La sed del nuevo despertar (El sacrificio de la corona 2) Capítulo 30
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Capítulo 30

Días más tarde, mientras me encaminaba al despacho de la reina, aguardé la peor de las noticias. Las últimas ocasiones en que había sido convocada a su despacho no habían sido precisamente por un motivo bueno. De hecho, la agitación no hacía más que crecer en el castillo de Branamor.

—Viendo el revuelo que se está causando, habrá que adelantar el Rito de las Doce Espinas —anunció Lilith en cuanto aparecí.

Se me resecó el paladar. Todavía veía esa prueba demasiado lejos. Entendía que las protestas no se habían detenido y que, de hecho, en diferentes ciudades de Parkisan el malestar era más que notable. No solo en Zinnia o Azalea, sino también en los demás ducados.

Aun así, no me sentía lista para asumir las responsabilidades de una princesa, y menos aún cuando todavía no había terminado mi formación. Después de acabar con Aaron, empezaron a impartirme más horas de clases en artes liberales, y también habían incluido enseñanzas sobre finanzas y protocolo.

—No he terminado mi preparación —contesté—. Me queda viajar a los ducados e ir a Korane para ver cuáles son los quehaceres de la reina Kendra, si es que hace algo en su día a día.

—Tendremos que suspenderlo, y que las cuatro diosas nos guarden.

Tal y como está Parkisan, no podemos permitirnos alargar más el ritual.

Zinnia y Azalea ya deben de estar preguntándose qué ha sucedido con Clement.

Aunque retiramos los cuerpos y limpiamos la casa, tenemos que mover ficha antes de que lo hagan ellos.

Mañana Omelia acompañará a Morgana hasta Zinnia en representación de la Corona para hablar con la duquesa.

En un principio, había valorado salir yo, pero es demasiado arriesgado que la reina abandone el castillo.

Bajé levemente la mirada ante la noticia que me acababa de dar.

No había vuelto a hablar con Morgana desde aquella apasionada noche.

Como habituaba a hacer, cuando desperté ya no se encontraba en el dormitorio, de modo que rememoraba la escena como un recuerdo agridulce en el que prefería no pensar.

Sin embargo, me molestó que ella no hubiera venido a contármelo, tener que enterarme de que iba a partir a Zinnia a través de Lilith.

Mis ratos libres los pasaba con madre, que había decidido unirse a los sirvientes que araban las tierras del castillo. A veces me gustaba ayudarla, aunque no fuera del todo bien recibida entre los trabajadores. Por unos instantes, sentía que habíamos regresado a Lokkat.

—Podrías estar viviendo una vida llena de lujos —le comentaba jocosa la mayoría de los días— y has elegido volver a ser campesina.

—Es el mundo al que pertenezco, al que siempre perteneceré —afirmaba—. Tu destino es diferente al mío, pero yo nací campesina y así moriré.

Esa tarde la pasé encerrada en mi dormitorio, leyendo una novela. Comenzaba a entender la necesidad de Omelia de perderse en otros mundos; en ocasiones, la realidad era demasiado abrumadora, y necesitaba escapar de todo durante unas horas.

De pronto, alguien llamó a la puerta y entró.

Sabía que no eran ni Omelia ni Morgana, porque ellas siempre irrumpían sin avisar, pero lo que no me esperaba era que fuera mi amigo Sam.

Mi mirada se iluminó al verle aparecer después de días sin encontrarnos.

No había ido a buscarlo; aguardé a que él diera el primer paso.

No obstante, ya había perdido la esperanza, y estaba dispuesta a pedirle perdón de nuevo.

—He hecho avances —dijo nada más entrar.

No presté atención a sus palabras. Me levanté del taburete que estaba frente al tocador y lo estreché entre mis brazos, mientras él me devolvía el gesto cariñoso.

—Lo siento mucho por lo del otro día. Te prometo que nunca más te daré una infusión a traición.

—Disculpas aceptadas. Aunque, a decir verdad, tampoco me conoces tan bien, Savannah.

Podría haberle contado al enemigo qué planeabais Omelia y tú —bromeó, aunque no me reí.

El ambiente estaba demasiado tenso como para hacer bromas sobre ese tema—.

Ahora en serio, entiendo que están pasando tantas cosas que haya un momento en que desconfíes de todo el mundo.

Pero quiero que recuerdes que, mientras esté aquí, tendrás un amigo.

Sonreí y lo volví a abrazar, esperando que él supiera que yo también sería esa persona para él.

—La buena noticia es que he hecho avances, Savannah —repitió.

Me separé de él y bajé un poco el mentón, incrédula.

—¿Avances de qué?

—Cuando salí de la sala de armas aquel día, oí que no sabíais quién había revelado tu vínculo con la reina. No podía quedarme de brazos cruzados. Debía ayudarte a descubrir quién colgó ese cartel. He estado bastante concentrado en la misión.

—¿Has investigado por tu cuenta...? —«Después de lo que hice», no me atreví a añadir.

—En efecto, y el esfuerzo ha tenido frutos.

