La sed del nuevo despertar (El sacrificio de la corona 2) Capítulo 26
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Capítulo 26

Cuando regresamos al castillo y se llevaron a Clement y Morgana, el chambelán de la reina se acercó a mí.

—Bien hecho.

Por un momento, creí que esas palabras no podían ir dirigidas a mí, pero me estaba mirando.

—¿Ya soy una heredera digna? —pregunté.

—Te queda bastante por delante, pero me estás sorprendiendo. Lilith me ha contado que también habéis hecho un progreso en vuestra relación.

—¿Después de echarte la bronca por haber bebido de mi sangre?

Aunque en ese instante desbordara simpatía, no iba a olvidar los últimos días junto a él. Aaron soltó una gran bocanada de aire y realizó una larga pausa antes de contestar:

—Puede que Lilith tenga razón y haya sido demasiado duro contigo —lamentó—. Me ha hablado sobre tus desencuentros con otros vampiros.

No me gustaba saber que todo lo que hablara con ella, de manera inevitable, se lo iba a revelar a su chambelán. Era consciente de que era su mayor confidente; no obstante, también esperaba un poco de intimidad entre nosotras.

—Yo también estaría en contra de los vampiros si hubiera vivido algo parecido a lo que tú viviste —admitió—. Siento haberte juzgado.

—Gracias, Aaron. Me alegra que vayamos a tener una mejor relación a partir de ahora —contesté con sequedad.

Por fin, parecía que teníamos algo de complicidad.

La reina respetó mis deseos de que Morgana no fuera apresada, pero la retuvieron en una habitación hasta que Lilith decidiera cuál sería su destino.

Mientras tanto, Aaron Brackstone empezó a hablar con Clement, con los barrotes de las celdas como única separación entre ambos.

Solo Omelia, Locke, algunos soldados y yo permanecíamos en las mazmorras. Antes de eso, me había dirigido al dormitorio de madre para comunicarle que todo había salido bien. Cuando me pasé por el mío, no encontré a Sam.

—Repito —canturreó Clement ante una acusación del chambelán—: yo no he tenido nada que ver con ningún ataque ni con difundir que Savannah es hija de mi hermana. ¿Cuántas veces lo tengo que decir?

Respondía con hastío, sentado en el suelo, con la cabeza apoyada en los barrotes. Parecía que no se sentía amenazado por estar encerrado en una celda.

—¿Cómo sé que no sois vosotros los que estáis provocando esos ataques para inculparme? —espetó él de repente.

—¿Quieres que me crea que pones a dos ducados en contra de nuestra reina y que luego no atentas contra ella? —respondió el chambelán con solemnidad.

—Yo solo quería matar a Savannah, ¿de acuerdo? —Cuando me mencionó, me miró con expresión agotada—. Sin ella, no habría tenido problemas para derrocar a mi hermana.

—Esa confesión no te deja en muy buen lugar, Clement. Precisamente creemos que, durante el Amanecer de la Sangre Negra, tu objetivo era la primogénita de Lilith.

—Pero ¡vamos a ver! —Separó la cabeza de los barrotes oxidados—. ¿Por qué mataría a toda mi familia solo para acabar con un bebé?

El silencio se impuso durante unos segundos mientras Aaron sopesaba sus palabras.

—Porque ellos se pusieron de parte de tu hermana después de que se quedara con el trono.

La expresión aburrida de Clement se transformó en una de enfado y se puso en pie para defender su inocencia.

Si estaba mintiendo, lo estaba haciendo muy bien.

Se pasó la mano por la boca, con los ojos desorbitados.

Nunca lo había visto perder la paciencia, siempre había sido capaz de controlar sus emociones frente a los demás.

—Sí, lo hicieron, ¡y qué importa! Habría tenido la oportunidad de convencerlos para que le retiraran los apoyos. ¿Por qué quitarme de en medio a potenciales aliados?

—Se me ocurren muchos motivos: por envidia, por venganza...

—O por querer echarme del trono cuanto antes, como el príncipe vanidoso que eres.

Todos nos volvimos al escuchar la voz de la reina, que acababa de bajar a las mazmorras. Su expresión era una mezcla de solemnidad, orgullo y enfado. Perturbado, su hermano comenzó a reírse ante su suposición.

—¿En serio me hablas de ser vanidoso? ¿Tú, que no podías soportar que yo fuera el primero en cumplir los deseos de madre?

