Capítulo 28
Morgana pasó la tarde en el balcón más amplio de la tercera planta.
En silencio, observaba lo que ocurría en los jardines y el patio de armas.
No la molesté en ningún momento porque tenía claro que no quería saber nada de mí.
Sin embargo, tras asearme y ponerme un vestido limpio, me pasé varias veces por allí para comprobar si ella seguía en la misma posición.
En una de esas ocasiones, reparé en que no estaba sola, sino que la acompañaba Ryan, el que había sido su amigo mientras era sirvienta de sangre.
—Entonces, ¿han detenido a Clement? —preguntó, sorprendido—. ¿Está en las mazmorras?
Morgana no le respondió. Solo continuó con la mirada fija en lo que ocurría a sus pies.
—En el castillo no se habla de otra persona que no sea Savannah. ¿Sabías que es la hija de sangre de la reina? Yo... A mí me caía bien, Morgana, pero ahora, cada vez que la veo, no puedo olvidar los horrores que hemos vivido. Dime, ¿estabas al tanto?
Ella movió la cabeza y, aunque la veía de espaldas, sospechaba que estaba mirándose el tatuaje de mi inicial que se hizo en la muñeca.
—No estoy de humor para habladurías, Ryan. Hoy no.
Al instante, el sirviente de sangre volvió al interior del castillo y se encontró con mi mirada. Torció el gesto y se fue de allí sin tan siquiera saludarme.
—¡A mí también me engañaron! —grité, harta de los desprecios de todo el mundo.
Con eso logré que se diera la vuelta.
—Créeme que, si pudiera elegir, preferiría haber muerto yo antes que toda esa gente. Preferiría estar muerta antes de que vuestras familias creyeran que lo estáis vosotros.
No decía esto para conseguir su perdón, sino para que entendiera que yo no era una extensión de las decisiones de la reina. Me marché antes de que él pudiera contestarme.
Me encerré en mi habitación y les pedí a Locke y Phoebe que me dejaran sola. Me senté apoyada en la pared, sintiéndome a cada momento más pequeña. Se suponía que tenía que estar contenta, habíamos ganado. Pero algo dentro de mí me decía que no había acabado.
Cuando fui a ver a madre a su habitación, vi que habían trasladado allí las cosas y la cama de Sam.
Parecía que, a partir de ese momento, compartirían el espacio.
Aunque primero pensé que el castillo tenía suficientes estancias para que cada uno tuviera dormitorio propio, entendí que no eran tan importantes para la Corona como para ocupar dos lugares diferentes.
También supuse que de esa manera era más fácil para la guardia tenerlos controlados.
Madre y Sam ya habían hecho buenas migas.
—¡Sam! Lo siento, he estado ocupada todo el día —me disculpé con una sonrisa, pero él me miró con gesto interrogante. Seguramente ya habría llegado a sus oídos todo lo que había sucedido—. ¿Quieres entrenar un rato? Madre, ven con nosotros.
Los tres nos dirigimos a la sala de armas, y yo hice todo lo posible para evitar hablar de lo ocurrido con Sam. Cuando llegamos y lo dispuse todo, intenté convencer a madre para que entrenara con nosotros.
—Vamos, madre. Después de lo que ha sucedido, te vendría bien tener unas nociones básicas. ¿Y si vuelve a pasar algo malo?
—Savannah, te lo agradezco, pero este no es mi mundo. Es el tuyo. Yo no valgo para defenderme con todas esas espadas.
En el pasado, ya le había indicado que era normal que lo pensara porque nunca había manejado una. Sin embargo, la destreza en el campo no llegaba por arte de magia o por intervención divina... La destreza llegaba con la práctica.
Cuando madre se acercó aún más a mis escoltas, entendí que ese día tampoco la iba a convencer. Por su parte, Locke no apartó la mirada de ella en ningún momento. Para él, seguía siendo sospechosa.
Derrotada, me centré en Sam. Le entregué una espada larga cubierta por una funda de paja y yo elegí la misma arma. Mi amigo se concentró en dar lo mejor de sí durante el entrenamiento, en demostrar que estaba hecho para ser un buen guerrero.
Sin embargo, su actitud conmigo era distinta. Se mostraba distante, y casi no cruzó palabra conmigo, a diferencia de otros días.
Sabía lo que le ocurría, pero no tenía fuerzas para sacar el tema.
—¡Venga, Sam! —lo animé—. ¡Dame una estocada!
Había colocado mi espada larga en guardia alta, por encima de la cabeza. No solo quería que me atacara, sino que pensara antes de hacerlo. En los últimos días, yo había sido muy insistente con no dejar el torso al descubierto. De modo que clavó la punta protegida en mi abdomen.
—¿Muerta?
—¡Muy bien! —Cambié de posición a guardia del buey, a media altura—. Ahora otra.
La falta de preparación (y de concentración) hacía que Sam se mostrara inseguro en sus ataques.
Aunque antes le había dejado ganar, en esa ocasión le hice luchar un poco más.
Vi cómo mi amigo colapsaba al no tener la agilidad mental para protegerse y devolverme el golpe al mismo tiempo.
