La sed del nuevo despertar (El sacrificio de la corona 2) Capítulo 24
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Capítulo 24

Hasta ese momento, mi peor pesadilla había sido enterarme de que mi vida había sido una mentira y que mucha gente había muerto para que yo sobreviviera.

La segunda peor pesadilla fue que los demás se enteraran. A partir de ese día, la gente consideró que yo era igual de culpable de las decisiones macabras que mi madre de sangre había tomado.

Cuando los soldados consiguieron reducir a mi agresor, me escoltaron hasta el torreón de la reina.

Los gritos de los sirvientes de sangre me ensordecían, pero no por lo fuertes que eran, sino por lo que decían.

La muerte era lo más amable que me deseaban.

Incluso Ryan, que al principio me había defendido, se unió a ese dolor.

Nos habíamos reunido en el despacho personal de la reina, lo que retrasó la partida de la comitiva. Era como si alguien del bando de Clement hubiera sabido que pensábamos atacarlo y nos hubiera atrasado lo suficiente para poder huir.

Tercer bando, dijeron. Reí con sorna. Seguro que el que estaba detrás de todo eso era Clement, por mucho que Morgana y Brandon creyeran que no.

Estaba tan inmersa en mis pensamientos y en cortar la hemorragia de la nariz con un pañuelo que solo pude escuchar la conversación que mantenían Locke, Aaron y la monarca en el despacho. Me faltaban las fuerzas para hablar.

—Hay carteles por Dhoul y sus inmediaciones, Su Majestad —comentó el capitán de la Orden de las Espinas—. Es cuestión de tiempo que se extienda por todo Parkisan. He escrito a los soldados de diferentes provincias para que quiten todos los que encuentren, pero... No podemos hacer mucho más.

La reina se apretó la frente con la mano. La expresión altiva que adornaba su rostro aquella misma noche había desaparecido, y la preocupación hacía que las arrugas se le marcaran con fuerza en el rostro.

—Gracias, Locke. —Después se dirigió a su chambelán—: Aaron, sé sincero, ¿qué destino le espera a Parkisan, ahora que se ha descubierto el engaño?

El consejero de la reina se mostraba tenso con ella, como si antes hubieran tenido un desencuentro. Un desencuentro que había provocado yo. De hecho, me miraba de reojo con cierto recelo.

—Dahlia y Gardenia os apoyarán, mi reina. Pero dudo que las clases burguesas, que eran quienes más se presentaban al Sacrificio, se alegren con la noticia.

Ya ni hablemos del pueblo llano..., pero a ninguno de los presentes, a excepción de mí, le importaban los estratos más bajos de la sociedad.

—Ayer os reunís con Brandon y Morgana, y hoy aparecen estos carteles —me increpó la reina—. No creo que sea casual.

Lilith los acusaba de haber sido ellos los que habían sembrado esa información por la capital. Y quizá era cierto, ya que la reunión no salió como ellos esperaban. Pero me costaba pensar que la mirada y la voz arrepentida de Morgana podían ocultar un plan como ese.

—Aunque en Dhoul hayan podido colgarlos ellos, tenemos un traidor entre nosotros —apuntó el chambelán, acariciándose el bigote—. Y no uno cualquiera: uno que sabe la verdad.

Los tres me miraron en silencio, con una misma culpable en mente: madre, la que me había criado en Lokkat.

—Madre nunca haría eso. —Me incorporé. Ya había dado por hecho que Clement le había contado la verdad, aunque ignoraba qué conocía exactamente de esa verdad—. Además, ¡no sabe ni leer ni escribir!

—No lo sabes, Savannah —contestó Locke—. No sabes qué ha podido aprender en estos meses o acordar con ellos a cambio de su libertad. Todo el mundo tiene un precio.

—¡Madre no! No la conocéis. Ella es... la persona más honrada que existe en todo Parkisan.

Los tres me observaron perplejos, sin creerse mis palabras. Casi veinte años de experiencias compartidas, desde que padre se casó, no eran suficientes para ellos.

—Voy a despedirme de ella antes de partir —indiqué—. Buscaos a otro traidor, ella no ha sido.

Cuando me di la vuelta, oí un carraspeo. Entonces, Aaron Brackstone me llamó.

—Savannah, solo quería decirte que... —Le temblaba la voz, ya no tenía nada que ver con el vampisano autoritario de hacía unas horas—. Damos por finalizada tu preparación para el pueblo llano. Has superado la formación.

Paseé la mirada entre Lilith y él. Desde luego, habría sufrido las consecuencias del enfado de la reina, solo había que comprobar la furia con la que ella lo observaba.

