La sed del nuevo despertar (El sacrificio de la corona 2) Capítulo 29
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Capítulo 29

Le di a Sam el espacio que necesitaba. Tampoco quise molestar a Morgana.

En ningún momento abandonó el balcón, observando lo que ocurría bajo sus pies.

Me moría de ganas de acunarla entre mis brazos y decirle que todo estaría bien.

Que, a pesar de las traiciones, podíamos construir un nuevo futuro juntas. Pero preferí dejarla sola.

Aquella noche comenzaron las revueltas. De hecho, algunos parkisanos de Dhoul lograron llegar hasta el castillo y comenzaron a agolparse en el muro que nos separaba de los plebeyos.

A pesar de que Locke y Phoebe se oponían a que presenciara tales horrores, no tuvieron más remedio que acompañarme al patio de armas para verlos con mis propios ojos.

Los parkisanos llevaban antorchas, piedras, hoces y horcas, intentaban abrirse paso entre la Orden de las Espinas para atacarme. No obstante, aunque iban armados, no suponían un peligro. Los plebeyos estaban desorganizados, movidos por la decepción y la rabia.

En cuanto me vieron, los insultos no se hicieron esperar:

—¡Asesina! ¡Has matado a nuestros hijos!

—¡Tu alma nunca encontrará descanso en el Prado Más Alto!

Locke me recomendó que nos marcháramos. Una vez que me harté de oír sus ataques hacia mí, me di la vuelta y me dirigí a mi jaula de oro, la que en las últimas horas se había convertido en un refugio.

Como resultado de la agresión que sufrí por uno de los sirvientes de sangre antes de mi marcha a Winrial, condenaron al parkisano a muerte.

Intenté evitar su trágico destino, porque su reacción había sido normal.

Sin embargo, atentar contra la vida de la futura princesa, aunque solo fuera una fractura en la nariz, se consideraba alta traición.

—Yo habría hecho lo mismo —protesté—. También le habría dado su merecido a la princesa.

Sin embargo, la reina no me tomó en serio, y creyó que había perdido el juicio.

—Tú serías capaz de estar a punto de morir y pedirle perdón a tu asesino.

Torcí el gesto. No me conocía bien. Si alguien estuviera a punto de matarme, le daría el gusto de creer que me iba a quitar la vida y luego atravesaría sus órganos vitales y me encargaría de que yo fuera lo único que viera en su último suspiro.

No me parecía que fuera el caso del hombre que me había atacado.

Ajusticiaron al parkisano en el patio de armas, con todos los sirvientes de sangre del castillo como público. De ese modo, aprenderían que no debían atentar contra nadie de la Corona.

No fui capaz de mirar a ninguno de ellos, ni siquiera a Ryan. Me sentía como si fuera yo la que lo estuviera ejecutando. Tanto Locke como Phoebe me retenían por ambos brazos para que no intentara salvarle la vida en el último momento. Me vería obligada a ver cómo lo mataban sin poder remediarlo.

Cuando la reina se acercó al hombre arrodillado para la sentencia final, le hizo una corta pregunta:

—¿Unas últimas palabras?

El parkisano tembló.

—No me matéis, por favor. Yo... me dejé llevar por la rabia. Protegeré a Savannah con mi propia vida si es necesario. ¡Por favor!

Lilith puso los ojos en blanco y, para mostrar su hartazgo, agarró al sirviente por el cabello y comenzó a beber de su cuello. La sangre comenzó a manchar su pulcro camisón y, por mucho que se revolvió contra su depredadora e intentó defenderse, no pudo librarse de ella.

Fueron unos minutos agónicos. Cuando él ya había perdido casi la consciencia o, en otras palabras, cuando la monarca de Parkisan se había cansado de beber de su sangre, le partió el cuello.

Sus compañeros y yo nos estremecimos en cuanto vimos cómo el cuerpo del ajusticiado caía desplomado. Su mirada llena de terror se perdía en un punto fijo del suelo de piedra. Tragué saliva. Tenía ganas de vomitar.

—¡Si alguien más tiene el valor de atentar contra la vida de la princesa, todavía sigo sedienta! —La reina se restregó por la boca el dorso de la mano para limpiar sus labios manchados de sangre. Todo el mundo se mantuvo en silencio—. ¿Nadie? Eso pensaba...

Esa noche volví a encontrarme con Morgana en el balcón que se había convertido en una extensión de su nueva cárcel. Durante unos instantes, vacilé si acercarme a ella. Sin embargo, saqué la valentía que antes no había encontrado y reclamé mi lugar a su lado.

Al principio, Morgana me ignoró. Estaba claro que no me quería allí, pero no pensaba marcharme, así que aprendería a convivir con su hostilidad el tiempo que durara.

En ocasiones me miraba de reojo, pero terminó rindiéndose y suspiró. Nos quedamos en silencio hasta que noté que la tensión se desvanecía muy despacio. Un rato más tarde, le dije:

—La familia es terrible, a veces.

No me contestó, pero estaba atenta, así que proseguí:

—Mi madre de sangre es la reina. Por su culpa, ahora me odia todo Parkisan.

Además de mala soberana, es una persona fría y manipuladora.

No le importa que otros mueran o sufran si es para conseguir su propio beneficio.

Además, padre me mintió toda su vida sin un ápice de remordimiento porque, según él, lo hacía por mi bien.

No tengo ningún reproche hacia madre, la que me crio.

Pero sí los tengo hacia mi prima de sangre, que se cree mucho más inteligente y resolutiva que yo...

Ah, ¿y te he dicho que tengo un tío que me quiere muerta?

