La sed del nuevo despertar (El sacrificio de la corona 2) Capítulo 27
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Capítulo 27

El ambiente se volvió tan tenso que podría haberse cortado con un cuchillo: Morgana acababa de prometer que el ducado más fuerte de Parkisan se pondría de nuestra parte. Yo creía en sus palabras, no prometería algo así si no fuera cierto. Pero la reina se mostró un tanto escéptica.

—¿Cómo, exactamente? —Ladeó levemente la cabeza.

—La Corona tendrá que ir hasta Zinnia, allí se encuentra la respuesta.

—¿Cómo sé que no es una trampa?

—No tengo a nada ni nadie a quien poner sobre aviso. Y lo haría todo por él, aunque me odie por la decisión que voy a tomar.

Lilith se agachó con elegancia, a pesar de su vestido ámbar, y se situó por debajo de los ojos de Morgana, como si se hubiera convertido en su sirvienta. Entonces tomó la mano que yo acababa de vendarle y comenzó a acariciarle los dedos en un acto compasivo.

—Morgana, ¿qué ha hecho mi hermano tan bien para que te preocupes de esa manera por él? Has estado dos años sufriendo nuestros constantes abusos y le ha dado igual. No regresó a por ti.

Nos miramos, asombradas por la actitud caritativa de la reina. Aunque ya la había tratado en alguna ocasión sin su porte autoritario, nunca la había visto adoptar una tan dócil.

—Porque él no sabía que yo estaba tan mal —explicó—. Estuvimos dos años sin vernos. Si él lo hubiera sabido, no lo habría permitido... De hecho, se preocupó mucho por mi estado cuando nos reencontramos.

—¿Tú crees?

Entonces comprendí su juego: quería quitarle su mejor aliada a Clement, la hija que haría casi lo imposible por ganarse su respeto y admiración. Los sentimientos de Morgana no le importaban, solo estaba aislando las posibilidades de victoria de Clement.

—Su Majestad... —comencé con cierto resquemor.

—No, Savannah, tiene que saber la verdad.

—Había conseguido que su voz pareciera afligida de verdad.

Luego, se volvió a dirigir a Morgana—: ¿Tú crees que Jude, su mejor emisario, no le contaba lo angustiado que estaba por tu desmejora?

Mi hermano estaba al tanto de tu estado cada vez que bajaba a Dhoul a reunirse con él.

—No, eso lo dices porque lo odias —negó, moviendo la cabeza.

Morgana me miró a los ojos para que se lo confirmara. En realidad, desconocía si era una de las mentiras de la reina o no, pero no le pude responder porque Lilith la sujetó de la barbilla para que volviera a centrarse en ella.

—No hemos sido buenos contigo, eso lo reconozco.

Quería llevarte al límite y hacerte pagar por ser una traidora dentro de mi propio castillo.

Pero nunca mentiría para ponerte en contra del que consideras tu padre.

Hubo un día..., un día escuché a su mejor emisario quejarse de que Clement no hiciera nada por salvarte.

Jude era un buen hombre. Me apena haber tenido que ajusticiarlo.

Mi antigua compañera de vida tembló ante esas palabras. Eran como un seísmo que estaba destruyendo todo lo que ella había creído hasta ese momento sobre Clement.

—¡Mientes! Él no era consciente de cómo estaba.

—Pero... ¿le has preguntado? ¿O siempre has acallado tus ligeras sospechas porque temes que sean reales? —Al instante, se puso en pie para dar la estocada final—: Puedes bajar a las mazmorras y preguntárselo tú misma si dudas de mí.

Me estremecí. No daba crédito a la manipulación que la reina estaba ejerciendo. Por cómo Morgana separó los labios, me di cuenta de que la había convencido. Ella se levantó poco a poco y dijo con un tono más firme:

—Sí, quiero hablar con Clement.

—Como desees. ¡Guardias! Llevadla a las mazmorras.

En silencio, Morgana se marchó de la estancia acompañada por algunos soldados de la Orden de las Espinas. Para entonces, Lilith esbozaba una sonrisa triunfal.

