lo viera en ese estado tan frágil.

Una cosa era la vulnerabilidad física, las heridas de guerra, y otra muy distinta la vulnerabilidad emocional.

—Ahora me odia —reflexionó—. Da igual los culpables que busque. En realidad, me lo merezco.

Tragué saliva, sin saber muy bien qué contestarle. No esperaba que nuestra conversación desembocase en ese asunto, y menos que me estuviera planteando consolarlo.

—No creo que te odie, Clement, pero se siente muy decepcionada contigo. No todo vale para lograr nuestros objetivos. Y eso te está costando su amor. Si quieres recuperarlo, te esperan muchos años de demostrarle que no eres el mismo miserable que le habló la última vez.

Se secó algunas lágrimas con rabia; los dedos sucios dejaron un rastro de mugre en su mejilla. Desde luego, jamás me habría imaginado que vería al que meses antes había sido mi rey en este estado tan deplorable.

—Yo... no debería sentirme tan dolido por ella. Si desea dejar de ser mi hija, que lo haga. No necesito su amor, no necesito el de nadie.

Pero la realidad era que, conforme hablaba, más triste se le veía. Esas palabras eran su modo de intentar convencerse de que Morgana podía partir de su vida sin causar estragos en ella.

—Conozco a Morgana desde hace muchos años, y siempre ha intentado ser la hija que tú necesitabas que fuera. Nunca fue... libre, por miedo a vivir contigo lo mismo que había vivido con los de Dahlia.

—¡Eso es mentira! —estalló—. Morgana nunca se ha visto obligada a actuar como alguien que no es. Todo lo que ha hecho ha sido porque quería apoyarme en la causa. Yo dejé que fuera libre, ¡si hasta le permití que fuera compañera de vida de una campesina!

Lo creí. Durante todo ese tiempo, Clement no se había dado cuenta del daño que le había hecho a Morgana. Sin embargo, había palabras y actos que pasaban desapercibidos para nosotros, pero dejaban huella en el otro.

—A veces, estamos tan absortos en nosotros mismos que no vemos la realidad.

Estaba claro que no se había percatado, o más bien que no le había interesado percatarse, de que Morgana se estaba obligando a cumplir sus pretensiones. Mi expresión escéptica no le pasó desapercibida.

—Yo nunca he sabido querer a nadie, Savannah —admitió—.

El día que acepté a Morgana como hija, supe que la figura de padre me iba a quedar grande.

Aunque la empecé a apreciar como si fuera de mi sangre, nunca he sabido transmitírselo.

Tampoco he logrado que mi amor por ella se imponga a mis deseos de gobernar. He fracasado a la hora de cuidarla.

Tragué saliva ante las justificaciones que estaba dando sobre sí mismo.

—Tal vez las cuatro diosas nunca permitieron que yo fuera el rey porque no habría sabido proteger a mi pueblo ni a mi propio heredero. Al final, es lo que he hecho, ¿no?

Clement se apoyó en los barrotes y, acto seguido, levantó la mirada y se encontró con la mía. Tardé un poco en responderle:

—Si ya sabes que habrías sido un mal monarca, ¿por qué todos estos años has insistido tanto en quitarnos la Corona?

—Porque, desde pequeño, crecí con el objetivo de ser rey... Y seguirá siéndolo hasta el día en que las diosas me lleven con ellas.

Su mirada bajó hacia la daga que estaba enfundada en mi cintura desde hacía unas semanas, mientras una idea se abría paso en su mente.

Aunque él no habría podido desenvainarla tan siquiera por la distancia, me aparté antes de que extendiera el brazo a través de los barrotes para tratar de quitármela.

—Ah, no, no. —Le entregué la funda con el arma a Locke por si acaso—.

Este no es el momento en que me intentas matar.

No me gustaría que nuestro emotivo encuentro fuera estropeado por un atentado contra mi persona.

Además, si lograras tu cometido, el siguiente en perder la vida serías tú. No te conviene.

Clement torció el gesto, pero no respondió. De hecho, no habló más, de modo que me puse en pie para marcharme de allí con más dudas que respuestas.

—Cuida de Morgana, ¿de acuerdo? —dijo como única despedida—. Espero que algún día entienda lo mucho que la he querido... a mi manera.

No me convencía esa idea de padre devoto que, simplemente, no ha sabido ser buen progenitor.

Porque querer mal no es sinónimo de amar a medias, sino de no amar en absoluto.

Porque, cuando aprecias a alguien, lo haces con el corazón, no tienes que elegir entre tus sentimientos y tus ambiciones. Hay espacio para todo.

—Lo intentaré —opté por contestar.

—Savannah, ya que estás aquí, ¿te puedo pedir un favor? ¿Me puedes traer un poco de agua? Tengo mucha sed, y vienen solo una vez al día para alimentarme.

De soslayo, miré a Locke, que no se mostraba muy conforme con la petición. Aun así, no parecía que su pregunta tuviera una intención oculta. Solo había que mirar su rostro para darse cuenta de que debía de estar deshidratado.

—Esto lo hago por Morgana —le contesté—. Si por mí fuera, dejaría que te murieras de sed.

