La sed del nuevo despertar (El sacrificio de la corona 2) Capítulo 25
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Capítulo 25

Locke, Omelia y yo, acompañados de algunos soldados más, entramos en la casa, bastante grande y totalmente equipada. Allí encontramos a Clement, Morgana y unos cuantos escoltas, todos alerta y con las armas en alto. Ni rastro de Brandon.

Omelia y yo desenfundamos la espada, preparadas para luchar junto a los guerreros de la Orden de las Espinas. Sin embargo, la guardia nos protegió para que no tuviéramos que manchar de sangre nuestras hojas, al menos por el momento.

—¡¿Habéis venido a por mí?! —Clement movió la cabeza, exasperado—. ¡Ya era hora, habéis tardado más de veinte años en encontrarme!

Después, le dirigió una mirada a su hija.

—Enhorabuena, Morgana. Tú dejaste escapar a la campesina y ahora ella te lo paga de este modo.

La que había sido mi compañera de vida me dirigió una mirada dolida ante el reproche de Clement por haber liberado a madre. No creía que ella y yo hubiéramos podido traicionarla, sobre todo después de lo que había hecho por nosotras.

«Créeme, Morgana. Yo tampoco lo habría creído cuando nos reunimos anoche», pensé para mis adentros.

Por desgracia, no podía sentir piedad por un hombre que había secuestrado a madre y que estaba detrás de todos los ataques.

Mientras, los soldados de Clement intentaron llevarlos hacia uno de los pasillos de nuestra izquierda.

—¡Se escapa! —gritó Locke, que se enzarzó en duelo con uno de los soldados de Clement.

No iba a permitir que huyera, no después de todo lo que había hecho. Intenté abrirme paso a través de la marea de soldados que luchaban, con mis escoltas ayudándome en tal cometido. De repente, uno de ellos se desvaneció, herido de muerte. Acababa de encontrar su condena a muerte por lo de anoche.

Entonces la espada enemiga buscó el mismo final para mí.

Rechacé el ataque de una estocada e intenté no perder el control tras ver que un hombre había dado la vida por mí, o eso haría que yo sufriera el mismo destino.

Cuando alcanzamos el pasillo, vimos que llevaban a Clement a una de las estancias, por donde intentarían escapar. Corrimos hacia ellos, pero alguien se interpuso entre nosotros: Morgana portaba una espada larga con la que yo sabía que era muy diestra.

—Tendréis que matarme si queréis llegar a Clement —dijo, mirándome solo a mí.

Era yo la destinataria de sus palabras cargadas de desconsuelo. No me quedaba otra que aceptar su propuesta silenciosa de batirnos en duelo.

—¿Dónde están tus escoltas, Morgana? —pregunté.

—Donde deben estar, con Clement.

Sentí lástima porque, mientras ella intentaba proteger a su padre, no había nadie que se preocupara por su seguridad. Ni siquiera Clement había destinado a uno de sus soldados para que la vida de su hija no corriera peligro.

La realidad era que, por mucho que el hermano de Lilith amara a Morgana, no la quería más que a él mismo.

—Déjanos solas —le pedí a Phoebe, la escolta que quedaba en pie—. Es algo entre ella y yo.

La mujer vaciló, porque implicaba dejarme desprotegida, y no se movió de mi lado.

—Es una orden —exigí.

Mis palabras fueron tan bruscas que, al final, accedió.

Agarré la empuñadura con fuerza, preparada para enfrentarme a la persona que aún hacía que me latiera con fuerza el corazón.

—Morgana, no quiero hacer esto —comencé cuando nos quedamos solas.

No obstante, ella no tuvo ningún tipo de piedad y cargó contra mí.

Yo estaba en clara desventaja, me limitaba a protegerme.

No dejaba de atacarme con ira, arrinconándome hasta que consiguió empujarme contra la pared.

Al final, colocó el filo del arma en mi cuello.

Cada vez que tragaba saliva, sentía la hoja más amenazante.

La mandíbula le temblaba de rabia. Si fuera otra persona, ya la habría desarmado y dado muerte, pero no me era tan fácil, después de todo lo que habíamos vivido.