Hablaba con tanto entusiasmo que no quería ser yo la que lo desanimara, y más después de nuestra conversación anterior.

—¿Y-y qué has descubierto?

Los soldados de la orden no habían logrado identificar al responsable, ni siquiera Locke, pero Sam no pareció reparar en mi escepticismo.

—En este castillo, no soy nadie. Ni sirviente, ni soldado, ni miembro de la realeza...

Nadie. Pues justo por eso la gente de aquí ha bajado la guardia conmigo.

Y ahí es donde he atacado. —Hizo una pausa para generar un ambiente de expectación—.

El caso es que había algunos trabajadores que tenían un amigo que supuestamente había visto a alguien colgar el cartel.

Conseguí hablar con esa persona y... ¡tenemos a nuestro culpable!

La expresión suspicaz evolucionó a una de sorpresa, que intenté que tampoco notara.

—¡Q-qué bien! —Mi voz tembló—. Pero ¿por qué nadie se lo ha confesado a los soldados?

—Parece que hay un acuerdo tácito entre los sirvientes de que nunca se delatarán entre sí. Es su forma de resistirse a la autoridad.

Fruncí el ceño, pero asumí que, si yo hubiera estado en su situación, habría hecho lo mismo. No obstante, estaban atentando contra mi seguridad, así que tendría que revelar su acuerdo secreto.

—¿Quién colgó el cartel?

Sam sacó un papel del bolsillo de su pantalón y leyó lo que había apuntado.

—Eh... Su nombre es Ryan, es un sirviente de sangre. Lo conoces, ¿verdad?

Tardé unos segundos en reaccionar. De todas las personas que habría creído que podría haberme delatado, él no estaba en la lista.

Me parecía un entrometido y quizá no era el mejor amigo que una podría tener, pero no me había dado ninguna pista de que conociera mi secreto.

Ese amanecer, antes de que el sirviente me golpeara, me había estado hablando con total normalidad.

Como si no acabara de colgar un cartel que revelara mi identidad.

—Ryan, sí... Es... Era amigo de Morgana —Me rasqué la cabeza, confusa.

—¿Estás segura de que Morgana no le ha contado nada a Ryan sobre ti?

Sacudí la cabeza. No quería desconfiar de ella de nuevo, no después de la otra noche. Sin embargo, de algún modo debía de haberse enterado.

Entonces, recordé la conversación que había presenciado.

—No, ella no. De hecho, los oí hablar el otro día y él le preguntó si siempre había sabido quién era yo. Por tanto, no fue Morgana.

Abrí la puerta para ir a hablar con la reina y contarle lo que había descubierto. No obstante, Aaron estaba cruzando el pasillo en ese momento, así que lo detuve para informarle a él también.

—Aaron, tenemos un posible culpable del cartel —le comuniqué—. Mi amigo ha estado interrogando a los sirvientes.

El chambelán movió el bigote con curiosidad ante esa revelación. Paseó la mirada entre Sam, mis escoltas y yo.

—¿Y cómo estás tan seguro, muchacho? Hemos hablado con cada una de las personas del castillo, sirvientes y no sirvientes, y nadie nos ha dicho una palabra al respecto.

Yo misma le expliqué lo del acuerdo entre los trabajadores para no inculparse unos a otros. Conforme mi relato avanzaba, la expresión del vampisano se fue ensombreciendo. Desconocía si era porque mi amigo había sido mucho más eficiente que los soldados o por el pacto entre los sirvientes.

—Dicen que el culpable es Ryan, un sirviente de sangre —dije.

Aaron frunció el ceño.

—No le habrás dicho quién eres tú, durante un descuido... —me recriminó—. Os he visto juntos en alguna ocasión.

—No, no se lo he contado. Quizá se lo ha oído decir a alguien o...

«O quizá la reina y yo hemos bajado la guardia en uno de nuestros tantos desencuentros y nos han escuchado», pensé. No habíamos sido demasiado comedidas, y a lo mejor supo atar cabos. Lo que estaba claro era que se había organizado con otros ciudadanos para revelar la verdad por todo Parkisan.

—No lo sé —finalicé—, pero confío en mi amigo Sam.

Aaron meditó en mis palabras antes de emitir un juicio.

—Locke, acompáñame —le pidió el chambelán—. Ese sirviente debe ser ejecutado cuanto antes.

—Como comprenderás, no puedo dejar sola a Savannah —le contestó—. Debemos avisar a la reina.

—Yo lo haré. Me encaminaba a una reunión con ella.

Mientras Aaron se iba deprisa, yo cambié mi destino.

—Tengo que encontrar a Ryan —mascullé—. Le demostraré que se ha equivocado de parkisana.

—¡No!

Locke me retuvo por la muñeca y me dirigió una mirada autoritaria.

—Si te encaras con él antes de que la reina tome medidas —me explicó—, no te contará nada de valor. No conoces las diferentes técnicas de tortura para sacarle la verdad. Tu interrogatorio arruinaría la investigación y no descubriríamos quién le reveló tu identidad.