No obstante, no me creía esa amabilidad y docilidad repentinas.

Bajo esa actitud sometida se encontraba un vampiro que se moría por darme un escarmiento mayor.

—Siento si me he excedido —se disculpó—. Todo esto lo he hecho para que te conviertas en la princesa que sé que puedes ser.

Chasqué la lengua y puse los ojos en blanco. Después, abandoné el despacho sin decirle nada.

Antes de marcharnos del castillo, ya con la hemorragia cortada, entré en mi dormitorio.

Me di cuenta de que madre no estaba y, tras preguntar por ella a mis escoltas, me informaron de que la habían trasladado a otros aposentos.

Aproveché para despedirme de Sam, pero continuaba sumido en un sueño profundo.

Aunque lo mecí para despertarlo, solo balbuceaba, sin abrir los ojos.

Tardaría en espabilarse, por lo que busqué a madre hasta que la encontré en la habitación que le habían asignado.

Aquel cuarto era tan grande como toda nuestra choza, aunque mucho más pequeño que el mío.

—¡Savannah! —Me abrazó en cuanto me vio y, después, me sujetó el rostro—. ¿Qué te ha sucedido?

—Nada, madre. Un pequeño altercado.

No parecía convencida ante mi escueta explicación, pero no replicó. Nos sentamos en la cama y le acaricié la mano. Estaba allí, era real. Ni siquiera dudé en preguntarle si había sido ella la que me había delatado, porque sabía que nunca me traicionaría de ese modo.

—¿Cómo... cómo has estado estas semanas? —le pregunté.

—Bien, cariño, no te preocupes por mí. Morgana me cuidó en cuanto se enteró de que estaba con Clement.

Sentí una punzada en el pecho al oír cómo hablaba de su secuestro como si hubiera sido una estancia tranquila. No fui capaz de contestarle, aguardé a que ella volviera a hablar.

—¿Y tú?

—Bien. —Me quedé en silencio durante unos instantes—. ¿Q-qué sabes exactamente de mí?

Oyó que llamaba madre a la reina y dudaba que el líder de la Alianza de la Sangre Roja se hubiera mantenido callado en estas semanas. Sin embargo, no había tenido la oportunidad de saber hasta qué punto Clement o Morgana le habían revelado mis orígenes.

—Todo.

Curvé las comisuras hacia abajo, pero madre esbozó una sonrisa de ánimo para indicarme que nuestro vínculo continuaba intacto.

Ella me seguía queriendo igual que cuando éramos campesinas en Lokkat.

Sin embargo, algo en su mirada había cambiado.

Desde ese momento, me veía también como la heredera de Parkisan.

—Me habría gustado contártelo yo. Me enteré cuando gané el Sacrificio de la Corona. Antes... no sabía nada.

Madre asintió y me acarició el rostro a modo de consuelo, aunque debía de ser yo la que la protegiera después de todo lo que había sufrido.

—Mientras estaba cautiva y Clement intentaba sacarme información sobre algo que no sabía, me preocupó que ya no significara nada para ti —reconoció—. Que nuestros recuerdos juntas no te importaran.

—¿Por qué? —Fruncí el ceño.

—Porque yo no soy nadie en comparación con la familia real. No tengo nada que darte.

En ese instante fui yo la que le acarició el rostro y luego la tomé de las manos.

—Tal vez para los demás no seas nadie —afirmé—, pero lo eres todo para mí, madre.

Vi que intentó controlar las lágrimas, mientras yo me sentía indignada de que hubiera llegado a pensar que quizá tanto lujo hubiera hecho que la olvidase. La abracé con fuerza.

—Morgana me dijo que eso nunca sucedería, que lloraste mucho cuando creíste que había muerto.

Se me detuvo el corazón al rememorar ese momento. Aunque seguramente Morgana lloró por la culpabilidad, porque se había dado cuenta de que sus actos habían tenido consecuencias.

—Te prometí que regresaría junto a ti con vida —me apoyé sobre su hombro—, y no quería romper esa promesa.

Acto seguido, saqué del bolsillo del camisón la carta de padre que la reina me había entregado.

Contuve la respiración, quería alargar este momento (al igual que hice con la correspondencia de Morgana que Clement me había dado) porque no estaba preparada para despedirme de él para siempre. Era muy cobarde por mi parte, lo sabía.

Sin embargo, la misiva, ahora que madre había regresado a mi lado... tenía que leerla, aunque no estuviera lista.

Así que la llevé para que ambas la leyéramos antes de partir.