Con mis escoltas, me encaminé hacia el pozo que había a la entrada de la prisión y llené un cuenco con agua. La conversación con Clement había revuelto muchas emociones en mí, y no sabía cómo me sentía al respecto.

Cuando regresé a su celda, de nuevo con la daga enfundada en torno a mi cintura, me detuve en seco.

Frente a los barrotes había una mujer ataviada con un modesto vestido de color crema y acompañada por unos soldados de la Orden de las Espinas que no conocía.

Pero quien llamó mi atención fue otra persona que estaba junto a ellos.

Ryan.

Ninguno reparó en mi presencia porque Locke y Phoebe me empujaron tras una esquina antes de que pudiera dar un paso en falso. No pude seguir viéndolos, pero sí escuchándolos.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Clement a su nueva visita.

La mujer llevaba unas llaves y, acto seguido, entró en el cubículo en el que el hombre había pasados los últimos días.

—Me he enterado de que te han encarcelado —dijo ella—. He venido a rescatarte.

Esa voz... me resultaba familiar.

—Has sido muy rápida, Kendra. ¿Cuándo te ha llegado la información a Korane? ¿Y cuánto se tarda hasta aquí desde tu pequeña isla?

Ahogué un grito.

La Reina de Nadie fingía ser amiga de Lilith, pero en secreto seguía apoyando a Clement. Miré a Locke, pero este me hizo un gesto negativo con la cabeza. Si nos movíamos, nos descubrirían. No podíamos avisar a nadie. No si eso implicaba poner en peligro mi vida.

—Nunca se es demasiado rápida cuando el amor guía nuestros pasos —dijo Kendra—. Muchos años son los que han transcurrido desde la última vez que nos vimos, y no he logrado olvidarte. ¿Te dijo Morgana que le di recuerdos para ti?

Después del ataque durante el baile conmemorativo de Parkisan, la reina de Korane le pidió que hablara con él, porque ella no había sido capaz de olvidarlo.

—No lo ha hecho, Kendra. Y cualquiera diría que me echas de menos. Rompiste tu compromiso conmigo en cuanto Lilith fue proclamada princesa.

Se me aceleró el corazón. La reina maldita no hablaba con Clement como si fuera su aliada. De hecho, hablaban como si fuera la primera vez que se veían en muchos años.

¿A quién se suponía que apoyaba Ryan entonces? ¿Al hermano de Lilith o... a Kendra?

Entonces, ¿no pertenecía al bando de Clement?

—Porque te convertiste en la sombra de quien una vez fuiste —replicó ella—. No podía reconocerte.

—Me convertí en la sombra de la persona que fui cuando me abandonaste, cuando toda mi vida se terminó de desmoronar. No solo me habían quitado la posibilidad de ser rey, sino al amor de mi vida. ¿Cómo habrías reaccionado tú?

—No entiendo por qué me lo reprochas como si no entendiera tu dolor. Todos mis súbditos murieron de la noche a la mañana. Si hay alguien que pueda comprenderte mejor que nadie, esa soy yo.

Tragué saliva ante sus palabras. ¿Cómo me habría sentido si mi destino hubiera sido truncado por los deseos de una hermana egoísta y, a modo de represalia, hubiera perdido también a Morgana?

Sacudí la cabeza.

—¿Te acuerdas de la primera vez que nos vimos? —le preguntó Kendra.

—Sí, en la boda de mi prima. Casi nadie quería acercarse a ti por tu maldición, pero yo vi algo que me enamoró. Y lo sigue haciendo. Podríamos haber sido tan felices...

—Podemos serlo, Clem. Vámonos juntos, olvidémonos del pasado y del presente. Si quieres ser rey, cásate conmigo y serás soberano junto a mí en Korane.

—Nuestros súbditos serán animales, insectos y plantas —bromeó.

Eso despertó las risas de los acompañantes de Kendra, incluso me pareció oír las carcajadas de Ryan.

—Siempre será mejor eso que nada —comentó ella—. Ahora en serio. Durante años, te han acusado de atacar a la Corona en múltiples ocasiones. ¿Fuiste tú, Clem? Quiero saberlo antes de darte otra oportunidad.

Aunque no lo estaba viendo, podía imaginármelo poniendo los ojos en blanco. Lo único que oí fue un bufido por su parte.

—Yo no soy el culpable. Lo único que he hecho ha sido recorrer todo Parkisan como un imbécil durante veinte años para que esa cría haya llegado aquí igualmente. Tienes que creerme, Kendra.

—De acuerdo, Clem. Sé que no eres el culpable de que tu familia muriera en el Amanecer de la Sangre Negra. Como tampoco lo fuiste del ataque durante el baile anual y los festejos por la victoria de Savannah, o del cartel que han colgado revelando su identidad.

De pronto, el ambiente se volvió muy tenso. No me gustaban las sospechas que iban tomando forma en mi mente.

—¿Por qué confías en mí con tanta facilidad? —Clement también se dio cuenta de que algo no iba bien—. ¿Es que tu amor por mí todavía te ciega?

Entonces escuché el sonido de la piel desgarrándose repetidas veces y un grito contenido.

—Porque lo hice yo.