—Madre dijo que se quedaría con el reino quien le diera un heredero. —Lilith apartó con suavidad a su chambelán y se colocó en su posición—. No especificó cómo.

Clement se encogió de hombros y observó a su hermana con una expresión burlona.

—Durante décadas, has intentado destruir todo lo que he intentado crear en Parkisan —continuó ella—. ¿No eres capaz de superar tus celos porque yo siga aquí?

—No envidio tu reinado, Lilith —contestó con sorna—. Me da pena. Serás recordada como una de las peores monarcas de la historia. No has sido capaz de ganarte el respeto de dos de tus ducados, y tu administración ha sido un desastre por lo que se refiere al asunto de los vampiros.

—Tú no lo habrías hecho mejor que yo.

—Eso nunca lo sabremos. Pero creo que, si hubieras escuchado a tu pueblo y no estuvieras siempre sentada en tu trono de florecitas, a lo mejor la gente no habría estado tan... disgustada contigo.

Las palabras de Clement me recordaron a la conversación que ella y yo mantuvimos en su dormitorio. A pesar de que había intentado hacer lo mejor para vampiros y humanos, solo los más acomodados habían salido beneficiados.

—Bueno, ¿qué, Lilith? —insistió Clement—. ¿Me vas a matar con tus largos colmillos o te vas a apiadar de esta alma nada arrepentida?

Aunque Omelia y el chambelán ya le habían contado cuál iba a ser su destino, prefirió escucharlo de boca de su hermana:

—Estarás aquí hasta que lo considere. Pueden pasar semanas, meses o años.

—Qué generoso por tu parte, hermanita.

La reina desvió la mirada y, durante unos segundos, abandonó su actitud altiva.

—¿Por qué lo hiciste, Clement? —Lo volvió a mirar—. Madre siempre confió en que, a pesar de tu arrogancia, tenías un buen corazón. ¿Qué pensará de ti en el Prado Más Alto?

—¡Que yo no he sido! ¿Cuántas veces tengo que repetirlo? Nunca mataría a nadie de nuestra familia... A excepción de Savannah.

Se me escapó una pequeña risa sarcástica. Al menos, en eso era sincero.

—¿Por eso has revelado su identidad por todo Parkisan?

La expresión burlona de Clement desapareció de pronto.

—Me conoces, Lilith. Implicar al pueblo no es mi estilo. Prefiero ser yo quien acabe lo que he empezado.

—Clement, hace más de veinte años que no sé nada de ti. Permíteme que dude de cómo llevarías a cabo tus planes.

Al ver el escepticismo de su hermana, él blasfemó y golpeó la pared. Nada de ello provocó que la reina se apiadara de su destino.

—Dejémoslo acostumbrarse a su nueva vida entre rejas —anunció la reina. Después, se marchó junto a sus escoltas y me señaló—. Savannah, ven conmigo.

Asentí con la cabeza, algo aturdida por el interrogatorio, y salimos juntas de allí. Lilith me preguntó acerca del escolta que había muerto en la aldea.

—Por favor, no condenes a Phoebe a ser decapitada —le rogué en voz baja, dado que la parkisana seguía nuestros pasos.

Como había sobrevivido a la expedición, estaba convencida de que la reina no le perdonaría la vida, así como así—.

Que me escapara en mitad de la noche fue culpa mía y de nadie más.

Ella... es buena soldado, me ha protegido hasta el fin hoy.

La reina puso los ojos en blanco, como si ya se esperara esta súplica por indultar a aquellos que no lo merecían.

—De acuerdo, Savannah. Por cierto, Locke me ha dicho que está realizando las funciones de escolta desde entonces.

Asentí con la cabeza, mientras el vampisano seguía nuestros pasos.

—¿Te gustaría que volviera a protegerte, entonces? ¿A pesar de que su descuido podría haberte costado la vida hace unas semanas?

—Sí. Además, era amigo de padre. Confío en él.

—Pues que así sea —exhaló—. Nos hará falta rodearnos de personas de fiar, teniendo en cuenta los nuevos acontecimientos.

Y es que las miradas indiscretas nos perseguían allá por donde nos movíamos.

Al haberse descubierto nuestro parentesco, había un sentimiento diferente en ellas: curiosidad, confusión y, entre los sirvientes de sangre, algo de indignación.