—Padre me escribió una carta de despedida que debían entregarme en caso de que él falleciera. ¿Quieres que la abramos antes de que me vaya a por Clement?

—Savannah, ¿es necesario que te marches? No quiero que te suceda nada malo.

—Clement pagará por todo lo que te ha hecho. Y me aseguraré de que Morgana esté a salvo.

Ella asintió, aunque, por su expresión, no parecía convencida. Las dos sabíamos que ella no podía hacer nada para evitar que me fuera.

Mis manos temblaban. Era la despedida de padre. Para siempre. A partir de ese momento, lo que quedaba de él se desvanecería.

Comencé a leer en voz alta, ya que madre no sabía leer:

Savannah:

Si estás leyendo esto (que ya sería mala fortuna), significa que he muerto y que tu madre te la ha entregado.

Espero que comprendas que todo lo que hice fue para protegerte.

No me cabe la menor duda de que te sentirás traicionada y creerás que no me llegaste a conocer.

Aunque mi historia no es la de un ladrón, sigo siendo el mismo Harry Montgomery que te crio.

Sí, en ocasiones fue muy duro ver que te estaba arrebatando la verdad, sobre todo en los periodos de hambruna.

Era injusto, tú no merecías pasar por unas desgracias que la diosa Adhelia no había puesto en tu camino.

En esos momentos de flaqueza estuve muy tentado de contarte tu papel en esta vida e, incluso, de saltarme los deseos de tu madre de que participaras en el Sacrificio de la Corona.

Pero el día que reparé en que te estabas acercando demasiado a quienes querían darte caza, entendí que de esa forma solo empeoraría tu situación.

Cuando estuvieras a salvo, descubrirías la verdad.

Y me habría gustado haber estado ahí, y responder cada una de tus preguntas que, por razones obvias, ya no puedo contestar.

Savannah, espero que algún día te sientas en paz conmigo y comprendas que, aunque te engañé, siempre lo hice por tu bien.

Te quiero,

H. M.

Para cuando terminé, un nudo se me había formado en la garganta.

—¿Cómo te sientes? —me preguntó madre. No parecía conmovida por las palabras que me había dedicado.

—Si te soy sincera —inspiré hondo—, me da la impresión de que la carta es una manera de excusarse por todo lo que hizo. No siento que haya resuelto nada. Supongo que se sentía mejor con su conciencia si lo justificaba todo con un «siempre lo hice por tu bien».

Tampoco podía quejarme porque, al fin y al cabo, había contado con una despedida real y no con una ensombrecida por las mentiras. Era más de lo que tenía días atrás.

Por otro lado, me pregunté si habría estado de acuerdo en mantener el secreto si se hubiera enterado de que tenía planes para unirme a la Alianza de la Sangre Roja. Él estaba al tanto de mi vínculo con Morgana, pero tampoco sabía que aspiraba a ser la confidente de Clement.

Tras despedirme de madre, me encontré con Locke. Me sentí aliviada al verlo, porque era de las pocas personas con las que me sentía a gusto en ese castillo. Juntos, fuimos a encontrarnos con los demás para dirigirnos a Winrial.

La comitiva estuvo dirigida por el capitán de la Orden de las Espinas y el chambelán, que se había ataviado con una armadura, igual que mi prima y yo. Como había apuntado Omelia, la reina se quedaría en el castillo.

Mi prima y yo íbamos en el mismo caballo, pero era ella la que llevaba las riendas, ya que yo no sabía montar. Mientras cabalgábamos por los frondosos caminos, solo podía pensar en que, si ese día capturábamos a Clement, Zinnia y Azalea no tardarían en rendirse ante la Corona. Ganaríamos.

Llegamos a Winrial más rápido de lo que creía. Como mi prima había mencionado, la aldea estaba desierta. La única muestra de que una vez tuvo vida eran las construcciones que había frente a nosotros. En muchas de las calles, los hierbajos se abrían paso por los suelos pavimentados.

Los soldados decidieron dejar los caballos y recorrer las calles a pie, para así hacer el menor ruido posible.

Al principio parecía que madre se había equivocado y que, en efecto, hacía décadas que ningún parkisano residía allí.

Sin embargo, al otro extremo del poblado vimos a un hombre que recorría las calles.

No llevaba armadura, y se movía como si fuera un plebeyo que deambulaba por la zona.

En cuanto nos vio, se estremeció e hizo ademán de entrar en una de las viviendas para esconderse.

O, mejor dicho, para avisar a alguien. Para preparar a Clement y a sus soldados.

Sin embargo, un arquero nuestro disparó una flecha que lo mató en el acto.

—¡A por ellos! —gritó Aaron.