Para Morgana, tampoco debía de serlo.

—No vas a matarme, y lo sabes —le dije.

—¿Es este tu modo de agradecerme que liberara a tu madre? —masculló—. ¿Tenías que vengarte para perdonarme?

—Pues mira, ahora que lo dices, ya no te odio tanto. —Esbocé una sonrisa jocosa—. Creo que estamos en paz.

Su traición había sido terrible, pero la mía no se quedaba atrás. No podía seguir enfadada con ella cuando, gracias a madre, estábamos más cerca de que Clement cayera.

Golpeé a Morgana en la barriga con la empuñadura de mi espada para que me soltara.

Se quedó aturdida durante unos segundos, pero pronto recuperó la compostura.

Levantó la espada para atacarme, aunque no eran estocadas meditadas, sino movidas por el dolor.

No me costó parar cada uno de sus intentos de herirme.

Era previsible y pasional, justo todo lo contrario de lo que debía ser.

—Mátame si es lo que quieres —le dije—. Pero sabes que Clement no podrá huir de aquí.

—No te llevarás a mi padre. Por encima de mi cadáver.

—Déjame que lo dude —gruñí cuando, en una de las estocadas, volvimos a quedar cara a cara, con las espadas cruzadas frente al rostro. Volví a sentir su aliento contra mis labios—. Si no estás muerta es porque he decidido perdonarte la vida. Supongo que sigo irremediablemente enamorada de ti.

Morgana apretó los labios y se alejó de mí para mantener las distancias.

—Si estuvieras tan enamorada, no me habrías traicionado.

—Te podría decir lo mismo.

—¡Pensaba que me habías engañado! —rugió con otra estocada—. ¡Pero tú has venido aquí para regodearte!

—Al final, el resultado es el mismo.

Cuando me harté de sus reproches y de gastar energía con ella, aproveché uno de sus ataques para agarrar su empuñadura. Aunque forcejeamos, no me costó hacer que soltara el arma. Después, la empujé para que cayera sobre la espalda y la apunté con las dos armas.

—Si he venido es para ver caer a Clement, pero también porque sé que otros soldados no tendrían tanta piedad contigo y te hubieran cortado la cabeza.

Padre me había enseñado a no tener clemencia con el enemigo, pero ¿cómo podía ser despiadada con la persona a la que, a pesar de todo, seguía amando?

Estaba convencida de que muchas batallas se acababan perdiendo por cuestiones del corazón. Y de que el amor acabaría haciéndonos perder la batalla.

—Ahora levántate —le ordené—. Es hora de que...

En ese momento, alguien me rodeó el cuello con una espada ante la mirada impertérrita de Morgana.

Un soldado enemigo había aprovechado que estaba concentrada hablando con ella para intentar acabar conmigo.

Sin embargo, mi escolta no se había ido muy lejos, y le atravesó el cuello con su espada, seccionándole la yugular.

La sangre roja manchó mi rostro y mi armadura, pero no me importó. Morgana seguía en el suelo, sorprendida por mi actitud fría.

—Clement ha intentado huir por la ventana —me informó Phoebe—. Los soldados que estaban fuera han reducido a sus aliados y lo han apresado. Hemos ganado.

Morgana palideció ante la noticia. Para ella, la misión de liberar a madre había sido un éxito: con los ojos vendados y los oídos tapados jamás los iban a encontrar.

Pero un pequeño descuido siempre podía arruinarlo todo, igual que una grieta siempre podía reventar una presa de agua, por muy diminuta que fuese.

—Vamos fuera, Morgana —le dije—. Se acabó. Te prometo que, mientras yo viva, no morirás. No permitiré que la reina te ponga los colmillos encima. Pero, si te aprovechas de mi benevolencia, ni yo misma podré contener su furia.

La hija de Clement asumió que no había escapatoria.

La Alianza de la Sangre Roja estaba a punto de llegar a su fin.

Asintió con la cabeza y, mientras se ponía en pie, alzó las manos para mostrar que estaba indefensa.