—¿Por qué has hecho eso? —Me encaré con ella—. Ya tenías Zinnia, no era necesario destruir su relación con Clement.

—Porque su decisión se basaba en la desesperación —respondió con orgullo—. En cuanto hubiéramos llegado a Zinnia, habría cambiado de opinión y nos habría tendido una emboscada. Ahora sí que me va a entregar el ducado. Su corazón está roto.

No sabría describir mi reacción. Comprendía que debía asegurarse la victoria, pero no podía estar de acuerdo con cómo lo había hecho. Aunque, tal vez, si no hubiera sido Morgana la destinataria de ese daño, no me importarían tanto sus procedimientos mezquinos.

—No me mires como si fuera una cínica —me espetó—, tú también has participado en la caída de Clement.

—Yo no he manipulado a Morgana para conseguir mi objetivo.

—Tú no, pero Clement lo ha hecho durante años. Yo solo he jugado a su juego.

—Ella sola se habría dado cuenta, con el tiempo...

Pero, en el fondo, sabía que jamás lo habría hecho. Siempre habría encontrado una excusa para perdonarlo.

—No tenemos tiempo, Savannah. En ocasiones, hay que acelerar el proceso por el bien común.

—¿Seguir siendo reina?

—Así es, ya lo vas entendiendo.

Le habría respondido que nunca lo haría, que no tenía esa sangre fría para comportarme de ese modo. Sin embargo, no quería alargar la conversación y perder de vista a Morgana. Quería acompañarla y apoyarla en todo lo que pudiera, si ella se dejaba.

Locke, Phoebe y yo alcanzamos al grupo al final del pasillo.

—Vete, Savannah —fue lo primero que dijo ella, sin tan siquiera mirarme.

—No me voy a separar de ti.

Entonces, volvió la cabeza y me dedicó una de las miradas más frías que había visto nunca. Sus ojos eran azules como el hielo, pero siempre habían sido sinónimo de calidez.

Hasta ese instante.

—¿Para qué, para disfrutar de mi sufrimiento? ¿Para contárselo luego a tu madre?

Hice una mueca ante el hecho de que se refiriera así a la reina.

—No disfruto con tu sufrimiento.

Me ignoró, pero no me retuvo más. Mientras bajábamos las escaleras, Morgana volvió a concentrarse en lo que tenía delante, en el futuro inmediato que sabía que la aguardaba.

—¿No te das cuenta, Morgana? —gruñí—. Has arriesgado demasiado por él a lo largo de los años. Has puesto en juego tu propia vida, y nunca le ha importado.

Siguió sin responderme, pero su figura se encorvaba un poco más ante mis palabras, como si fuera un caparazón en el que pudiera esconderse.

A Clement se le iluminó la mirada nada más verla, convirtiéndose así en decenas de antorchas que guiaban el camino de Morgana hasta la celda.

—¡Hija mía! —Se acercó a los barrotes.

Lo que no me quedaba claro era si se alegraba porque ella estaba bien o porque creía que lo iba a ayudar a escapar.

Morgana no dijo nada, solo se agachó y se puso a su altura.

—Siento lo que te dije en Winrial —lamentó él, ignorando a todos los presentes—. Fueron momentos bastante críticos, pero lo importante es que seguimos con vida. ¿Tú cómo te encuentras? ¡Te han herido esos malnacidos!

Ella estudió con atención la mano que yo le había vendado. Parecía que se encontraba tan alejada de sí misma que había olvidado que se había hecho daño al romper el espejo de ese dormitorio. Después, tragó saliva y le preguntó lo que tanto temía:

—¿Tú sabías que mi estado de salud como sirvienta de sangre era cada vez peor dentro de este castillo?

—¡No! —bramó—. Te habría sacado de aquí. Ya sabes cómo reaccioné cuando te vi.

No obstante, la mirada evasiva de Clement era suficiente para descubrir la verdad que intentaba eludir. Se me revolvió el estómago al comprobar que, por mucho que quisiera a Morgana, a él solo le importó cumplir el destino que le había sido arrebatado por mi existencia.