El corazón se me aceleró ante cada juicio silencioso.

Me preguntaba qué pensarían las familias que hubieran perdido a sus hijos durante el Sacrificio de la Corona, cuánto ansiarían ajusticiarme y clavar mi cabeza en una estaca.

Bajé el mentón, lo suficiente para que mis mechones castaños cayeran a ambos lados, ocultando mi rostro.

—No les hagas saber que te sientes insegura, Savannah —musitó la reina—. La gente mediocre se crece con ello.

—¿A dónde vamos? —respondí con una pregunta.

—A por nuestro segundo interrogatorio.

Morgana se encontraba en un dormitorio de la tercera planta.

Varios soldados custodiaban la entrada. Una vez dentro, vi que habían tapiado la ventana.

Durante el tiempo que estuvo encerrada, se dedicó a tirar todo el mobiliario y, con el espejo que había roto, había creado un arma improvisada.

Nos apuntaba con ella, y me fijé en que tenía la mano ensangrentada.

—¡Atrás! ¡Atrás u os mataré a las dos!

—No vas a hacernos daño —le dijo la reina—. Aunque puede que yo a ti sí. Tu sangre parece bastante buena al fin.

Esas palabras sobresaltaron a Morgana, que ocultó la mano herida.

—La Alianza de la Sangre Roja se impondrá, ¡y pagaréis por vuestra corrupción!

—La Alianza se ha acabado, asúmelo —sentenció Lilith—. Locke, quítale el trozo de espejo. Que no intente herir a los demás ni a ella misma.

Mi escolta y capitán de la Orden de las Espinas tuvo que forcejear con ella unos segundos hasta que consiguió quitárselo.

Un hilo de sangre cayó al suelo cuando, por fin, lo soltó.

En ese momento, le mandé a un sirviente que fuera a por agua al pozo y que trajera unas toallas, ungüentos y vendas para curarle la mano.

Mientras, otros parkisanos al servicio de la Corona entraron, volvieron a colocar el mobiliario en su sitio y recogieron los restos de cristales rotos.

Morgana se sentó en la cama, frente a Lilith y sus soldados.

Me acomodé a su lado para limpiarle el corte.

Ella hizo ademán de apartarse de mí, pero la retuve por la muñeca.

—Por favor, Morgana —le supliqué.

Suspirando, me tendió la mano herida y la abrió. Comprobé que tenía trocitos de cristal incrustados en la palma. Con cuidado, intenté quitarle cada uno de los fragmentos sin hacerle daño, aunque, por cómo se tensaba, no parecía que estuviera consiguiendo mi propósito.

—¿Cuánto tiempo me vais a tener aquí? —preguntó Morgana—. ¿Hasta que os canséis de mí y me deis muerte al fin?

Se estremeció cuando comencé a limpiarle la herida con una toalla empapada en agua.

—Oh, Morgana, no hables como si fueras nuestra prisionera —le ordenó Lilith.

—La única diferencia con Clement es que no estoy encerrada en una mazmorra, como él, así que no digáis que no soy una prisionera más.

Sentí el dolor de cada una de sus palabras y lamenté ser la culpable de ello. El sufrimiento solo había llevado a más sufrimiento. Y verla rota no alivió el malestar de su traición, al contrario. Ya debería haber aprendido que estar en paz no era sinónimo de venganza.

—No le hagáis daño a Clement, por favor —rogó Morgana con un hilo de voz—. Él... es lo único que me queda. Entiendo que solo puede ganar un bando, pero no hace falta derramar más sangre.

A pesar de que no me habían dejado matarlo en Winrial, quizá ella creía que en el castillo de Branamor la situación sería diferente.

—¿Por qué te importa tanto Clement? —pregunté con delicadeza mientras comenzaba a aplicarle el ungüento—. Ya has escuchado cómo hablaba de ti en la aldea.

—Porque tiene razón, ha sido culpa mía. No debería haber liberado a Mildred, ha sido por ella por lo que habéis descubierto donde residíamos, ¿verdad?

Sin esperar respuesta, de sus ojos enrojecidos empezaron a caer más lágrimas.

—Quiero hacer un trato con vos, Su Majestad. Sé que Savannah y Omelia estaban muy interesadas en que Zinnia os apoyase. Sé cómo hacer que Zinnia se ponga de parte de la Corona. Pero a cambio os pido que liberéis a Clement.