Mientras, mi escolta la apuntó con las espadas para asegurarnos de que no intentara escapar o atacarnos.

Yo no lo hice, no era necesario. No iba a atentar contra nosotros después de haber capturado a Clement.

La escena que se abría ante nuestros ojos cuando salimos era demasiado macabra. Muchos soldados de ambos bandos habían caído. La sangre roja y negra, vísceras y alguna que otra cabeza eran la demostración de que esta no había sido una captura pacífica.

Jamás había visto tanta crueldad, ni siquiera durante el Sacrificio de la Corona.

—¡Os arrepentiréis! —gritó Clement—. ¡Zinnia y Azalea vengarán mi muerte!

—Nadie ha dicho que te vayamos a matar —le respondió Omelia, a su lado—. Vales más vivo que muerto.

Ella tenía razón. Si moría, los ducados nunca volverían a apoyarnos, pero, si era nuestro prisionero, no les quedaría más remedio que hacerlo.

Clement estaba arrodillado y atado con cuerdas. En cuanto Morgana lo vio, corrió hacia él, sin importarle las consecuencias que podría tener ese brusco movimiento.

—¡Padre! —bramó y, después, se dirigió a Aaron y Omelia—. ¡Él no tiene nada que ver con los crímenes que se han cometido contra Savannah! ¡Os estáis equivocando! ¡Lloraréis sangre por vuestro error!

No obstante, Clement no mostró ningún tipo de clemencia hacia ella.

—Esto es lo que has conseguido, Morgana. —Con la barbilla, señaló la cuerda con la que lo apresaban—. Nos han encontrado. La Alianza ha fracasado por tu culpa.

Sentí el dolor de Morgana como si fuera mío. Ella se había dejado el alma, había arriesgado su vida durante años en el Sacrificio de la Corona y en el castillo de Branamor para que su padre adoptivo triunfara en su misión y así no dejara de quererla.

El cuerpo de mi antigua compañera de vida tembló y cayó al suelo, llorando. Nada de lo que había hecho durante todos aquellos años había merecido la pena, no para él. Solo le importaba que, al final del día, él había perdido.

No pude contener la cólera y acorté el espacio en tan solo unas zancadas, soltando una de las espadas. Acto seguido, le propiné a Clement un bofetón tan fuerte que le cruzó el rostro.

—¡Cómo puedes ser tan miserable! —Mi mano palpitaba por el impacto—. ¡Nunca te ha importado nada en esta vida que no seas tú mismo! Ni siquiera has puesto a salvo a Morgana durante el ataque. Deberías sufrir la peor de las muertes...

Alcé la espada en guardia media, preparada para verlo morir.

—¡No, Savannah! —gritaron Aaron y Omelia al unísono.

Ambos me retuvieron para que no dictara una sentencia contraria a los deseos de la reina, y me arrebataron el arma.

Clement volvió la cabeza para mirarme fijamente a los ojos. Un hilillo de sangre caía por su labio inferior; se lo había partido.

—Debería haberme dado cuenta de las señales, Savannah —comentó—. Eres igual que Lilith. Ambas orgullosas y recelosas de lo que es vuestro. Supongo que me confundió que te hicieras pasar por una insignificante campesina.

Por fin había logrado lo que llevaba deseando durante tantos años: que me tomara en serio, que viera lo que valía. Era curioso que justo lo hiciera cuando su criterio no podía importarme menos.

—Vete a la mierda —blasfemé, y no me preocupó que una flor del Prado Más Alto se marchitara por mi culpa.

Aaron no permitió que la conversación fuera a más y ordenó que levantaran a Clement para llevárselo al castillo.

Morgana seguía tirada en el suelo, con las lágrimas cayendo por su rostro. Arañaba la tierra, como si eso pudiera tranquilizarla de algún modo.

—¿Por qué, Savannah? —Levantó la cabeza para mirarme—. ¿Por qué?

No sabía si me preguntaba por qué la había traicionado o por qué Clement había sido tan ruin con ella. Elegí creer que se refería a la primera opción. Me agaché para estar a su altura y le respondí:

—Porque solo una de nosotras podía ganar. Y no me gusta perder.