—¿Lo jurarías por las cuatro diosas, padre?

—Nunca se jura por ellas.

—Y menos cuando se miente, ¿no?

Clement se calló, y eso confirmó nuestras sospechas. Morgana se llevó la mano sana a la boca, devastada. Tuve la tentación de acortar la distancia entre nosotras y consolarla, pero no era el momento.

—Morgana, nunca habría dejado que te hubieran arrebatado la vida —le aseguró—.

Le habría declarado la guerra a mi hermana, de haber sucedido eso.

Pero es cierto que algunos sacrificios eran necesarios.

Gracias a ellos, me informaste de quién era la hija de sangre de la reina. Además, ahora ya estás bien.

—¡¿Que estoy bien?! —Se puso en pie y se señaló la sien—.

¡No estoy bien! ¡¿Sabes la cantidad de pesadillas que he tenido estas últimas semanas?

! ¡He estado a punto de morir tantas veces por ti!

¡He sufrido demasiados abusos por parte de esos vampiros!

—Señaló al grupo de soldados en el que me hallaba—.

Siempre te oculté en mi correspondencia cómo me encontraba porque creí que, si te hubieras enterado, habrías venido a rescatarme.

Y tú lo supiste desde el primer día... y no te importó. Nunca te he importado.

Tragué saliva para intentar deshacer el nudo que se me había formado en la garganta al percibir el dolor en su voz. Recordé todas las conversaciones que, durante años, ambas habíamos tenido, sobre cómo ella había intentado moldearse para ser una hija digna de que Clement la quisiera.

—Morgana, las cosas no son siempre tan sencillas —le explicó él—. Me habría gustado sacarte del castillo con mis propias manos, pero no podía. Había mucho en juego. Aun así, repito, nunca habría dejado que te mataran.

—¡Traicioné a la única persona que me amaba de verdad por ti! ¡Si no hubiera sido por ella, ahora yo sería alimento para gusanos y carroñeros!

El pecho se me encogió al escuchar esas palabras, y recordé cómo Lilith casi la desangró en aquel banquete. Si no hubiera sido por su hermana y por mí, estaría muerta.

—Y ella luego te ha traicionado a ti, así que no te sientas tan culpable. Has honrado a la causa como merecía, y sé que seguirás haciéndolo.

Algo se rompió dentro de Morgana. El parkisano no hablaba como un progenitor que conversa con su hija, sino como el líder de una alianza que habla con su aliada.

—No, Clement, ya no. Me da igual tu causa y me da igual lo que te pase. Adiós.

Gracias a las antorchas de las mazmorras, vi cómo el rostro de Clement se desencajaba. Él no creía que Morgana fuera capaz de dejarlo en un momento tan vulnerable como ese. Intentó sacar la cabeza a través de los barrotes, sin éxito, para ver cómo ella se alejaba cada vez más de él.

—Morgana, ¡¿de verdad vas a abandonarme?! —gritó—. ¡Con todo lo que he hecho por ti!

Sin embargo, ella no se volvió, sino que siguió su camino hacia la salida. Me puse a su lado para servirle de consuelo, pero tampoco quería saber nada de mí.

—Déjame por favor. —Colocó las manos entre las dos para crear un muro invisible entre nosotras.

—¡Morgana! —rogó Clement de nuevo—. ¡Por favor, no te vayas!

Su voz se rompió en esa última frase al darse cuenta de que no iba a recuperar a la única persona que lo seguía queriendo. Clement no solo había perdido la batalla contra Lilith; también había perdido a su hija. Mientras un bando celebraba la victoria, el otro se desmoronaba.

Me dispuse a abandonar las mazmorras tras ella, pero antes miré a Clement de nuevo, que se cubría la boca con el puño. Por primera vez, mostraba una emoción que no fuera altiva o calculada. Por primera vez, se mostraba derrotado, pero no me alegré por ello. De hecho, sentí más culpabilidad.