Gracias a las antorchas que iluminaban el balcón, vi cómo Morgana esbozaba una medio sonrisa. Aun así, tuve que esperar unos segundos más.

—Mi familia de sangre son los duques de Dahlia —empezó—, pero me odian porque soy una hija bastarda.

A los doce años me fui con Clement y se convirtió en un padre para mí.

Pero al final el resultado ha sido el mismo que con mi familia de sangre: no me quiere...

O me quiere, pero no tanto como a su misión.

—Abrí la boca para contestar, pero la cerré en cuanto volvió a hablar—.

Sabía que nada le importaba tanto como su objetivo de ser rey.

Aunque creía que, si yo le demostraba que era la hija perfecta, sería diferente conmigo. No lo ha sido.

Volví a recordar el día que rompimos, antes de que ella se presentara al Sacrificio de la Corona.

Rememoré cómo había asumido la responsabilidad de ser la persona que Clement esperaba, la pieza de ajedrez que pondría en jaque el reinado de la Reina Colmillos.

Me dolió escuchar que sentía que su abnegación hacia él había sido en vano.

—Lo siento, Savannah, de verdad —se disculpó, y yo me tensé a modo de respuesta. Sus palabras me habían pillado por sorpresa—. No sé si algún día podrás perdonarme, igual que yo no sé si algún día podré perdonarte.

Esbocé una sonrisa tierna, mientras agradecía por dentro que hubiera vuelto a hablarme.

—Yo también lo siento —musité—. Pero entenderás que no podía quedarme de brazos cruzados después de que Clement hubiera secuestrado a mi madre. Aunque ella no te delató por voluntad propia, sino porque la reina la obligó a hacerlo.

—Lo entiendo. Y por eso te odio tantísimo. Porque, a pesar de que me has destrozado, te comprendo. Yo también lo habría hecho.

Esa última frase resonó en mi cabeza. Por algún motivo, en ese momento me puse en su piel y entendí que no éramos tan diferentes.

¿Cómo me habría sentido yo si hubiera descubierto que Morgana era esa persona a la que padre llevaba años buscando?

Habría sentido decepción y enfado, y por supuesto que habría conspirado contra ella.

—Yo también te odio. Aunque haya sido una orgullosa con este tema, puede que yo también te hubiera traicionado si hubiese pensado que me habías engañado durante los últimos diez años.

—Me acerqué a ella—. Y también te odio porque me has demostrado que la venganza no alivia el alma, sino que la asfixia más —añadí.

—En conclusión, ninguna de las dos tenemos la conciencia tranquila. —Morgana se acercó a mí—. Y ahora, ¿qué hacemos al respecto?

Tardé en responder. Mi corazón me decía que olvidara nuestros errores del pasado y que no temiera por lo que pudiera pasar. Sin embargo, mi cabeza me dictaba que ya era demasiado tarde para que algo volviera a suceder entre ella y yo.

—¿Tú qué es lo que deseas? —pregunté al final.

—Seguir odiándote por toda la eternidad.

Una presión se instaló en mi pecho al escuchar las palabras de Morgana, asumiendo que había perdido toda oportunidad de que lo nuestro se solucionara.

Por eso, cuando me besó, primero con furia y después con ansia, no comprendí qué estaba sucediendo.

Ni siquiera cuando me agarró por la cadera y me apretó contra sí.

Tampoco lo hice cuando tiró de mi mano y me pidió que fuéramos a mis aposentos. Pero quizá lo entendí cuando, ya en mi dormitorio, volvió a unir sus labios a los míos. Entonces averigüé que podíamos odiarnos y desearnos al mismo tiempo. Podíamos odiarnos y olvidar que lo hacíamos esa noche.

Mis besos se volvieron más urgentes. Estar a unos milímetros de distancia no era suficiente para saciarme.

La necesitaba.

La anhelaba.

La ansiaba.

Esa noche sería mía y de nadie más.

Mientras la desnudaba, la miré como si fuera la primera vez, como si el pasado entre nosotras jamás hubiera existido. Suspiré cuando me di cuenta de que ella me observaba del mismo modo. Había cierta intimidad en el hecho de que la persona a la que más odiaras también fuera a la que más amaras.

Aquella noche, nos dejamos llevar por lo que seguíamos sintiendo la una por la otra. Nos perdimos entre besos y caricias que escondían promesas secretas. Pasara lo que pasara, siempre recordaríamos esa noche. Aunque luego causáramos la muerte de la otra, jamás cambiaría ese momento.

Quizá, en otra vida sin vampiros, yo, la princesa de Parkisan desde el momento de mi nacimiento, habría conocido a Morgana como hija de los duques de Dahlia.

Al igual que Brandon y Omelia, nuestra amistad se habría forjado entre los pasillos del castillo.

Y después habríamos sucumbido al amor. Las dos en un mismo bando, sin un conflicto que nos separara.

Tal vez sí que existía una diosa Adhelia que había puesto a Morgana en mi camino. Pero, por desgracia, en nuestra realidad me había tocado ser su enemiga.

—Oh, sí. —Se dejó caer sobre la cama cuando estuvimos demasiado exhaustas como para continuar—. Te odio demasiado, Savie.

Esbocé una sonrisa y le besé la nariz.

—El sentimiento es mutuo, Morgana.

Intenté que no se diera cuenta de que ese encuentro, en lugar de reconfortarme, me había destrozado. Con la poca fe que tenía, rogué a las cuatro diosas que de verdad existiera un tercer bando que hiciera que el de Morgana y el mío se unieran.