Tenía razón, para mi desgracia. Aun así, me solté de un tirón y regresé a mis aposentos para seguir leyendo mientras Sam regresaba a su habitación para estudiar el manual.

No pasó mucho tiempo antes de que alguien volviera a interrumpir mi lectura en uno de los capítulos más aburridos, así que tampoco me enfadé. Cuando levanté la mirada y me encontré con la de Morgana, intenté mostrarme impasible.

—Mañana me voy a Zinnia —comentó a modo de saludo.

—Lo sé —respondí de manera tosca—, me lo ha contado la reina.

—A cambio de eso, liberará a Clement. Bueno, lo retendrá como prisionero, pero no en las mazmorras. Lo trasladarán a una habitación como la mía.

Morgana se mostraba tensa, y no se separó de la puerta de mi dormitorio. Estaba esperando que le diera permiso para acomodarse en algún lado, pero me sentía tan molesta por su silencio de los últimos días que ignoré sus deseos silenciosos.

—¿Has vuelto a hablar con él? —Bajé la mirada para fingir que seguía leyendo.

—No, no me siento preparada. Cuando regrese de Zinnia, lo haré.

Ella aguardó un poco más a que la invitara a entrar. Sin embargo, cuando comprobó que no lo iba a hacer, se dio la libertad de sentarse a mi lado en el taburete. Resoplé, perpleja.

—Después de todas las mentiras de Clement —dijo sin hacerme caso—, tengo mis sospechas de que quizá fuera él el que provocó los ataques hacia tu persona. Tal vez nos quería dejar al margen porque no confiaba lo suficiente en Brandon o en mí.

Al instante, alcé la barbilla y di por finalizado mi intento de ignorarla. Dejé el ejemplar sobre el tocador y posé mis ojos color avellana sobre los suyos.

—Entonces, ¿ya estás en mi bando, Morgana?

—Estoy contigo, no con la reina.

En el fondo, la facción que yo había elegido no había sido por voluntad propia, sino porque era la que no quería acabar conmigo.

Nos quedamos en silencio, sosteniéndonos la mirada y esperando que la otra volviese a hablar. No obstante, mi orgullo no me permitió hacerlo hasta que recordé el descubrimiento que Sam acababa de hacer.

—¿Sabes que fue Ryan el que reveló mi identidad en el castillo?

Morgana abrió mucho los ojos, sin dar crédito a la información que le acababa de contar. Ella no era una persona de grandes reacciones, así que, si tenía alguna duda sobre mi antigua compañera de vida, eso confirmaba que no había sido ella.

—¿Cómo? P-pero... te prometo que yo no se lo he dicho.

—No te estoy acusando, Morgana. Ya sé que tú no has sido.

—¿Y cómo lo ha descubierto?

—Se lo han dicho, lo ha escuchado... De momento no lo sabemos. Pero no le aguarda un destino muy bueno, que digamos.

Morgana jugueteó con un mechón azabache de su cabello mientras se sumergía en los recuerdos que había compartido con el que había sido su amigo durante sus años como sirvienta de sangre.

—Lo cierto es que, cuando llegaste al castillo por la competición, él estaba muy interesado en ti —rememoró—. No paraba de preguntarme cómo nos habíamos conocido o qué hacías tú en Lokkat. Pensaba que solo estaba siendo indiscreto porque éramos compañeras de vida, pero quizá no era solo eso.

En ese instante la que se mostró ojiplática fui yo, porque eso complicaba las cosas. La idea de que quizá él se había enterado por un descuido ya no era tan válida, pues parecía que ya conocía la verdad cuando pisé el castillo de Branamor. Antes de que Morgana descubriera cuál era mi identidad.

Antes de que yo lo hiciera, incluso.

—Entonces, ¿crees que ya lo sabía? —pregunté.

—Me gustaría pensar que no, pero puede ser. Nunca le había visto tan interesado en alguien como lo vi contigo.

—Que tú sepas, Ryan no era aliado de Clement, ¿no?

—No, que yo sepa. Pero tal vez eso explicaría por qué se acercó también a mí.

Morgana y yo nos quedamos en silencio durante unos instantes. En mi caso, no estaba conforme con no poder hablar con Ryan. Entendía que era un error, pero no podía quedarme de brazos cruzados. Entonces caí en que había una persona con la que podía hablar.

Clement.

Me puse en pie, preparada para despedirme de Morgana, que partiría al día siguiente, aunque no tenía muy claro cómo hacerlo. Días atrás, nos habíamos besado apasionadamente, pero no habíamos vuelto a vernos desde entonces, y no podía saber si eso era lo que ella deseaba. Yo, al menos, sí.

—Morgana.

—¿Qué?

«Quiero besarte», me habría gustado decirle. Pero, aparte de orgullosa, a veces también era una cobarde. Por tanto, forcé una sonrisa y le contesté:

—Regresa con vida.

Ella se estremeció un poco, como si no esperara esa respuesta por mi parte.

O quizá porque estaba esperando que la tomara entre mis brazos y, por fin, la besara.

—Lo haré —fue todo lo que dijo.