Se vio obligado a bajar la espada, y coloqué la hoja en su cuello.
—Muerto —celebré.
—¿También? Si no he desprotegido el cuerpo...
—Bueno, permíteme que lo dude. Te acabo de cortar la cabeza.
Sam suspiró, frustrado, y se alejó unos metros de mí para aceptar la derrota.
—Savannah, no me lo pones nada fácil...
Entendí a Sam, porque yo le había protestado a padre cientos de veces por el mismo motivo.
—El contrincante no te perdonará la vida porque seas inexperto... —Eran las mismas palabras que mi progenitor me decía—. Nadie dijo que fuera fácil, pero es lo que quieres, ¿verdad?
—Sí, pero... ten paciencia conmigo. Llevo todo el día agotado.
Agotado. Dejé la espada en la mesa y me crucé de brazos, a la espera. Había llegado el momento de hablar.
—¿La infusión que me diste anoche era un somnífero? —preguntó—. No me sorprendí cuando me entró sueño, pero sí que lo hice esta mañana. Casi no podía moverme, tú habías desaparecido porque te habías ido a capturar a Clement y, de repente, había llegado tu madrastra.
No hablaba como si sus palabras fueran una sospecha, sino una certeza. Apreté los labios, no servía de nada mentirle.
—¿Lo hiciste, Savannah? —insistió.
—Sí —admití.
—¿Por qué?
Podía excusarme y culpar a mi prima de sangre, pero opté por contarle toda la verdad.
—Porque Omelia no quería que te enteraras de nuestro encuentro clandestino con Brandon y Morgana. Y supongo que yo tampoco quería que supieras todo lo que iba a hacer.
Sam se mostró confuso, porque hacía una semana le había contado sin reparos cuál era mi vínculo con la reina. Después, su expresión se tiñó de tristeza, como un viento huracanado que azota a cualquiera que pase cerca.
—Podrías haberme pedido que no dijera nada, y no lo habría hecho. Nunca lo he hecho.
No sabía hasta qué punto era buena idea esa conversación con Locke delante. El vampisano se mantuvo impasible, pero sabía que estaba escuchando con mucha atención.
—Siento haberte dado esa infusión, Sam.
—El problema no es la infusión, Savannah.
El problema es que no confiaste en mí, eso es lo que me duele.
Lo peor es que no me puedo enfadar contigo porque sé que no es personal.
Dudo de que confíes en alguien que no seas tú misma, pero, como pone en el manual de tu padre: «En la batalla, confiar en la persona equivocada te puede llevar a la derrota, pero desconfiar de tus aliados te asegurará la peor de las muertes».
Quise decirle que era mentira, que no era una persona recelosa con aquellos que estaban en mi vida.
Sin embargo, la única de cuya palabra jamás vacilaría era de madre, la que me había criado.
Los demás podrían traicionarme en cualquier momento, Morgana era la prueba de ello.
Sentía que eso marcó un antes y un después en mí.
Había confiado en mi amigo al confesarle mi verdadera identidad, pero porque necesitaba hablar con alguien en un momento de desesperación. Si hubiera estado calmada, tal vez no habría sido tan honesta.
Sam se marchó de la sala de armas sin decir nada más, y yo me concentré en la mesa del lado opuesto para no ver cómo se alejaba de mí, tanto física como emocionalmente.
—Se acabó el entrenamiento, supongo —musité para mí.
Entonces, sentí que alguien se acercaba. Locke.
—Tu amigo es bueno. Sigue entrenándolo y tal vez tenga una oportunidad —comentó el vampisano—. Pero habla de más, y puede que la reina termine ajusticiándolo por ello.
Palidecí; que mi amigo llamara tu padre a Harry Montgomery le había revelado que yo no había guardado el secreto.
—Sam se ha enterado, como todo el mundo, por el cartel.
—Tu mirada de súplica ahora no me dice lo mismo.
La mandíbula me tembló ante la inclemencia de Locke.
—No le cuentes nada a Lilith, por favor —le pedí.
—Savannah, ¿eres consciente de que quizá haya sido él el que ha revelado tu parentesco con Su Majestad?
Me detuve en el acto. No lo había pensado. Me había centrado en las acusaciones hacia madre.
—Sam nunca haría eso —concluí.
Pero lo cierto era que no lo sabía. Solo era uno de los tantos parkisanos y vampisanos que estaban al tanto de la verdad en ese castillo.
—Sigue siendo sospechoso —se limitó a decir Locke.
—¿Cómo sé que no has sido tú? —Levanté la barbilla y, con ella, apunté a Phoebe—. ¿Cómo sé que no ha sido ella? Si empezamos a señalar, deberíamos señalar a todos.
Locke se acarició los colmillos, hastiado de que no comprendiera su punto de vista. Lo había entendido a la perfección, pero la realidad era que conocía a Sam más de lo que lo conocía a él.
—De acuerdo, no te puedo demostrar que no he sido yo, Savannah —suspiró—. Pero jamás permitiría que nadie atentara contra la Corona. Y eso te incluye a ti.